Es Londres, es enero, es 2019, acabo de salir de la librería Foyles con varios libros: Philip Larkin, “Poems”; “Poems for a world gone to Sh*t” (selección de Editorial Quercus); “The Traveller’s Guide to Classical Philosophy” de John Gaskin; “Maps of Meaning” de Jordan B. Peterson; “To Room Nineteen” de Doris Lessing; “Descartes’ Error” de Antonio Damaso y “Notes on Suicide” de Simon Critchley. Este último lo compré porque me atrajeron, el título, saber que contenía el ensayo de David Hume sobre el suicidio, la edición de Fitzcarraldo que me gustó por su elegancia, sencilla, austera, espléndida y porque al hojearlo y ojearlo encontré en la portada aquel contundente poema Proteico, que reproduce el epitafio que años atrás había leído en una lápida del cementerio de Cunwallon en Cornwall, muy cerca de Helstone, que es un inapelable palíndrome que expresa
SHALL WE ALL DIE?
WE SHALL DIE ALL
ALL SHALL DIE WE
DIE ALL WE SHALL
Aquí estaba, otra vez en Inglaterra, que en un tiempo fue mi deseo, mi futuro y hoy forma parte de mi trayectoria, de mi ADN viajero y que me llevó de inmediato al Castillo de Leeds en Maidstone, Kent cuando fui al concierto de Tchaicovsky, en 1978, con la psicolingüista polaca, con quien habíamos jugado con ese palíndrome. Tuve la misma sensación que había tenido con las huellas de los jabalíes en el bosque de Orlen en 2016, huellas primeras de aquel circuito jabalístico que terminaba en España, pero que yo encontraba en Saussine en 1980 y que me remontó a aquel sencillo y mágico texto de Borges, “El Cautivo” de 1970, donde se relata el encuentro entre pasado y presente, confundidos en el vértigo de recuperar el cuchillito de mango de asta que cuando niño y de ojos celestes, había dejado escondido en la ennegrecida campana de la cocina antes de ser raptado por un malón, que lo transformó por un azaroso vericueto del destino en el indio pampa que era ahora. Bien ese vértigo que filosóficamente está en Bradley, estaba en el palíndrome, y en las huellas de los jabalíes que a mí me lo enrostraba esta visita a Foyles.
Leo de varias manera. Al inicio es como un precalentamiento antes de la práctica de cualquier deporte: índice, prólogo, epílogo, salteado; guardo el libro y como soy ansioso, voraz, desesperado por saber, por viajar y por otras cosas, más bien del orden universal que del privado y que siendo tan universales pasan a ser del orden privado, hago lo mismo con todos los otros libros recién comprados. Después leo el libro, los libros, cuando sé que es el momento. En esa lectura inicial de “zarpado” -no hay mejor palabra que ésta pára expresar esa primera invasión al libro que luego leeré en paz-, en el escritorio y subrayando y escribiendo en los márgenes. Del libro de Simon Critchley destaco la observación que hace, de carecer de la constitución para el suicidio. Me gustó la semejanza entre el acto de escribir y el de morir, en el sentido que uno se sustrae de todo y se pone a teclear.
Me incitó a pensar en los escritores y artistas suicidados, una lista incompleta comienza tal vez por Empédocles que se arrojó al volcán Etna, dejando su gastada sandalia como prueba de su salto mortal (hay un poemna de Hólderlin, al respecto y una de las historias de “Vidas Imaginarias”de Marcel Schwob también trata el tema). Sócrates, para quien era menos doloroso dejar la vida que estar exiliado de la polis. Van Gogh que con su pincel golpeando la tela, anticipaba quizás ese golpe mortal que le arrebató una oreja y luego, de un tiro, el corazón, y la vida. David Foster Wallace, que a los 46 años se ahorca; Edouard Levé que al terminar su libro “Suicidio”, bueno lo hace. Mishima con su haraquiri ceremonial; Virginia Woolf en las heladas aguas del Ouse; Sylvia Plath con el gas del horno casero después de dejar preparado el desayuno para sus hijos; Walter Benjamin al confundir al guarda del tren con un oficial de la Gestapo; Sandor Marai porque a los 89 años decidió que ya era suficiente con esta opereta de mal gusto, peor escenografía y final espoileado; Jack london, encontrado muerto en su rancho de Glen Ellen, Sonoma Valley; Georg Trakl, por sobredosis de cocaína y tal vez por incesto con su hermana; lo que mortificó a Ludwig Wittgenstein porque llegó tan sólo unas pocas horas después de la muerte el 3 de noviembre de 1914; Hemingway con su escopeta de caza, tal vez porque sabía que ese tiro sería el último en dar en el blanco antes que su EGO suicidara a su YO; John Kennedy Toole porque no podía publicar su novela que una vez suicidado fue un éxito editorial; Alfonsina Storni, en el mar de Mar del Plata porque esa tarde divina de octubre quería ser alta soberbia perfecta como una romana para concordar con las altas cumbres y las rocas muertas que ciñen la orilla lejana del mar, y se sentía fea; Leopoldo Lugones por contradicciones y por la persecución del jefe de policía, a la sazón su hijo; Primo Levy, Jerzy Kozinski, Alejandra Pizarnik porque la vida es lo que fue para ellos; Arthur Koetzler y su mujer; Stephen Zweig con la suya, tal vez para eternizar el amor; dos hijos de Thomas Mann, quizás por haber tenido de padre a Thomasd Mann; dos hijas de Karkl Marx, tal vez por lo mismo; tres hermanos de Wittgenstein quizás por Austria, por exceso de dinero, por un padre estilo Herr Kafka; Judas Iscariote por lo que nos cuenta Mateo evangelista; Jesús ¿no fue acaso un suicidio?; los 963 judíos en el año 73 en Masada que en vez de rendirse ante Roma sitiadora de Jerusalén deciden terminar con sus vidas; imitados luego por los más de 1000 comechingones en Ongamira, Córdoba que se arrojaron al vacío en vez de rendirse en 1574 ante Blas de Rosales, encomendero español; las docenas que saltaron desde las Torres Gemelas al pavimento de New York City el día que comenzó el siglo XXI, porque era el fuego o el vacío o tal vez todos ellos se suicidaron porque nunca, nunca, NUNCA se suicidan los Hitler, los Stalin, los Franco, los Somoza, los Maduro, los Ortega, los Pinochet. Se suicidan los que sienten, los que piensan, los que escriben, no se suicidan los que matan, o muy pocos porque Nerón que obligó a Séneca, que obligó a Lucano, que conminó a Petronio a suicidarse, al poco tiempo se suicidó vaya uno a saber por qué, como nos cuenta David Markson en “La Soledad del Lector”, o tal vez algunos se suicidan porque todos nos hacemos la misma pregunta: What the hell are we doing here? Y esa pregunta latente pero oculta por funciones que hay que cumplir, matrimonios y paternidades que hay que honrar, obligaciones a ser ejecutadas, casas que hay que construir, obras que hay que publicar, guerras que hay que ganar, aviones que hay que aterrizar, un día, cualquier día porque sopló un viento fuerte y descorrió el telón y dejó ahí a la vista lo que estuvo enmascarado por años, rutinas y mentiras porque no pudimos decir “te amo” o “mamá” o “basta” o “andate a la remilputamadrequeterrecontramilparió”, les (nos) (me) hizo ver la estepa helada, vacía e infinita en la que hasta entonces habitaban (mos) (a) y…
