Categoría: Viajes

  • THE MERMAID INN (1420)

    Es mayo, es 1978, es East Sussex, es Rye, es The Mermaid Inn que exhibe orgullosa e impúdicamente su edad (rebuilt 1420), nos sentimos brutalmente agredidos por el dato (72 años antes de que Colón llegara a América y 400 años antes de la existencia de la Argentina como nación, ya había ingleses emborrachándose en esta taberna). Comemos cordero y acompañamos con hongos, zanahorias y espinacas, bebemos Guiness, ignorantes, fascinados.

    The Mermaid, guarida de contrabandistas, la banda de Hawkhurst que asolaba la región a mediados del siglo XVIII. Rye junto con Winchelsea, eran el respaldo de los cinco puertos: Hastings, New Romney, Hythe, Dover, Sandwich que protegían a Gran Bretaña de invasiones externas. Lugar de exilio de Henry James, que cuando pudo comprar Lamb House a metros de The Mermaid, se sintió por fin viviendo en su añorada Washington Sq. de su New York natal devorada por el progreso imparable, que tanto lo agredía y que tanto me fascina. He regresado a Rye incontables veces, en verano e invierno y nunca dejé de almorzar o comer en la taberna. Representa para mí el arquetipo platónico de lo que es un espacio público y recoleto, la esencia de un “public bar” británico que llega a la apoteosis si afuera llueve y la chimenea está encendida. Sitios como este son para el viajero el ámbito para la reflexión y si estoy comiendo con gente, son lugares de alegría fraterna. Si en cambio, estoy solo, veo llegar a Henry James (ese laberinto triste), se acerca luego William Henry Hudson (autor de uno de los pocos libros felices), ata su caballo criollo Don Roberto (uno de los tantos ingleses que supo percibir los matices criollos), asiste Joseph Conrad (quien corrigió el inglés a los británicos, como a nosotros el español, Paul Groussac) y se una a la mesa Jorge Luis Borges a quien pertenecen las observaciones entre paréntesis.

    Escribir, viajar, desterritorializarse: en el viaje estoy liberado de rutinas o si se quiere es la única rutina que no me fatiga. En el viaje estoy como en una película cuya escenografía está puesta por otros y el argumento se va consolidando a medida que el viaje transcurre. Me suele pasar que viajando en tren experimento la sensación de que es el exterior el que se mueve y va pasando como un caleidoscopio que va uniendo filigranas y figuras que a medida que lo giro aparece una cúpula de pizarra negra que vi en Brujas, que al estirarse se transforma en Huaino Picchju desde cuya cima diviso el glaciar Upsala en Santa Cruz, donde el vuelo de un cóndor, me remite a un halcón en Dubai que devora carne roja de mi mano enguantada y el repicar del ave deviene en el traqueteo de un tren de la New Jersey Transit en el momento que pasamos Orange y de pronto me siento en Holanda y pienso en Baruch Spinoza cuando la Mahamad decide castigarlo con la Herem y el rabino lo maldice y prohibe que se le hable y ni siquiera que se lo mire y me recuerda el rostro de la señora en Malvinas, que sabiendo que yo era argentino me dio vuelta la cara y en compensación se me aparece la sonrisa del lechero Smith y entro en Smithfield y súbitamente estoy en el Mercado de Hacienda de Liniers y entonces Niort, Francia donde el 25 de julio de 1753 nace quien va a ser con el tiempo Conde de Buenos Aires y ante quien se rendirá Beresford gobernador de Buenos Aires, derrotado por quien desembarcó en el Tigre y quien en 1810 después de la gloria será fusilado en Cabeza de Tigre, Córdoba y pienso en el tigre de Bengala y estoy en India y veo los dibujos que de niño hace Borges del tigre y estoy en el Tigre donde termina el delta del Paraná y me dejo arrastrar por las aguas abrazado a un tronco y paso flotando por el muelle de Pacheco en San Isidro cerca de donde está el Ombú, y es el cuento de Hudson y vuelvo a The Mermaid donde el improbable almuerzo de los escritores está llevándose a cabo porque la realidad no es sólo lo que vemos y decimos y sentimos, sino que es la invención más alucinante que el hombre ha creado como Mircea Cartarescu dice en “Solenoide” y llego entonces a una cama en cualquier hotel de cualquier ciudad de cualquier país, cansado y me duermo pensando que alguien se entretiene moviendo un caleidoscopio donde un personaje, un tal Alejo Santos cae desde la punta de un cristal color ciruela a un redondel amarillo y desaparece porque un conejo apura el tranco para que la tortuga de Aquiles no le gane la carrera que ganará porque el tiempo y el espacio y What the Hell are we all doing here?

  • MUSIC & SEX

    No sé hablar sobre música; no porque no me guste; me encanta, pero no se nada de ella. Mi argumentación se reduce a decir ‘me gusta / no me gusta’. No puedo hablar como otros hablan de ópera o de tango o de jazz. No sé mucho de bandas, nunca he sabido.

    Estoy en Maidstone, Kent, en el Castillo de Leeds, uno de los más lindos del Reino Unido: paredes de piedra color ocre, foso pleno de agua y de cisnes, lo separan de un inmenso parque ondulado, rodeado de un espeso bosque. He venido a pasar el día y a gozar la Obertura 1812 de Tchaicovsky, lugar perfecto para escuchar y ver los cañones que festejan la detención del ejército de Napoleón en su avance sobre Moscú. Es verano, es 1978. Invité a Ana, una chica polaca, profesora de francés a punto de terminar la carrera de psicolingüistica. No me gusta físicamente, me atrae su inteligencia, me molesta lo mal que habla inglés, cada rato tengo que repetir lo que dije, su manera de reirse es casi la de una hiena, sus dientes están amarillos de nicotina, es rubia y está excedida de peso. ¿Qué hago aquí?, pero no mi clásico what am I doing here?, sino ¿qué hago en esta situación con alguien que no me gusta y no sé por qué invité?

    Estoy en Wembley, es 1978, es un concierto de “The Who”, primer concierto de rock al que asisto en Inglaterra. Gran cantidad de gente en los alrededores del estadio, mucha policía. En el interior banderas, impresiona la cantidad, son sábanas blancas con pinturas caseras: todos son penes, grandes pijas flameando. Nunca entendí por qué, tampoco hice mucho esfuerzo en averiguarlo. Mucho alcohol, mucha marihuana, varios desagradables masturbándose. Musicalmente, me encantó. Ya regresando en el tren, sin embargo más que la música me impactaron las banderas; vino a mí “Alta en el cielo un águila guerrera” y me acordé de una maestra de la primaria; la señorita Ofelia, una suerte de sargento de caballería con guardapolvo blanco; vigilaba que tomáramos distancia y estuviéramos firmes. También se cantaba “Marcha a la Bandera”, el estribillo dice “Es la bandera de la patria mía, del sol nacida que me ha dado Dios”. Mientras miraba por la ventanilla del tren cómo se iban encendiendo las luces de los distintos barrios de las afueras de Londres iba recordando:Bandera,Sol, Patria, Dios. Era el Mundial 78 en Argentina y me imaginaba que todo estaría pleno de banderas, nacionalismo y Dios.

    Manuel Belgrano, el 27 de febrero de 1812, frente al Paraná, en Rosario, tomó los colores, no del cielo como había dicho la señorita Ofelia, sino de la escarapela (¿nacional?) que fue el distintivo que Pueyrredón le había hecho colocar a los soldados y gauchos en Luján, donde había agrupado a su gente para marchar en defensa de Buenos Aires en 1806. La razón por haber elegido los colores, es porque en ellos se representa la imagen de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina, que no es otra que la Inmaculada Concepción de España. Los colores celeste y blanco son además los colores con que la realeza española engalana sus uniformes con una banda, en ceremonias oficiales. El color blanco es el color de los Borbones al que agragaron el celeste de la Real Orden de Carlos III. Cuando Belgrano se gradúa de abogado en Valladolid, jura defender el dogma de la Inmaculada Concepción, cuya vestimenta es túnica blanca y hábito celeste, colores que a su vez decoran el escudo del Consulado, creado por él en Buenos Aires.

    Por aquí mucho pene idolatrado y allá Concepción pura y limpia. El mismo Pueyrredón se dió cuenta que la bandera nacional se parecía demasiado a la imperial y le hizo agregar el sol, que es el Inti de los Incas y que diseñó el peruano Juan de Dios Vera Tupac Amaru. Pero hagamos un eclipse de sol y volvamos a la música y los penes.

    Estoy ahora en París, entrando en el cementerio de Pere Lachaise (1804), recorro parte de las 43 hectáreas y me detengo en los mausoleos de Chopin, Delacroix, Proust, Colette; me sorprendió que Madame Lynch, la mujer de Francisco Solano López estuviera allí y de que Juan Bautista Alberdi (1810-1884) hubiera comprado una parcela, pero luego fue repatriado.

    Llego a la tumba de Jim Morrison, el lider de The Doors. Morrison está en una tumba de bronce que reproduce su imagen acostada de cúbito dorsal. El material oscurecido por la exposición a la intemperie, tiene sin embargo el protuberante pene lustroso de tantas masturbaciones que se hacen sobre el mismo, de acuerdo a lo que se publica en los avisos clasificados de Le Canard Enchané que promueve ese homenaje participativo.

    Trincomalee, Sri Lanka, 1980, concierto de Ravi Shankar, la cítara y el ron nos embriagan, estoy con Maggie, una chica australiana y con otra pareja, Mónica de Roma y el francés Charlie, con quienes vengo viajando hace una semana. Arena, música, calor, los cuatro nadando desnudos y totalmente maculados, nos quedamos dormidos en la playa. Al amanecer nos despiertan dos policías con bastones largos (idénticos a aquellos con los que me sacaron de la Facultad de Derecho en 1966), era entonces el golpe de estado del inmaculado Onganía.

    Delito contra la moralidad, desnudos en la playa “Horror!, Horror!, Horror!”

    ¿Cárcel o rupee?, ustedes eligen.

    Rupee.

    Poca rupee, “we want more rupee”.

    “No more rupee”.

    “We accept dollar”.

    “Rupee and dollar, terrible crime and Never more, never more, never more”, nos fuimos cantando los versos de “The Raven” de Edgar Allan Poe.

    Hay más penes aún, es febrero, es 1981, voy a caminar los verdes senderos de Galicia, el camino de las estrellas, la ruta Jacobea, el Camino de Santiago.

    Dejo el Midi, pleno de rocas y garrigue, necesito música líquida, la misma que hoy golpea las ventanas de mi casa en San Isidro. Leo en mi bitácora de entonces “Voy a hacer el trabajo en el que me siento más responsable: viajar”. Leo, que tomé el tren en Avignon y fueron pasando Montpellier, Bezieres, Narbonne, Carcassone, Toulouse, Lourdes, Saint Jean de Luz, Hendaye, San Sebastián, Bilbao, entro en Cantabria, Santillana del Mar, Burgos. No ha parado de llover en el país vasco, veo campos y vacas lecheras por todas partes y en Burgos llueve torrencialmente. Salgo de la monumetal Catedral y busco refugio en un taller mecánico. Entre los carteles que anuncian Electricidad, Carburación, hay un pizarrón que dice: “Hoy bacalao al pil pil”. Mesa con mantel de hule, varios parroquianos, obreros de la construcción, tamberos, mecánicos, Bernadette. Comemos, charlamos, bebemos vino de la Rioja. Bernadette que es del Jura, en la frontera con Suiza, va en la misma dirección. Miramos el mapa y decidimos ir hasta León y de allí a Sarría y ahi haremos caminando algo más de 100 Kilóimetros hasta Santiago. Pensamos en 5 días de caminata; Sarría Portmarín 22 Km, de ésta a Palos del Rey 24 Km, de ahí a Arzúa 20 Km, a Rua 19 y de ésta a Santiago, los últimos 21 Km.

    Pienso que si hubiera vivido en los siglos IX a XII, no habría sido un penitente peregrino, sino más bien uno de los pícaros, aventureros, trovadores o goliardos que tan bien ha descripto el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz en el Libro del Buen Amor. Tal vez me habría dedicado entonces a leer el destino de los peregrinos haciendo trucos con las barajas españolas de uso abusivo en la época, ya que en el Estatuto de Juan I de 1387 se prohiben con severas penas.

    -Mira Alejo, me instruyó Bernadette, las copas, representan la sensualidad, el amor, la diosa Venus; las espadas, son la ley, la justicia, el derecho; los bastos simbolizan el poder y la voluntad y los oros, la fortuna, el dinero, la estrella de David y la energía.

    Bernadette me informa que cuando lleguemos a la plaza del Obradorio, tenemos que visitar la iglesia de San Fructuoso, donde hay cuatro estatuas que serían representación de las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, pero que mirando con atención -me dice- cada una representa a los respectivops palos de las barajas españolas. Le enseño a jugar al truco y pronto me empezó a engañar y a ganar. Así que convencidos que ‘con pan y vino se hace el camino’, nos ponemos en marcha. Compramos para nuestras mochilas dos conchas de Santiago, que es lo que sirve de divisa al caminante. Pero dije penes, no conchas y aquí vienen.

    Desde León nos fuimos a la Colegiata de San Isidoro, la cumbre del románico español. ¡Qué poder, el de la Iglesia! ¡Qué manera de hacer marketing, qué sistema! ¡Cómo marcó el compás! Después de las tropelías, asaltos, robos, violaciones y muertes que ocurrían en el Camino de Santiago, el Papa Calixto II en el siglo XII, establece la obligación de dar protección, pan, vino, albergue a los peregrinos en los conventos, iglesias y hospitales que abundan. Ese fue el Liber Sancti Jacobi o Codex Calistinus, considerado la primera guía turística de Europa y origen del pasaporte del caminante que aún hoy se entrega a los peregrinos.

    A unos 10 Km de Santiago, nos desviamos para pasar la noche en Labacolla, pequeña población que entonces no tendría más de 60 habitantes y que hoy Wikipedia me informa tiene 168, 95 son mujeres y 73 varones (año 2012) El código establecía que en ese poblado se erigiría el lavaméntula o lavapene, para llegar en estado de pureza corporal al santuario: “Habrán de lavarse todo el cuerpo, pero en especial los testículos y las partes pudendas”, y sí claro, dormimos, comimos lacón con grelos y nos dimos una ducha con especial atención a mi méntula y a su coquille.

    Seguí después para el sur y Bernadette para el norte y nunca más supimos el uno del otro. Modos de vida, maneras de responder a What the hell are we all doing here?

  • AMBOISE (1979) FLORENCIA (1981) BUENOS AIRES (1982)

    Es 1979, recorro la ruta de los castillos del Loire, van pasando Blois, Brissac, Chambord, Chennonseaux. Llego a Amboise, camino el castillo, bajo por la famosa escalera de Francisco I. No sé si la palabra es ‘maravilloso’, creo que me inclino por ‘encantada’. Sí, la zona, los bosques, los castillos me producen encantamientoi, que creo que expresa mejor la sensación de cuentos de hadas, que los castillos me provocan. Sí, claro, las guerras de religión, las luchas por el poder, el campesinado, los soldados, los calabozos, lo de siempre: ¿quién la tiene más larga, ancha y rugosa?

    Entro en Clos Luce a rendir homenaje silencioso y solitario a Leonardo (1452-1519), invitado por Francisco I en 1516. Leonardo cruza los Alpes, supongo que a lomo de mula, con algún ayudante y cargado con sus pliegos, sus proyectos, pinturas, ideas, mecanismos donde hay desde tanques a dirigibles, helicópteros, aviones, y alguno ha imaginado hasta molinillos de pimienta.

    Es diciembre de 1981, regreso por tierra desde Turquía y antes de llegar a Génova, donde me embarcaré después de cuatro años de viajes rumbo al Río de la Plata; esa inmensa alfombra líquida que baña a Buenos Aires. Paramos en Florencia, un magnífico espacio urbano para despedirme de Europa. Estamos en la Plaza de la Señoría después de haber comido en Enoteca Pinchiorri inolvidables langostinos, el famoso estofado toscano que responde al musical nombre de Scottiglia que es un increíble plato campesino y unas tarteletas con mousse de banano de postre. Bebimos acorde al lugar y al acontecimiento.

    Es una noche fría, estrellada. Nos rodean los Medicis, Miguel Ángel, Galileo, Cellini, Donatello, Bandinelli, Maquiavelo, el espíritu del Renacimiento y el recordatorio próximo a la fuente de Neptuno de Bartolomeo Ammannati de que ahí el 23 de mayo de 1498 fue colgado y luego quemado por herejía Savonarola (1452-1498), para que nos sigamos dando cuenta. De pronto miro hacia el cielo y un enorme dirigible plateado, con logo de Air France, avanza con lentitud por sobre el Palazzo Vecchio, por sobre el David, por sobre los tiempos e imagino en su interior a Leonardo guiñándonos un ojo.

    Después sí, el Federico C, el mar eterno, infinito, el olor a Río de la Plata.Encuentros, asados, amigos, jardín, narraciones, aquí estaba nuevamente en la patria, con los escasos cuatro dólares con que llegué que espantaron tanto a mi padre, que murió de un infarto (no por mi exiguo capital, quiero creer) sino el día de la rendición en la guerra por Falkinas.

  • MÚSICA LÍQUIDA

    Es Glasgow, es Escocia, es invierno, es enero 2019, está frío, llovió y luego salió el sol a las tres de la tarde. Además es domingo.

    Es Loncoche, es Chile, es verano, es enero 1975, frío, es de noche, llueve con una intensidad tal que parece que estuvieran zapateando en el techo de la hostería en donde intentamos y logramos, al fin, dormir. La lluvia de Loncoche es la que me gusta, una lluvia en serio, un arrebato musical, es Beethoven tocando como un poseso, pero pueden ser también Mozart o Piazzola. Es el tipo de música que llamo ‘música líquida’, es una fiesta, es como el Mercado de Hacienda de Liniers en Mataderos y su ópera vacuna.

    La lluvia de Glasgow es Chopin a las seis de la tarde un domingo en edad escolar y luego se escucha un acordeón ejecutando un tango: eso se llama llanto. Si hay una sensación de angustia, de tristeza y de abandono, es cuando sale el sol a la hora que tiene que ocultarse. Es el sol de las seis de la tarde después de una lluvia en Buenos Aires o su equivalente en Glasgow a las tres.

    Tomo un café en una de las esquinas de Bath Street; una pizzería hecha no para agradar al comensal, sino tan sólo para ganar plata, atendida por un napolitano que hace diez años vive aquí, huyendo del caos de Nápoles. Estoy con dos escoceses que viven en Sitches, hartos de la ‘frialdad’ de los sajones.

    Miro por el ventanal de la pizzería, el pavimento está mojado, se ven cables de teléfonos, electricidad y TV cruzando las calles , como si quisieran tachar el cielo. No se ve árbol alguno y los muros blanco-amarillentos que nos rodean, exaltan la desnudez urbana. Cruza la calle una pareja joven con un bebé en un cochecito; entran en un edificio cuyas paredes están descascaradas y en la entrada hay varios contenedores para residuos. Al rato se enciende una luz, en lo que supongo será su “flat” alquilado y calefaccionado por una estufa a gas que hay que alimentar con monedas. Esas escenas provocan una tristeza devastadora en mí. Son como un tsunami que me despoja hasta de la vergüenza: saldría a la calle y me pondría a llorar sin consuelo. Es entonces cuando le pido a James Joyce, esa escena frente al Oriental Tea Co. Y súbitamente en Bath St., los cables de teléfono se transforman en lianas donde se hamacan monos, la pareja arroja ramilletes de orquídeas desde la ventana de su flat y ateridos de frío caminamos hacia la estación a tomar el tren para Edimburgo.

    Comemos en un restaurante, al abrigo de una chisporroteante chimenes: sopa de langostinos, gigot con papas y hongos, Chateau Neuf du Pape 2012 y ahora sí, llueve en serio. otra imagen de la felicidad.

    Antes de dormirme me pregunto ¿por qué me afecta tanto esa imagen de desolación de Glasgow, por qué el domingo , al igual que diciembre me precarizan al extremo? Creo saberlo.

  • PINK MOON

    “Man we are in India”, y nos abrazamos.

    “We did it, man”, y nos volvimos a abrazar.

    Un carpintero del Mid West, un médico recién recibido de Fointainbleau, un filósofo de San Isidro, saltando de alegría en Rameshwaram, Tamil Nadu. Casi las Naciones Unidas, pero de verdad. Así nos sentíamos y el Mid West, era entonces, para mí, tan extraño como San Isidro, para ellos. Pierre corría con desventaja, tanto Gary como yo, conocíamos su espacio.

    Veníamos de Shri Lanka y habíamos compartido música y haschis y habíamos soñado con India, en mi caso en tardes de caminatas por la estación Juan Anchorena, como Gary la había imaginado en su taller de carpintero en Cleveland, Ohio a orillas del Lake Erie y Pierre mientras estudiaba anatomía, en los altos de la estación de trenes de Fointainbleau, donde su padre era el jefe de la misma.

    Viajamos algunos días juntos, nos separamos en varias ocasiones y nos volvimos a encontrar en Cachemira, a orillas del Lago Dahl, en Srinagar donde Hermann Hesse había escrito Siddharta. Compartimos una casa bote “Wild Rose” donde nos recomendaron una visita a Pink Moon.

    “You should try it Baba, you are in India, you have to try opium. Opium is an experience you’ll never forget”. Si, Oui, Yes.

    La noche era fría, era una noche de un cuadro de van Gogh, era el silencio que al menos a mí siempre me despiertan las obras del holandés. Pink Moon, estaba a las afueras de Srinagar, a la vuelta de un recodo, enclavada en la ladera. Era una bella casa de madera, con una terraza con sillones de rattan y una gran mesa de madera donde nos sirvieron infusiones. Después de media hora y varias tasas de té, un indio delgado, de piel oscura, barba, turbante negro y sarín blanco se acercó. Are you ready?, Gary was ready, Pierre was ready y los tres dejamos nuestro calzado en la entrada, pasamos a un pequeño vestuario donde nos despojamos de las ropas occidentales y nos vestimos con un túnica blanca de hilo: parecíamos tres monjes. Caminamos por una capa de alfombras que le daban a nuestro andar la sensación de estar caminando sobre arena, o sobre las nubes. En camastros de rattan, con almohadones de terciopelo para descansar la cabeza, nos acostamos.

    “La caída de la casa Usher” fue lo primero que me vino a la cabeza, las ilustraciones de Satty en esa espléndida edición de Warner Books y la comparación que el narrador de Poe, hace entre la otrora espléndida residencia de su amigo Roderick Usher y lo que desde el caballo veía, “que no puede compararse más que con el ensueño portentoso del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo”.

    La pipa encendida y la pasta roja de opio derritiéndose lentamente y aspiramos un humo denso, que penetró cada uno de los alvéolos de nuestros pulmones y Pierre sonriendo y cantando CHON CHON CHON (C17 H19 O3 N) la fórmula de la morfina de la que tanto nos había hablado, mientras tomábamos té en la antesala. Y volví a pensar en “Confessions of an English Opium-Eater” de Thomas De Quincey y sabía que cada uno de nosotros se iría a un mundo diferente con trenes y ojos y selvas y tigres y torres y cuchillos y encuentros con gente querida e imágenes de la niñez y muertos y animales y velocidad y pasó Gary volando y me pareció uno de los dibujos de Jean Cocteau de su libro “Opio”. Y “Los Paraísos Artificiales” de Baudelaire y sentí el placer y el vacío de la nada, como flotando, sin coyunturas y una voz interior que decía ‘dejate llevar como si fuera un río que te acaricia’ y la anotación de Cocteau “Y si el opio quiere”, entonces vi una pantera azul negra rugiendo y la mujer joven lloraba sin consuelo y quería abrazarla, pero el río me arrastraba y saltaron mis ojos, eran ellos los que veían entre otras coas el resto de mi cuerpo acostado y Hitler besaba impúdicamente en la boca a Pio XII; nadaban peces de colores en el aire: hubo tiros que destrozaban la corteza de eucaliptos, sucedió que fugazmente el sapo enorme se hizo escarpín; me bato a duelo, clavo el florete en una aceituna, me como el bigote de Dalí untado con aioli; me veo salir del caparazón de una tortuga, camino por Roma. Corre una liebre, salto del Empire State, viajo en una mariposa del tamaño del mar en noche cerrada, galopo un caballo blanco, leo en una balsa, monto un camello, acaricio una jirafa, mis ojos (no mi vista) miran desde debajo de la cama (así nos han de ver las cucarachas), una mano bate a nieve, el submarino está invadido por abejas.

    Pensamos que habían pasado horas, nunca tantas, fueron 28 y cuando camino a Wild Rose nos contamos la experiencia, supimos que la realidad nos exigía palabras que no la expresaban.

    Me sentí mientras narraba mi ‘viaje’, como los analfabetos copistas medievales, dibujando signos extraños que no podían comprender, si los mismos decían lo que entre ellos conversaban cuando en los descansos se juntaban a beber en las heladas galerías de los monasterios.

    Como Pierre, al igual que Gary, no pude más que mentir.

  • SENDEROS EN NEPAL

    Es el camino entre Katmandú y Pokara, es junio 1980. Estamos recorriendo en un destartalado y ruidoso bus los 270 kilómetros que distan entre una y otra ciudad. Llueve copiosamente, se produce un alud de barro y piedras, quedamos parados varias horas. Ha llegado otro bus que nos espera del otro lado al que llegamos caminando sobre el barro rojizo y pegajoso. Arribamos de noche a destino. El hotel donde nos alojamos es tan humilde como digno. Vamos a comer a un comedero a orillas del lago. Suena Cat Stevens, después la cítara de Ravi Shankar; es un bar para occidentales, el menú: omeletes de hongos alucinógenos. El permanente croar de sapos se mezcla con la conversación y la música. Demasiada gente haciendo lo mismo. Me incomoda la aglomeración, percibo en la masa al mar: ese infinito volumen hamacándose sin cesar e invitándonos amablemente a meternos en él y cuando menos nos damos cuenta nos devora y adulamos al fuhrer de turno.

    La lluvia no para, es el comienzo del monzón. Ya en el hotel, me duermo con el golpeteo de las gotas sobre el techo de chapas. Es la misma experiencia de aquella noche de lluvia copiosa en la hostería de Loncoche en el sur de Chile. Estoy con Pierre, un amigo francés con quien vamos a caminar una semana por los senderos de Nepal, hasta Ghorapani a unos 3000 metros de altura.

    Salimos a las cuatro de la tarde desde Pokara, caminamos descalzos por un lodazal arcilloso; vamos pasando aldeaas pobres y vadeando el mismo río cinco veces. Paramos a tomar té y atravesamos arrozales en las terrazas de las montañas. Casi hasta los mismos rostros del Perú, con las mismas ropas, los mismos gestos, los mismos niños cargados a la espalda, el mismo tipo de azadas carpiendo los mismos surcos: el trabajo milenario del campesino. Hacemos un alto en Naudanda, observo que finos hilos de sangre me caen por las piernas: sanguijuelas que se han adherido y buscan su alimento: todo lo vivo tiene derecho a vivir y tal vez mi sangre sea una sabrosa colita de cuadril para estas pequeñas babosas. A las ocho de la tarde, con el sol aún iluminando el pico nevado del Annapurna (7219 mts.), paramos a comer y al lado de una chimenea, ya somnoliento, me voy quedando dormido pensando en que de chico me había fascinado con la lectura de una revista que detallaba el ascenso en 1953 del Monte Everest por Edmond Hillary y el sherpa Tenzig Norgay, jamás olvidé esos nombres y lo de las sanguijuelas también me vino de ese tiempo.

    A las seis de la mañana nos despierta la música de una flauta que hace sonar un pastor de cabras. El sol pega de lleno en el Machapuchare de 6993 metros, me es imposible no pensar en Machu Picchu y en asociar a estos sherpas con aquellos incas. El silencio es algo que siempre me atrae, me conmueve, es para mí lo más cercano a una experiencia meta-física. El valle me recuerda a las caminatas en Chubut, Lago Verde, Menéndez, Rivadavia.

    La bitácora de Nepal, es el cuaderno número 4, lo leo, ahora en casa, en San Isidro y mis dibujos en tinta negra marcan el ascenso por Khare, Lumle, Charankot, Birethanti a unos 1600 metros, (está fechado 9 de junio de 1980), luego una jornada de ocho horas hasta Ulleri a 2073 metros, que recuerdo ahora como extenuante pero de gran belleza y el camino al día siguiente hasta nuestro destino Ghorapani a 2900 metros. En el Poon Hill Lodge unos periodistas británicos nos recomendaron la lectura de “La Coronación del Everest” de Jan Morris que acompañó a la expedicióin que el 29 de mayo a las 11 y 30 llegó a la cima, “The Top of the World!”, dijeron con orgullo y agregaron que el 2 de junio de ese mismo año fue coronada Elizabeth II y que fue vivido en Londres como un hecho trascendentalmente simbólico. Cuando Jan Morris como cronista de The Times, da la noticia al mundo firma como James Humphrey Morris, mucho después, en 1972 se opera y corona su deseo de ser mujer, había estado casado 50 años y fue padre de cinco hijos.

    Hoy (2019) aquí en San Isidro leo en el diario bajo el título “Congestión en el Everest”: “Trampa mortal, 200 cuerpos en fila india amarrados a una cuerda esperan llegar a la cima, 12 han muerto por congelamiento o por caídas”. ¿Qué esperamos todos?, porque algo esperamos ¿no?

    Recurro a dos fotos de mis viajes, pero estas son de los Andes, no del Himalaya. Fueron tomadas en el mismo lugar, a oirillas del Lago Futalaufken, en el Parque Nacional Los Alerces, una es en blanco y negro fechada en enero 1967, la otra en color dice febrero de 2004. ¿Soy el mismo? El cartel del Parque Nacional dice Lahuan o Alerce, Fitzroya Cupressoides, edad 2600 años. Me encanta imaginarme a Heráclito orinando aquí en el bosque. y pensando uno de sus fragmentos. Me vuelvo a preguntar What the hell are we doing here?

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE, VIVIR NO LO ES

    A) SALTA. Es mayo 2019, estoy en Salta. Camino por el centro, visito iglesias, voy a San Lorenzo, regreso a la ciudad, visito más iglesias, me indican un convento, entro en librerías, hago compras. Me siento en uno de los cafés que abundan alrededor de la plaza 9 de Julio, entre el Cabildo y la Catedral. Cae la tarde, se está celebrando la misa. Intento leer “Moravagine” de Blaise Cendrars, pero no me puedo concentrar porque la misa se difunde por altoparlantes. Nos imponen “milagro de fe, milagro de fe, milagro de fe”, como para que yo también me de cuenta. Pasa un hombre y grita “Viva Perón carajo”, así, de la nada, al aire. Curioso Perón murió hace 45 años, bueno Cristo hace 2000. Cosas así ocurren aquí, en Salta , la linda.

    B) CORNWALL. Sigo en Cornwall, rodeado de “piskies”, conjunto de duendes, elfos, hadas, brujas, demonios: son la pertenencia a una tierra. Ante tantos defectos, debilidades y maldades cotidianas, se ha hecho necesario elevar a instancia irreprochable ciertos arquetipos a seguir, el Rey Arturo pertenece a esa categoría de gobernante ejemplar. Se le profesa admiración, está presente en el folklore popular, aunque debo decir que jamás nadie interrumpió mi lectura con un “Long Live King Arthur Shit!”

    Nos instalamos en Polperro, puerto de pescadores, cercano a Land’s End, tierra de piratas, bucaneros, contrabandistas que ocultaban en el mar cascos de licores traídos desde Francia; fuegos costeros avisando de la proximidad de guardacostas y aduaneros. Plea y bajamar que dejaban en las costas historias reales e inventadas. Finisterre, frente a la tierra mágica de Lyonesse, tal vez inicio de la desaparecida Atlántida y las islas Sirlingas, hoy Scilly Islands coronando este espacio.

    The Ship Inn es donde nos alojamos. Vamos recorriendo Looe, Godolphin Cross, Helston e innumerables pueblos de entre 300 y 700 habitantes y perdidos en ese laberinto de ficción y realidad como son, como deben ser los viajes, aparecimos en Cunwallon y entre lápidas mohosas, quebradas, ladeadas como si alguien hubiese querido moverse en su interior, nos enfrentamos a un ingenioso palíndrome que resulta un inquietante poema proteico que, como para que nos demos cuenta, nos recuerda

    SHALL WE ALL DIE ?

    WE SHALL DIE ALL

    ALL SHALL DIE WE

    DIE ALL WE SHALL

    Comemos deliciosas “Cornish Pasties”, es decir empanadas y me permití decir que lamentaba que no fueran originales. Sigo sosteniendo que son de origen árabe, que las llevaron a España y de ahí pasaron a América. Me atreví a decir con más intuición que prueba que los miles de marinos sobrevivientes de la derrotada Armada Invencible fueron sus interlocutores y que luego los mineros hicieron de ellas, su más práctica vianda.

    -No way man! That’s bullshit

    -Neither Spanish, nor Arabics, they were, they are and they will be Cornish.

    Mi idea no agradó, irrité el sentimiento nacional y popular (algo en lo que me he hecho especialista después de 70 años de convivir con peronistas).

    Varias pintas de cerveza fueron transformando lo que auguraba ser una escena de “Los Perros de Paja” de Sam Peckinpah; que fue filmada en Wakely, aquí en Cornwall; en algo menos violento y decidí contar una historia que inventé sobre la marcha: When King Arthur looked for refuge in the island of Avalon -y de pronto la turbamulta hizo un silencio más propio de una iglesia que de un pub- the island apparently vanished; well let me tell you guys, that’s not true- y se entusiasmaron con gritos de alegría- the island went floating adrift all along the Atlantic Ocean to the very south of the world to a remote spot till it anchored by a group of magical islands, that you British call Falklands and we Argentines name Malvinas, but today, here, I will call Falkinas, y hubo un alboroto y vivas y más pintas de cerveza y abrazos.

    No me hubiera atrevido a inventar tal historia a partir de 1982.

    C) AGOSTO 2019. En una vieja valija, arrumbada en la buhardilla, encuentro una agenda de 1980, en ella el rudimentario croquis de una excursión en Sri Lanka. La agenda es francesa. Me entero que 1980 fue año bisiesto, ya que en cada folio está impreso, el día que transcurre, luego un guión, y los días que faltan hasta el fin del año; así el 1 de enero dice (1-366), el 31 de diciembre, (366-0). El día en donde encuentro el croquis de mi viaje dice ser Mercredi 12 de Mars, que es el día 72 y que faltan suceder 294. Se informa que se conmemora Saint Justine. Mi rústico mapa señala con una ‘X’, la partida en tren desde Ohiya, la llegada a Nuwara Eliya desde donde comienza una caminata por el Parque Nacional Horton Plains.

    Marchamos, un grupo de seis o siete que se formó espontáneamente, para recorrer las 4 millas y media hasta la cima: World’s End. Con excepción de una pareja formada por un peruano y una inglesa, el resto somos viajadores solitarios, pero, se sabe, lo desconocido atrae y aterra. La selva a ambos lados del sendero, era tupida: árboles inmensos sobresalían por sobre una densa y oscura vegetación de arbustos con espinas, plantas carnívoras, enredaderas y lianas en las que se balanceaban aullando y brincando de una a otra muchos monos, que como si estuvieran protegiendo un secreto, y como dando aviso de nuestra presencia a un ejército invisible, expresaban su ira defecando sobre sus manos y arrojándonos, luego sus deposiciones.

    Pienso ,ahora, en David Livingstone (1813-1873), el médico y misionero escocés que encontró en África, además de su lugar en el mundo, ese mágico sitio conocido como “el humo que suena”, y le dio nombre de Cataratas de Victoria, para honrar a su reina. Esa fascinación por nombrar, tan propia de los ingleses de la era victoriana, de los españoles y portugueses del XVI. Nombrar es dar a luz. Me nombraron Alejo. Esto es América. Dejas de ser Angelo Roncalli y elegís ser Juan XXIII: enmascarás la máscara.

    Sentirse otro, ser otro, eso es viajar, eso es la aventura, salirse de uno mismo, de la cotidianeidad, para intentar saber quien uno en verdad es. Ser descubridor de uno mismo. ¿Se sentirá violado, el descubierto? ¿Cuándo el habitante de la selva que convive con monos, fieras, reptiles, aves: se ve obligado a decir Victoria Falls en vez de “humo sonador”, se transforma en sometido o ha llegado a lo que de alguna manera laberíntica estuvo buscando desde siempre? ¿No hay algo perversamente erótico en tener un amo, en ser esclavo de un “dios” o de otro humano?

    Andaba por eso vericuetos de mis pensamientos, cuando de pronto, el grupo que formábamos se detuvo en un claro de la selva. Se hizo un silencio, como cuando se descorre el telón y uno deja de ser quien es y se mete en la obra. Ahí, en la base de un árbol desconocido y panzón, vimos como lentamente, una enorme pitón con movimientos de succión iba haciendo desaparecer a un venado. Las patas traseras del animal fueron lo último que vimos antes de la desapaición final.

    – Muerde al animal, luego lo envuelve y va estrangulando el cuerpo de la presa hasta asfixiarlo-, nos ilustró una bióloga danesa; agregó, que luego comienza la succión, la digestión, aclaró, puede durar días o hasta semanas, de acuerdo al tamaño de la pieza.

    Al cabo de dos horas llegamos a la cima, World’s End. La hostería era la casa europea con materiales de colonia: amplia galería de madera con mesas, sillones y abanicos mecánicos de ratán. En el interior cascos de corcho de explorador, fotos de caballeros ingleses y damas de rodetes y amplias polleras, tomando el té. También bebemos té y comemos scones con manteca y mermelada, en jeans, descalzos y gorras de beisbol.

    Leo en el Daily News de Colombo, de varios días atrás, un recuadro que da cuenta del hallazgo de una pitón con restos de dos niños y un cérvido en su interior. Debajo, en otro recuadro “Del Exterior”, Buenos Aires, Argentina, General Videla habló de desaparecidos ante corresponsales extranjeros, en casa de gobierno: “Ni muertos, ni vivos, desaparecidos”.

    En este frío agosto de 2019, entro en Google: Parque Nacional Horton Plains, la foto que ilustra la nota, en la cima del parque, mirando hacia el valle, con nubes bajas, es idéntica a la que guardo en mi memoria al borde del risco.

    Sigo explorando Google; Santa Justina, patrona de Padua, martirizada en 304 por Diocleciano. Videla, Jorge Rafael, militar, dictador y criminal argentino, fue Presidente de Argentina.

    Distinciones: Orden de Isabel la Católica.

  • A CABALLO POR MONGOLIA

    Es Mongolia, es mayo 2008. Si hay un lugar en el mundo donde hay que galopar es este porque entre otras cosas hay 40.000.000 millones de caballos y 3.000.000 de humanos. Es decir hay tantos caballos aquí como humanos hay en Argentina. En 1206 Gengis Khan (1162-1227) se autoproclama Emperador de Mongolia y lo hace a caballo. Su nieto Kublai Khan (1215-1294) conquista China a caballo y lo recibe a Marco Polo (1254-1324) alrededor de 1270, que también llega a caballo, y éste se queda varios años en la corte en Xanadú. En 1368 los mongoles son expulsados de China a caballo y en 1732 Mongolia es conquistada por China, también a caballo, hasta que en 1911 los mongoles se sacan a China de encima, estimo que a caballo, que vuelve sin embargo a someterlos en 1921 mitad a caballo y otro poco en camiones y es entonces que Bogd Khan (1869-1924), pide ayuda a los rusos para volver a sacarse a los chinos y estos se fueron, tal vez a caballo y otro poco en camiones y se quedaron los rusos, que declaran a Mongolia el segundo país comunista del mundo y deciden quedarse hasta 1990, ya que tenían que limpiar de teocracia a su vecino y tiraron abajo monasterios budistas y templos y después de muchas revueltas populares, los mongoles se sacan de encima a los comunistas, es decir expulsan a los rusos que se vuelven a Rusia, ya no a caballo sino en jeeps, camioines y aviones.

    Espero en el aeropuerto de Ulan Bator mi vuelo a Beijin que está un tanto demorado y de pronto levanto la vista del libro donde leo la cronología recién expuesta, porque en la pantalla de televisión veo un taxi amarillo y negro y dentro del mismo a Claudio García Satur al volante y a Soledad Silveyra en el asiento trasero. Están pasando ¡¡en 2008!! Rolando Rivas Taxista. Sin duda el mundo me sigue sorprendiendo. No pensaba ver al Obelisco entre tanto caballo y tanta estepa.

    Después de 35 horas de vuelo, Buenos Aires, París, Beijin, Ulam Bator y la inauguración de una fundación creada por unos amigos que me invitaron a la misma, a la que obviamente llegamos a caballo, después de haber partido de Ulam Bator en avioneta hasta Murun y luego en jeep y después a caballo bordeando en parte y en otra cabalgando por la superficie del lago congelado Khousgol, viendo con desconfianza a los peces nadando por debajo de las patas de los caballos y llegando después de haber visto lobos que nos miraban desde el risco de la cadena montañosa, con la misma tentación con que deseo un asado en San Isidro, y de haber dejado atrás huellas de osos,demasiado frescas y demasiado grandes y de haber montado en renos como Papá Noel, pero sin trineo y de haber dormido en ghers, que son maravillosos y confortables y después de haber dormido en la taiga helada en carpas que hubieran hecho las delicias de cuando chicos jugábamos en El Ombú a los cowboys y a los indios, pero en la helada estepa de Tsaatan Camp, no consiguieron hacerlo porque a pesar de la estufa de hierro alimentada toda la noche con troncos gruesos el frío no daba tregua. La vida en la taiga es dura. Se los ve felices, los chicos juegan, gritan, corren y ayudan. Antes de llegar al campamento, desde la altura se ven en el valle alrededor de 20 carpas de lona blanco grisáceo, con los palos saliendo por la parte superior, al acercarnos. La lona levantada que hace de puerta y un interior con la estufa siempre encendida y la invitación a leche de reno caliente y pan. Hay mantas a los costados que se desplegarán a la noche para dormir, como en el año 1100 y antes también: como siempre.

    Tienen la piel curtida, los cachetes colorados, los dientes muy blancos, son bajos, fornidos, sonrientes, son nuestros ancestros, son a lo que jugábamos de chicos, pero ellos no están jugando ¿o sí? Otro mundo, otro tiempo. El avión despega rumbo a Beijin, me duermo con la imagen de Rolando Rivas y Mónica Helguera Paz tan discordante con este mundo como ha de ser llegar montando un reno al Hotel Alvear.

  • PRAGA

    Es Praga, es julio, es 2016: desde el centro de la plaza, al lado de Juan Hus (1369-1415), a mi espalda la iglesia de Tyn, miro hacia el Castillo, pienso en Kafka saliendo del palacio Kinsky. Se me ocurre que tal vez un día de 1911 estaba lloviendo, como está lloviendo ahora, torrencialmente. Me imagino a Kafka, viendo lo que entonces eran las bases del monumento a Juan Hus que se termina de construir en 1915, con la mirada desafiante a la imponente iglesia de Tyn; al igual que Giordano Bruno, mirando de la misma manera hacia el Vaticano desde Campo di Fiore.

    Pienso en Kafka mirando hacia el Castillo y lo pienso Gregorio Samsa ante la majestuosidad de su ciudad, lo pienso sintiéndose una frágil figura caminando hacia el barrio judío en dirección al río. La lluvia cesa súbitamente así como había comenzado. Lluvia de verano.

    Estoy en un café con “La Carta al Padre”, en una edición española de tipografía color sepia e ilustrado con fotos familiares; así aparece un Kafka niño, uno en el colegio secundario, la universidad, aparece su madre, obviamente el poderoso y amenazante destinatario de la carta, sus novias eternas, sus tres hermanas: Elli, Vali y su adorada Ottla, las tres asesinadas por los nazis. Cierro el libro y camino hacia la sinagoga Staronová, del siglo XIII, la más antigua de Europa, después camino hasta el cementerio, voy pensando en el Golem de Borges y en el Golem de Meyrink y visito la tumba de Judá León, que era rabino en Praga y mi “locutor interior”, como suele decir Marcelo Cohen, cita a Baudelaire “Gracias Dios mío por no haberme hecho mujer, homosexual, judío, negro”. En silencio camino lentamente: es mi homenaje a Franz.

  • DEL OTRO LADO

    Es la Banda Oriental, es Montevideo, es 2010, cada tanto me gusta vernos desde la otra orilla. Es como el lado de acá y el lado de allá, pero no tan lejos. Es como Esteban Echeverría y Florencio Varela pero sin Rosas, es como Onetti pero al revés. Es como Alicia pero por agua. Es como mudarte frente a tu casa donde viviste 25 años. Es otra vez como Wakefield.

    Esta calesita viene rotando sobre si misma y girando alrededor del sol. ¿Estamos hablando del mismo cielo, el Faraón que le pide a sus sabios que le dibujen las estrellas y yo recostado en el tejado, escuchando pasar las barcas areneras por este río? ¿Verían la misma luna Shakespeare y Cervantes?

    Estoy en Atlántida, llueve torrencialmente. Me refugio en un café cuyo dueño es un alemán, que dice estar harto de Alemania y que detesta a Angela Merkel. “Aquí hay paz”, dice.

    Estoy viajando a Colonia, mirando pasar el campo. Tomo un ómnibus hasta la entrada a Conchillas, una ex factoría inglesa (así la presenta el folleto de la oficina de turismo). En un minibús entro en Conchillas donde la compañía británica C.H. Walker explotó del lado de acá la cantera para obtener los materiales necesarios para construir del lado de allá el puerto que se llamará Madero.

    En 1910, Conchillas era un poblado inglés donde muchos empleados de la compañía se hicieron hombres de campo. Es cuando se produce el naufragio del Sophia del que se salva David Evans (1861-1938), el cocinero, emprendedor exitoso al punto que hace acuñar su propia moneda en la casa A. N. Bares.

    Llego a la orilla cercana del río, converso con Jean René, un francés de alrededor de 70 años, navegante solitario, que hace dos meses amarró su barco, para desde acá contemplar el lado de allá, que par él es Normandía. “Je cherche la paix”, me dice. Los que descansan en paz en el cementerio, al que me acerco, son Kent, Salisbury, Mc Cullock, Pyrke, Meyer, Hellsruch, según anuncian las lápídas. Me siento en la orilla del río y veo con total nitidez los edificios que están frente a mi casa del lado de allá, en San Isidro. La costa del lado de acá se eleva a 35 y hasta 40 metros; la del lado de allá, tan sólo a 8 metros.

    Duermo en Carmelo, en el hotel Los Muelles, en la habitación 301, en el bello ático con vista panorámica, sobre el Arroyo Las Vacas, el campo.

    Cruzo en lancha al lado de allá, a casa.

    Viajar es permitirse ser “otro”, ponerse entre paréntesis, es despojarse del EGO, ser nadie, tal vez encontrarse. Leo en “El Hacedor”: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”

    Aún sigo poblando mis bitácoras.