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  • ALEJO SANTOS (mi alter ego) NARRA (“SU”) HISTORIA SOBRE EXILIOS Y MUERTES

    Mi abuelo paterno, Miguel Santos da Fonseca, nacido en Goa, colonia portuguesa en India, llegó al puerto de Santa María de los Buenos Aires, una fría y destemplada mañana de julio de 1894, a los 9 años de edad, como responsable de sus hermanos José de 7 y Kamala de 6, donde perdió parte de su apellido y de ahí en más fuimos y seremos Santos, mal que me pese, aunque agradezco el Alejo, que reivindica mi sentir.

    Previamente, Miguel Santos, había perdido a su padre, a su madre y a nueve hermanos mayores, en no sé que controversias políticas entre miembros independentistas hindués y los colonialistas portugueses entre los que se encontraba su familia. Los tres hermanitos Santos da Fonseca fueron embarcados rumbo a Lisboa donde deberían haber quedado bajo guarda del socio de mi bisabuelo, un tal Frango. Entre ambos habían fundado la Compañía Lisboense de Productos Orientales, encargada del negocio de importación de productos de la India: especias de Kerala, telas de Madrás, alfombras de Kashmere, maderas, metales y frutos. También hacían negocios de intermediación con Macao, Hong Kong y China. Este Frango, vio la posibilidad de quedarse con la totalidad del negocio y se sacó de encima a los tres niños enviándolos a unos parientes lejanos establecidos en Santos, Brasil. Con una carta de explicación y muy poco dinero, los embarcó hacia América.

    Los tres niños (supuestamente encargados a un oficial del barco, amigo de Frango), ignorantes, asustados, sin cabal comprensión de la situación, desembarcaron esa fría mañana de julio de 1894 en Buenos Aires, nunca me explicaron muy bien por qué, lo cierto es que el puerto de Santos los eludió, tal vez para que yo escribiera mis bitácoras. Los tres niños fueron ayudados por gallegos, judíos e irlandeses, sus familias adoptivas, se casaron, tuvieron sus hijos, progresaron y un buen día como suele suceder, fallecieron.

    Miguel Santos, partió en tren hacia el interior, compró un carro y recorrió campos de Córdoba y Santa Fé, comerciando cueros, lanas, alambres, torniquetes para alambrados, nueces, miel; hasta que dio con Ángela Ana Corvalán, una de los 16 vástagos de mi bisabuelo criollo y su mujer española. Siempre se comentó que la abuela Ángela fue el resultado de una relación extramatrimonial de su padre y una mujer comechingona. Algo de eso ha de ser verdad; pero si yo no sé que ando haciendo en el mundo, y como tampoco estoy seguro de no ser el resultado de un forro pinchado, mal puedo dar testimonio de lo que pasó en mi familia, nunca demasiado inclinada a dar explicaciones concernientes a los avatares de las alcobas.

    Estas noticias quieren dar cuenta de esas nueve muertes de mis desconocidos ancestros que provocaron el exilio forzoso de los Santos.

    En la rama materna, fue sólo una la muerte que justificó el exilio. María Anette, llegó con su madre y 6 hermanos desde su Córcega natal a Balcarce, donde vivían varios primos. Su padre (mi bisabuelo) murió en la cárcel, sentenciado por la confesión (falsa) que hiciera, por haber matado (cosa que no hizo) al violador de una de sus hijas. Hubo sí una violación, hubo el crimen del violador, pero fue ejecutado no por el padre de mi abuela, sino por un hermano de ella, un joven de 22 años. Mi bisabuelo confesó haber sido él el asesino para salvar a su hijo, fue encarcelado y murió en prisión. En Balcarce crecieron, tuvieron un buen pasar, hasta que María Anette conoció a mi futuro abuelo. El catalán Antonio Pallares, de madre escocesa; aquel que radicado en Mar del Plata enviaba a su familia en tren a Buenos Aires y él lo hacía lentamente viajando en coche por caminos de tierra en cacería de patos, copetonas y perdices. (ver artículo subido el 27/12/25 El Mejor de los Mundos Posibles Primera Parte). Algo en mi afán viajador debe estar en mi torrente sanguíneo familiar.

    Pero es de otras muertes de las que ahora quiero hablar. Son éstas menos personales, pero mucho más inquietantes, ya que nos atañen a todos.

    Desde Marcel Duchamp se viene hablando de la muerte del arte. Su “ready made” dio el primer paso y fue luego el crítico estadounidense Arthur Danto quien sin pelos en la lengua lo afirmó y sentenció. Se hablará de la muerte de la novela; luego Rolland Barthes decretará la muerte del autor. En “City of Glass”, el primer volumen de la Trilogía de New York de Paul Auster, éste se pregunta si podemos seguir llamando “paraguas” a un objeto que ya no tiene tela para cubrirnos de la lluvia, y que tan sólo se compone de un quebrado conjunto de pequeños fierros curvados y un mango. Fukuyama anuncia el fin de la historia; se diagnostica el fin de las ideologías; la tecnología pondrá fin a un mundo analógico de convivencia reemplazado por una invasiva virtualidad. Los ecologistas advierten cada vez con mayor fuerza que el aire, el agua, la tierra nos están padeciendo y el fuego transforma en cenizas bosques y selvas ancestrales, los glaciares retroceden, el continente antártico, al igual que el ártico se derriten. En 2009 se inaugura en Tierra del Fuego, la Bienal del Fin del Mundo, y las terrazas del Moma, en New York exhiben imágenes sugestivas del Teatro de la Desaparición en 2017. Consultado su creador, el rosarino Adrián Villar Rojas, sobre donde le gustaría trabajar, contesta con laconismo: en las Islas Malvinas.

    ¿Qué es hoy una democracia representativa?

    ¿Qué es hoy la justicia si quien te absuelve es la historia?

    ¿Qué es nuestro mundo que se desintegra a cada instante en miles de fragmentos y que al igual que a Humpty Dumpty ni toda la caballería real, ni toda la infantería real podrán volver a poner together again?

    Desde el 2013 y hasta 2025 fue jefe de la Iglesia Universal un Papa que en su primer discurso afirmó que venía (¿o iba ?)del (al) fin del mundo. Vengo escribiendo de viajes, de recorridos, de territorios, de geografías. Señalo un ritmo:

    Paso Letra

    Trecho Palabra

    Caminata Párrafo

    Recorrido Texto

    Viaje Libro

    Esta grafía dibuja un mapa, en el mapa hay nombres. Mi texto abunda en señalar espacio, sin embargo no ha eludido el tiempo. Los mojones no están expresados en kilómetros o en millas, salvo cuando lo creí insoslayable. Los mojones son de tiempo. Todo viajero se carga de espacio, que puebla su sueño. También de tiempo, se carga de historia. He señalado un tiempo cíclico de la naturaleza. He mencionado el tiempo lineal construido por el PODER. Sabemos que decir hoy, San Isidro 31 de diciembre de 2025 no expresa con verdad el día que transcurrimos. He citado a Nietzsche y su eterno retorno, he nombrado a Eusebio de Cesarea y su creación de tiempo lineal. Comenté que a partir de 1975 la comprensión del Ulises de Joyce, me introdujo en el fin de otra vez del despertar y del velorio. Dije haber viajado a Falkinas a repensar ciertas inquietudes. He ponderado en letras mayúsculas, que no es la historia la que se repite, sino la naturaleza. He reiterado que sólo hay una pregunta que me formulo: What the hell are we all doing here?

    Al viajar nos cargamos de narraciones, de imágenes y de tiempo. He hablado del YO, he denostado al EGO. He registrado exilios.

    Los Estados Unidos y la Argentina son los dos países que más tiempo han importado. Importamos millones de EGOS, voraces por triunfar. Allá en el norte hace 55 años, un paso una letra se ejecutó en la luna.

    JUST DO IT

    NO LIMITS

    IMPOSSIBLE IS NOTHING

    Aquí, en cambio sólo importamos pasado. Hemos repatriado a San Martín, Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, Rosas, Eva Perón, al mismo Perón viejo, cansado, enfermo. He escrito que somos “Calesita”; una calesita que exalta el amor de madre. En un poema del libro “Ternura” de lectura obligatoria en la escuela primaria, escrito por Ana Tejada y Aurora Zubillaga se podía leer:

    AVE EVA

    Mamá

    Ama a mamá

    EVA

    Mamá

    Mi mamá ama a Eva

    Mi nena ama a Eva

    Papá ¿Eva me ama?; Eva ama a mi nena.

    Me aman

    Me ama Perón

    Me ama Eva Perón.

  • EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Primera Parte)

    Estamos en el siglo XVII en la fría Alemania.

    Hay un hombre que es matemático, filósofo, teólogo, científico, bibliotecario, profesor; es un hombre con dudas y que según Diderot, es el hombre que más ha leído. Es el hombre que polemiza con Isaac Newton por la paternidad del cálculo infinitesimal. Es el hombre que ha sentado los cimientos del sistema binario, que es la base del edificio que hoy llamamos virtualidad.

    Es un habitante de esos dos mundos que se debaten entre la afirmación de una verdad, en tanto ella sea resultado de la experimentación y el dogma religioso de la fe. Es, y lo padece, un hombre de razón, pero de fe luterana. Es un hombre, como todos los de ese siglo, que aún le teme al poder de la iglesia; es un hombre que comparte el horizonte cultural en el que surge la modernidad, post Reforma y Contrarreforma; es un primus inter pares de Francis Bacon (1561 – 1626), Galileo Galilei (1564 – 1642), Johannes Kepler (1571 – 1630), William Harvey (1573 – 1657), Thomas Hobbes (1588 – 1679), René Descartes (1596 – 1650), Blas Pascal (1623 -1662), Baruch Spinoza (1632 – 1677), John Locke (1632 – 1704), Robert Boyle (1627 – 1691), Christian Huygens (1629 – 1695), Isaac Newton (1643 – 1727), “el siglo del genio”, como lo denominara Alfred North Whitehead, el glorioso siglo XVII; que tal vez haya sido la época que le dio al ser humano la conciencia de su mayoría de edad y la experiencia del vértigo que tal conciencia produce. El razonamiento, la experimentación, el análisis de los espasmos políticos, la economía, el sistema solar, la medicina, el alma, la teología, la religión serán redefinidos y de cuyo resultado surgirá una concepción del mundo y del universo que tendrá en la literatura y el teatro las sublimes palabras de Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616) de Alcalá de Henares y de William Shakespeare (1564 – 1616) de Stratford upon Avon. Me refiero a Gotfried Leibniz (1646 – 1719), nacido en el Sacro Imperio Romano Germánico, quien en su “Teodicea” , expresa que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. La razón para tal aseveracioón, es que dadas una cantidad infinita de mundos posibles, Dios escogió este que tenemos, por lo tanto ha de ser el mejor.

    No vivo por azarosas circunstancias del destino en el desafiante siglo XVII, ni en la fría Alemania, sino en la pasional, subtropical y reiterativa (calesita) Argentina y creo efectivamente en lo sostenido por Leibniz, pero no en sus fundamentos. Mi creencia no se sustenta en la elección divina simplemente porque me resulta demencial pensar en un concepto de caracter universal y además con el atributo de la omnipresencia, pero si además le atribuyen la posibilidad de elección, estaríamos frente a una flagrante contradicción, sólo comprensible y hasta cierto punto justificable, por el temor a lo que la vengativa y celosa Iglesia de Roma pudiera ocasionarle al hombre Leibniz. Dios (en esa concepción de lo divino) no opta, no baraja alternativas, su condición de creador “ex nihilo”, hace que todo fluya como si fuera un río; el primero, el único, la suprema fuente de toda razón y justicia. Ese torrente no opta por donde fluir, tan sólo fluye y al hacerlo, va creando el lecho. El curso. El caudal, los accidentes, las orillas, la flora, la fauna; todo lo que hay. Ese derrame, esa brutal eyaculación, es Dios. Es como si el río al que vengo a diario tuviera opciones; no las tiene, tan sólo fluye. Luego ocurre la historia, donde sí, lo único que hacemos los humanos es optar, ya que no creamos de la nada, no nos cabe no elegir, no gozamos de ese privilegio, no poseemos la condición divina de no tener que pensar, el privilegio divino de la irresponsabilidad. Fluimos por lechos dados, en los que muchos se dejan llevar por las aguas, otros, flotan indiferentes y los más osados nadan contra corriente como los salmónidos y ante el peligro del oso hambriento que acecha, algunos retroceden: Leibniz, Galileo, Kant. Otros avanzan y son masacrados: Bruno, Hus, entre nosotros Tupac Amaru o son perseguidos: Spinoza, Meisler.

    Algunos llegan a una isla paradisíaca y gozan. Hedonistas in extremis se zambullen en los que les tocó en suerte, sin culpa alguna. Son pródigos con los iguales, celosos custodios de su privacidad, de sus fiestas, de su culinaria, mecenas de artistas y científicos. Son conscientes de que pudieron haber tenido otra suerte, pudieron haber sido mosquitos, les tocó ser leones: pues a rugir.

    También están los hipócritas:llegan a la isla paradisíaca; es más hicieron lo imposible para llegar; participan de los privilegios con plena conciencia, pero sienten culpa; observan la miseria que los rodea. Saben que pudieron haber sido mosquitos, buscaron y consiguieron ser leones, pero en vez de rugir se “solidarizan” con los mosquitos. No rugen, no pican; peor aún rugen a escondidas, simulan picar. En Argentina son nacionales y populares: cambiaron la confesión por el psicoanálisis; tienen casas en Miami o José Ignacio y depósitos en Merryl Lynch, son los que declaman que “peronistas somos todos”. Hay versión francesa, “la gauche caviar”, versión británica “champagne socialist” y versión estadounidense “limousine liberals”. Ni en eso son originales.

    A cada instante optamos.

    He optado por el liberalismo, por ser un solitario, por viajar como forma de vida, por no formar una familia, (he querido ser Wakefield). El día que me sienta una carga, pues habrá llegado el momento de dejarme caer del trineo como el esquimal viejo. Esa es mi responsabilidad ante mi opción por el liberalismo. Detesto todo lo que sea control de pensamiento, palabra y obra. El estado es un mal necesario y pretendo que sea el mínimo tolerable en función de la convivencia.

    Ya escucho el griterio de los partidarios de optar por la pobreza, por la compasión, por los desplazados de un sistema sin corazón, encarnado en el Vaticano (populismo de sotana) y sucursales en todos los regímenes autocráticos de derecha (fascismos variopintos), o de izquierda (caudillismos latinoamericanos): populismo de látigo y billetera donde el líder nos llevará hacia la liberación.

    Escucho un enardecido abucheo, y ¿entonces cuál es la solución? ¿Donald Trump?. ¿el disciplinado capitalismo de estado de China?, ¿el zarismo sin corona de Putin?

    Bob Marley cantaba “Total destruction, the only solution”, y tenía razón, lo cual no es ninguna solución. No la hay. Sostener que vivimos en el mejor de los mundos posibles, es sobre todo una actitud ante la vida, donde prima lo erótico por sobre lo tanático. En una segunda instancia implica aceptar nuestras limitaciones. Somos tan sólo un mamífero bípedo cuya racionalidad está mezclada con prejuicios, esperanzas, fantasías, que muchas veces rayan la superstición, el delirio, cuando no la locura al imponer una supuesta e incomprobable trascendencia al final del tiempo vital. El promedio de vida humana hoy, es de 71 años y 4 meses, con pico de mayor expectativa en Andorra: 83 años y 5 meses y de menor en Zambia: 37 años y 5 meses. El record de longevidad lo tuvo en Francia una dama llamada Jeanne Calment que falleció en 1997 a los 122 años. Ese es el tiempo con el que contamos; por ahora no hay más.

    Si aceptamos esta realidad, veamos algunos ejemplos muy simples para fundamentar el mejor mundo posible en el que vivimos con respecto al pasadso. El evidente progreso material se debió al erotismo individual por sobre las estructuras de poder. Aquí van algunos ejemplos del orden personal y otros de caracter social: Entre los años 1953 – 1958, mi padre al volante de un Chrysler 1938, negro, inmenso, de cuatro puertas, manejaba los 404 kilómetros entre La Lucila y Mar del Plata en 8 horas. En Samborombón, ya habíamos preguntado varias veces ¿cuánto falta?

    En 1957, mis tíos partieron de Ezeiza a New York. El avión a hélices hacía escalas en Montevideo, San Pablo, Río, Caracas, Panamá y Miami: el vuelo duraba 28 horas y a los 15 días volvieron.

    En la década del 30, mi abuelo materno era un exitoso empresario hotelero marplatense que tenía una casa aquí en la capital, en Palermo. El abuelo despedía a mi abuela y a sus cuatro hijos que venían en tren a Buenos Aires, mientras tanto él, con el chofer, dos perros, varias escopetas, víveres, tambores de nafta, cargaba el Overland y abriendo tranqueras por un camino de tierra, se demoraba entre 8 y 10 días en reencontrarse con su familia. Además de gozar del viaje y de la cacería, sospecho que era una manera de soportar su matrimonio.

    Dejemos lo personal, veamos algunos ejemplos históricos: Es Viena, es 1770. María Antonieta Juana Josefa de Habsburgo Lorena, Archiduquesa de Austria, futura reina consorte de Francia, por su casamiento con el delfín, luego Luis XVI, es la hija número 15 y anteúltima de Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico y Gran Duque de Toscana y de María Teresa I, Archiduquesa de Austria, Reina de Hungría y Reina de Bohemia. María Teresa tiene 14 años, parte en carroza real con oropeles de oro, terciopelo y laca, asentados en toscos elásticos desde Viena a París a casarse con el futuro Rey francés. Son 1235 kilómetros, a razón de 50 kilómetros diarios, le debe haber llevado entre 25 y 30 días llegar a destino. Me inquieta saber cuántas veces habrá preguntado “¿cuánto falta?” y no para llegar al mar, sino a su matrimonio arreglado con un chico de 14 años que resultó impotente y que provocó que en 1793, a los 37 años, la guillotina cercenara su noble y peinada cabeza de su blanco y bien vestido torso.

    Retrocedamos unos años y crucemos el Canal de la Mancha. Estamos en la corte de Isabel I, de la que es activo “entreteneur”, un tal William Shakespeare que escribió toda su enormísima obra con pluma de ganso, embebida en tintas pringosas, en hojas de aún peor calidad, sin electricidad ni calefacción. Yo escribo mis bitácoras en estupendas hojas donde la Mont Blanc se desliza como el esquí en Saint Moritz y cuando tecleo, lo hago en una computadora de última generación. En el húmedo verano sanisidrense, en una pequeña pero acogedora casa de 70 metros cuadrados y 113 años de antigüedad, cerca del río que amo, rodeado de bellos libros, con aire acondicionado y en invierno, abrigado por calefacción a gas y chisporroteante chimenea alimentada con quebracho colorado de Santiago del Estero, buenos vinos, comida sana, y en el mejor de los casos, de poder las letras de mis bitácoras, llegar a libro, éste no podría ser más que una nota a pie de página del peor soneto (si es que lo hubiere) de ese tal William Shakespeare, quien dejó el planeta en 1616 y por lo tanto jamás cobró derechos de autor por el universo que creó ya que la primera ley de Copyright se sancionó en 1702, en la tierra que lo vio nacer. Ese mismo reino en 1603 era una potencia de segundo orden; se comía mal y no todos los días, la ropa era de cuero y los zuecos de madera; como así también los platos. Los utensilios, sólo cuchillo y cuchara, la mano era el tenedor y olvídense de la servilleta. La mayoría era analfabeta; hombres y mujeres eran obligados a ser miembros de la iglesia nacional; los herejes quemados en la pira, así como eran torturados los sospechosos de traición. En 1714, ese mismo reino era la potencia más fuerte del mundo. La ropa era de percal, hilo y seda; aparecen la porcelana y el vidrio para adecentar las mesas. Se come carne fresca en invierno gracias a la introducción de plantas de raíz; se bebe té, cholate, café, ginebra y oporto. La disidencia protestante es legalmente aceptada, la iglesia ya no puede quemar ni el estado torturar. En el Castillo de Chatsworth, los Cavendish, Duques de Devonshire, instalan el baño con agua corriente fría y caliente. Hasta aquí lo que nos dice el historiador Christopher Hill en su claro y contundente “El Siglo de la Revolución”. Deseo agregar que Thomas Hobbes va a ser tutor y luego secretario de los Cavendish, que solían agasajar a sus invitados con la “turtle soup”. El precio de cada tortuga que venía del Caribe, era de 20 libras, y se servía una por comensal; 20 libras era el sueldo anual de Hobbes. Hoy hay un XV Duque de Devonshire, los sueldos de los filósofos siguen siendo similares a la comparación mencionada (basta cotejar el ingreso de cualquier pateador de pelotas de cuero, con el sueldo de un científico). Hay hechos que se repiten.

    Lo que sí cambió las cosas en Gran Bretaña, fue la Gloriosa Revolución del más glorioso Siglo XVII, que es uno de los acontecimientos que me permite afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

  • MARSUPIALES

    Marsupium, Marsupio que significa bolsa/ bolso.

    “El viejo de la bolsa” expresión con que ‘jugando’ se asustaba a los niños, algo así como el cuco. “La bolsa o la vida”, expresión referida al hampa, supuestamente los ladrones callejeros asaltaban haciendo uso de esa expresión y apuntando con un arma a la ocasional víctima. también está la bolsa de las compras, la Bolsa de Comercio, centro de operaciones bursátiles, la bolsa de Sanae Takaichi (1961), Primera Ministra de Japón desde octubre de 2025, cuya gran y elegante bolsa se ha convertido en un signo de poder en la funcionaria, los bolsos de López, ex Secretario de Obras Públicas que fue filmado llevando bolsos con 9.000.000 de dólares a un hogar de monjas cercano a Luján, los bolsos de los cuadernos del ciudadano Oscar Centeno, cuadernos donde con rigurosidad han quedado registrados los robos de 13 funcionarios públicos y de 64 hombres de negocios muy importantes, y que dieron origen a un trabajo de investigación y posterior denuncia del periodista Diego Cabot y por fin la bolsa o marsupio de las más de 270 especies de estos animales que dan a luz a un feto vivo pero poco desarrollado llamado “joey” que termina su desarrollo en el marsupio, los más conocidos son el canguro, el koala, el wombat, la comadreja o zarigüeya, el demonio de Tasmania, los walabies,los Kirchner. Este último es un marsupial autóctono, asentado en Santa Cruz pero luego expandido por gran parte del territorio nacional. Los Kirchner también han dado a luz a fetos vivos poco desarrollados éticamennte y de intelecto enfermo, conocidos popularmente como militantes kukas, el más notorio ejemplar es Cristina Fernández de Kirchner, jefa de la asociación ilícita , condenada en 204 hechos quien dio a luz a Máximo y adiestró y cobijó a De Vido, López, Baratta, Lazarte, Llorens, Olazagasti, Uberti y una larga lista que da un total de 13 funcionarios y 64 hombres de negocios cuyas edades oscilan entre los 50 y 87 años. Remito al lector a la lista completa de estos deleznables marsupiales publicada por el diario La Nación en su edición del 9 de noviembre de 2025, sección Política página 13. Vergonzoso ejemplo para la gente de 15 a 25 años a quienes ésta espuria casta suele criticar por sus costumbres. Es de esperar que purguen sus delitos con la prisión que marca la ley y que “en conjunto, enfrentan penas que suman un mínimo de 80 años y un máximo de 419 años”, según lo publicado por el diario La Nación arriba mencionado.

  • NÚMEROS

    Han dicho, los que saben, que Pitágoras, de Samos (570 – 490) dijo que “todo es número”, que probablemente signifique que está tratando de establecer una cierta armonía como la que rige el universo, en un rango que va desde la música hasta el movimiento de los planetas. A las 6.36 am regresé a casa después de los 10 kilómetros en bicicleta hoy 23/12/25 con una temperatura de 22 grados centígrados. Hasta aquí mucho número.

    Acabo de desayunar con una rodaja de pan de centeno con un triángulo de Roquefort Societé, que me ha traído de Fauchon en París una amiga, acompañé con dos huevos revueltos, manteca y pimienta negra. Los huevos son de una granja en Luján y se venden como de “gallinas felices”, que no se que quiere decir, pero a mi me suena como que el gallo las elige como concubinas especiales. En este párrafo todo fue ingesta y especulación sobre el erotismo gallinaceo, así que Pitágoras, nada de números a menos que consideremos que yo (1) toma el desayuno (1) con rodaja (1), con queso azul(1) con forma de triángulo(3) lados y (2) huevos revueltos y (3) tazas de café y que hoy es 23/12/2025 que precede a Nochebuena y a Navidad, que es el cumpleaños 2025 de Jesús- Cristo que da origen a la era cristiana que viene marcando desde el Occidente cristianizado desde que Constantino en el 313 lo legaliza mediante el Edicto de Milán y luego con Teodocio I en 380 es oficializado como religión de estado. Roma no es el primer estado en reconocer al cristianismo como religión oficial; fue Armenia en el año 301 , año importante ya que en septiembre de ese mismo año se funda la república de San Marino, que es la de mayor antigüedad en el planeta y que acaba de cumplir 1724 años. Una reflexión final, sin duda hay que tener un poder político de una inmensa envergadura para imponerle al mundo la ficción de que hoy es 23 de diciembre de 2025 existiendo pueblos como el chino, el judio y el musulman para tan sólo nombrar a 3 con muchísimos más años. Otra reflexión más y es la número 2, ¿No estará pasando por la blonda cabeza de Donald Trump, imponer un cambio de fechas y comenzar un nuevo tiempo con su figura como marcando una época? Tengo para mí que sí ha pasado por su cabeza, espero que sólo quede en los pliegues de su casi octogenario cerebro. Ahora sí la última y van 3, cuando Pitágoras dijo lo que dicen que dijo: “todo es número” era ciudadano de Samos gobernada por el dictador Polícrates, definido por Bertrand Russell en su “Historia de la Filosofía Occidental” Cap.III como “un viejo rufián que se transformó en inmensamente rico y tenía una poderosa fuerza naval”. Digo esto sin animosidad alguna pero el “magnate” Donal Trump(así se lo nombra en la prensa) acaba de anunciar ayer la construcción de dos barcos de guerra enormes jamás vistos en el mundo y que serían los primeros de un proyecto en dos etapas , en la primera se botarían hasta 10 barcos de este tipo hasta completar en la segunda etapa el número de 25. Según sus palabras 100 veces más poderosos que los conocidos hasta aquí.

    Los remito a mi artículo en este mismo blog “Relatividad del Tiempo” y les recomiendo la la lectura de “30 de Febrero” de Olivier Marchon.

    Hasta la vista, baby (se dijo en Terminator 2)

  • LOS OTROS ANIMALES

    El viaje es también el encuentro con otras especies. De pronto cobran presencia, irrumpen. Muchos de ellos están en la tierra antes que nosotros.

    Es 1964. Venimos de Chile, es un camión frigorífico, viene vacío, nos llevan en la caja. Por horas se hace de noche. Vamos a los barquinazos por la Cordillera de los Andes. Después de varias horas, el conductor y su acompañante, deben haber pensado que tal vez necesitábamos orinar. Aliviados, vemos un luminoso atardecer frente a una laguna plena de flamencos. Las pinceladas celestes, los picos nevados y el rosa fuerte del plumaje de las aves, son un cuadro de Seurat donde se ve, sin que esté presente a un esbelto y barbado personaje que parece acariciar las patas rojas de los flamencos.

    Es 1969, es Escuintla, es Guatemala, son las siete de la tarde. Todos los cables, todas las ramas de los árboles, cualquier cornisa, las cúpulas de las iglesias, son el albergue transitorio de miles de golondrinas que descansan en su travesía San Juan de Capistrano- Buenos Aires.

    Caleta Xeljá, Yucatán, nadamos en un crater poblado de peces de todos los colores; estamos nadando en un ramo de flores.

    India, camino por un sendero con Gary. Llegamos a la orilla de un río correntoso, no hay puente, no hay balsa ni bote; hay gente en cuclillas, esperando; no hablan inglés, sonríen; también decidimos esperar, sin saber qué. Del otro lado, un elefante, guiado por su Mahout cruza el río con pasajeros, se bajan, ocupamos sus lugares sobre el lomo gris. Ese gigante sumiso se hundió en el agua hasta el abdomen, sorteó rocas y piedras rodantes y nos depositó en la otra orilla.

    A las afueras de Calcuta, dos yacks, negros, lanudos, pastan en un descampado de un Parque Nacional. De pronto se inquietan. Se acerca un tigre de Bengala: “olor a caramelo y a tigre”.

    Década del 80, campo en el Uruguay, cerca de Arroyo Durazno. Destapamos un pozo ciego; adentro, en una profunda negrura, lagartos, una colonia de lagartos.

    Es 1990, voy en auto desde Candonga a La Cumbre, provincia de Córdoba. En una curva, un cóndor intenta remontar con un corderito entre sus garras. La sorpresa fue triple, la frenada hace derrapar el auto, el cóndor se asusta, afloja las garras, el cordero huye despavorido, el cóndor se eleva; paz en la tierra, ternero con su madre, llego a tiempo a mi almuerzo en Juva. Estimo que si el cóndor hubiese podido hablar, me habría dicho de todo menos gracias.

    Tandil, provincia de Buenos Aires, es julio es 2010; ha nevado; las miles de palomas descansando en los cables, postes y ramas de los árboles de la plaza central me transportan a Escuintla.

    Es 1980, es Sri Lanka, es la Laguna Baticaloa. Alguien informa “aquí hay peces que hablan”, son como loros pero que nadan. “Shit”, grita un inglés, “Shit!, “Shiiitttt”, al rato con un sonido que emula al croar de los sapos, escuchamos desde el agua “iit”, “shiii”, “shii”, la carcajada es total. Un francés grita “merde”, “merde”, “merde”, se hace un largo silencio, “shii”, “shii”, “shii”. Ahora sí, el francés mira con ira al inglés “Merde”.

    Es 2003, es Los Ángeles, es California, verano caliente, 6 de la mañana, nado en la pileta de la casa de un amigo (que dejó de creer en Dios cuando se enteró que también había creado a los mosquitos). Aparece un halcón, impresiona, se acerca a un nido, un conjunto de ramitas y de hojas caen al agua desde el árbol, se lleva en el pico a un polluelo que trina.

    Es 2014, es Abu Dabi, es el Hospital de halcones. Sostengo en mi brazo a un halcón encadenado, está en observación, tengo la mano enguantada con cuero y metal, tengo carne roja, siento mi mano enfundada temblar como tiembla el piso cuando hay un terremoto. Es voraz, no tiene duda alguna.

    Es 2005, es New York, es Central Park. Mi amiga Patricia no puede entender mi deleite ante las ardillas; “they are rats”, me dice con asco.

    Es 2011, es Vancouver, es Canadá, en dos horas vi al menos seis racoons. Daban la sensación de estar paseando.

    Es 2015, son las Islas Galápagos, es Ecuador, nunca me sentí tan en minoría: un paraíso de otras especies.

    Es el estado de Rajastán, es 1980, a 10 kilómetros de Jaipur, es Galta, el templo de los monos, no me extenderé, lo dice mejor Octavio Paz en “El Mono Gramático”.

    Es 1984, es la Pampa de Achala, caminamos perdidos en la bruma helada que baja de las cimas, nos enfrentamoa a perros bravos. Seguimos andando.

    Es Trincomalee, Sri Lanka, es la playa, es 1980. Calor denso, buenos tragos, muchos tragos, la arena infestada de víboras, nos rescata un bañero en un jeep.

    Aeropuerto de Anchorage, Alaska, espero vuelo a Vancouver. Leo a Jack London con inmenso placer. Se sientan frente a mí el padre, la madre, hija, hijo, tía, todos excedidos de peso: grandes vasos de café, muffins, bolsas (3) de Mc Donalds Quarter Pound, bananas (6), pote enorme de jugo de naranja, potes de yogurt descremado (2), bowls de ensalada de frutas, bolsas de Chex Mix (2), estuche doble de M & M, vaso gigante de Coca Cola Light, botella de jugo de frambuesa. Al rato llega otro miembro del grupo familiar, aportó dos bananas más, algo parecido a un alfajor pero del tamaño de un pandereta, otra bolsa de Chex Mix y una botella de Doctor Pepper. Por suerte viajan en business.

    Calle José Hernández, cerca de estación Acassuso, tapa de hierro, estimo que de desagües pluviales, es diciembre, 42 grados, salen a la superficie cientos de cucarachas.

    Bajada de Charbonnier, sierras de Córdoba, contemplo con alegría una horonda perdiz y seis crias que siguen a su madre en el cruce de la senda.

    Es Pinamar, es el verano de 1983, cena en boliche frente al mar, vela, espumante, bella mujer. Cruza la cabriada a sus espaldas, una rata del tamaño de un gato. Miro azorado. ¿Pasa algo?

    Es 2013, es San Martín de los Andes, frente al ventanal se acerca un ciervo. Es marzo, está fresco, la televisión acaba de anunciar “Habemus Papam”. El ciervo huye.

    Es San Isidro, panel de una de las ventanas de mi casa, es el invierno de 2018, hace unos días que un pequeño reptil ¿lagartija?, ¿gueco?, está adherido al vidrio. Es curioso, pero me gusta que esté ahí. ¿Qué hace?, también él se preguntará qué hago inclinado sobre libros frente a la chimenea encendida. Su cola, enorme para su tamaño, está quieta en forma de signo de interrogación. Hoy antes de acostarme, lo busqué y ya no estaba. Tampoco lo encontré en el piso, en el pasillo exterior, ni en paredes adyacentes. No sé por qué se habrá quedado una semana con la ñata contra el vidrio. ¿Habrá dejado huevos? Ojalá se halle correteando por ahí. Ya no hay más signo, permanece la pregunta.

    Es 1971, carretera Transamazónica en construcción, vamos en camión de Manaos a Brasilia. De pronto ahí en medio de una calzada de tierra, algo grande obstruye el paso, el camión lo elude y acelera. Es un pavo, nos dicen. Sigo pensando que era la cabeza y parte del torso de un hombre.

    Es Galle, Sri Lanka, me quedo dormido en una hamaca. Algo me despierta, algo que camina sobre mi pecho desnudo. Es una araña del tamaño de mi mano. Parezco una estatua. Se tomó su tiempo. Soy una estatua, la primera que suda.

    Calígula, Emperador de Roma nombró cónsul a Incitato, su caballo. Un Rey de Inglaterra, Ricardo III a los alaridos, ofrecía su reino por un caballo, fue su último día antes de morir en la batalla de Bosworth, el 22 de agosto de 1495.

    Pebete, Enano blanco, Griffe, Jacky, Amelie, Boyi, Enano, Frida, Oliver (así con mayúsculas), perros y gatos que estuvieron cerca. Importantes.

    Medianoche en Benarés, estado de Uttar Pradesh, 49 grados centígrados, me defiendo con un palo, del ataque de tres perros que a los saltos me muestran sus dientes. Al fin se abre una puerta.

    Raras son las especies que escapan de toda vida colectiva: el visón, el leopardo, la marta, el tejón, yo, ha dicho Pascal Quignard. Yo.

    En el momento que escribo estas líneas un pececito cerca de las Islas Galápagos, cruza el umbral del infierno, porque otro pez le devoró la cola; dejó escrito Witold Gombrowicz en “Diario Argentino”.

    Robert Bontine Cunninghame Graham (Londres 1852 – Buenos Aires 1936), para nosotros Don Roberto, dedica su libro “los Caballos de la Conquista” de 1930 al querido caballo que rescató de su trabajo tirando de un tranvía en Glasgow y ofreciéndole el más placentero de pasear su aristocrática figura hasta el Parlamento de Londres. La dedicatoria dice “A Pampa, mi negro argentino, a quien monté por 20 años sin ninguna caída. Quiera la tierra yacer sobre él tan delicadamente, como él supo hacerlo sobre ella”, Y en el monumento erigido en Escocia a la memoria de don Roberto, muy cerca de la propiedad familiar de Ardoch, está la bella cabeza de Pampa esculpida en bronce. Sin conocer estos datos, frené bruscamente el auto, retrocedí y ahí estaba, Pampa, fiel a su amigo. Fue una fría y soleada tarde de mayo de 1978.

    En el Arca de Noé, no hubo pingüinos, claro no se había descubierto América; dicen.

    Por la casa de Saussine, construida en 1826, en el Gard, Provence, Francia, todas las mañanas, a las 6, pasaba el pastor con su rebaño, en dirección al pueblo abandonado de Puech. También solía visitarnos un zorro, matador de nuestras gallinas, y un día me topé con un jabalí, en la terraza donde almorzábamos en verano. Sucedía todos los años, era el circuito que los jabalíes hacían desde los bosques alemanes, hasta España.

    Es el verano europeo de 2016, es Orlen, de 1300 habitantes, a unos 25 kilómetros de Wiesbaden y a 40 de Frankfurt. Paseamos por el bosque cercano a la casa donde me alojo, en tierras que fueron de los Orange-Nassau, por donde pasaron las Cruzadas y los romanos dejaron en los lindes del bosque, sus torres de vigía y su pétreo coliseo, y de pronto, ahí, en un sendero veo las huellas de los jabalíes que veía en Saussine en 1980.

    Caminar por San Isidro a medianoche, en un día laborable, es permitirse ver una realidad diferente a la cotidiana. Los encuentros son de otro tipo: en la Plaza Pueyrredón, una lechuza sale del hueco de uno de los plátanos que la circundan. Su ulular me sorprende. A ella también le debe resultar extraño que un humano ande caminando a una hora donde la noche le pertenece. Muchas veces, más de lo que la gente cree, uno se topa con comadrejas. Abundan, las he visto cruzar Roque Saénz Peña, caminar por Barrio Parque Aguirre, en el Paseo de los Tres Ombúes, en calles de Beccar.

    Todos los días una bandada de gaviotas “cocineras”, cruza de mañana el cielo, y al atardecer vuelven chirriando en dirección al río. También he visto una pareja de flamencos volando muy alto, en una bella tarde de otoño. Eran dos lanzas tajeando la tela celeste del cielo.

    Tarde de invierno, calle 33 Orientales, bajo de San Isidro. En el pequeño pantanal, un pato negro ha pescado un pez; la bella garza blanca lo ve y se lo arrebata: Beaudelaire “gracias Dios mío por no haberme hecho negro, mujer, judío, homosexual”.

    En el playón del aeropuerto de Cape Town, hay un gran elefante de bronce. En la Avenida de los Corrales en Mataderos, hay un toro del mismo material en la vereda; hay otro en Manhattan entre bancos y financieras. El aeropuerto de New Orleans, lo tiene a Louis Armstrong tocando salvajemente la trompeta y de noche, desde cualquier rincón de la ciudad se lo escucha. En la plazoletra exterior del Hotel Four Seasons de Buenos Aires, hay varios caballos de chapa, diseñados en simulado galope. En la rotonda de Márquez y Fondo de la Legua, en San Isidro, también hay caballos. A la entrada de la ciudad de Pajala, en Suecia, hay una enorme lechuza en un pedestal. En Barcelona, hay un pez gigante de Frank Gerhy. Madrid, Moscú y Berlín, tienen al oso como símbolo. Cualquier ciudad o pueblo argentino tiene en la plaza central a un caballo con un general o coronel sobre el corcel montado. En Parque Lezama, una loba de bronce amamanta a Rómulo y Remo. Miles de zuricatas se cruzan en todas direcciones, al atravesar la estepa de Mongolia. Se ven también, tropillas de caballos salvajes; en total hay 40 millones,los ciudadanos son 3 millones.

    Hay fotos de mis viajes a camello en Marruecos, sobre un reno en Mongolia, a caballo en Helsingfords, en Patagonia.

    Aún huelo al zorrino que aparecía todas las noches, bajo una ventana de una casa cerca del mar. En el charco del molino de la misma casa, se juntaban sapos.

    “La que nunca ha querido a los animales, ni les ha tenido compasión”, escribió Fernando Vallejo en “La Puta de Babilonia”

    San Antonio de Areco, un gallo empezó a cantar a las 3.30 de la mañana. Alas 8 aún cantaba.

    De niño parece que una visita al zoológico de Buenos Aires, me hizo pedir “camello, jirafa”, no paré hasta conseguirlos, tenía dos años y nos mudamos a la casa que estaban construyendo. En el jardín vi mi primera lombriz y una caravana interminable de hormigas coloradas con las que soñé muchas noches.

    En el camino a Chaltén se nos cruza un guanaco asustado; tan asustado como el chofer que clavó los frenos.

    Camino rural en Escocia, vamos a Inverness, la manada de ovejas nos detiene media hora en el cruce del puente de piedra.

    Calle Paraná, límite entre los partidos de Vicente López y San Isidro, debe haber sido 1957/58, ha muerto un caballo, ha quedado en la línea alquitranada que divide los dos municipios. Después de una semana seguía descomponiéndose. Las autoridades discutían a quien correspondia la remoción del cadaver.

    Algo enorme cruzó frente al barco, es el Pacífico, es 1973.

    En 1592, cuenta Borges, en “Arte de Injuriar”, había reñidero de osos en Londres, han sido reemplazados por la violencia urbana.

    Muy cerca de Torres del Paine, en Chile, hay un gran rebaño de guanacos. A lo lejos, apartado, más bien aislado e ignorado hay otro guanaco. El guardaparques nos explica que es el macho que perdió. Pienso en Kafka.

    En verano mi casa se puebla de insectos, los insoportables mosquitos, unas pequeñas hormigas coloradas y las prehistóricas y desagradables cucarachas. El otro día al entrar en casa, piso a una cucaracha que deseaba acompañarme al interior y ahí quedó el cadaver. Menos de dos horas más tarde un ejército de hormigas coloradas había devorado todo el organismo, dejando tan sólo las alas que quedaron com un chal muy liviano que el viento hizo desaparecer. Me impresionó la velocidad de la ingesta.

    En cuanto al bípedo implume, si bien soy muy crítico de la condición humana, sigo pensando que la mayoría es buena gente. Me arrebataron 100 dólares de la mano en La Habana, entraron ladrones en mi casa en Londres, me hicieron trampa con el cambio en Cartagena de Indias, me robaron un auto en Martínez, me intentaron asaltar en San Telmo, pero le dí tantas trompadas que salió corriendo y se le cayó su celular, yo me rompí una uña. Me roba siempre el Estado.

  • LA INAGOTABLE PALABRA DEL RÍO

    Esa constante narración de los acontecimientos. Esa explicación de los hechos, esa necesidad de analizarlos y no sólo de registrarlos, (porque hay un misterio), algo que no puede ser dicho de la misma manera en que uno dice “está lloviendo” cuando llueve.

    Ahora llueve y estuve antes de esta lluvia; en el amanecer de cielo encapotado; como muchas veces; mirando el río, el mismo, cuya identidad consiste siempre en ser distinto.

    Estoy en un punto casi a mitad camino entre la ciudad y las islas. Entre la voracidad humana de Buenos Aires y el laberinto verde y también voraz del Delta del Paraná. Estoy sentado a la orilla del río (ahora que ha parado de llover) con una bitácora, dibujando el perfil de la urbe (que, debido a la negrura que viene desde el fondo de las islas y avanza hacia ella en lucha con el sol invisible que no consigue abrirse camino) y, la distingue (a la ciudad) hoy, más que otros días: amenazante. La negrura de las nubes exacerba el misterio que traspasa no sólo la ciudad, sino todo.

    Hay ciertos atardeceres de noviembre, donde aún el cielo está azul, cuando se pueden ver reflejos de color naranja en las superficies vidriadas de las oficinas, allá en la ciudad. A veces me imagino dentro de alguna de ellas y me veo entrecerrando los ojos (el sol me pega de lleno) para poder mirar la pantalla con los datos financieros, pues imagino que uno está dentro de esas oficinas encargado de alguna tarea relacionada con negocios bursátiles; el precio de la soja en Chicago, el valor del kilo en el Merecado de Hacienda, de cómo impactarán el Nikkei y el Dow Jones sobre el Merval, a cuánto está el dolar, y todas esas cosas, que estando aquí, a distancia casi equidistante entre el verde de las islas y el gris de la ciudad, imagino que podría estar haciendo en una de esas oficinas. Cada tanto giraría la vista hacia el río y vería tal vez a este mismo velero que estoy viendo, virando hacia uno u otro lado hasta encontrar la brisa que requiere para internarse raudo y vigilante en el misterio, y a medida que el cielo se va oscureciendo y la ciudad va encendiendo sus luces, imagino que por algún motivo de crisis global tendría que quedarme más de la cuenta en la oficina y que en esas horas en que (imagino) suelo bajar a la cochera para subir al auto y dirigirme a esta zona donde ese yo imaginario que está allá tiene su casa, (que bien podría ser la mía) y a esa hora inusual de estar ocupando un lugar que normalmente presumo vacío, y que me infunde una sensación de misterio; como era la de pasar por el colegio en verano y verlo igual pero silencioso y ajeno. Irían entrando las personas de la limpieza y vería a la señora boliviana que mientras pasa la aspiradora y vacía los cestos de papeles en una bolsa de color negro; me cuenta que vive en Virreyes y que el domingo va a ir a una isla y entonces me imagino que la señora boliviana a la que percibo ancha de caderas por el recuerdo que tengo de las mujeres que he visto en innumerables viajes por Bolivia, deambulando por La Paz; o sentadas frente a un. puesto de venta de yuyos, fetos de llama y semillas de guairuru; e imagino que mientras pasa la aspiradora está pensando en su madre y sus dos hijos pequeños que ha dejado con ella y ese yo que está allá (que no soy yo) sino que soy una empleada jerárquica que también tiene hijos y que cuando esa señora de la limpieza le dice lo de sus hijos dejados en Bolivia; esa empleada jerárquica piensa cómo sería que ella (que soy yo imaginándome siendo ella) dejase a dos de sus tres hijos en San Isidro (donde estoy) y ella partiera a Hong Kong.

    ¿Hace cuánto que está aquí Selva ?

    Cuatro años señora.

    Y a la ejecutiva (que soy yo) le correría un frío helado por la columna vertebral. Pero dejo de imaginarme en la oficina, entre otras cosas porque la luz ha cambiado (aunque sigo estando en el avanzado atardecer de noviembre y no en el tormentoso y gélido amanecer de agosto como realmente estoy) y porque he visto como un avión que viene del norte (tal vez Iguazú o Salta) ha dejado una estela y se dirige con sus luces encendidas hacia su aterrizaje en Aeroparque. Me imagino ahora en su interior (yo que estoy aquí en este punto casi equidistante entre la selva y la ciudad) y miro por la ventanilla y veo por primera vez la ciudad de Buenos Aires llegando desde Puerto Iguazú, donde imagino que vivo después de haber nacido en Apóstoles, y que soy un muchacho de 20 años, hijo de un tendero turco que llega por primera vez a la Capital y está nervioso ya que viene a tratar con un mayorista, tarea que le ha confiado su padre; e imagino que ese muchacho se llama Jorge Salim, y que tiene tatuado en un brazo la lengua de los Rolling Stones y un arito con pluma de tucán en una oreja y de paso viene a un recital de rock y a ver a River, y ahora, que ya ve el estadio acaricia los dos tickets que ha comprado como para asegurarse que están en la campera de jean que ha dejado arrugada en el asiento vacío a su lado. Deslumbrado por la anchura del río, ve la ciudad iluminada, e imagino la emoción que siente por su próximo encuentro con los primos que sabe que lo esperan al bajar; en cuyo departamento va a estar alojado; son los hijos de la hermana de su madre: Oscarcito, pero sobre todo Paula, que tanto le había gustado la última vez que se vieron en las Cataratas; se imagina liando un porro con ella en el recital y después en un boliche y luego durmiendo con ella y no en un sofá como aquella vez.

    El avión ya ha aterrizado, el olor a nafta le invade las narinas, las luces del lobby lo marean, en su mente compara al provinciano aeropuerto de Iguazú con éste; para él inmenso, mientras espera en la cinta ver circular su mochila, ata el cordón de sus All Star, en cuyo borde de goma aún quedan resabios de la tierra roja de Misiones.

    Paula está con Oscarcito y los tíos del otro lado del cristal. Después de los abrazos y besos, (más cercano a piquito que a beso fraterno con su prima), le dan ganas de fumar, y como ha venido con el propósito de sacarse las ganas de todo, se enciende un pucho,(y yo aquí me prendo otro), largo el humo que acabo de aspirar y esa masa eterea y azulada me nubla la vista, cierro los ojos para paliar el ardor y al abrirlos caigo súbitamente en la cuenta que la razón por la que me gusta tanto estar mirando New York desde el Brooklyn High Promenade es porque me recuerda a este lugar en donde estoy y que aquel es también equidistante de Wall Street y del centro de Brooklyn y entonces asocio la llegada de Jorge Salim a Buenos Aires con la de Holden Caulfield a New York y me dan ganas (ahora que vuelve a llover) de subirme al auto e irme a casa a escribir, y como vivo con la convicción de hacer todo lo que tenga ganas de hacer, apago el pucho, me subo al auto, dejo a Jorge Salim, a Oscarcito, Paula, los tíos, la ejecutiva y la señora boliviana y vuelvo a ser yo que acabo de sentarme al escritorio y tecleo:

    “¿Habrá el sistema planetario girado siempre en el mismo sentido? Y, me respondo (sin base científica alguna; sino guiado, por algo que a falta de mejor palabra, acepto llamar “intuicióin”) que por más que ello haya venido sucediendo por 300 millones de años, esa casi infinita cifra no es sinónimo de “siempre”. De ser ésta (mi pregunta) una loca fantasía, (a lo que doy una respuesta afirmativa), imagino, entonces, que por un motivo misterioso la tierra comienza a girar en sentido contrario y que después de leves cataclismos que devienen en tsunamis, terremotos, erupciones y tornados violentos; producto de la abrupta frenada del movimiento planetario la tierra comienza lentamente a girar en sentido contrario y de pronto estoy recién sentándome al escritorioi frente al ordenador, acabo de entrar en mi casa, estacioné el auto, me voy de la orilla del río, apagué el cigarrillo, encenddió el cigarrillo, le dio un pico a Paula, se ató el cordón de las All Star; en el Teatro The Globe un tal Shakespeare acaba de estrenar una obra que no fue bien recibida por el público bajo el título de “Hamlet”; la lava del Vesubio ascendió por la ladera y el muchacho virgen que intentaba dejar de serlo con su amada Cornelia dejó de sentir ese calor abrazador que le quemaba la planta de los pies y parecía darle a su cuerpo la consistencia de una piedra y siguió sin dificultad acabando con con su deseo; Alejandro, después de escuchar a Aristóteles, decide que si todo el mundo quiere venir a Grecia, él invadirá el Oriente y hará del mundo una Grecia Universal. El faraón Menkaura (Micerino), satisfecho, contempla al fin la terminación de la pirámide que lo albergará”.

    Llegado a este punto vuelvo al río, ahora en un helado anochecer de agosto. Ha dejado de llover, pero toda la vegetación se está aún escurriendo, los sauces sacuden su melena y me mojan; los juncos se agitan al compás del ritmo que las cansadas olas les imponen después de un día inestable. Hay una brillante luna pintada en un cielo negro; pasa un avión que ha despegado de Aeroparque, se ven las luces encendidas en el interior donde imagino que alguien que se ha quitado los zapatos, abre el libro “Fortuna” de Hernán Díaz, lee “Llevo más de una década presenciando una lamentable decadencia no sólo de la vida financiera de nuestro país, sino también del espíritu de su gente. Donde antes habitaban la perseverancia y el ingenio, ahora deambulan la apatía y la desesperación. Donde antes reinaba la autosuficiencia, ahora usurpa su lugar un sometimiento mendicante. El trabajador ha quedado reducido a la condición de pordiosero. Un círculo vicioso se ha adueñado de nuestros hombres físicamente capaces: cada vez dependen más del gobierno para mitigar la miseria que crea ese mismo gobierno, sin darse cuenta que esa dependencia sólo perpetúa lo lamentable de su situación”

    Pienso que hace 30 años en Manchester, Sarandí o Nimes la diferencia salarial entre un ejecutivo y un oficial o capataz de una misma empresa era de 14 sueldos, hoy esa diferencia es 60 ó 70 veces superior; aquel salario del operario era bajo, pero le permitía vivir con dignidad, y hasta hacer un mínimo ahorro; hoy ello es imposible y ese operario, está tentado a robar y dadas las circunstancias a vender droga para sostener a su familia al borde del precipicio, como me encuentro yo, sabiendo que nunca nadie leerá un libro escrito por mí.

  • VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT

    Imaginemos las suaves ondulaciones de las sierras de Éfesos que se zambullen sin estrépito en el Egeo, imaginemos que es invierno y que en la humilde choza, que desde la orilla se parece a un lugar destinado más a los dioses que al hombre que la habita en soledad,está el fuego encendido donde en un caldero que cuelga de un gancho, bulle una sopa de cordero y aromáticas hierbas salvajes que están por alimentar a Heráclito que no sabe que en 2500 años, lo que deje escrito ese día, será citado en otros escritos que se llamarán tesis doctorales en ámbitos de estudios serios en ciudades que llevan inimaginables nombres como Oxford, Buenos Aires, Lovaina.

    Imaginemos que Heráclito se ha servido en un cuenco de arcilla la sopa; que humeante; comparte la mesa de trabajo con unas delgadas tablillas de buena madera y con varios estilos (punzones)con los que dejará escrito de la manera mas sencilla posible ese concepto que el llamará “dialegestai” y que implica algo así como que en la parte está el todo que a su vez es nada y que en ese ir y venir de opuestos se encuentra la clave de lo que es el fundamento de lo que nos acontece, pero quiere hacerlo de una manera clara para que la puedan entender los pastores de cabras, así como le entendieron el concepto de “relatividad” cuando les demostró que el sol tiene el tamaño del dedo gordo de un pie humano cuando uno cierra un ojo y eleva el pie hacia el sol y entonces graba en la tablilla, después de meditar un buen rato:

    “El arco (byos), tiene nombre de vida pero efecto de muerte”, concepto que le permitirá con el tiempo a Prótagoras, complejizarlo un tanto, al sostener: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

    Imaginemos ahora que han pasado varios siglos y vemos llegar a Atenas, con gesto de cansancio, no sólo por el viaje, a un hombre que porta un nombre de tinte aristocrático, como corresponde a quien será preceptor del emperador Alejandro de Macedonia. Estoy diciendo Aristóteles, quien en un momento de zozobra espiritual desenrrolla un pergamino y escribe con un filo estilete embebido en la nueva tinta recién llegada de Egipto, que contiene una resina que fija mejor las letras que el típico hollin de las tintas locales. Con cierta molestia, no exenta de dolor escribe: “Pero queridos amigos, ¿es que en verdad hay amigos?”

    Pues sigamos caminando en el tiempo, digamos que hemos llegado a Ravena en el momento en que el poeta Dante (1265 – 1321) inmóvil, se deja retratar por Giotto; inmovilidad aparente ya que su mente inquieta no puede parar de pensar en la oración con que quiere iniciar el Infierno de su Comedia y en la enmarañada selva oscura lo acechan león, leopardo y loba y no puede, no sabe, lo intenta, retrocede, se enfada y entonces estornuda y es Virgilio quien lo guía y Dante hace a un lado al Giotto y escribe en un delicado papiro oriental provisto por un comerciante florentino, mojando su pluma en una burda tinta oscura de extraño nombre ‘atramentum’ algo así como “frente a la puerta con la terrible inscripción “¡Perded toda esperanza los que entrais!”, vuelve a estornudar, se sienta y le dice al Giotto ” Avanti maestro.

    Prosigamos, acabamos de dejar los blancos acantilados de Dover después de una tranquila travesía desde Calais, y luego en un chirriante carruaje hemos llegado a Londres, es 1595 y vemos que un tal William Shakespeare apura sus pasos por la Strand porque no quiere que se le escapen los versos que acaba de soñar y que serán con el tiempo uno de sus sonetos que recitarán millones de individuos en todas las lenguas y con desesperación embebe la pluma de ganso en una pringosa tinta que le manchará su ropa y el texto y apunta, veloz:

    “Cuando cuarenta inviernos pongan sitio a tu frente

    y excaven hondos surcos en tu bella pradera

    tu estampa vanidosa, admirada al presente

    será una vestimenta andrajosa y grosera…

    y de pronto una nube traidora que acecha constantemente al poeta, como la muerte a todos, le impide seguir escribiendo porque a ensayar lo llaman, pues la reina Isabel se aburre y la Corte le exige al cortesano Shakespeare, como al caballerizo, o al valet estar no donde quieren sino donde deben.

    Pues dejemos a Shakespeare entretener a su Majestad y volvamos al continente, a andar los polvorientos caminos hispanos y entremos en una sórdida, oscura, ruinosa celda donde paga con la prisión,el no haber pagado en tiempo y forma sus deudas un huesudo y fino hidalgo a quien vemos hundir en el tintero que ha pedido su improvisada pluma de gallina batarasa para que la humanidad lo escuche y anota para la eternidad estas palabras “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” que darán origen a las andanzas en busca de algo que le de sentido a su aburrida vida carcelaria que poblará de aventuras en compañia de su fiel servidor, porque hidalgo sin siervo y caballero sin caballo son lo mismo que esperanza sin tiempo por delante o cóndor sin los Andes donde anidar.

    Y pasó entonces el tiempo infatigable y de pronto lo manual se hizo mecánico con la invención de la imprenta que llenó de letras el mundo y la gente se puso a leer y quien lee no puede no escribir y lo hizo en máquinas, obviamente de escribir que evolucionaron a la máquina electrónica que un buen día se hizo computadora y permitió que hoy mientras viajaba en el tren dejara grabado en el celular, lo que ahora estoy volcando en la pantalla y entonces parodiando a Beaudelaire agradezco a Dios por no haberme hecho vivir en Éfesos en el 600 AC, ni en Atenas en el 300 AC, ni en los Estados Pointificios del siglo XII, ni en la Inglaterra ni la España del siglo XVI y me pone muy contento gozar de este hecho de tan sólo tener que acariciar el teclado suavemente y con limpieza y velozmente mis ideas quedan dibujadas en una pantalla que reproduce lo que intento decir y que cuando me equivoco con tan sólo volver a teclear transformo esta intrometida mayúscula acentuada (É) en la deseada (é) que erróneamente había eludido; o este error de escribir hepigrafía en vez del correcto epigrafía, o corregir el equivocado (¨) por el necesitado (´).

    Lo que si envidio a los que me precedieron es la sencillez con que podían explicar que las ideas aparecían plasmadas en una superficie por el hecho de haber tan solo dibujado las letras correctas; yo, en cambio, y muy a mi pesar no sé explicar el proceso por el cual la presión sobre una tecla da la “A” y pone la “Z”, ni por qué ante mi ansiedad alguien me dice seriamente “pará un poco que la máquina está pensando” y “si seguis siendo ignorante y queres saciar tu curiosidad no dudes y preguntale al Chat GPT por qué ocurren las cosas”. Y es aquí cuando me pregunto si cuando un griego le consultaba al oráculo de Delfos cuál sería el resultado de la batalla, o un florentino del siglo XII arrodillado frente a un altar hacía promesas si tal gracia le fuera concedida, o un inglés del XVI sintetizaba el balance entre dicha y pesares en “The question is to be or not to be”, o un español enloquecido arremetía convencido que la rueda del molino que giraba sin parar era fiero enemigo a derrotar.

    La pregunta que me hago es bien sencilla ¿avanzamos o tan sólo modificamos algunos elementos técnicos con los cuales queremos dejar por escrito para que a la idea no se la lleve el viento, la sempiterna y nunca respondida pregunta: What the hell are we all doing here?

  • RAPA NUI

    Es mayo 2003, acabamos de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Mataveri, en Hanga Roa, capital de Rapa Nui. La Isla de Pascua tiene 163 kilómetros cuadrados y alrededor de 5000 habitantes. Este es un viaje de trabajo. Llevo gente de universidad norteamericana. Me levanto temprano. Mi habitación da a un parque que termina en pendiente rocosa y cae suavemente al Pacífico. Salgo a caminar; al llegar a la orilla del risco veo a tres Rotwailers deambulando por la orilla del mar. Fieles custodios de nuestra seguridad. Noto que me han olido, miran hacia donde estoy, se bhabrán preguntado ¿turista o intruso?, deben haber optado por la última, avanzan, retrocedo, aumentan la velocidad, llego agitado, cierro la puerta de la habitación. Pido el desayuno en el cuarto.

    Frutas, yogurt, huevos, tostadas, queso y café calman mi ansiedad. La mujer que me ha traído la bandeja juega con Haki, Tongui y Kongo: los tres ahora, parecen corderitos. El guía local nos inicia en el misterio de Rapa Nui a medida que recorremos los pedestales pétreos, los Ahus donde están montados los Moais, que, nos informa fueron emplazados entre los siglos XIII y XVI por los nativos llegados desde la Polinesia alrededor del año 1000. En la zona llamada Poike, se yergue, dándole la espalda al mart Ahu Tongariki, compuesto por los 15 Moais, el más grande de los cuales pesa 86 toneladas, nos dice y agrega el guía, nacido en la isla, que en la zona está el volán Poike, que habría surgido del fondo del mar hace 3.000.000 de años y cuya última erupción se estima que pudo haber sido hace 900.000 años, otros dicen 705.000 y otros 230.000. Miro el paisaje, muy verde, con ondulaciones y grandes vrocas y siento la insignificancia de la biografía ante tales números. ¿Qué significan 3.000.00 de años? Escucho que nos dice que Rapa Nui es Ombligo del Mundo, y yo que pensaba que era el Qosco, y tal vez algún emperador romano, habrá sostenido con la misma convicción que era Roma, y un chino con poder está seguro que es China, así como Margaret a punto de dar a luz, piensa que su panza es el ombligo del mundo. Conversamos. Comemos deliciosos pescados recién llegados a la costa en una barca amarilla y bebemos Pinot Gris. Compro unas postales en un negocio de souvenires y un mínimo libro, casi un folleto, que tiene tres cuentos de Katherine Mansfield “Marriage a la Mode”, “Life of Ma. Parker”, “The Doll’s House”; por la tipografía parece una edición pirata de The Collected Stories de Penguin.

    A la noche le “The Doll’s House”, así se llamaba el jardín de infantes donde inicié mi escolaridad y mi primer acercamiento al mundo inglés de la mano de Mrs. Kember, cuyos ancestros, según me contó muchos años después, venían de Cornwallk. Me ganó el cansancio y debo haber soñado con volcanes que expelían Rotwaillers, los maoríes de New Zeland me sonaron a Moaies e imaginé a Rapa Nui como la isla emergente de una cordillera submarina, uno de cuyos picos puede ser la tierra donde naciera Katherine Mansfield. El

  • LIVIANO DE EQUIPAJE

    Nunca tuve mayor sensación de libertad que el día que todas mis pertenencias cabían en un mediano bolso de mano con el que iba caminando por un sinuoso camino de 2 km de extensión, rodeado a ambos lados por las matas espinosas que los habitantes del Gard (Provenza) llaman “la garrigue” desde la gran casa construída en 1826 donde viví dos años hacia la ruta Ales Nimes para llegar a Avignon, a tomar el tren para París, para seguir a Luxemburgo donde abordaría el avión para Colombo (Sri Lanka) con escala en Moscú, para pasar 6 meses en India y Nepal. Caminaba bien temprano en la mañana de marzo de 1980 y esa voz interior que nos habita iba diciendo:”todo lo que tengo va en este bolso; unas pocas prendas, dos libros, un cuaderno, una cámara de fotos y la felicidad de no tener que cerrar con llave ninguna puerta, ni dejar a nadie a cargo de nada, ni preocuparme de nadie, no hay mayor libertad que esto”. Pienso hoy diciembre del 2025 en aquella caminata (que por otra parte tenía como escenario histórico el Pont Du Gard y el circo romano de Nimes) preludio del gran viaje, porque leí algo que dijo Cicerón (106 – 43 AC)que expresa inequívocamente lo sentido por mí en aquel tiempo: “Todas mis pertenencias las llevo conmigo” .

    En 20 siglos un filósofo, defensor acérrimo de la República Romana, enfrentado a Julio César, y a Marco Antonio orador de fuste con sus discursos políticos contra Catilina, enemigo de la República (las Catilinarias) que le hicieron perder la cabeza que fue exhibida chorreante de sangre en el foro romano. Y un ignoto argentino trotamundo, perteneciendo al mismo universo cultural: el despojamiento como la mayor posesión, lo único que uno lleva consigo es: La Libertad.

    Varias preguntas ¿Hay progreso en el mundo?

    ¿O es que sólo participo de una visión europea – argentina de la realidad y el mundo Inca, Maya, Hindú, Chino, Mongólico, Árabe, Africano, de Oceanía, de desiertos, campos helados, selva amazónica y senderos del Himalaya son tan sólo un espiar por el ojo de la cerradura y volver a lugar conocido? ¿Qué sé de las ciudades romanas de Lepis Magna y Sabratha, que hoy están en territorio de Libia y que son las ruinas romanas mejor conservadas del planeta, o qué se de la vida cotidiana en Capadocia donde estuve dando vueltas? ¿Qué se de Jartum, capital de Sudán, país con más habitantes que la Argentina y más pirámides que Egipto? ¿Qué se de Etiopía, uno de los estados más antiguos del planeta, cuna del café que tanto bebo y sitio donde se encontraron los restos de Lucy, un Australopithecus de hace más de 3 millones de años y el tal vez, al menos por ahora ,más lejano antecesor humano? ¿Qué se de los marsupiales (entre ellos el canguro) que se originó en América y que a través de lo que hoy es La Antártida llegaron a Australia donde sólo hoy los puedo ver y que cruzaron la pampa cuando aún no era húmeda ni pastaban Aberdeen Angus, ni crecía la soja en ella?

    ¿Es que sé algo, o tan sólo soy un inquieto ignorante argentino, y ya que estamos para finalizar con humor ignorante y argentino son anagramas, con las mismas nueve letras escribimos dos conceptos que no tienen nada que ver uno con otro, ¿o sí ? y esto lo digo sin ironía alguna, el anagrama sólo es aplicable a mí y no a los millones de argentinos que veneran a Perón como estadista y a Eva como jefa espiritual de la Nación y que siguen creyendo que Dios es argentino y que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que entre un rico en el reino de los cielos y otras muchas cosas argentinas.

  • PARÍS, 1979

    Paseamos, Claire y yo por la orilla del Sena. Es invierno y ha comenzado a nevar.

    ¿Nieva en Buenos Aires?

    No, creo que sólo una vez, en 1918. Me gustaría ver nevar desde el muelle de Pacheco y mirar hacia el perfil de Buenos Aires y verla así, gris y con copos abrigándola con esta helada frazada blanca que hoy cubre París, pero no, no nieva.

    Pasamos frente a una casa donde han esculpido los perfiles de Eloísa (1092 – 1164) y de Abelardo (1079 – 1142).

    Es una historia de amor bizarro; me dice Claire. Abelardo era el intelectual codiciado por la clase alta para ser preceptor de sus hijos. Eloísa era hija de un hombre poderoso. Ella era una joven culta, libre, políglota, versada en matemáticas, filosofía y ciencia; una mujer que desafiaba a su tiempo. El padre le encarga a su tío, el canónigo Fulbert, para que contrate a Abelardo como maestro para guiar a su hija.

    Y así fue que entre algoritmos, teorías cosmológicas y lecturas, un buen día, Fulbert los sorprende en el escritorio libándose los sexos en éxtasis celestial.

    ¿Y entonces?

    Se vino el eclipse. Alejaron a los amantes. Abelardo desterrado de París, habita una pobre posada en las afueras de la capital. Una noche, helada como esta, varios esbirros de Fulbert entran en el aposento de Abelardo, lo emasculan. Mientras el pobre grita de dolor y se desangra, los sicarios meten en un morral pene y testículos como prueba de haber cumplido la tarea. Eloísa es confinada a un convento de clausura.

    A la noche comemos en 15 Rue de la Tournelle, civet de canard, bebemos Chateau Cheval Blanc Gran Cru Classe, contemplando Notre Dame desde arriba, como si estuviéramos en el cielo.

    Pensá, Alejo, que hasta el siglo XIX las iglesias eran los edificios más altos de la ciudad; la arquitectura también marcaba la jerarquía. El mundo no es un paraíso, es la historia que siempre es humana y a pesar de tantas cosas sigo sosteniendo que vivimos en el mejor de los mundos posibles y ello es así por abrir puertas y no por cerrarlas, por la libertad de prensa, la libertad de comercio, la libertad de elección y expresión sexual, la libertad de enseñanza, la libertad de trasladarse, la libertad de peticionar, la libertad a ser juzgados por tribunales probos e independientes del poder político, en fin La Libertad y ello se debe al liberalismo que siempre fue denostado por la representación de la única monarquía absoluta que aún queda en Europa, cuyo monarca es elegido por 128 cardenales en conciliábulos secretos, donde a la mujer no se le permite siquiera celebrar misa, donde la mujer consagrada es virgen y ha concebido sin mácula alguna porque parece que el amor que une dos cuerpos para engendrar un hijo o gozar es maculado, que significa: sucio, sudoroso, oloroso, húmedo y sobre todo placentero y saludable. Por si mi responsabilidad por esta opción no ha quedado clara, anoto aquí lo que Nicolas Shumway en su “Historia de una Pasión Argentina” dice al respecto en el capítulo III titulado “De cómo el liberalismo se volvió una mala palabra”. Transcribe allí Shumway unos pasajes del libro “El Liberalismo es Pecado: cuestiones candentes”, publicado en 1884 por el padre Félix Sardá y Salvay y que fue reeditado y algo modificado para el público argentino en 1885 por un cura argentino, Antonio Fernández Moya, con el título “El Liberalismo es pecado de Herejía: explicado con preguntas y respuestas” (como para que nos demos cuenta). Sigue diciendo Shumway, “el padre Félix comienza su libro con esta definición del liberalismo”: “Principio liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que nazca de ella misma, soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernarse con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después, libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta así mismo absoluta, libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo… El fondo común de ellos es el racionalismo individual, el racionalismo político y el raccionalismo social. Derívanse de ellos la libertad de cultos más o menos restringida, la supremacía del Estado en sus relaciones con la Iglesia, la enseñanza laica o independiente sin ningún lazo con la Religión. El matrimonio legalizado y sancionado por la intervención única del Estado, su última palabra, la que todo lo abarca y sintetiza, es la palabra secularización, es decir, la no intervención de la Religión en acto alguno de la vida pública, verdadero ateísmo social, que es la última consecuencia del liberalismo”.

    Es que de eso se trata. Eso establece nuestra Constitución Nacional. Es el individuo el valor supremo, sin sujeción a corporación religiosa, militar o sindical alguna, esos resabios medievales con tufo a Comunidad Organizada que definen al peronismo como la Iglesia Católica sin sotana.

    No hace tanto (1966), un tal Caggiano, a la sazón cardenal primado, fue invitado a firmar el Acta de Asunción del gobierno de la Revolución Argentina; pomposo nombre para un incivil y salvaje golpe de estado. Mucho más cerca aún, el Presidente Alfonsín denuncia un pactomilitar sindical.