Categoría: Viajes

  • NORDKAPP

    En mis bitácoras hay constantes asociaciones y juegos con otros tiempos; es viable entonces mencionar a quien más ha trabajado el asunto, es decir John Locke (1632 – 1704), uno de los padres fundadores del liberalismo, factótum de que la experiencia es la fuente del conocimiento y responsable de que toda esa parafernalia de las ideas innatas con las que venimos al mundo, donde obviamente figura en primer término “Dios”, desaparecieran, al menos del mundo pensante en un intento de erradicar la superstición y reemplazarla por la racionalidad. Maestro en consecuencia de poner fin al problema, que ocupó toda la Edad Media, sobre los universales y experto en la asociación de ideas que abrió un mundo nuevo a la educación, el avance de la ciencia y el progreso, y liberó de prejuicios la mente de los creadores. No es ninguna sorpresa, que el gran innovador de la novela moderna, Lawrence Stern (1713 – 1768) lo invoque, y cite como uno de los puntales de su trabajo “Vida y Opiniones del Caballero Tristram Shandy”.

    Felisberto Hernández (1902 – 1964), excelente cuentista y pianista ambulante uruguayo, juega constantemente con las asociaciones libres, por momentos surrealistas, como en “Las Hortensias”, y en el inquietante “Historia de un Cigarrillo”, donde hay un juego entre la obsesión por la perfección, y en última instancia sobre el dilema de quien elige y quien es elegido.

    Pero volvamos al viaje por Escandinavia, es verano es 2013, es Noruega estoy llegando a Tromse, el puerto desde donde zarparé para acercarme a Nord Kapp. Tengo que esperar ocho horas para la salida del barco, me dejo entonces llevar por mis pasos: tose una vieja, llora un chico, otros estallan en carcajada, un hombre planta unas matas de lavanda, cruzo un puente. Todo me lleva al sur de Chile: Puerto Varas, Chiloé. Me digo, alguien en Ancud saca un bulbo de la tierra, un noruego debe estar llegando a Laguna Frías, y está a punto de embarcarse para cruzar a Chile. Anoto en la bitácora, “no sé por qué me digo estas cosas, tan sólo las digo. La vida responde a un movimiento que nos supera, que nos elude, que nos traspasa; independiente de nosotros como del extinguido mamut”.

    Pienso en Wittgenstein, en otro fiordo, que no es el de Tromse, lo pienso retirado en su cabaña de Songe, encerrado. Gente que se retira a pensar. Gente que hace turismo: compran souvenires cada vez más estridentes, estrafalarios e inútiles, sacan fotos, selfies, toman cruceros, cerveza, hamburguesas, helados. Dan asco. Europa en verano abruma, al igual que las playas en cualquier parte del mundo. Esa masa no puede más que adorar a cualquier payaso que le pongan delante. Muerto el relato de Dios; y opino que bien muerto está, volvieron los ídolos de barro. La ventaja del relato divino, era que no se lo veía. El relato actual promueve, en cambio, payasos que engordan, envejecen y tampoco saben qué están haciendo en el mundo.

    Zarpamos en el “Lofoten”, barco botado en 1964. Agradables salones. Excelente comida. Poca gente. Son las 12 de la noche, parecen las 6 de la tarde en Buenos Aires en enero.

    Apoyado en la baranda de popa de este pequeño barco de 2621 Tn., 87,4 metros de eslora y 13,1 metros de manga, de 151 camas en 87 camarotes, me quedo mirando la estela blanca que corta el azul del agua. Una bella mujer, alta y delgada vestida de blanco y de largo foulard rojo, me recuerda a Tilda Swinton. El viento suave hace que su vestido y el rojo echarpe me metan de lleno en la película “Tenemos que hablar de Kevin” de la escocesa Lynne Ramsay de 2011, interpretada por Tilda, madre de Kevin (Ezra Miller). Unas finas cortinas de voile se mecen suavemente en un cuarto que da a un deck, que al menos yo, suponía que daba a un parque y luego al mar. En el final de la película, se repite la escena y vemos entonces detrás del voile que baila con la brisa, el parque, que es el jardín de una casa elegante de las afueras de New York, donde hay dos cadáveres, el de una niña de 6 años, el de un señor de 50; son la hermana y el padre (John C. Reilly) de Kevin, son la hija y el esposo de Eva (Tilda). Será ella la que nos lo muestre. Antes, y seguidamente al movimiento de las telas, vemos a Eva, en la fiesta popular española llamada “la tomatada”, donde se ven miles de cuerpos semidesnudos, que se mecen como las cortinas de voile, y como este vestido y este largo echarpe rojo, aquí en este barco; en un magma líquido de toneladas de salsa de tomate. Esa masa filmada por un dron, casi flotando en un simulado y colectivo vientre social sanguinolento es el ADN, el abono donde siempre se asienta el poder. Ese es el baño de sangre al que el poder siempre ha conducido, esa sangre es el alimento de esa babosa espúrea y eterna que tiene encandilado al mundo, y que hoy, en su grado más desarrollado de perversión ha conseguido que después de haber creado instituciones por las que elegimos de manera democrática a los funcionarios que nos gobiernan, esos mismos corroan y vacíen de legitimidad las instituciones y se reinstalen las más abyectas tiranías. Yo también me asombro como mi tren de pensamiento me lleva a lugares tan dispares.

  • HAPARANDA

    Es el verano europeo, es 2013. Después de caminar por Estocolmo durante 4 días, decido cambiar de ambiente. Entro en la terminal ferroviaria. ¿cuál es la estación más al norte a la que van?

    Umea, y luego conexión con bus a Haparanda. Haparanda, Amaranta, Aracataca, Bucaramanga, ¿será Haparanda, Macondo? Con mi ticket a Haparanda para el tren en cuyo vagn 3, platz 48 que saldrá de Spar 7 a las 6.22 am, metido como señalador en el “Tratado sobre la Servidumbre” de Etienne de La Boetie, salgo de comer un sorprendente plato de pasta, pollo, jamón y rúcula, en una cremosa y equilibrada salsa pomodoro y camino rumbo al Lord Nelson Hotel.

    Estocolmo me recuerda a Estambul, en el agua; a Toledo, en las calles angostas; a Lyon, por las calles techadas; al poder de Roma, en los palacios; algo de Lisboa, en algunos empedrados; algo de pueblo de provincia francés, en algunos cafés. Un gran espacio público y un clima de bienestar sin lujo. Algo de burguesía, orgullosa de sus logros, pero sin ostentación. Eficiencia protestante, rigor protestante, cierta distancia: más razón que cuerpo: civilización.

    A las 6.21, los cuatro relojes de la Spar 7, dejan caer la aguja del 1 al 2 y arranca el tren. Me tocó un equipo de football de adolescentes en el coche; parecían jóvenes estudiantes de la Academia de Platón. ¿Por qué gritaremos tanto en Argentina, para no decir más que sandeces, y no cambiar nada?

    He llegado a Umea, estoy esperando el bus 100; algo así como estar en Campo Quijano, esperando el bus para ir a Tarija. Serán 400 kilómetros hasta Haparanda, entrando y parando en todos los pueblos. Me pasa que en una de las paradas, descubro a una mujer mirando por la ventana; veo a unos chicos jugando a la pelota; pasan dos adolescentes que imagino que acaban de hacerlo por primera vez; hay una jubilada en traje de baño en el borde de una triste, impoluta y social demócrata pileta municipal que tal vez esté pensando ¿cómo será Bolivia?, porque acaba de leer un artículo sobre los sapos gigantes del Lago Titicaca, y me sucede que me pongo en el lugar en que todas esas personas están y veo pasar el bus en el que estoy y desde la ventana, el grito de gol, los dos cuerpos recién bañados y una jubilación social demócrata, me dan unas ganas de poner un tren en la calle de ese pueblo por el que pasa mi bus, invitarlos a subir al tren, pitar y no parar hasta el muelle de Pacheco en San Isidro.

    A las 22.30 aún es de día y he llegado a orillas del río Tormio. El Hotel Haparanda es de 1897. Es como estar en el río Luján, frente a la isla del Naútico San Isidro, aquí, en la otra orilla está Finlandia. Parece que en 1621, uno de los tantos reyes suecos, llamado Gustavo Adolfo, funda la ciudad, considerada la urbe más al norte del planeta, es decir es el espejo boreal de Ushuaia. También parece que fue la ciudad más próspera del reino y que después hubo una guerra contra Rusia, y que se perdió, esto fue en 1809. Durante la Primera Guerra Mundial, Haparanda – Tormio fue casi el único pasaje entre los dos bloques. El primer operador turístico del mundo, Thomas Cook, expresó que un individuo puede llamarse un trotamundos, cuando ha pernoctado en Timbuctú, en la actual república de Mali, capital espiritual del Islam en África, o en Samarcanda, ciudad poblada desde hace 2700 años, hoy en Uzbekistán o en Haparanda. Es el comienzo de Laponia y parece que he aprobado el primer curso. El río es oscuro, parece un lago de tan inmóvil. En frente, en Finlandia, se ve un espeso bosque, del que asoma el techo de la torre de un castillo. A un costado un puente de hierro, por el que está pasando un tren carguero, lleva rodillos de acero laminado; dos por vagón. Son los 24 rollos que vi pasar en el tren carguero por la Boca, hacia el puerto de Buenos Aires, el día anterior a comenzar este viaje. Me gusta pensar que me han venido siguiendo. Hay un camping de casas rodantes, la mayoría con patentes alemanas. Se ven chicos jugando a la pelota, hay otro jugando con un dron. Apartado hay otro que por momentois escribe y por momentos lee.

    La Sociedad Anónima es la formada por todos nosotros, por todos estos que me encuentro en los viajes y a los que nunca más veré; por todos los que me ven pasar y a quien nunca más verán. También por pocos artistas. Estoy en una parada del bus. Es un alto en cualquier parte entre Haparanda (el corazón de Laponia), desde donde partí temprano en la mañana y que nos lleva a Kirina donde pernoctaré; vamos pasando Ruskola, Kopilombolo, Svanstein, Pello, Pajals. En algún lugar de este trayecto de 380 kilómetros, el bus para 20 minutos, para refrescarnos, para descansar, porque así ha sido acordado por el sindicato de choferes de una sociedad donde el socialismo y la monarquía parecen entenderse y esto es visible, se respira armonía Escandinava.

    Bajo, tomo un café. Camino mirando hacia una hondonada poblada de pinos y se escucha una sierra en el bosque. Charlo con una mujer, una señora mayor de una belleza rústica, elegante sencillez, pantalón de pana color beige, chaqueta leñadora de colores ocre y rosa pastel, botas de cuero, foulard colorido.

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Son las tres de la tarde del jueves 25 de julio de 2013, hemos pasado el círculo polar ártico, el sol brilla, la temperatura es de 25 grados centígrados, y así sin que mediara nada de mi parte,

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Ha venido pensando durante el viaje, en su edad, como yo también lo hago, como lo hacemos todos. Supongo que el chofer del bus que aparenta tener entre 55 y 60 años, ha pensado que tal vez, en unos años se jubile y que entonces, hará ese viaje siempre postergado a Río de Janeiro o Patagonia; tal vez esté pensando que hay que manejar con cuidado, porque hay curvas peligrosas y él tiene muy presente lo que le pasó a Sorensen, que en su último viaje antes del retiro, el bus desbarrancó y hoy la señora Sorensen, cobra la pensión de viuda.Tener la edad que cada uno tiene es siempre un acontecimiento: un niño pregunta ¿cuántos tengo? y orgulloso muestra la mano extendida con los dedos bien abiertos y esta bella señora extendió 16 veces su mamo plena de motas y venas azules y me dijo 80. En esos primeros cinco hay un inconmensyrable misterio que implica “mostrame fotos de cuando eras chico”, “¿cuándo se murió tú mamá? “y ¿vos cuándo te vas a morir?” “Y cuando yo sea grande y tenga hijos”. Pero a los 80 el misterio es otro que tal vez se reduzca a What the hell I’m still doing here? Supongo que a los 80, hay algo así como un balance, un recordatorio, algo de sabiduría y espero que paz y también debe haber algo que me cuesta definir entre inquietud, aceptación y en mi caso particular indignación: el mismo final que una rata, el mismo final que Hitler ¿eso merecemos? ¿a eso se llama justicia divina? porque lo próximo a acabarse no es el colegio secundario, la universidad, la exitosa carrera, el matrimonio de más de 50 años con Sorensen; sino que lo que se acaba para siempre, para siempre, para siempre es la vida de uno, que es lo único que uno ha tenido – o tal vez habría que decir: la vida lo ha tenido a uno como huésped temporario, como inquilino por un contrato a punto de expirar. Al rato la bella señora vuelve a sus cavilaciones, el chofer a su volante, yo a mi asiento y van pasando Mukkakkangas, Junossuando, Vittagi y ya estoy alojado en un agradable hotel con vista a las montañas, y como es mi costumbre salgo a explorar, a ver gente, a comer algo.

    Entro en “The Bishop’s Arms”, un acogedor pub, con librería, mucha madera, chimenea encendida, sillones de cuero y espantosa comida. En el salón tres lugareños de vientres abultados y risas chillonas, toman cerveza y juegan con sus celulares: se envían mensajes y se ríen. ¿Harán esto todos los días” ¿Cómo será vivir en Kiruna? ¿Será como vivir en Cachi, Chos Malal, Santa Coloma?

    Salgo a caminar: un señor pasea a su perro, dos señoras, una con bastón, entran en un negocio. Pasa un Cadillac 1957 color fucsia sin capota. James Dean al volante con Marilyn a su lado y los tres tipos del bar atrás.

    Mañana 7.05 am sale bus a Narvik, en Noruega, luego Tromse, voy rumbo a Nordkapp. Cansado, con un eterno atardecer, me duermo pensando que tal vez un día en Chaltén, me cruzo con una turista sueca o con la Ulrica de Borges y así porque sí, le diga “tengo 100, pero no los siento”. He dejado el “heart of Lapland”, de acuerdo a lo que dice el capuchón de la lapicera del Hotel Haparanda. Me es imposible no asociar esa mínima leyenda con, verano tórrido, La Lucila, hora de la siesta,”Laponia helados”, gritaba el hombre de blanco en su triciclo y ahí bajábamos a comprar un palito de vainilla bañado en chocolate o uno de frutilla.

  • NOLA

    Es marzo, es 2012, es Estados Unidos, es la Lousiana, es Nueva Orleans, es el Mississipi que corre al ritmo del jazz, al igual que cualquiera de nosotros, no bien aterrizados en el aeropuerto internacional Louis Armstrong. Mientras espero mi valija se me ocurre pensar, que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires, podría llamarse Carlos Gardel, como para entrar en la ciudad con el ritmo del tango. Camino hacia la salida y veo escrito el nombre “Nola”, con que se llama familiarmente a la ciudad. Nola me traslada a Nápoles, Italia, lugar de nacimiento de Giordano Bruno en 1548, que será quemado vivo en Campo de Fiori en 1600; (adivinen por quien) al igual que muchos esclavos en este territorio.

    Me instalo en el Omni Royal Hotel y bajo luego a comer ostras y beber una copas de Pinot Griglio en el Royal Oyster Bar y luego a perderme por el laberinto de Bourbon Street que se llamó en otro tiempo Calle de Borbón y por Royal Street que fuera la calle Real, en el período hispánico, entre 1762 y 1808, como nos informan las mayólicas de Talavera de la Reina, firmadas por D. Ruiz de Luna. Fue luego francés hasta 1822 e ingresa a la Unión como el estado norteamericano número 13 en 1828, habiendo sido (la ciudad) fundada en 1717 por Jean Baptiste le Moyne de Brainville.

    El sincretismo se percibe por todas partes: pueblos originarios, africanos, españoles, franceses, ingleses, norteamericanos transitan las calles donde en cada esquina hay una banda de jazz, un músico negro sale al balcón y toca la trompeta, le responde un celo desde un ático vecino, un grupo baila en las calles al son de un piano invisible mientras cuentas de todos los colores son arrojadas desde los ventanales del barrio francés.

    El ritmo del jazz a toda hora, en cada esquina y el fluir de este nuevo río que incorporo a mi memoria hace que todo se suceda al compás del mismo: Cajun Food, Mardigras, el pirata Lafitte, la casa de Napoleón de 1797 acondicionada por el alcalde Giroud y ofrecida al Emperador para que se instalara en América, el matrimonio Le Parc y su propiedad, “Laura Plantation” de 24.000 acres, algodón, caña de azúcar, esclavos, guerras civiles, Marie Laveau y el voodoo, el Café du Monde, las beignetes, las mufuletas.

    El impetuoso Mississipi me recuerda al Paraná, Haroldo Conti y Juan José Saer, Mark Twain y William Faulkner ven pasar las aguas desde una misma orilla. Escriben, no pueden dejar de hacerlo, como el río no puede no fluir y después está lo otro, las tareas de la gente que no escribe ni ha pensado en escribir y la gente que como yo, que escribo a ratos, que anoto en libretas y salgo a caminar pensando que tengo que aprender el oficio de la escritura. Con esto en la cabeza llego al cementerio más antiguo, que es de 1789, que está en el barrio de Terme. La guía nos dice que el cementerio tiene una hectárea, es estilo Pere Lachaisse de París y Recoleta de Venezuela y nos señala el mausoleo de Marie Leveau y luego el que se hizo construir Nicholas Cage y acota que en el predio, Jack Nicholson, Dennis Hopper y Peter Fonda filmaron escenas de la película “Easy Rider” en 1969 con dirección de Hopper y que yo vi en un cine de Recoleta, que como todo el mundo sabe menos los guías de turismo de Nola, está en Argentina, con el título de “Busco mi Destino” con una amiga que se llamaba Alicia y que un día se murió y que volví a ver en Londres en 1978 en el cine París, en la calle Thistle Grove con otra amiga que también se llamaba Alicia y que también se murió porque todas las personas llamadas Alicia se van a morir (no se olviden que estoy en un cementerio).

    Camino y sigo pensando que tengo que escribir, que la lectura como la escritura no son un pasatiempo sino una pasión y que los que escriben lo hacen todos los días en jornadas extenuantes. Cuando Cortázar manifiesta que todo escritor es un onanista está diciendo que el obrero palea arena desde un camión a una carretilla y traspira y se golpea, y el que lo está mirando desde su ventana escribe “en el desierto al prisionero engrillado le mostraban en una pantalla una playa en las Maldives y una voz en off decía “gozala , para vos es gratis”.

    Estoy escribiendo ahora, desde el 2018 hasta hoy enero 2026, pero vuelvo a la bitácora de 2012 y leo que anoté:” por las calles no me encuentro con Faulkners o Tennesee Williams (¿cómo lo sé?), sino con turbamultas gritando, bebiendo, bailando y arrojando cuentas de collares de colores desde los balcones del French Quarter. Estoy tentado a preguntar “How is water?”, pero no puedo más que esperar que me respondan “What is water?”. Durante una semana no soy nadie, no le importo a nadie, más que como consumidor. Viajar así, en soledad, es un descanso hasta de uno mismo; es no formar parte de ninguna tribui. ¿Por qué tanto miedo a ser un individuo? Haber sido Kafka es ser algo distinto a ser germano, judío, tener una familia. Ser Kafka es atreverse a no serlo; por eso le exige a Max Brod que queme sus escritos. Tal vez David Foster Wallace se suicida por haber llegado a un límite de sus posibilidades (literarias) o porque siempre los que le preguntan “What is water?” son los peces.

    Veo en Bourbon Street a un chico haciendo malabares con una escalera, tres cuchillos, tres bolos, una tabla, un cilindro y sus palabras. Así se gana la vida. Lo vuelvo a ver al día siguiente, repite el mismo libreto, dijo similares palabras que provocaron idénticas risas y seguramente la redituaron la misma suma. Al cuarto día ya era como ser cajero de un banco.

    Cuando mañana aterrice en Ezeiza y vaya entrando en el conurbano, la tasa de inflación, las noticias locales, el supermercado, el barrio harán que yo haga los mismos malabares.

    El fracaso no está en no ser escritor, sino en no tener el coraje de dejar todo y ponerme a escribir.

    Camino por la costanera, como mañana lo estaré haciendo por el muelle de Pacheco. El río fluye. Decatur St, “No Lottering Allowed” (Prohibido Arrojar Basura), “No literature Allowed”. French Market, Tabasco Shop, Jackson Park, 624 Pirates Alley “Faulkner House of Books”, donde Faulkner escribió “Soldier’s Pay” en 1925. A Mr. Faulkner nunca le importó lo que la literatura había sido antes que él, “he just Niked it”, lo mismo que pasó con Wittgenstein y la historia de la filosofía, la ignoró. Los críticos coinciden en que Faulkner comenzó a escribir porque Sherwood Anderson lo había hecho, leyó, le gustó, lo hizo. También coinciden en que escribió como nadie antes lo había hecho en el idioma inglés. Hay influencias, sin embargo, Joyce, Virginia Woolf, Joseph Conrad, el Sur y el fluir del Mississipi. La dueña de la librería, se parece mucho, tal vez demasiado a Katty Bates, al punto que la veo como Annie Wilken, en “Misery” y me alegra de no ser Paul Sheldon. Salgo con “Tortilla Flat” de Steinbeck, “Breves Entrevistas con Hombres Malvados” de David Foster Wallace y un pequeño libro de fotos de M. Thomas Inge que se llama “William Faulkner”, cuya cubierta trasera (casi) reproduce la imagen de mi padre, que se le parecía mucho y que fue quien me recomendó la lectura de “Palmeras Salvajes”

    Acaba de despegar el avión rumbo a Buenos Aires. Voy pensando en Martin Luther King (asesinado), en John Fitzgerald Kennedy (asesinado), en Malcolm X (asesinado), en el Ku Klux Klan quemando personas vivas. Todo huele a Shame Old Shit. Me voy quedando dormido recordando a Beaudelaire “Gracias Dios mío por no haberme hecho negro, mujer, judio, homosexual”.

  • LOS OTROS ANIMALES

    El viaje es también el encuentro con otras especies. De pronto cobran presencia, irrumpen. Muchos de ellos están en la tierra antes que nosotros.

    Es 1964. Venimos de Chile, es un camión frigorífico, viene vacío, nos llevan en la caja. Por horas se hace de noche. Vamos a los barquinazos por la Cordillera de los Andes. Después de varias horas, el conductor y su acompañante, deben haber pensado que tal vez necesitábamos orinar. Aliviados, vemos un luminoso atardecer frente a una laguna plena de flamencos. Las pinceladas celestes, los picos nevados y el rosa fuerte del plumaje de las aves, son un cuadro de Seurat donde se ve, sin que esté presente a un esbelto y barbado personaje que parece acariciar las patas rojas de los flamencos.

    Es 1969, es Escuintla, es Guatemala, son las siete de la tarde. Todos los cables, todas las ramas de los árboles, cualquier cornisa, las cúpulas de las iglesias, son el albergue transitorio de miles de golondrinas que descansan en su travesía San Juan de Capistrano- Buenos Aires.

    Caleta Xeljá, Yucatán, nadamos en un crater poblado de peces de todos los colores; estamos nadando en un ramo de flores.

    India, camino por un sendero con Gary. Llegamos a la orilla de un río correntoso, no hay puente, no hay balsa ni bote; hay gente en cuclillas, esperando; no hablan inglés, sonríen; también decidimos esperar, sin saber qué. Del otro lado, un elefante, guiado por su Mahout cruza el río con pasajeros, se bajan, ocupamos sus lugares sobre el lomo gris. Ese gigante sumiso se hundió en el agua hasta el abdomen, sorteó rocas y piedras rodantes y nos depositó en la otra orilla.

    A las afueras de Calcuta, dos yacks, negros, lanudos, pastan en un descampado de un Parque Nacional. De pronto se inquietan. Se acerca un tigre de Bengala: “olor a caramelo y a tigre”.

    Década del 80, campo en el Uruguay, cerca de Arroyo Durazno. Destapamos un pozo ciego; adentro, en una profunda negrura, lagartos, una colonia de lagartos.

    Es 1990, voy en auto desde Candonga a La Cumbre, provincia de Córdoba. En una curva, un cóndor intenta remontar con un corderito entre sus garras. La sorpresa fue triple, la frenada hace derrapar el auto, el cóndor se asusta, afloja las garras, el cordero huye despavorido, el cóndor se eleva; paz en la tierra, ternero con su madre, llego a tiempo a mi almuerzo en Juva. Estimo que si el cóndor hubiese podido hablar, me habría dicho de todo menos gracias.

    Tandil, provincia de Buenos Aires, es julio es 2010; ha nevado; las miles de palomas descansando en los cables, postes y ramas de los árboles de la plaza central me transportan a Escuintla.

    Es 1980, es Sri Lanka, es la Laguna Baticaloa. Alguien informa “aquí hay peces que hablan”, son como loros pero que nadan. “Shit”, grita un inglés, “Shit!, “Shiiitttt”, al rato con un sonido que emula al croar de los sapos, escuchamos desde el agua “iit”, “shiii”, “shii”, la carcajada es total. Un francés grita “merde”, “merde”, “merde”, se hace un largo silencio, “shii”, “shii”, “shii”. Ahora sí, el francés mira con ira al inglés “Merde”.

    Es 2003, es Los Ángeles, es California, verano caliente, 6 de la mañana, nado en la pileta de la casa de un amigo (que dejó de creer en Dios cuando se enteró que también había creado a los mosquitos). Aparece un halcón, impresiona, se acerca a un nido, un conjunto de ramitas y de hojas caen al agua desde el árbol, se lleva en el pico a un polluelo que trina.

    Es 2014, es Abu Dabi, es el Hospital de halcones. Sostengo en mi brazo a un halcón encadenado, está en observación, tengo la mano enguantada con cuero y metal, tengo carne roja, siento mi mano enfundada temblar como tiembla el piso cuando hay un terremoto. Es voraz, no tiene duda alguna.

    Es 2005, es New York, es Central Park. Mi amiga Patricia no puede entender mi deleite ante las ardillas; “they are rats”, me dice con asco.

    Es 2011, es Vancouver, es Canadá, en dos horas vi al menos seis racoons. Daban la sensación de estar paseando.

    Es 2015, son las Islas Galápagos, es Ecuador, nunca me sentí tan en minoría: un paraíso de otras especies.

    Es el estado de Rajastán, es 1980, a 10 kilómetros de Jaipur, es Galta, el templo de los monos, no me extenderé, lo dice mejor Octavio Paz en “El Mono Gramático”.

    Es 1984, es la Pampa de Achala, caminamos perdidos en la bruma helada que baja de las cimas, nos enfrentamoa a perros bravos. Seguimos andando.

    Es Trincomalee, Sri Lanka, es la playa, es 1980. Calor denso, buenos tragos, muchos tragos, la arena infestada de víboras, nos rescata un bañero en un jeep.

    Aeropuerto de Anchorage, Alaska, espero vuelo a Vancouver. Leo a Jack London con inmenso placer. Se sientan frente a mí el padre, la madre, hija, hijo, tía, todos excedidos de peso: grandes vasos de café, muffins, bolsas (3) de Mc Donalds Quarter Pound, bananas (6), pote enorme de jugo de naranja, potes de yogurt descremado (2), bowls de ensalada de frutas, bolsas de Chex Mix (2), estuche doble de M & M, vaso gigante de Coca Cola Light, botella de jugo de frambuesa. Al rato llega otro miembro del grupo familiar, aportó dos bananas más, algo parecido a un alfajor pero del tamaño de un pandereta, otra bolsa de Chex Mix y una botella de Doctor Pepper. Por suerte viajan en business.

    Calle José Hernández, cerca de estación Acassuso, tapa de hierro, estimo que de desagües pluviales, es diciembre, 42 grados, salen a la superficie cientos de cucarachas.

    Bajada de Charbonnier, sierras de Córdoba, contemplo con alegría una horonda perdiz y seis crias que siguen a su madre en el cruce de la senda.

    Es Pinamar, es el verano de 1983, cena en boliche frente al mar, vela, espumante, bella mujer. Cruza la cabriada a sus espaldas, una rata del tamaño de un gato. Miro azorado. ¿Pasa algo?

    Es 2013, es San Martín de los Andes, frente al ventanal se acerca un ciervo. Es marzo, está fresco, la televisión acaba de anunciar “Habemus Papam”. El ciervo huye.

    Es San Isidro, panel de una de las ventanas de mi casa, es el invierno de 2018, hace unos días que un pequeño reptil ¿lagartija?, ¿gueco?, está adherido al vidrio. Es curioso, pero me gusta que esté ahí. ¿Qué hace?, también él se preguntará qué hago inclinado sobre libros frente a la chimenea encendida. Su cola, enorme para su tamaño, está quieta en forma de signo de interrogación. Hoy antes de acostarme, lo busqué y ya no estaba. Tampoco lo encontré en el piso, en el pasillo exterior, ni en paredes adyacentes. No sé por qué se habrá quedado una semana con la ñata contra el vidrio. ¿Habrá dejado huevos? Ojalá se halle correteando por ahí. Ya no hay más signo, permanece la pregunta.

    Es 1971, carretera Transamazónica en construcción, vamos en camión de Manaos a Brasilia. De pronto ahí en medio de una calzada de tierra, algo grande obstruye el paso, el camión lo elude y acelera. Es un pavo, nos dicen. Sigo pensando que era la cabeza y parte del torso de un hombre.

    Es Galle, Sri Lanka, me quedo dormido en una hamaca. Algo me despierta, algo que camina sobre mi pecho desnudo. Es una araña del tamaño de mi mano. Parezco una estatua. Se tomó su tiempo. Soy una estatua, la primera que suda.

    Calígula, Emperador de Roma nombró cónsul a Incitato, su caballo. Un Rey de Inglaterra, Ricardo III a los alaridos, ofrecía su reino por un caballo, fue su último día antes de morir en la batalla de Bosworth, el 22 de agosto de 1495.

    Pebete, Enano blanco, Griffe, Jacky, Amelie, Boyi, Enano, Frida, Oliver (así con mayúsculas), perros y gatos que estuvieron cerca. Importantes.

    Medianoche en Benarés, estado de Uttar Pradesh, 49 grados centígrados, me defiendo con un palo, del ataque de tres perros que a los saltos me muestran sus dientes. Al fin se abre una puerta.

    Raras son las especies que escapan de toda vida colectiva: el visón, el leopardo, la marta, el tejón, yo, ha dicho Pascal Quignard. Yo.

    En el momento que escribo estas líneas un pececito cerca de las Islas Galápagos, cruza el umbral del infierno, porque otro pez le devoró la cola; dejó escrito Witold Gombrowicz en “Diario Argentino”.

    Robert Bontine Cunninghame Graham (Londres 1852 – Buenos Aires 1936), para nosotros Don Roberto, dedica su libro “los Caballos de la Conquista” de 1930 al querido caballo que rescató de su trabajo tirando de un tranvía en Glasgow y ofreciéndole el más placentero de pasear su aristocrática figura hasta el Parlamento de Londres. La dedicatoria dice “A Pampa, mi negro argentino, a quien monté por 20 años sin ninguna caída. Quiera la tierra yacer sobre él tan delicadamente, como él supo hacerlo sobre ella”, Y en el monumento erigido en Escocia a la memoria de don Roberto, muy cerca de la propiedad familiar de Ardoch, está la bella cabeza de Pampa esculpida en bronce. Sin conocer estos datos, frené bruscamente el auto, retrocedí y ahí estaba, Pampa, fiel a su amigo. Fue una fría y soleada tarde de mayo de 1978.

    En el Arca de Noé, no hubo pingüinos, claro no se había descubierto América; dicen.

    Por la casa de Saussine, construida en 1826, en el Gard, Provence, Francia, todas las mañanas, a las 6, pasaba el pastor con su rebaño, en dirección al pueblo abandonado de Puech. También solía visitarnos un zorro, matador de nuestras gallinas, y un día me topé con un jabalí, en la terraza donde almorzábamos en verano. Sucedía todos los años, era el circuito que los jabalíes hacían desde los bosques alemanes, hasta España.

    Es el verano europeo de 2016, es Orlen, de 1300 habitantes, a unos 25 kilómetros de Wiesbaden y a 40 de Frankfurt. Paseamos por el bosque cercano a la casa donde me alojo, en tierras que fueron de los Orange-Nassau, por donde pasaron las Cruzadas y los romanos dejaron en los lindes del bosque, sus torres de vigía y su pétreo coliseo, y de pronto, ahí, en un sendero veo las huellas de los jabalíes que veía en Saussine en 1980.

    Caminar por San Isidro a medianoche, en un día laborable, es permitirse ver una realidad diferente a la cotidiana. Los encuentros son de otro tipo: en la Plaza Pueyrredón, una lechuza sale del hueco de uno de los plátanos que la circundan. Su ulular me sorprende. A ella también le debe resultar extraño que un humano ande caminando a una hora donde la noche le pertenece. Muchas veces, más de lo que la gente cree, uno se topa con comadrejas. Abundan, las he visto cruzar Roque Saénz Peña, caminar por Barrio Parque Aguirre, en el Paseo de los Tres Ombúes, en calles de Beccar.

    Todos los días una bandada de gaviotas “cocineras”, cruza de mañana el cielo, y al atardecer vuelven chirriando en dirección al río. También he visto una pareja de flamencos volando muy alto, en una bella tarde de otoño. Eran dos lanzas tajeando la tela celeste del cielo.

    Tarde de invierno, calle 33 Orientales, bajo de San Isidro. En el pequeño pantanal, un pato negro ha pescado un pez; la bella garza blanca lo ve y se lo arrebata: Beaudelaire “gracias Dios mío por no haberme hecho negro, mujer, judío, homosexual”.

    En el playón del aeropuerto de Cape Town, hay un gran elefante de bronce. En la Avenida de los Corrales en Mataderos, hay un toro del mismo material en la vereda; hay otro en Manhattan entre bancos y financieras. El aeropuerto de New Orleans, lo tiene a Louis Armstrong tocando salvajemente la trompeta y de noche, desde cualquier rincón de la ciudad se lo escucha. En la plazoletra exterior del Hotel Four Seasons de Buenos Aires, hay varios caballos de chapa, diseñados en simulado galope. En la rotonda de Márquez y Fondo de la Legua, en San Isidro, también hay caballos. A la entrada de la ciudad de Pajala, en Suecia, hay una enorme lechuza en un pedestal. En Barcelona, hay un pez gigante de Frank Gerhy. Madrid, Moscú y Berlín, tienen al oso como símbolo. Cualquier ciudad o pueblo argentino tiene en la plaza central a un caballo con un general o coronel sobre el corcel montado. En Parque Lezama, una loba de bronce amamanta a Rómulo y Remo. Miles de zuricatas se cruzan en todas direcciones, al atravesar la estepa de Mongolia. Se ven también, tropillas de caballos salvajes; en total hay 40 millones,los ciudadanos son 3 millones.

    Hay fotos de mis viajes a camello en Marruecos, sobre un reno en Mongolia, a caballo en Helsingfords, en Patagonia.

    Aún huelo al zorrino que aparecía todas las noches, bajo una ventana de una casa cerca del mar. En el charco del molino de la misma casa, se juntaban sapos.

    “La que nunca ha querido a los animales, ni les ha tenido compasión”, escribió Fernando Vallejo en “La Puta de Babilonia”

    San Antonio de Areco, un gallo empezó a cantar a las 3.30 de la mañana. Alas 8 aún cantaba.

    De niño parece que una visita al zoológico de Buenos Aires, me hizo pedir “camello, jirafa”, no paré hasta conseguirlos, tenía dos años y nos mudamos a la casa que estaban construyendo. En el jardín vi mi primera lombriz y una caravana interminable de hormigas coloradas con las que soñé muchas noches.

    En el camino a Chaltén se nos cruza un guanaco asustado; tan asustado como el chofer que clavó los frenos.

    Camino rural en Escocia, vamos a Inverness, la manada de ovejas nos detiene media hora en el cruce del puente de piedra.

    Calle Paraná, límite entre los partidos de Vicente López y San Isidro, debe haber sido 1957/58, ha muerto un caballo, ha quedado en la línea alquitranada que divide los dos municipios. Después de una semana seguía descomponiéndose. Las autoridades discutían a quien correspondia la remoción del cadaver.

    Algo enorme cruzó frente al barco, es el Pacífico, es 1973.

    En 1592, cuenta Borges, en “Arte de Injuriar”, había reñidero de osos en Londres, han sido reemplazados por la violencia urbana.

    Muy cerca de Torres del Paine, en Chile, hay un gran rebaño de guanacos. A lo lejos, apartado, más bien aislado e ignorado hay otro guanaco. El guardaparques nos explica que es el macho que perdió. Pienso en Kafka.

    En verano mi casa se puebla de insectos, los insoportables mosquitos, unas pequeñas hormigas coloradas y las prehistóricas y desagradables cucarachas. El otro día al entrar en casa, piso a una cucaracha que deseaba acompañarme al interior y ahí quedó el cadaver. Menos de dos horas más tarde un ejército de hormigas coloradas había devorado todo el organismo, dejando tan sólo las alas que quedaron com un chal muy liviano que el viento hizo desaparecer. Me impresionó la velocidad de la ingesta.

    En cuanto al bípedo implume, si bien soy muy crítico de la condición humana, sigo pensando que la mayoría es buena gente. Me arrebataron 100 dólares de la mano en La Habana, entraron ladrones en mi casa en Londres, me hicieron trampa con el cambio en Cartagena de Indias, me robaron un auto en Martínez, me intentaron asaltar en San Telmo, pero le dí tantas trompadas que salió corriendo y se le cayó su celular, yo me rompí una uña. Me roba siempre el Estado.

  • DEJARSE LLEVAR

    Me agrada, cada tanto, dejarme llevar por los pasos que doy. No por el instinto, que es otra situación. Es como cuando en un momento de la escritura, después de varias horas, hay algo que parece que hubiera sido escrito, no por uno, sino por, no sé algunos hablan de las musas. Salgo a caminar por el barrio ya estoy en la calle Lasalle, en el bajo de San Isidro; muy bien hasta ahí estuve escribiendo, pero ¿cómo doblé por la calle Brasil? A los pocos metros se hace de tierra y después de una curva corta, se termina la calle en una casa particular, pero para el otro lado, por detrás del edificio pegado a la estación Las Barrancas llego a un playón y estoy en estación abandonada en la Patagonia; es el escenario perfecto para que Alejandro Fadel filme otra escena para su extraordinario y sutil homenaje a Blaise Cendrars (1887 – 1961), tal vez otra decapitación antes de que el Monstruo le cercene la mano a Cruz.

    Algo similar me ocurrió en Bombay (hoy Mumbai) cuando los pasos que daba por la costanera, giraron y me llevaron a ese decrépito, húmedo, fétido, antro prostibulario de Falkland Road. Jaulas de bambú atestadas de mujeres que pujan por atraer a algún cliente. Sensación de estar en el infierno. Deambulé pensando que estaba en algún film de Fellini. Vi, sin embargo unos brillantes ojos verdes que aún no he olvidado. No la pude imaginar llegando siquiera a los 25 años.

    Otra caminata similar, dejé que me ocurriera en Habana Vieja. Desgastada callejuela llena de óxido marino, salitre, mugre y cables tendidos, donde mujeres-niñas se regalan a rubios europeos, pidiéndoles que las saquen de la isla revolucionaria. En esa noche de tristeza llegué al Hotel Habana Libre, nombre revolucionario del Hilton. En el televisor, Fidel Castro no paró de hablar durante cinco horas: una letanía digna de un hijo de los jesuitas, que chapeaba (mintiendo) haber nacido el mismo día que Ignacio de Loyola (otro soldado de Cristo) ¿Qué dijo? Revolución, Revolución, REVOLUCIÓN, lo que venía diciendo desde 1959.

    El fundador de la Cia. de Jesús, nació un 23 de octubre. El fundador de la Cia. Revolucionaria un 13 de agosto. REVOLUCIÓN: “Nací el mismo día”.

  • AVATARES DEL TREN

    Vengo de “El Ombú”, el río, un palacio fantasma. Vengo de “The Doll’s House” (of all places). Todo gira en una calesita, que a su vez gira en otra, en otra. Jugamos a dos juegos: tren o calesita.

    Son juegos, son ficciones.

    El tren también es prisionero del circuito que le permite moverse.¿Es posible avanzar en un planeta que gira sobre sí mismo, como lo hace una calesita? Giramos alrededor del sol en un universo infinito que está en expansión.

    Amo el tren. Viajar en tren.

    Hay innumerables personas, hechos, instituciones que reflejan el alma británica: Shakespeare, los pubs, el valor del individuo por sobre la especie como lo expresa Borges en “El Ruiseñor de Keats”, el fabuloso, desaforado ennoblecimiento del “loin of beef” por parte del descomunal Henry VIII, que al ser agasajado en un pueblo de su reino con una pieza cárnica de gran tamaño y exquisito y jugoso sabor, se puso en pie, desenvainó su espada y lo declaró “SIR LOIN”, que es como hasta el día de hoy se pide un bife de chorizo en Gran Bretaña como nos cuenta Ben Rogers en “Beef and Liberty”; paralelamente a este acto, Henry VIII, cumple con otro de estricta justicia, que es cortar la dependencia con el Papa (WTF with Rome?); John Locke; el “sense of humor”, expresado académicamente en “The Comic History of England” de Gilbert Abbot A’ Beckett y en el desopilante “From Beowulf to Virginia Woolf” de Robert Manson Myers; el inapelable pragmatismo cuando me presenté al Ministerio del Interior en Londres con el fin de aspirar a una suplencia de enseñanza de español, habiendo hecho expresa mención a la carencia de ciertos papeles requeridos al efecto, y la contundente respuesta del funcionario, previa consulta con su superior: “tiene usted razón señor, but we need you”; el mítico 5 o’clock tea and scons;en fin el Ferrocarril, es decir mis adorados trenes.

    El ferrocarril implica necesariamente un sistema, un orden: horarios, jerarquías, clases, movilidad del individuo, geografía, destino, partida, llegada, controles, hierro, carbón, revolución industrial, comercio, carga, transporte, desafíos, selvas, puentes, montañas, estaciones, túneles, ingeniería, libertad, que es lo más maravilloso de lo “British” (siempre y cuando, esa libertad se realice dentro del espacio enmarcado por los dos rieles, en su defecto hay descarrilamiento). Todo eso es Pax Británica y se celebra en el salón comedor donde conviven un Sir Loin from Argentina, un rack of lamb from New Zealand, un Tandoori and rice from India, un Cab Franc from Australia, un vin de Constance from South Africa, y a cup of tea Orange Pekoe from Ceylon, un wiskey from Ireland or Scotland o un VSOP Napoleón.

    El tren llegó a San Isidro, según lo registra la placa colocada sobre la pared de la estación el 10 de noviembre de 1863. Lo “tomé”, desde la estación “Golf” (hoy Lisandro de la Torre) a las pocas semanas de vida hasta Oivos; me llevaban a la casa de mis abuelos. El de hace 162 años, era a vapor y la locomotora tenía dificultades en la loma Olivos- San Isidro. El de hace 70 años, era eléctrico, de hierro y madera, color marrón, inglés, tenía coches de primera, con asientos de cuero negro, apoyabrazos de roble, abono de color azul y coches de segunda, con asientos de madera (muy parecidos a los del tren que tomé en Colombo hasta Galle en Sri Lanka en 1980, en ese también había de tercera), el abono de segunda clase era verde. Había medio boleto para los menores de 12 años (lo cortaba el boletero de la estación, con tijera, al bies). En los coches de ambas clases había dos donde se podía fumar. Los guardas parecían coroneles y los inspectores generales de división, por lo atildados y por la autoridad que ejercían. Viajaban jueces, ejecutivos, he visto ministros, diputados y al mismo Borges, solo, con sus manos, en su bastón apoyadas. Se escuchaba hablár inglés y alemán. En 1964, se renovaron, fueron de origen japonés, más livianos, con puertas que se abrían y cerraban por medios eléctricos, clase única de tapizados de cuerina verde. En 2014, (los actuales) son de origen chino: cómodos, limpios, con aire acondicionado, calefacción, cámaras de seguridad, información constante, asientos de fieltro. Ya no viajan ni ministros ni jueces. Ha aumentado la cantidasd de mendigos, lisiados, tullidos y vendedores ambulantes. La voz anuncia que “El acoso sexual a mujeres existe” y da un número para informar si alguno se produjera durante el viaje. Se anuncian apps, para consultar información de interés. Se oye hablar en guaraní, quechua, aymara, portugués de Brasil, chino, inglés, alemán, francés, italiano.

    Parejas homosexuales femeninas y masculinas se besan, haciendo por fin, inútil la afirmación de Beaudelaire, agradeciendo a Dios no haberlo hecho mujer, negro, judío, homosexual. Billy Joel, debería modificar los verso de “Piano Man”: “making love to his tonic and gin” y reemplazarlos por “making love to his I Phone and Samsung”. Se viaja mejor, más rápido, en horarios que se cumplen y con tarifas baratas.

    Escuché este Rap, interpretrado por una chica adolescente

    “No soy Niky Nikole

    No tengo Naik

    Por eso no podés tocarlas

    Podés tocarme las patas, podés tocarme los pies, podés tocarme la panza, podés dejarme un diez

    Así sigo cantando todo lo que no ves, porque lo que ves no es lo que es

    Lo que es, es oscuro, es sucio, es paco, es chuta, es mugre, es hambre, es golpe, es grito, es sangre, es barro

    No soy Niky Nikole

    No tengo Naik.

    Habíamos comenzado ese primer viaje en Retiro, con destino final La Paz. Fueron 108 horas de viaje. Con cambio de tren en Altos Hornos Zapla, en la provincia de Jujuy; llegada a la frontera, noche en La Quiaca y cruce a Villazón, Bolivia. Seguimos en un convoy, tirado en partes muy empinadas por dos locomotoras, de las negras, con carbonera. Pasamos requisas por un vasto contrabando hormiga, del que todos estaban al tanto y entre coimas a los aduaneros, ruegos, llantos,”permisito, por favor hágame campillo para mis cositas”. Requisas, también de los Rangers que buscaban guerrilleros, hasta que pocos años después, en 1967 dieron con el Che Guevara.

    Vendrían luego una larga serie de trenes maravillosos, el tren Constitución Bariloche, casi eterno, inolvidable. El Trochita de Ingeniero Jacobacci a Esquel, con las salamandras que los pasajeros alimentábamos con troncos de quebracho colorado. El Siligury- Darjeeling, en la India, atravesando campos de té en Happy Valley, tren de altura y curvas cerradas de 100kilómetros de recorrido y 10 horas de duración, eso fue en 1980. El Orient Express desde Zurich a Estambul, en 1981 con paradas en Belgrado, capital entonces de Yugoslavia, eternamente gobernada por el mariscal Tito. Hoy Belgrado es la capital de Serbia, una de las seis repúblicas en las que se ha partido aquel país después de crueles e interminables guerras. Atravesamos Rumania, parando en Bucarest, gran parte de Bulgaria, donde caminamos varias horas por Sofía, su capital, antes de alcanzar nuestro destino: Estambul, donde nos recibió una banda de entorchados músicos.

    Para la misma época se construyeron el Pacific Railway en Estados Unidos y el Central Argentino. Los dos países americanos, nuevos, consolidando sus instituciones y recibiendo entre ambos, la mayor corriente inmigratoria desde Europa, aceptaron conceder a las empresas británicas, a cambio de la construcción de la red ferroviaria, 5 leguas de tierras a ambos lados de los rieles. Excelente negocio para las partes, los ingleses venderían luego esa tierra a colonos, Los Estados Unidos y la Argentina tendrían vastas vías de comunicación. Había llegado el progreso, el comercio, la civilización. Esto fue festejado con entusiasmo en el norte, en cambio aquí, dio origen a interminables artículos y libros contra el avance del imperialismo ateo, masón y liberal, versión nacional y popular de dos concepciones sobre la necesidad. Es de cuño católico que la misma (la necesidad), tiene cara de hereje y es importante entonces el asistencialismo porque el rebaño puede enfilar para otros rumbos. En el mundo protestante, en cambio, la necesidad es y será siempre la madre de la creatividad y la invencióin.

    Es 1964, estamos en Huaitiquina, es medianoche en los Andes. Hemos parado. Los hermanos que se turnan en la conducción del camión frigorífico que nos trae desde Chile, han abierto la puerta de la caja donde viajábamos. Vemos el borde azul negro de las montañas iluminadas por la luna llena. Los dos hermanos, Caco, yo y un lugareño totalmente borracho bamboleándose y hablando sandeces frente a su rancho precario.

    Aquí se quedan.

    Aquí, es ningún lugar.

    La luna era un caleidoscopio desde donde se nos observaba; nosotros, en cambio, los quebradizos cristales de colores que nos movíamos a su antojo como títeres de un guión improvisadso en el que un montajista ignoto, muchas veces cruel nos hacía girar a su arbitrio.

    Comprendieron.

    Olacapato, nos aloja una familia ferroviaria. Tren carguero, furgón de cola. Nieva sobre el Tren de las Nubes, que serpenteando nos dejará en San Antonio de los Cobres. El guarda encendió la garrafa. Sin decir una palabra, llenó de agua una olla enlozada y fue tirando dentro de ella, sal gruesa, mandioca, zanahorias, zapallo, papas, batatas, cebolla, trozos de carne vacuna, chorizos, panceta. Ateridos de frío, comimos en las nubes: una imagen de la felicidad, otro miembro de la Sociedad Anónima.

    Es Misiones, es Cataratas del Iguazú, es 2002, cruzamos a Brasil; en ómnibus viajamos a Curitiba. Estamos en la estación de trenes, vamos a Paranaguá, vamos a recorrer los 108 kilómetros de un increíble ferrocarril construido entre 1880 y 1885. El viaje dura 4 horas, al recorrer la traza se comprende la rémora: se cruzan el río Ipiranga, dos represas, 13 túneles (uno de ellos de 400 metros), un puente de 110 metros de largo tendido sobre una cascada de más de 50 metros de altura, se atraviesa, en fin, una selva tupida de la Reserva Natural, que, nos dicen, es el 10% de la selva de Brasil. Vemos orquídeas, hortensias, alegrías del hogar, y una bella flor color rosa, cuyo nombre es Caraca da Serra. Hay cobras, yararás, pumas, monos, tucanes. La altura máxima del ferrocarril es 998 metros. Lo construyeron 9000 hombres, 3000 de los cuales murieron trabajando.

    Pienso en el ferrocarril más largo del mundo: el Transiberiano, 9288 kilómetros de vías y en los 15 años que demoró su construcción (1892 – 1907). Pienso en el orgullo que todo ferroviario tiene por el tren: me acordé de un episodio en el New Jersey Transit, cuando una “conductor”, así llaman al guarda, una mujer grande y enérgica amonestando por el micrófono a dos pasajeros que habían subido al tren, no por la plataforma, sino cruzando las vías: ” You don’t do that in MY train”, ese orgullo por “su” tren me parece admirable.

    Es Vancouver, es British Columbia, es Canadá, es 2011, abordo el Viarail, el ferrocarril que después de cuatro días me dejará en Toronto, 4400 kilómetros de felicidad. Lagos, bosques, llanuras inmensas que remedan las nuestras: los mismos cultivos, grandes rodeos vacunos, hombres a caballo, las montañas Rocallosas; cada tanto una catarata anunciada a los pasajeros:”miren a su izquierda, voy a disminuir la velocidad para que puedan ver la caída de agua”; al rato ,”osos a la derecha”.

    Salón comedor, bar con cúpula de vidrio.

    Atravesamos las provincias de British Columbia, Alberta, Saskatchewan, Manitoba y Ontario. Pasamos Jaspers, Edmonton, Saskatoon, Winnipeg, Sioux Lookout, donde supuse que un malón de sioux nos atacaría, no fue así. Subió un músico con un cello, para el que había reservado el asiento contiguo al suyo. Una noche, en el bar desde el que se veía una luna menguante, tocó su arreglo de Rapsodia en Blue de Gershwin.

    Después de dos días se produce una familiaridad, que a veces hace ver como invasores a los ocupantes de otros coches que atraviesan el “nuestro”. Leo en el libro “El Transiberiano” de Albert Thomas, “El tren no es sólo un medio moderno de cambio de mercancías, sino un factor poderoso para quebrantar las jerarquías sociales”.

    LAS CAVERNAS EN EL TREN

    ¿De dónde venía? No me refiero al lugar, eso lo sé; un habitante del conurbano profundo de Buenos Aires. Me refiero al tiempo.

    Mirada perdida, naríz golpeada, amarrándose al barral del tren para no caerse. Una especie de amplia bermuda color caqui, una especie de poncho o sotana le caía sin cubrirlo sobre un prominente abdomen, una especie de lenguaje, casi como un suspiro, interrogaba a cuanto pasajero subiera al tren: “¿tiene 20 pesos?”, como si estuviera cobrando una entrada para el espectáculo dantesco que presentaba su persona. El olor que despedía era nauseabundo; se combinaban en su humanidad, el zorrino, la transpiración, la mierda, unos pies sucios y olorosos que dejaban ver sus dedos por la capellada raída de unas zapatillas encontradas, varios números más pequeños que sus pies. Era un hombre de la Edad Media, de un tiempo sin trenes ni industria siderúrgica. No combinaba con todos los cableados y conectados que lo rodeábamos. Es el tiempo que vivimos. En enero, en Edimburgo, le dejé campera de duvet y sweater a un indiduo, en similares condiciones, pero, estaba a punto de nevar. Hay millones como ellos. Es noviembre 2019. ¿Es que alguien en su sano juicio, puede pensar que esto no acabe en guerra?

    Hay un tren sobre rieles, en un simulacro de estación, que no conduce a ningún destino. Está en. la Quinta “17 de Octubre”, que fue de los Perón, en San Vicente. Es un tren maravilloso, que no parece real, tiene coches dormitorio, hay un salón comedor, living, escritorio con estantes vacíos para colmarlos de libros. Es mi tren ideal. Mi fantasía. Convocaría a miembros de la Sociedad Anónima. El guarda anunciaría la partida y el convoy lentamente enfilaría hacia Haparanda, Anchorage o Victoria Station, sí cualquier itinerario ferroviario o de ficción. Sí también con crimen incluído, con intriga, con suspenso, mientras nos siguen los apaches y nos arrojan flechas incendiarias, o el malón de Painé nos alcanzará cerca de la laguna, o los cowboys nos esperan agazapados en el desfiladero donde tendremos que frenar ya que han hecho una barricada y se llevarán la caja de la Wells Fargo, y lloverá, siempre tiene que llover. La lluvia es música líquida, servirá para apagar las flechas en llamas. Aunque la historia bien podría ser otra, si llegamos al tunel antes que los salvajes nos alcancen. Sí, el túnel es nuestra salvación y allá al fondo se ve por fin la luz y luego bordeando el acantilado, habremos llegado a Land’s End, el Finisterre donde una contundente masa de granito desbarranca en el mar; son las estribaciones de Gran Bretaña, la península de Penwith. Desde la costa y con el intermitente haz de luz del faro Godvery iluminando sus manos, Virginia Woolf escribirá su novela con sangre. Penwith, es promontorio de sangre, en el idioma Cornish.

    Estamos en Cornwall que es tierra de cuentos y leyendas populares donde se entreveran naufragios y contrabandistas de la talla de John Carter (The King of Prussia) y de extraños sucesos donde mineros rudos cavan túneles y viven en el pueblo de Chysauter, el bimilenario laberinto de la edad de hierro, donde en fraguas aun calientes se templaron las espadas del Rey Arturo y sus caballeros que solían atar sus caballos al pie del Mount St. Michael, conectado a su homónimo en Normandía por u n túnel submarino desde el cual se manejaron durante siglos el ritmo de la plea y bajamar.

    Ciudades, civilizaciones; por todas partes: templos, el deseo de que haya algo más. La necesidad de toda cultura de sentirse elegida. Dioses que han huído. Un vacío a ser llenado. Reiteración del esquema: divinidad, monarca, secta de brujas, magos o sacerdotes, militares, clase alta, pueblo.

    Cada vez que pienso en cómo nos educaron, experimento algo que oscila entre la vergüenza y el engaño. ¿Qué sabíamos de los Incas? Lo que nos había narrado la muy católica España. A la edad que teníamos durante ese viaje iniciático en 1964, a los 15 años, ya notaba que había una imperiosa necesidad de elegir, una urgencia por subirse al tren de “labrarse un futuro y hacer plata”, medida del éxito o del fracaso.

    Mi tren circulaba por otros rieles.

    Me resistía a ser un eslabón en la cadena de producción: ser un experto en ojos, carburadores o filosofía. La aventura, recorrer el mundo, me parecía el más noble de los kioscos posibles. Comenzaba a entender que mi tiempo sería otro. De haber una lógica, mi vida debería tener la suficiente duración, como para encontrar las palabras. No podía aceptar;”En el principio está el verbo”, al inicio sólo hay sangre, llanto, grito, mierda. Infante, es quien carece de lengua. De poder balbucear algo, ello sucedería al final del recorrido.

    La yerma simpleza que se experimenta en el interior de Islandia, en Patagonia, en la estepa de Mongolia, en los desiertos de arena o hielo. La enmarañada selva, el bosque oscuro, el mar infinito; el terror a perderse y ser tragado por ellos. El miedo a ser atacado por el tigre de Bengala, el oso de Canadá, el tiburón martillo del Caribe, la pitón de Sri Lanka, el marginal desplazado, el policía sin protocolos, los salvadores de la patria y su mentirosa épica.

  • RUA GARRETT, LISBOA

    Es 13 de mayo de 2025, estoy leyendo los diarios de sábado y domingo pasados, plenos de noticias sobre el Vaticano, la elección del nuevo Papa: orden religiosa a la que pertenece Robert Prevost (agustino), trayectoria; el hecho de haber nacido en Estados Unidos y haberse nacionalizado peruano; la elección de su nombre: León XIV; similitudes y diferencias con su antecesor Francisco (jesuita); las miserias del cónclave (recordemos que los que votan son prelados, no ángeles); la curia habitada por conservadores y reformistas; las luchas (por demostrar quien está más cerca de Dios (versión clerical de quien la tiene más larga). Detalles sobre el Estado Vaticano en cuanto a su poder: una de las más eficientes diplomacias: 120 nuncios apostólicos (embajadores) distribuidos por el mundo, relación con 184 países, 5300 obispos, 400.000 sacerdotes, 1.400.000.000 millones de fieles, status de observador permanente en Naciones Unidas, aunque sin derecho a voto. Se preguntarán ustedes ¿qué tendrá que ver esta noticia con el título que le he puesto? Escucho por radio que hoy la iglesia conmemora el 108 aniversario de la aparición de la Virgen en Cova de Iria, pequeña localidad cercana a Fátima, en 1917, tiempo de la Primera Guerra Mundial, ante tres niños cuidando un rebaño de ovejas, conocidos desde entonces como “los pastorcitos de Fátima”(el diminutivo tan horrible en literatura es siempre conveniente en materia religiosa, ya que si se descubre un error (o un casi imposible engaño) será juzgado como pecadillo (ya que estamos, en toda su inmensa obra Borges emplea sólo 2 diminutivos (1 evitable) “cuchillito” y “corredorcito” (sepa el lector encontrarlos y haya paz en el mundo, amén)) eran ellos Lucía dos Santos de 10 años, y sus primos Francisco Marto de 9 años y Jacinta Marto de 7. Pues bien ya nos vamos acercando, nos queda pagar los 13 euros para tomar el tren de Fátima a Lisboa y en poco más de 1 hora y 30 minutos recorreremos los 120 kilómetros que las separan, tomaremos luego el subte y nos alojaremos en el hotel Borges en la Rua Garrett 108/110, lindante con el Café La Brasileira en el 120/122 de la Rua Garrett y vecino de la librería más antigua del mundo Bertrand de 1732 ubicada en el 73/75 de la Rua Garrett, y ahí tomando un café y comiendo un pastel al lado de la estatua de hierro de Fernando Pessoa, me acordé de Manuel Vicent (1936) por lo que les voy a contar y verán que todo cierra. Creo que nunca estuve en una geografía tan literaria como esta: revisemos Borges, Pessoa, Vicent, Rua Garrett ,poeta romántico (1790-1854), librería de casi tres siglos y la historia que hace muchos años nos contó Manuel Vicent en la librería aquí en San Isidro, que es donde estoy, ya que el recorrido lo hice pero en 2006 y el boleto no costaba 13 euros sino 9 según mi bitácora de entonces; y bueno mis bitácoras también son receptáculos literarios. La historia de Vicent, la pueden leer completa en “Los Mejores Relatos de Manuel Vicent” Editorial Santillana. Entonces Vicent nos contó que un día en el mismo café donde ubico este relato, al lado del ferroso Pessoa, pegada a Bertrand y al hotel Borges, todos sobre la Rua Garrett, se encontró con la Virgen de Fátima cuyo nombre no era el de Virgen María de Nazaret sino Mary Wilkin bellísima mujer inglesa de ojos azules y pelo rubio rojizo entonces ya de 87 años, “alta, distinguida, con abrigo de astracán, pañuelo de seda al cuello, botines de terciopelo y gorro de lana”, viuda no de José de Nazaret sino de Roberto Pinheiro, topógrafo de Oporto. Fue Mary Wilkin quien le contó a Vicent que en 1917 después de haber hecho el amor bajo una acacia, plena de vigor y de alegría caminaba por el bosque cercano a la Cova de Iria, mientras su joven marido medía con un teodolito la futura traza del camino que estaba construyendo y de pronto se desató una tormenta con rayos y truenos (pero sin centellas) que la hizo guarecerse bajo un árbol frondoso y entonces Mary Wilkin, bella de 19 años, sin nada de virgen, trepada a una enorme horqueta del árbol vestida de blanco largo, descalza con manto azul que le cubría la cabeza apareció ante la vista de los tres ovejeros, perdón “pastorcitos de Fátima” envuelta en una niebla que parecía una nube celestial y ante la pregunta de los niños ¿quién eres, de dónde vienes? la respuesta espontánea de Mary Wilkin expresada en una lengua entre inglesa y de precario portugués anunció que acababa de caer del cielo y ello fue el inicio de un juego que se repitió durante una semana. Nos contó Vicent que Mary le dijo que partió con su marido a Londres a visitar a la familia y que a su regreso a Portugal quedó entre preocupada y sorprendida por lo que fue el origen del milagro de Fátima, ya que miles llegaban en peregrinaje al recién inaugurado santuario, y su consiguiente marketing de velas, estampitas, pasteles, souvenirs, turismo y un larguísimo etcétera. (El relato lo encontrarán como “La Señora Inglesa de Fátima” y en Google pueden leer la nota de Vicent del 25 de julio de 2010 aparecida en “El País de España”.

    Una reflexión final, sólo los reyes, los papas, loa actores en sus diferentes personajes son los individuos que cambian de nombres según el papel que deban representar, bueno y últimamente nos hemos acostumbrado a inventarnos un alias para el home banking, hecho que hubiera espantado a Thomas De Quincey (1785 – 1859) que “En el Sistema de los Cielos” se pregunta “¿Por qué un mundo decente habría de usar un alias?”, sí, ¿por qué?

  • RAPA NUI

    Es mayo 2003, acabamos de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Mataveri, en Hanga Roa, capital de Rapa Nui. La Isla de Pascua tiene 163 kilómetros cuadrados y alrededor de 5000 habitantes. Este es un viaje de trabajo. Llevo gente de universidad norteamericana. Me levanto temprano. Mi habitación da a un parque que termina en pendiente rocosa y cae suavemente al Pacífico. Salgo a caminar; al llegar a la orilla del risco veo a tres Rotwailers deambulando por la orilla del mar. Fieles custodios de nuestra seguridad. Noto que me han olido, miran hacia donde estoy, se bhabrán preguntado ¿turista o intruso?, deben haber optado por la última, avanzan, retrocedo, aumentan la velocidad, llego agitado, cierro la puerta de la habitación. Pido el desayuno en el cuarto.

    Frutas, yogurt, huevos, tostadas, queso y café calman mi ansiedad. La mujer que me ha traído la bandeja juega con Haki, Tongui y Kongo: los tres ahora, parecen corderitos. El guía local nos inicia en el misterio de Rapa Nui a medida que recorremos los pedestales pétreos, los Ahus donde están montados los Moais, que, nos informa fueron emplazados entre los siglos XIII y XVI por los nativos llegados desde la Polinesia alrededor del año 1000. En la zona llamada Poike, se yergue, dándole la espalda al mart Ahu Tongariki, compuesto por los 15 Moais, el más grande de los cuales pesa 86 toneladas, nos dice y agrega el guía, nacido en la isla, que en la zona está el volán Poike, que habría surgido del fondo del mar hace 3.000.000 de años y cuya última erupción se estima que pudo haber sido hace 900.000 años, otros dicen 705.000 y otros 230.000. Miro el paisaje, muy verde, con ondulaciones y grandes vrocas y siento la insignificancia de la biografía ante tales números. ¿Qué significan 3.000.00 de años? Escucho que nos dice que Rapa Nui es Ombligo del Mundo, y yo que pensaba que era el Qosco, y tal vez algún emperador romano, habrá sostenido con la misma convicción que era Roma, y un chino con poder está seguro que es China, así como Margaret a punto de dar a luz, piensa que su panza es el ombligo del mundo. Conversamos. Comemos deliciosos pescados recién llegados a la costa en una barca amarilla y bebemos Pinot Gris. Compro unas postales en un negocio de souvenires y un mínimo libro, casi un folleto, que tiene tres cuentos de Katherine Mansfield “Marriage a la Mode”, “Life of Ma. Parker”, “The Doll’s House”; por la tipografía parece una edición pirata de The Collected Stories de Penguin.

    A la noche le “The Doll’s House”, así se llamaba el jardín de infantes donde inicié mi escolaridad y mi primer acercamiento al mundo inglés de la mano de Mrs. Kember, cuyos ancestros, según me contó muchos años después, venían de Cornwallk. Me ganó el cansancio y debo haber soñado con volcanes que expelían Rotwaillers, los maoríes de New Zeland me sonaron a Moaies e imaginé a Rapa Nui como la isla emergente de una cordillera submarina, uno de cuyos picos puede ser la tierra donde naciera Katherine Mansfield. El

  • SEGOVIA

    Es España, es febrero, es 1981. La función hace al órgano. Haber trabajado de albañil; hacer la mezcla, cortar ladrillos y tejas por más de un año, ver crecer desde la tierra un muro de piedra, me hacen ver el soberbio acueducto romano de una manera diferente: ahora sé lo que duele la piedra en el cuerpo, conozco la emoción al ver la obra terminada.

    Voy por la carretera de Segovia a Soria con Navacerrada cubierta por la nieve, voy pasando por los pueblos de Sotosablos, Matabuena, Matamala, Arcones, Arconcillos. Bajo del taxi y sigo por la carretera a pie; atravieso Rades altos, Rades bajos. Por momentos se confunden los manchones de nieve con los cuerpos lanudos de ovejas y cabras. Subo la loma y entro por un enorme portal de madera gruesa en la amurallada ciudad de Pedraza de la Sierra. Curioso, siento que estoy violando un espacio ajeno, me siento como un invasor. Intramuros, extenso playón. Pronto se disipa esa extraña sensación. Paro por un vino de pellejo, chorizo, queso, pan; es lo de Don Mariano.

    “Es pellejo de cabra, el único que vale”, me aclara Don Mariano. “El pueblo se remonta al siglo X, tiene su castillo, es de los Condestables de Castilla, que luego fue del pintor Zuloaga”. “Nací aquí en 1902”, me señala su casa. “Labré el campo”, lo repite varias veces con orgullo. “Toda mi vida la pasé en Pedraza, que siempre ha sido un pueblo de señoritos, gente de título, péro vaya hombre, había gente pobre también”. Me cuenta que viajó a Madrid, donde vive uno de sus cuatro hijos, también fue a Ávila, Segovia y Salamanca. Cuando le cuento mis viajes, entre curioso y extrañado, se sienta a mi mesa, se acomoda la bufanda y ahí comienza una larga y amena hora y media de charla sobre Latinoamérica, India, Nepal, Inglaterra.

    “Yo noto, que ahora el pobre vive mucho mejor que entonces; la gente no tenía dinero, bueno vaya, los señoritos, pero uno; yo trabajaba con unas especies de sandalias abiertas que llamábamos “abarca” y abrigábamos el pie con unos lienzos, bueno se llamaba “pedal” y luego para el domingo y fiestas calzábamos borceguíes, pero dinero nada, en esa época gentes con un millon de pelas, no había en Segovia más que diez. Yo conocí el automóvil, no sé, unos sesenta años atrás; llegaba uno al pueblo y salíamos todos a verlo, a tocarlo, ahora pues todo el mundo tiene coche. yo nunca monté en avión”.

    Hoy en San Isidro, diciembre de 2025, he copiado lo entrecomillado de una de mis bitácoras que registró el encuentro. Sin duda Don Mariano está muerto, como muertos están Madame Eglantine, Don Nerón, el lechero Smith, el campesino bajo, tosco, hosco de alpargatas raídas, “and in the long term” como decía Keynes, todos estaremos muertos. Mario Vargas Llosa, no recuerdo en que novela dice algo así como “la historia no es lo que pasó, sino lo que recuerdo que pasó”. Estos personajes son “históricos” en tanto los recuerdo. La narración de mis viajes, Europa, India, al igual que el instante que acaba de suceder, corren la misma suerte.

    Al segundo día ya me llaman por mi nombre. En el bar de la Plaza Mayor, me veo jugando a los dados con Don Victoriano, Doña Felisa, Don Feliciano. No me veo, pero la bitácora dice que pasé a tomar un café en la hostería y parador “Pintor Zuloaga” y terminé en una fiesta de bodas campesina en la que si me veo bailando con la novia muy robusta en carnes y muy bella, bebiendo vino, no de pellejo, sino de una estupenda bodega española, comiendo jabugo delicioso, y los novios se fueron en un Mercedes descapotable. Sin dudas los tiempos han cambiado y seguirán cambiando.

  • LA CHIQUITANÍA

    Cada vez que reecorro América Latina, me pregunto si no sería más correcto llamarla América Católica. El número de catedrales, iglesias, conventos, monasterios, es tal, que por momentos abruma. En lo que va del siglo XXI he vuelto al sur de Brasil en 2002: Curitiba, Ilha Belha, en 2003 estuve en Río, San Pablo, Belho Horizonte y Ouro Preto. También ese año anduve por Chile, un gran viaje desde Santiago a Punta Arenas, Puerto Natales, Puerto Montt, Puerto Varas, Valdivia, Temuco, Isla de Pascua. En 2007 viajé a Bolivia, estuve en Santa Cruz y desde ahí recorrí la Chiquitanía. En 2013, estuve en La Paz, Cusco, Lima, Quito, Guayaquil y las islas Galápagos. Volví a Chile en 2017 y 2018: Santiago, Valparaiso y también en 2018 viajé a Guayaquil, Loja y Vilcabamba.

    En la Chiquitanía ese poder omnipresente, abrumador, barroco sólo comparable con la invasión de los celulares en la vida privada de los últimos 25 años. La Chiquitanía es el Imperio Jesuítico. La Compañía de Jesús fundada por Iñaki de Loyola en 1534 fue aprobada en 1540 por el Papa Paulo III y confirmada en 1550 por Julio III (se adelantaron muchos años a otras compañías imperiales como la Compañía Británica de Indias Orientales de 1600). La fórmula institucional de la Compañía de Jesús reza: “Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su esposa, bajo el Romano Pontífice Vicario de Cristo en la tierra”. Opinó Napoleón de la militancia de los “compañeros jesuítas”: “Son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. El objetivo de esta organización es el Poder absoluto, universal. Poder para controlar el mundo. El jesuitismo es el más absoluto de los despotismos y a la vez el más grandioso y enorme de los abusos”.

    Cusco y Quito evidencian la puja entre jesuitas y otras órdenes religiosas. Impacta la Plaza Central del Cusco (Qosco, ombligo del mundo), donde se descuartizó a Tupac Amaru, la visible puja de dos inmensas iglesias tratando de ocupar la centralidad: por un lado la Catedral terminada en 1660 después de 100 años de trabajos, construida sobre el antiguo palacio del Inca (Huiracocha) y el palacio de armas del Inca (Sunturhuasi) y la iglesia de la Compañía de Jesús de 1668, edificada sobre Amarucancha. Siempre leí esto como dos casas bancarias compitiendo por la centralidad del mercado.

    Es la tercera vez que visito Cusco, en épocas muy diferentes. Aquel primer viaje iniciático a los 15 años y nuevamente a los 18, diría que fueron el mismo viaje, o yo, con seguridad era el mismo. En 2013, ha pasado medio siglo, ni el lugar y mucho menos yo somos los mismos, Starbucks, Mc Donald’s, Burger King no estaban en esta ciudad. Tampoco había entonces un Papa jesuita y además argentino. Que una sociedad como la nuestra haya engendrado semejante hecho en tan sólo 197 años de vida como nacióin es un tópico que bate todos los records. Que en menos de dos siglos hayamos creado las condiciones para que un individuo porteño conduzca la institución más antigua de Europoa y que además sea peronista, eso nos describe a la perfección como una sociedad estructurada verticalmente, con deficiencias democráticas e inclinaciones autoritarias. Es bueno recordar que el ser humano es el único animal simbólico y si uno presta la debida atención, los 32 rayos del Sol de Mayo, copian a los 32 rayos del emblema jesuita (16 de ellos rectos, 16 flamígeros).

    Es el mes de julio, es 2007, estoy en Santa Cruz de la Sierra. Anterior vez en esta ciudad, fue en 1973, llegamos entonces en los buses de Morales Moralitos, desde La Paz, con el objeto de tomar el tren hasta Corumbá, Brasil y de ahí a San Pablo. Otros tiempos, sin embargo, son las mismas voces de los vendedores ambulantes: “arrocito con pollo”, “chicha morada”. En ese entonces gritos de esquina a esquina, ahora amortiguados por el ineludible celular: idéntico timbre en Manchester, Capadocia y Santa Cuz de la Sierra. Siempre lo universal, ayer las campanas y la cruz, hoy I Phone y Samsung.

    Recorro la Chiquitanía: San Javier, Concepción, San Miguel, San Rafael, San Ignacio de Velazco, San José de Chiquitos. La belleza de los templos abandonados por más de 200 años, muestra hoy el resultado del trabajo de restauración arquitectónica y artesanal de suizos y bolivianos. Durante 25 años Hans Roth dedicó su tiempo a esta tarea hasta que murió en Suiza en 1999, aún soñando con sus iglesias. Me llamó la atención esta relación tan estrecha entre dos culturas, que al menos en la superficie, no parecen tener mucho en común; uno de los países con mayor renta per cápita (86.600 U$S), y el otro con un PBI muy alejado (3.143 U$S); sí comparten, en cambio la mediterraneidad, dos grandes lagos Titicaca y Lehmann, montañas muy bellas Andes y Alpes.

    También llamó mi atención, la adaptación de las estaciones del vía crucis a la actuaslidad; una de ellas muestra la muerte de Jesús y su enterramiento en una fosa, boca abajo y con las piernas sobresaliendo en forma de V; en otra se observa a los esbirros romanos, representados como soldados de uniforme camuflado color verde oliva portando pistolas y metralletas; en otra aparecen topadoras, tractores y camiones. La representación del poder no cambia: fe y armas, en el siglo I y hoy.