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  • L. WITT

    Wilcock, VolksWagen, Wolf, Weber, Wake,Weininger, Wittgenstein, Westerns,West End, y es por esta W tan escasa en la lengua española que estoy aquí, en este atardecer primaveral leyendo a Thomas Bernhard (1931-1988), pero no uno cualquiera de sus libros sino el que se titula “El Sobrino de Wittgenstein” y mientras me dejo envolver o arrobar por su escritura envolvente o arrobante y el envuelto o arrobado soy yo que quedo dentro del envoltorio o arrobatorio, que incluye además la lectura de la obra de Wittgenstein en los dos volúmenes de Gredos, en parte bilingüe y en parte unilingüe, la biografía de Ray Monk “Ludwig Wittgenstein” (El deber de un Genio) y la biografía novelada de Bruce Duffy que lleva por título “El Mundo tal cual lo Encontré” que reproduce en parte el aforismo 5.631 del “Tractatus Lógico-Philosophicus” que invito al lector a leer con la inocencia del virgen (no con la “inocencia del mal”, de lo que más adelante diré algo). Me he tomado el atrevimiento irreverente de nombrar a Ludwig Wittgenstein (1889-1951), como L. Witt, no porque ame las abreviaturas, sino como un respetuoso y sentido homenaje a su persona ya que me suena a nombre de cowboy que él tanto disfrutaba con los Westerns que solía ver con su amado pelirrojo David Pinsent en 1913 con quien llegó a ver tres veces “Bronco Billy y los Cowboys” y luego en compañía de su amante Francis Skinner en los cines del West End “in London of all places” y en el Tivoli, próximo al Trinity College en Cambridge en la década del 30 y luego con Ben Richards a partir de 1945 y hasta la muerte de L. Witt en 1951.

    Debo explicar que esta sucesión de WWWWWWWWW, es el resultado de la lectura de “La Sinagoga de los Iconoclastas” de Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) que un día se fue del país por consejo de Adolfo Bioy Casáres, como antes se había ido Julio Cortázar harto de que los bombos peronistas no lo dejaran escuchar a Bela Bartok, y entre otras razones de su vida privada a Wilcock tampoco le caía bien el peronismo al igual que a Borges y salvando las enormes distancias , a mí me cae tan mal como a todos ellos sumados, pero yo me voy y vuelvo, es decir viajo hasta que un día emprenda el así llamado “viaje”, que no es otra cosa más que la universal y archidemcrática desaparición por siempre jamás, que es algo que detesto aún más que al peronismo; ambos, la muerte y el peronismo me dan vergüenza.

    “La Sinagoga de los Iconoclastas” de editorial Anagrama viene precedida de una invocación de Ruggero Guarini que dice: “Otra persona sobria es mi amigo Juan Rodolfo Wilcock que lleva años viviendo en el campo, en una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros…………sus grandes lujos son un viejo VolksWagen, y una buena radio para escuchar un lied de Wolf o un cuarteto de Weber. Pero tampoco el trabaja; escribe poemas y cuentos…………y echado en un diván lee y relee a Joyce y a Wittgenstein”.

    Cuando el 16 de marzo de 1978 Wilcock muere de un infarto acababa la traducción de “Finnegans Wake”. Copio en mi bitácora el epígrafe con que Ray Monk comienza la biografía de L. Witt “La lógica y la ética son fundamentalmente la misma cosa:El deber hacia uno mismo” del libro “Sexo y Carácter” de Otto Weininger y me pongo a devorar a L. Witt.

    Dicen que los extremos se tocan. Cada vez aumenta mi convicción de que en un planeta que gira sobre su eje, mientras gira alrededor del sol es bastante posible (debo trabajar en hacerlo probable) que personas y acontecimientos naturales y culturales vuelvan a suceder casi idénticamente: veo en la vida y el pensamiento fragmentario de L. Witt, una similitud con la vida y los fragmentos de Heráclito, así como veo en la invasión de Putin a Ucrania una reiteración de la invasión de Hitler a Austria, y como el 3 de septiembre de 1939 se replica en el 24 de febrero de 2022 ante idéntico asombro y pasividad de Europa. Percibo una suerte de convicción generalizada de que algo equivalente al mítico Diluvio Universal está próximo a ocurrir.

    5.631 “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiera un libro, “El mundo tal como lo encontre”, debería informar en él también sobre mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etcétera; ciertamente esto es un método para aislar al sujeto o, más bien, para mostrar que en un sentido relevante no hay sujeto: de él sólo, en efecto, no cabría tratar en este libro”. Agrega luego que el sujeto no pertenece al mundo y los compara con el ojo y el campo visual, donde al ojo uno no lo ve realmente y nada en el campo visual permite inferir que es visto por un ojo. 5.634 “Todo lo que vemos podría ser también de otra manera”. (Darwin nunca llegó a estudiar los monos verdes de San Cristóbal y Nieves).

    “La hipócrita voluntad sólo culpa a la mano que culpa a la muerte que a su vez culpa al sexo, tonto pero no menos turgente” dice Bruce Duffy y es el cuerpo que necesita decir como el cerebro lógico de L. Witt y se masturba en el barco de guerra en el Vistula, y se masturba en Cambridge y en la cabaña en Noruega y cuando está con Francis Skinner y se siente sucio y pecador y necesita confesarse ante amigos y colegas y necesita desprenderse de la fortuna heredada y trabajar como maestro rural y es Heráclito a quien el cetro de basileus lo enferma y sube a la montaña a encontrarse consigo, como L. Witt en la soledad de su cabaña de Songe.

    La inocencia virginal es la del infante, la del que aún no ha sido fraguado por el lenguaje: la de todos nosotros cuando niños, todos nosotros cuando vimos el mar desconocido, el bosque misterioso y en él, el rugido. Los extremos se tocan: la inocencia virginal y la inocencia del mal. L. Witt repite en sus aforismos los fragmentos de Heráclito, y repite en su vida el despojamiento del griego. L.Wiit rechaza la segunda fortuna más grande del Imperio Austro-Húngaro para pelearse con Bertrand Russell sobre si los tres manchones de tinta que éste acaba de estampar con ira sobre una hoja en blanco ¿existen o no?

    Al pensar estas situaciones de cuerpos y mentes en conflictos y de egos en discordia percibo que todo parece un juego, escenas de una eterna tragicomedia que quiero ilustrar para dar un ejemplo de la inocencia del mal. Recurro como tantas otras veces a un texto de Borges, se titula “Lunes 22 de julio de 1985” donde nos narra su experiencia en un juicio oral (el de Victor Melchor Basterra 1944-2020) quien había estado en prisión cuatro años, azotado, vejado, torturado y cuando Borges esperaba las quejas del obrero metalúrgico, se sorprende cuando lejos de tal cosa, observa que “el réprobo había entrado enteramente en la rutina del infierno. De todo lo espantoso que oí esa tarde y que espero olvidar referiré lo que más me marcó para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre, llevaron a todos los presos a una sala y vieron una mesa tendida, vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (recito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturadods y no ignoraban que los torurarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese infierno y les desó Feliz Navidad. No era una burla, no era un remordimiento. Era como ya dije una suerte de inocencia del mal”.

    Se pregunta Borges “¿Qué pensar de todo esto? Yo personalmente descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos, si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente y antes de ser, ya son en esta Mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos”

    L. Witt en constante lucha con sus fantasmas: la tradición judía del Mayer de su bisabuelo oculta tras el principesco Wittgenstein, la inconmensurable fortuna familiar que desea purgar mediante la docencia con los hijos de toscos campesinos batiéndose contra el engolado y hueco lenguaje de la academia y los mohínes de los snobs de Cambridge. Explicando que el mundo consiste en hechos y no en cosas, (“La ciencia se mueve en el orden de lo real o de lo probable; la filosofía lo hace en el orden de lo posible, del lenguaje, de los conceptos”). Va cargando con el suicidio de tres hermanos, la rigurosa autoridad de su padre, las docenas de sirvientes, la obligada aceptación a pasar Navidad en Viena consu familia y Fraulein Ketteler, invitada con sus padres y ofrendada como pavo trufado a ser la esposa de L. Witt, que terminada la comida es invitada a pasar a la biblioteca donde en privacidad esperan, los mayores, que al salir L. Witt, anuncie su noviazgo. Cerradas las puertas corredizas de la grandiosa biblioteca, L. Witt tiembla y transpira y no entiende como la Fraulein no ve que él no es P sino -P, que P supera lo V o F, ya que para él es imposible y esos interminables minutos son como el casi eterno esplendor de los Habsburgo que estallará en mil pedazos en poco tiempo. Y así como un elefante no puede hacer lo que hace la golondrina, ni una lenteja comportarse con el café como lo hace el azúcar, L. Witt no puede hacer con la Fraulein, lo que su padre hace con su madre, ni la Argentina puede librarse del autoritarismo fascista, como tampoco pudo Austria con los nazis. Tendrá que llegar una nueva manera de pensar y ésta tendrá que ser tan contundente como la transformación que hizo que se pasase de la alquimia a la química, del Dios trino al “In God We Trust”, tirar por la borda la fe dogmática y entrar en la racionalidad y es otra vez Heráclito con su cuenco humeante y el olor de pan recién salido del horno, así como es L. Witt mirando a Billy Billoch montado en su caballo en la pantalla del cine Paris de Thistle Grove con Ben Richards sentado a su lado con la cabeza apoyada en su hombro..

    Escapar de su padre, de su judaísmo, de su fortuna, de Viena, de su lengua, de Cambridge, de la gente, porque el filósofo es un solitario, el filósofo es un ciudadano de ninguna comunidad de ideas; la cabaña de Songe en Noruega, la casa del granjero en Irlanda, “la política es lo que hace el hombre a fin de ocultar lo que es y lo que no sabe”. Escapar como Heráclito, como Nietzsche, no dejarse atrapar, escapar del sistema (de cualquiera) es buscarse, es tratar de decir con las palabras de siempre lo que éstas aun no han dicho. ¿Cómo hacerles decir algo diferente? ¿Qué cosa decimos cuando decimos algo? Tal vez la respuesta haya que buscarla en la poesía “la palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” escribió Alejandra Pizarnik, o quizás no haya nada que buscar pues “la vida no es más que la construcción de un cadaver” como lapidariamente dejó escrito Walter Benjamin.

  • ROSARIO DE SANTA FÉ 2009

    Estoy en Rosario, la ciudad que pudo haber sido la capital del país, y no lo fue por el veto del Presidente Sarmiento. El diario La Capital, el más antiguo del país, fundado por Ovidio Lagos en1867, con el apoyo de Urquiza, no lleva ese nombre por accidente, sino que era la punta de lanza de un proyecto de nación que había comenzado en 1862, y que el diputado Manuel Quintana presenta en la Cámara Baja del Congreso Nacional; es aprobado, pero rechazado por el Senado. Vuelve el proyecto a ser tratado en 1868 y vetado por el Presidente Mitre. Presentado a la nueva administración, es aprobado pero vetado definitivamente por Sarmiento.

    Es 2009, camino por la costanera paralela al Paraná. Me sorprendo, le han erigido una estatua a Ramón Lull, el autor de “Ars Magna”, de textos alquímicos del siglo XIII, aquí compartiendo espacio con la batería operada por el General José María Francia contra la flota porteña en defensa del federalismo, y otra estatua que homenajea a un señor de túnica y turbante de aspecto semita. Le han arrancado la placa y alguien con aerosol estampó “el gordo está reloco”. Una señora, al pasar, me ilustra con amabilidad “es Averroes”. Sigo, hay un monumento a la diversidad, también lo han intervenido con aerosol “Puto”. Más adelante, otro monumento del que sólo queda el pedestal, ni placa ni héroe nacional, pero con la inscripción “Olivos por la paz, año 2000”, me veo rodeado por jacarandaes, no veo ningún olivo. Unos pasos más adelante, un cartel advierte “Peligro -arranca”.

    Faltan placas, faltan bustos, faltan letras, falta la red ferroviaria, falta la capital, falta el país. Me da la impresión que nuestra crisis no es económica, ni política, ni social, ni siquiera ética. Me viene dando la impresión que nuestra crisis es erótica: no amamos a nuestro país. No entendemos el coincepto “república” que significa “cosa pública”, es decir de todos, y no como a veces parece entenderse: de nadie, pero mucho menos para que alguien con poder se atreva a gritar “vamos por todo”. Rosas, el padre fundante sentó las bases sobre las que se consolidó la nación, en el siglo XIX ser propietario de la tierra ubicó en el poder a los ganaderos de la Provincia de Buenos Aires. Perón, su copia remozada para el siglo XX, genera la segunda casta con prebendas a los sindicalistas, “barones del conurbano” equivalentes a los jueces de paz del rosismo y eleva a universal el concepto de pueblo-obrero-trabajador. Kirchner, basa su concepto oligárquico en una alquimia de dólares robados presentados con envoltorio tercermundista de moda hace medio siglo con una iglesia jesuítica bendiciendo al rebaño de las pobres, únicos admitidos en el reino de Dios.

    La “res pública”, los sabios conceptos liberales de la Constitución Nacional reducidos a mera forma, se impone a ella la Comunidad Organizada: la oscura Edad Media.

    Viajo a San Lorenzo. La torre del convento vista desde lo que se llama “el Campo de la Gloria”, me remitió a tareas escolares con Nesquick, Patrulla del Camino, Billiken, goma de pegar, cartulina, San Martín (Santo de la Espada), Cabral soldado heroico: los hitos de la pertenencia nacional. Un monumento castrense honra a los Granaderos en austero formato: “Santiago del Estero le dio vida, San Lorenzo gloria, homenaje al soldado López”, así se suceden Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba, Montevideo, y hasta Francia.

    Viajo a Santa Fé, regreso a Rosario, enfilo hacia Serodino, me paseo por el frente de la casa de Juan José Saer. Trato de imaginar el momento de la decisión; su partida en colectivo a Rosario, tren a Retiro, vuelo Buenos Aires-París, su instalación en Rennes. Hombre de río con orillas, a pesar de su conocido ensayo.

    Regreso a Buenos Aires bordeando el Paraná hasta donde lo permite la carretera Vuelta de Obligado, San Pedro, Baradero, Zárate, Campana, Tigre, San Isidro. Estaciono, camino hacia la punta del muelle de Pacheco. Aquí llega el agua que vine siguiendo desde Rosario. Me llega un mensaje al celular, pienso en Lull, viajero incansable, pienso en su “Ars Magna” como uno de los precursores de la inteligencia artificial en el año 1300, sigo para atrás, Antikitera.

    Siempre vuelvo al lugar donde empecé a pensar, siempre vuelvo al río, a este muelle y al recuerdo de El Ombú, y a mi lugar secreto de entonces: el techo de la casa de mis padres.

    Los barcos, el tren, los viajes, los libros, la aventura.

    Creo que el aprendizaje de la lengua inglesa, me acostumbró de chico a pensar y sentir desde otro ángulo. El libro de geografía “A Voyage Around the World” de Longmans, en el capítulo “The Far East”, en la sección “India” traía un grabado en papel ilustración donde se veía a dos mujeres a la orilla del Ganges, una de ellas vestida con un sarín color azafrán y la otra con uno color de lavanda; eran de piel oscura y portaban cacharros sobre las cabezas; estaban bajando las escalinatas del río sagrado y sucedió que un día de abril de 1980 yo subía a un rickshaw en la estación Benarés y como poseído, apuraba la marcha hacia el Ganges y ahí me estaban aguardando las dos esbeltas mujeres, oscuras, misteriosas, con cacharros de cobre sobre sus cabezas.

    No sólo el tiempo, sino también el espacio, comenzaba a ser un gran impostor. Un texto de Borges “El 22 de agosto de 1983” de su libro “Atlas” dice:”Bradley creía que el momento presente es aquel en el que el porvenir fluye hacia nosotros, se desintegra en el pasado, es decir que el ser es un dejar de ser…”, yo caminaba por las atestadas calles de Benarés y estaba al mismo tiempo en un aula de una casa estilo Tudor de Olivos escuchando a la muy británica Miss Dolores Solares en una tarde desolada de invierno que se hizo noche y soportando más de 50 grados de temperatura en el nórdico estado de Uthar Pradesh, por más que la lógica asevere que no se puede estar al mismo tiempo en dos lugares.

  • AÑO 2020

    2020 ha sido señalado como el año que nos permitió apreciar el caos y la falsedad con los que vivimos. Hay mucho de cierto en ello; pero cuando pase, porque esto también va a pasar, saldremos a festejar tan “mocosamente” como siempre. A seguir comiendo, copulando y cagando; ese CCC es nuestro ADN.

    Me inquietó, cuando en 1964, a orillas del lago Titicaca, los “indios” quemaban un gran muñeco y bailaban borrachos a su alrededor, burlándose de la soberbia del hombre blanco.

    Me sentí vulnerable, cuando en un cuatrimotor carguero, sobrevolando el Matto Grosso, el mecánico del avión que trataba de parar, sin conseguirlo, el continuo derrame de aceite de la nave, me comentó muerto de risa, que si no nos matábamos con la caída del avión, nos liquidarían los jíbaros de allá abajo, y me señaló unas columnas de humo que salían de la espesura.

    Experimenté cierto grado de locura, cuando entramos furtivamente en el Teatro Amazonas en Manaos: un teatro lírico construído en plena selva: eso sí que es desorden. Este panorama de caos se completó al recorrer los restos del Imperio Jesuítico en la Chiquitanía, imperio basado en la gloria de Dios.

    Hay otros hechos que si bien no puedo tildar de caóticos, me parecen sin embargo raros. Me impresiona que de los más de 300 millones de espermatozoides que viajan al encuentro de un óvulo, haya sido uno el causante de que yo sea. Raro, cómo para creérmela, raro para construir tanto ego, por una acción ajena y totalmente casual.

    ¿Cómo se las arreglan para ser jueces, emperadores, papas con semejante orígen? ¿Cómo me las arreglo con semejante conciencia?, y discuto y me enfado e insulto y me peleo defendiendo una verdad. ¿Verdad? Quien que no sea un cretino puede hablar de verdad. Soy de un país, donde muy suelto de cuerpo y de lengua, un militar expuso, y le creyeron, no una, sino 20 verdades. Murieron y mataron por ellas. Siempre me resultó raro que sin comprender cabalmente afirmemos tal cosa y no tal otra. Vivimos como si estuviéramos en un universo congelado, y lo único que se ve es movimiento y cambio.

    Joseph el de Benarés, cree en la reencarnación, yo no, pero me ha gustado jugar, en silencio a ello.

    Hay momentos yermos, de esos que cada tanto aparecen. Uno de ellos ocurrió una tarde de otoño, fresco pero no frío, en el caserío de Saussine, en el Gard. Había llovido desde la madrugada hasta el mediodía y luego salió un sol firme. Al terminar de almorzar, salí a hacer una caminata, hacia lo que llamábamos “la petite foret”, un bosquecillo joven pero tupido, sobre una loma, distante unos mil metros. Era un maravilloso lugar para jugar a las escondidas, cosa que hacían los hijos del alfarero cuando los visitaban otros chicos de pueblos vecinos, ya que permitía ver lo que sucedía en el pequeño poblado que constaba de nuestra casa, un granja de 1826 dedicada a la cría de gusanos de seda, la del alfarero Jeff, su esposa Cris y sus tres hijos que era una moderna residencia de piedra y ladrillos de no más de diez años; la de Madame Eglantine, más pequeña, pero tan antigua como la nuestra. La del suizo Leo y su novia inglesa. Leo, era una mezcla de Carlos Marx y José Hernández, corpulento, de pelo y barba tupidos, ella una lánguida y estrafalaria inglesa bastante parecida a una de las hermanas Sitwell. La casa había sido un galpón de la de Eglantine, que habían reacondicionado. Era un salón cocina comedor con chimenea, un dormitorio y un baño. Completaba el poblado una cabaña de piedra y madera de un señor jubilado y su hija fotógrafa que vivía en Suiza, pero solía pasar largas temporadas con su padre.

    Me encontraba en el bosquecillo, fumando Gitanes sin filtro mirando al pequeño camposanto custodiado por dos delgados pero añosos cipreses, que de haberlos visto van Gogh en sus recorridas por el Midi, hoy serían una venta de Sotheby’s de por lo menos 30 millones de dólares. Ellos señalaban las tres tumbas de los primeros dueños de nuestra casa. Una era de una niña de cuatro años muerta en 1835.

    Sí sabía por qué yo estaba ahí, en el campo francés, era consciente de mi elección y de sus consecuencias. Me sentía bien y por momentos feliz. Me dejé llevar por el pensamiento mágico de la reencarnación, tan real para Joseph, como para mí eran esos dos cipreses balanceándose levemente como dos alas de un inmenso pájaro verde.

    Los cátaros, considerados herejes por el Papa Inocencio III, proliferaban en la ciudad de Beziers, situada a menos de 100 kilómetros de Montpellier y fueron los asesinados de la Iglesia Católica, comandados por Arnaldo Amalric y Simón de Monfort en lo que se conoce como la Cruzada albigense (julio de 1209) que resultó un sangriento genocidio de 20000 seres humanos, por el hecho de pensar diferente; preguntado Amalric ¿cómo harían para diferenciar a los papistas de los herejes? Amalric contestó “Matádlos a todos”.

    ¿Y si yo fuera la reencarnación de un talabartero o herrero, lanceado o degollado por la militancia católica y hubiese vuelto para recordar aquel salvajismo, y para comprender mi rechazo a todo dogma, grey, rebaño o iglesia? ¿O tal vez haya podido ser Amalric: soberbio, déspota, cruel, católico rabioso, intolerante, vengativo, despreciable?

    Algo, tal vez la cola de un zorro, que vi fugazmente entre las matas, o el grito de un cuervo que pasó en dirección al Mont Bouquet, me distrajo de mi ensoñación y me volvió a la realidad de estar en 1979, en el mundo fabuloso y pleno de misterios.

    En este año de caos, de peste planetaria, a veces en sueños, otras caminando por la orilla del río de la Plata, en San Isidro, suelo refugiarme en escenas como esa.

  • SAPERE AUDE

    Es enero 2022, la sensación térmica es de 41 grados; el sol insolente. Al mediodía, pasó un amigo, bebimos Gin Monkey con tónica, repetimos, luego partió.

    Después de almorzar langostinos y arroz con curry, acompañados de un chutney casero de sauco y frambuesas, dos copas de un resto de Pommery de la noche anterior, un bowl de arándanos con raspadura y jugo de lima y un café, me puse a pensar; porque yo tengo que explicarme las cosas, pues por algo estudié filosofía ¿no? Un filósofo está para eso: para tratar de explicar de qué se trata, esto de andar dando vueltas por el mundo.

    ¿Qué estoy diciendo con me puse a pensar? Me tiré en el sofá con el aire en 15, porque hace un calor de órdago, me saqué, las zapatillas.. Sería más preciso decir que me puse a divagar, cavilar, meditar, hurgar, imaginar, delirar, recordar; es decir, me dejé llevar por lo que la cabeza, los dos Monkeys y las copas de Pommery me permitieron.

    ¿Qué significa pensar?, sí, el libro de Heidegger, el que está en el estante superior, pero no voy a treparme a la escalera en estado de euforia Monkey-Pommeraniana a meterme en los vericuetos del “Dassein”, el “estado de yecto” y en que los hombres de hoy no piensan de la manera en que deberían hacerlo (¡cómo si hubiera una manera Herr Professor!). No, mejor sigo con lo mío, que es esa mezcla de discurrir mental que no es la manera en que debe haber pensado, digamos Kant.

    Kant en Koeninsberg, metódicamente dando una vuelta por la plaza, siempre a la misms hora, al punto que los vecinos ajustaban los relojes de acuerdo al pasar del filósofo, mientras mentalmente le daba forma a que el problema de la Crítica de la Razón Pura, era resolver cómo son posibles los juicios sintéticos a priori e intentaba ocultar, sin conseguirlo, una erección.

    Me quedé dormido. En el sueño aparecieron la cruz en el pecho y la pistola en la cintura del sacerdote Sánchez Abelenda, Interventor de la Facultad a cargo de la cátedra de Metafísica y yo discurriendo sobre Kant e intentando explicar (para aprobar la materia y graduarme) que la supervivencia de la Metafísica dependía de la respuesta a la posibilidad de los juicios sintéticos a priori, situación a la que David Hume, había sido hasta entonces, el filósofo, que más se había acercado a la solución.

    Esas imágenes oníricas, me remontaron a mi lugar secreto, en la casa de mis padres. Cumplidas las tareas escolares, después del baño y la comida, cuando la familia dormía, salía a la terraza, me trepaba al techo y me acostaba de espalda sobre el tejado a mirar las estrellas,a fumar y a aliviar las ereccioines adolescentes. Era la hora en que pasaban las chatas areneras por el río. Desde la calle no se oían, pero de noche, cuando el barrio dormía, daban la impresión de estar muy cerca, por más que nuestra casa estaba a seis cuadras de la costa. Imaginaba, entonces, a las barcazas rumbo al delta y entrando luego al desmesurado Paraná y después al río Uruguay, de donde traían la . arena para la construcción. Las imaginaba pasando a lo lejos, por el canal Emilio Mitre, frente al muelle de Pacheco. ¿Cómo se vería el río de noche?

    Desde ese lugar secreto, el misterio del mundo, parecía tenderme una mano. Cuando muchos años después estudié la Crítica de la Razón Pura, cada vez que llegaba a aquello de “la ley moral dentro de mí y el cielo estrellado sobre mi cabeza”, me era imposible no incorporar el traqueteo de las barcazas al pensamiento de Kant, ni el desparpajo “insolente” de Diógenes de Sínope exhibiendo los fluidos de su cuerpo. Y en esa mesa examinadora de Metafísica, el crucifijo en el pecho, señalaba de qué trataba la metafísica y la pistola en la cintura era símbolo elocuente del traqueteo de la metralla con que se asesinaba a quien se opusiera a la verdad, ya no de Kant, sino del gobierno de López Rega e Isabel Perón. Tengo otras imágenes de la Facultad de Filosofía: la policía entrando en el Aula Magna y desalojándola y luego los caballos de la Montada, en el vestíbulo y sus jinetes manejando la cachiporra con certera eficiencia sobre cabezas y espaladas de pichones de Nietzsche. La bomba que destruyó la casa quinta del profesor Serrano Redonet. Un coloquio donde después de acalorada discusión sobre Shakespeare y el teatro isabelino en delirante conjunción con el imperialismo yanqui y la guerra de Vietnam, se produjo un largo silencio y Borges dijo algo así como “suscribo todo lo que han dicho mis colegas, pero me place recordar que Hamlet, también formaba parte del sueño de Shakespeare” y se retiró abucheado.

    La cruz y la pistola no eran otra cosa más que la versión actualizada de la Santa Federación y la mazorca en el culo. ¿Cómo se piensa en una sociedad donde en la Facultad de Filosofía, cruz en el pecho y pistola en la cintura de un cura toman examen de Metafísica?

    En ese tiempo yo tenía un amigo y dos conocidos que eran “gay”, que por entonces significaba “alegre” y no tenía la connotación actual, así se podía decir “the kids were enjoying the gay season by the sea” y uno leía que los niños saltaban y jugaban alegremente en la playa y nadie pensaba en que Juan y José pudieran estar abrazándose y besándose a la orilla del mar, sin que se provocara un escándalo que podría llegar a la repulsa violenta de encontrárselos en flagrante fellatio detrás de un médano. Eran homosexuales a escondidas y deben haber sufrido horrores, al punto que mi amigo, que además era hijo de un Almirante, se fue a vivir su sexualidad a California. Uno de los otros se pegó un tiro a los 18 años. Al restante, los padres, que eran del Opus Dei lo hicieron cura y hoy está preso por abusar de niños de la parroquia de la villa donde “ejercía su apostolado”. Mi amigo murió de siuda.

    Cosas que suceden cuando el “Atrévete a Pesar” es entendido como saber es poder y se reduce a “obedece y sanseacabo´”.

  • ALEJO SANTOS Y EL RÍO

    Alejo Santos es filósofo, pero le gusta definirse como viajador que es algo distinto a ser viajero, viajante y mucho más distinto aun a ser turista. Según me los definió un día; no recuerdo si fue cuando nos encontramos en la isla de Creta, o en un pub frecuentado por Joyce en Dublin; anyhow, fue en una isla. Alejo Santos me dijo que un viajero es un individuo que necesita cada tanto romper la rutina y salir a recorrer el mundo por un tiempo prolongado pero que regresa a sus tareas cotidianas después de algunos meses; un viajante en cambio es aquel que viaja con un propósito determinado que tiene al viaje como un elemento necesario pero que no se agota en él, el mejor ejemplo es el de un topógrafo, o el de un viajante de comercio. El turista es un individuo que se toma vacaciones en un lugar diferente al que suele ir, generalmente durante el verano. Aquí, recuerdo que Alejo Santos hizo una pausa, terminó de un trago el Middleton (si fue en Dublin) que estabamos bebiendo y me dijo: los griegos solían decir que viajar es indispensable y que vivir no lo es; un viajador es aquel que recorre el mundo para responder la única pregunta filosófica que existe ¿Qué estoy haciendo aquí? What the hell are we doing here?

    Seguimos charlando y bebiendo durante algún tiempo, nos despedimos en la entrada del pub, nos dimos un abrazo, el partía de regreso a Buenos Aires y yo después de visitar Cork, me iría a Islandia.

    Al rato mientras comía en un restaurante me llegó el siguiente mensaje: FLUIR

    “Fluyo, indiferente a mi origen; sé sin embargo, que soy la unión de dos que por accidente se encontraron. Pudieron haber sido otras mis fuentes, más ese afortunado y húmedo encuentro, me generó. En una época, ese fluir ocasionado por otros; ignorantes de lo que estaban engendrando; me molestó, era a un tiempo violatorio y desafiante.

    Ellos, a su vez, recorrían sus propios cursos, hasta encontrarse fortuitamente. Tal vez fuera un obstáculo, un desnivel o un abismo lo que los hizo andar juntos. Confundieron sus destinos, y de ahí en más fueron otros. Soy el resultado de esa confluencia, sin haberlo deseado, pero sin ellos, no sería el más grande.

    Luego, mojé mi lecho; y al igual que ellos, me enlodé y tomé mi forma peculiar; única y tratándose de mí: soberbia. No hay en la tierra, quien supere mi anchura, no tengo parangón con ningún otro; como Dios, no dejo descendencia. En mi impulso civilizatorio no me detengo ante nada, nadie me frena, pero si intentan contenerme, me desdordo, a veces con daños colaterales que ocasionan víctimas.

    Así soy:indómito, imparable, libérrimo, eterno. Me es indiferente lo que se diga de mí, tan sólo me dejo ser. No me distrae lo que sucede a mi orilla, a pesar de haber visto invasiones, batallas, crímenes, corrupción, piratería, contrabando, revoluciones, exilios, naufragios. Estoico, jamás explico, más no me quejo a pesar que me basureen a diario.

    También he sido indiferente a los nombres que me han adjudicado; todos falsos, producto de fantasías o egocentrismos. No soy dulce, carezco de plata, me niego a ser un oxímoron y nunca permitiré que me asocien a quien me hizo conocido en Europa.

    No admito más límite que mi impetuoso carácter.

    Así como soy pródigo con los que me rodean, al igual que el tiempo devoro, aniquilo, me encrespo, no me caso con nadie; las posesiones y los avatares políticos me parecen nimiedades de niños tontos.

    Impertérrito me dirijo al Océano.

    Frente a mí, Buenos Aires, estática, me contempla.