La corrupción es tan antigua como nosotros; al menos a los que habitamos la cultura occidental judeo cristiana: se nos ha narrado que al poco tiempo de haber Dios creado a los humanos, un sujeto de nombre Caín mató a su hermano Abel. Tanto nos ha marcado ese relato que a lo largo de mi vida he conocido a varias personas de nombre Abel, jamás a uno llamado Caín; es más no creo que ninguna pareja quiera llamar a su hijo Caín.
La corrupción es algo a ser combatido. La impunidad es la permisividad, es decir, el fomento de la corrupción. Las mafias, el hampa, el narcotráfico, los regímenes políticos que no tienen a la ley por sobre las apetencias personales, las sociedades que aceptan el acomodo, el tráfico de influencias, el uso de privilegios por contactos, la demora de los jueces en dictar sentencia, los obsecuentes del poder de turno son ejemplos de corrupción; tener una actitud pasiva ante esto es ser un corrupto.
En los tiempos que corren, todos aquellos que bregan por la liberación de la ex Vicepresidenta condenada por varios tribunales son adictos a la impunidad: son parte de la corrupción. En el otro extremo (y es sabido que los extremos se tocan) todos los que festejan, aplauden y sonríen ante los insultos, agresiones, alaridos e incitaciones al abucheo por parte del Presidente de la Nación y justifican todo ese fárrago de violencia verbal, grosera escatologia e ignorancia del papel ejemplarizador que su función ejerce sobre niños y adolescentes con el “ingenuo” y peligroso “Es que Javier es así”, “Es Javo en estado puro”, “Él es así” son también parte de la corrupción. Si “ser así” es aceptado como la normalidad, el cleptómano incontinente ante un bien que no le pertenece “él es así”, el violador, el pornógrafo infantil, el contrabandista, el golpeador serial de mujeres, el voraz depredador de dineros públicos, el militar o policía aplicando la picana sobre la vagina de una embarazada “son así”. Si “ser así” es el justificativo, de semejantes conductas, no tenemos solución alguna.
Esas patologías existen, pero son eso: una enfermedad, un vicio, una deformación lo que las religiones llaman pecados y las sociedades civiles delitos. Eso en una sociedad está MAL y quien lo hace merece tratamiento, si persiste merece pena, si continúa castigo y una sociedad que lo acepta pasivamente deja de ser sociedad y se transforma en una banda.
Propongo que todo individuo que justifique en público los insultos, agresiones verbales y “escraches” por parte de un funcionario hacia cualquier ciudadano sea considerado cómplice necesario de semejante barbarismo anti democrático y reciba la misma pena del que “Es así”.
