CARROS NO TIRADOS POR CABALLOS

Una bella y sabia escritora con los ojos más celestes que he visto me dijo una vez mientras almorzábamos en su casa, en Bath, mirando un prado verde por donde transitaban varios autos antiguos que participaban de un desfile para juntar fondos para el hospital local, que cuando ella era chica su abuela le había contado que la primera vez que había visto un auto, no podía creer lo que estaba pasando: un cochero sin riendas ni látigo transportaba a dos personas en el asiento trasero, que además sonreían y parecían felices sin darse cuenta que ningún caballo tiraba del carro “She thought she was mad”. Mientras esta noble dama de 99 años, con un entusiasmo y energía sorprendentes, me narraba esta historia de su abuela niña viendo pasar el primer automovil de su vida, me acordé, ya que estaba en Inglaterra, a punto de seguir viaje hasta Banff, Escocia, donde quería investigar los pasos del General San Martín en el Reino Unido en 1824, y su relación con Lord Mac Duff, Conde de Fife, que entre otras amabilidades lo había nombrado “ciudadano honorario de Banff”, que algo parecido a lo que le había sucedido a su abuela le había pasado a un joven Woodbine Parish (1796 – 1882) primer Cónsul General de Gran Bretaña con funciones de Embajador en Buenos Aires, nombrado por Canning, que apenas desembarcado del bergantín “Cambridge” con su mujer y sus tres pequeños chicos en la madrugada destemplada del 31 de marzo de 1824 tuvo que subirse a una suerte de improvisada carreta con ruedas enormes de siete metros de diámetro que movían una plataforma de tablas de quebracho mal fijadas entre sí, por donde se colaba el agua helada del Río de la Plata y que esta rústica carreta tenía una lanzadera terminada en argolla desde la cual una gruesa rienda se sujetaba a una cincha de un caballo mal tratado por el carretillero y que le permitía al pobre animal moverse de tal manera escapando de los latigazos, que hacía que cada tanto uno pudiera ver algo tan insólito que es un carro delante del caballo. El joven Cónsul pensó que había llegado a un país donde las cosas funcionaban al revés.

La dama casi centenaria largó, una carcajada; yo en cambio pensé : Qué visionario el Cónsul, que aún sin haber pisado el territorio, ya había escrito los siguientes 200 años de historia argentina. En su libro “Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata”, Hachette, Bs. As: 1958 Woodbine Parish expresa “… los carretilleros, medio desnudos, insultando y gritando, empujándose unos a otros y azotando a sus miserables y exhaustos caballos por entre el agua, como para mostrar el ningún valor que dan a las criaturas irracionales en estos países, es bastante para pasmar a un extranjero a su primera llegada y hacerle dudar de si verdaderamente desembarca en un país cristiano…” No debió dudarlo señor Cónsul, así se trata a criaturas, no sólo irracionales, sino a gran cantidad de ciudadanos que al retirarse cobran 320 dólares mensuales y donde los servidores públicos se aprovechan de su posición para robar desvergonzadamente y se ufanan de no tener que dar explicaciones.

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