Categoría: Viajes

  • CIUDADES Y LIBROS

    Las ciudades son como los buenos libros, hay que dejarse llevar, seguir su ritmo vital. Sucede lo mismo con las personas, las mejores son aquellas que nos dejan ser. Es por esto que detesto a sumos pontífices, políticos, al estado en general.

    El poder dirige,conduce, condena, destruye.

    El placer deja ser a cada uno lo que es, y lo que es, lo que aparece, es la verdad, solían decir los griegos cuando pusiereon los cimientos de lo que llamamos Occidente.

    El lenguaje -para que no sea fascista- también debe fluir como un río. Cuando Heráclito pensó aquello de “No te bañarás dos veces en el mismo río”, pensó en el logos. Hay escritores que siempre nos hacen entrar en el mismo río, que además trae aguas contaminadas. Hay que escribir un sólo libro que permita que el lector entre en él, como en el río de Heráclito.

    Escribir ha sido para mi, un imperativo categórico, al mejor estilo Kant. No ha sido hasta ahora una realidad; esto para algunos es una frustración; para mi ha sido tan sólo esperar el momento adecuado. Para escribir hay que sentir el río (el logos); con sus formas: turbulencia, meandros, profundidad, tormentas y quietud de las aguas.

    Para escribir hay que decir, no acumular oraciones, por más bien construidas que estén.

    Este apunte comenzó en New York, en uno de los tantos viajes a Gotham. Para mi New York es un río, es un logos.

    En estos próximos días les presentaré un paseo comparativo entre BA, nuestra capital y BA, la gran manzana, que aparece en mi bitácora del año 2008.

  • JOYCELAND

    Para mi viajar es una aventura personal. Amo viajar solo.

    He viajado con amigos y ha sido muy bueno y muchas veces excelente; pero viajar solo es otra cosa, es como volar, pero no en avión de línea, sino en planeador: es uno siendo lo más parecido a ser un pájaro. Los seis meses entre Sri Lanka, India, Nepal, culturas que tienen diferencias con la nuestra, fueron una aventura, cuyas imágenes se reiteran sobre todo en sueños muchas veces incomprensibles. Viajar solo es una metáfora de la vida y la muerte; a cada instante se suceden personas con quienes se comparten caminatas, comidas, conversaciones, acontecimientos y, a veces, la cama y luego cada uno sube a su propio planeador y desaparece entre nubes, que suelen regresar mirando el fuego o en los crípticos sueños mencionados.

    El viaje a Mongolia y a China fue en compañía de un querido matrimonio con quienes, entre otras muchas aventuras cabalgamos hacia Tsagaannuur, por la infinita estepa de Gengis Kan hasta un campamento de criadores de reno y fue muy bueno haberlo hecho acompañado.

    En cambio el viaje a Joyceland en 2006, era imperioso para mi, hacerlo solo: fue una suerte de conversación silenciosa con James Joyce que hizo de Irlanda su espejo y de Dublin un personaje que me permitió jugar con Joyceness, Beckettness, Dubliness, Burgessness , Borgesness y un saciar la sed con Guiness, que hizo un fabuloso y mágico contrato con la ciudad de 9.000 años de duración por el uso de la tierra y el agua y que produce 3 millones de pintas por día, cosa que se ve en las calles a la salida de muchos bares y pubs donde a las dos horas de andar me topé con tres parejas a los gritos entre sí y una de ellas con pelirroja dama munida de bate de beisbol corriendo a “su” hombre. (Supongo que para firmar el contrato por 9.000 años lo deben haber puesto en pedo al intendente, o pidieron ayuda a las hadas).

    El Temple Bar, en Temple Street, la David Byrne’s Tavern en Duke Street donde al igual que Leopold Bloom pedí un sandwich de Gorgonzola y tomé un vino de Borgoña, aunque no pude con mi tradición y pedí luego otro de chorizo y una copa de malbec mendocino. The Bailley, Mulligans, el Oval Bar, el 7 de Eccless Street donde hoy hay un sanatorio, pero donde tendría que haber un gigantesco “Ulises” como monumental homenaje a J J, Trinity College, al que no concurrió James porque era un centro protestante, pero en cuyo campus, creo recordar, transcurren episodios de la novela. Joyce asistió, en cambio a University College, Dublin. En mi bitácora de entonces anoté “Trinity College Notes”: a) en el 527 aparece la denominación Anno Domine (AD) introducida por Dionisio el Exiguo; b)En el 800 Book of Kells, el que tiene los cuatro Evangelios,(alfabeto Ongham). c) Año 1155, el Papa Adriano IV, el único inglés en la historia del papado, Nicholas Breakspeare , quien le garantiza al rey Henry II de Inglaterra la posesión de Irlanda. Juego con Shake – spear (sacude la lanza) Break – Spear (rompe la lanza) Arse – Spear (sí metetela ahi). Es que Joyce te contagia, ya lo dije en otros artículos para mi la literatura es AJJ y DJJ.

    Luego en Sandycove la visita a la Martello Tower, una serie de torres defensivas construídas por los británicos en 1804 como protección a la posible invasión napoleónica donde vivió James Joyce en 1904 junto a sus amigos Samuel Chenevix Trench y Oliver St. John Gogarty donde Trench tiene una pesadilla con una pantera, saca un revolver y le tira a su ensoñación y vuelve a dormirse; al rato Trench vuelve a gritar por el ataque de la pantera y entonces Oliver toma la pistola y tira contra los objetos cerca de la cama de Joyce, que despierta, se viste apurado y sale en dirección a Dublin bajo una intensa lluvia. Esto fue lo que le sirvió a Joyce para el primer capítulo del “Ulises”, Trench será en la ficción Haines, el inglés (que con el tiempo se pegará un tiro, ya no en la ficción), Oliver St. John Gogarty será Buck Mulligan y JJ será Stephen Dedalus”, bueno lean el “Ulises” carajo, ya que no me leen a mi. Viajé unos 50 km al Meath County en el valle del Boyne, casi al corazón de las hadas hasta ese cúmulo verde de más de 5000 años, enorme con paredes de piedra donde hay espirales labradas y ese agujero en el techo por donde en el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, el día más corto del año penetra preciso un rayo de sol como si fuera una flecha que da en el centro del edificio y mágicamente eso me llevó a la Pirámide del Adivino en Uxmal, Yucatán donde los mayas han hecho lo mismo, que no sé que significa, pero a los expertos les parece importante resaltar y que a mí me recuerda a esas pinturas donde entra un rayo de sol por una grieta y adentro de la caverna hay un monje rezando y es Dios quien se le aparece y que si uno entra en Google en Misterios del Mundo Antiguo Relacionados con la Astronomía uno sospecha, que es verdad que hay uno o más universos paralelos y es el Finnegans Wake, el fin del nuevamente del despertar y del morir, que no sólo recorre la mágica historia de la isla donde casi todos aceptan esta idea y entre las fortalezas laberínticas, los más de 30.000 castillos, los bosques, las cuevas, los acantilados de éste país de ensueño donde la cultura celta vive gracias a que Roma nunca cruzó el mar desde Bretaña y el cristianismo llegó recién en el siglo V con el obispo Patricio, devenido santo creador del símbolo que identifica a Irlanda con el trébol de tres hojas que utilizó para explicar la Trinidad.

    Se me acaba de ocurrir el famoso y poco usual trébol de 4 hojas ¿será el demonio, sin el cual Dios parece no poder vivir?

  • EN LA GRATA COMPAÑÍA DE ANIMALES

    Soy un hombre urbano, y de urbes grandes. He vivido toda mi vida en la bella Buenos Aires y dos años en la bella Londres, pero dos años en el campo en una población donde yo fui el noveno habitante. Ni en Buenos Aires ni en Londres viví en el centro de las respectivas capitales, en la nuestra en La Lucila y en San Isidro a 25 kilómetros del centro, en Londres, en South Kensington, digamos Belgrano con respecto al centro porteño.

    La compañía animal fue precisamente en el sur de Francia, en Provence, departamento del Gard, municipio de Lussan, aldea Saussine, al pie del Mont Bouquet a 15 kilómetros de Uzes; primer ducado de Francia; a 30 kilómetros de Nimes; a 60 de Avignon, en una casa de 1826 donde en un tiempo se cultivaron gusanos de seda para proveer a las hilanderías de Lyon. En esa escasez humana hubo muchos compañeros animales “Moustache” un gato macho blanco y negro, muy bien plantado, su señora “La Negra” a los que incorporé un pequeñito que rescatamos al que llamamos “Enano Blanco” por su tamaño y color. Había también un perro lanudo del vecino, un pastor belga, buen custodio y ladrador y otro perro inexistente que dejo para el final. La casa era de piedra, con grandes galpones, enorme chimenea, terraza y una gran parte que estábamos reconstruyendo, la propiedad tenía un terreno de 1 ha, un pequeño camposanto con tres tumbas y dos enormes cipreses como marcando el límite entre los vivos y los muertos. Teníamos gallinas ponedoras de grandes y sustanciosos huevos, que un día fueron atacadas por un zorro ladino que cometió un genocidio, dejando un gallo herido y una gallina renga, de un lote de 40.

    Mi habitación daba a un recodo del camino de tierra que llevaba al Puech, un pueblo abandonado a menos de un kilómetro, sobre una loma. Por ese camino todos los días a las 6 de la mañana, pasaba el pastor con sus ovejas, una de las cuales, la oveja madrina hacía sonar su campana, que obviamente me despertaba.

    Golondrinas y Jabalíes eran visitantes ocasionales, las golondrinas anidaban en los gruesos listones que soportaban uno de los galpones y anunciaban la llegada de la primavera. Los jabalíes venían desde Alemania, cruzaban toda Francia y los que eludían a los ávidos cazadores, terminaban cazados en España. Una vez encontré a una cría caminando a sus anchas por la pequeña terraza donde comíamos en verano.

    Una familia encantadora, huyendo de París con sus dos hijos pequeños, se instaló fuera de nuestra aldea en la base del Mont Bouquet, donde compraron un antiguo establo que remodelaron con gusto exquisito y un día nos invitaron a almorzar y fue donde me encontré en un estante de su cocina con la primera jarra de pingüino, fuera de la Argentina, blanca, panzona, bella y gratamente sorprendido exclamé “Un Penguin Argentin!” y fui rápidamente corregido por el burgués campesino, que dijo conocer nuestra afición nacional de llenarlo de vino común para servirlo en cantinas, bodegones y parrillas, pero que debía informarme que eran de orígen francés y su uso se remontaba a 1860, por una cuestión de salubridad e higiene, que no voy a detallar en esta nota ya que le hemos dedicado un libro bellamente ilustrado con fotografías de Joaquín Martínez Herrera y texto de quien esto escribe, y al libro los remito. Sí en cambio voy a contar la historia del perro inexistente.

    No bien llegado a Saussine, me invitaron a comer los Chiesa, padre e hijo argentinos y me quedé con ellos dos años. Resultó que un día Don Nerón (el padre) y Norberto (el hijo) partieron a Londres por 15 días y quedé yo sólo en la inmensidad del campo, en el sonoro silencio de una inmensa casa de 1826 que albergaba fantasmas, chisporroteos del enorme hogar donde asabamos, pollos, cerdos, jabalíes y asados argentinos y que además era la calefacción en los crudos inviernos. Yo había llevado a arreglar la furgoneta Renault 4 al mecánico en Alés distante unos 25 kilómetros de casa y habíamos quedado que me la traería alrededor de las 7 de la tarde que en pleno invierno es noche cerrada, y que luego yo lo llevaría nuevamente a Alés. Llegó a las 9 de la noche mientras yo estaba comiendo, lo invité con vino, que aceptó con gusto y charlamos, yo, entonces con mi paupérrimo francés de tan sólo un mes de estar allí. Charla de “bueyes perdidos”, hasta que me hace la pregunta por cómo estaba el padre “Et le per de Chiesa, il va bien ?” Tan malo era mi francés entonces que yo traduje “per” por “perro”, que obviamente se dice “chien” y mi respuesta fue contundente y de terror. Le conté lo que había sucedido con el perro inexistente. Le dije “No, no va nada bien, atacaba a las gallinas y entonces para curarlo lo metimos en una bolsa de arpillera con un a gallina adentro, lo revoleamos varias veces por el aire que es la manera de curar a los “per” y quedó el pobre tan traumado que huyó y no lo vimos nunca más”.

    La cara de terror del mecánico y el silencio sepulcral que siguió a mi confusión, hizo que yo apurara la partida ya que no entendía el drástico cambio de conducta. Para colmo empezó a llover con una fuerza como no había visto antes en el Midi francés. A mitad camino, de pronto me dí cuenta y le pedí mil disculpas, le expliqué mi situacioón con el idioma y le dije que el “per” estaba en Londres paseando y que volvería pronto. Se puso muy contento, me dio un abrazo al despedirnos y me dijo, que por un momento pensó que los argentinos éramos un pueblo de salvajes que no nos bastaba hacer desaparecer gente en nuestro país sino que también lo hacíamos en Francia. El golpeteo de la lluvia sobre la chapa de la furgoneta me pareció un aplauso de la naturaleza a esta curiosa historia. Una recomendación final; no es conveniente invitarme a comer, suelo quedarme dos años.

  • VIAJAMOS PARA CONOCER (NOS)

    Me gustan las ideas que amplían el horizonte, las que nos permiten ver más, que dignifican la condición humana. Desde que lo leí por primera vez me encantó ese concepto de los griegos, tal vez dicho por Virgilio, pero en última instancia representativo del espíritu de ese pueblo de navegantes, que dice “Viajar es indispensable, vivir no lo es”. No hay monos en la Antártida, no hay pingüinos en el desierto de Gobi. Nuestro territorio, en cambio, es toda la tierra, ya hemos caminado la luna y estamos recorriendo el espacio.

    Viajar es de-construirnos para construirnos; cuando dejamos el hogar, cuando nos vamos, cuando nos permitimos ser extranjeros, nos vamos construyendo, crecemos. Es cuando hacemos carne aquello de Parménides (también griego):”El centro está en todas partes, la circunferencia en ninguna”, que luego repetirá Pascal y que leí por primera vez en Borges. Viajar es irnos al exterior, para consolidar nuestro interior, para conocernos desde otro punto de vista, para reflejarnos en otro espejo; para ver cada día más. En el siglo III antes de la era cristiana, Aristóteles (384 – 322) educaba a Alejandro de Macedonia (353 – 323) (obvio, griegos también) y le comenta que paseando por Atenas huele en los puestos de venta de comidas, aromas desconocidos y escucha idiomas que no comprende y al ascender al Acrópolis, observa que el centenario Partenón ordenado por Pericles y diseñado por Ictio, Calícrates y Fidias para honrar a Palas Atenea era usado por foráneos para pernoctar y poner a secar sus ropas. Alejandro entiende que si todo el mundo quiere estar en Atenas, él hará del mundo una Gran Grecia y sale a conquistarlo; esta expansión del universo griego se conoce como Helenismo y surgen , en consecuencia Pérgamo, Rodas, Alejandría como centros culturales que luego competirán con Atenas, docenas de ciudades serán llamadas Alejandría para honrar al civilizador (primer intento de globalización). Siempre es bueno releer al Pseudo Calístenes, quien unos 500 años después de la muerte de Alejandro escribe “Vida y Hazañas de Alejandro de Macedonia”. No sabemos muy bien quien fue Calístenes ¿pariente lejano de Aristóteles, tal vez, filósofo menor por eso lo de pseudo -el que pudo ser, el que tal vez haya sido-; creo que todos deberíamos ser el “pseudo” hasta conocernos, hasta decidir quien queremos ser y una manera riesgosa, curiosa, aventurera, maravillosa de saberlo es viajar, por eso es indispensable.

    Odiseo (Ulises) regresa de su viaje. El que se fue necesita narrar, necesita reflejarse en su anterior espejo y contar lo que vio del otro lado del mar: por eso es necesario viajar, porque vivir es también habitar el lenguaje, encontrar nuestra palabra, construirnos, hacernos. Poeta es palabra de origen griego y se tradujo como Hacedor, poeta deriva de poieo (hacer, en griego) por eso Borges en 1960 escribe “El Hacedor” que se tradujo perfectamente al inglés como “The Maker”: Make yourself greater: travel.

  • EL CAPÍTULO QUE FALTÓ

    Alguna vez lo escuché decir a Axel Sellars algo así como que “la biografía es la verdad de una mentira”; no recuerdo en qué circunstancias; ya ven los memoriosos tenemos olvidos. Pues me falta un capítulo para esta suerte de biografía de viajador. Me faltan varios más por cumplir en los próximos 10 años por viajar.

    Ocurrió en Goa, tierra de mi abuelo paterno, la ex colonia portuguesa, donde me fascinaba encontrar comercios cuyas firmas eran, Ananda da Fonseca, Jalil Gonsalvez da Cunha, Mohamed Frango y otras lindezas por el estilo del sincretismo de ese mundo colonial; un peronista diría “contundente ejemplo del contubernio oligárquico imperialista”. Me había encontrado con Guy, un canadiense muy atlético de 25 años, campeón de basquet de la Universidad de Ottawa, rubio de pelo largo, que se había hecho hacer unas rastas, fanático de Bob Marley y Peter Tosh, muy buen músico y excelente bailarín, bisexual que un día, muy civilizadamente me propuso acostarnos, propuesta que con amabilidad rechacé, pero que como tantas cosas novedosas, quedó ahí picando en algún pliegue de mi memoria y esa cosa mezcla de curiosidad, vergüenza, temor y deseo.

    La noche, como todas las de Goa, era intensa por el calor y por una variedad de sonidos de aves, monos, insectos, gente que deambula, fuegos en las playas. Habíamos acompañado a los hijos del dueño de la posada donde nos alojábamos, a una pesca, para mi novedosa, que se hace internándose en el mar en un bote con casco de vidrio al que se le acerca un reflector alimentado por una batería casera y se ve el fondo del mar y la vastedad de peces que deambulan por el Índico, en una suerte de peregrinación submarina multicolor que nos atraía y nos asustaba al mismo tiempo. La noche no tenía luna y era de una oscuridad sólo interrumpida por los rayos del reflector y alguna fogata que veíamos en la costa y nos dejaba ver el perfil de un monte de palmeras danzarinas.

    En un instante algo muy extraño sucedió, que aún no termino de entender. Nuestro bote golpeó o fue embestido por un pez voluminoso cuya cola inmensa fugazmente iluminada por el reflector, desapareció una vez que el bote se inclinara y arrojara batería, reflector y a nosotros cuatro a las templadas aguas del Océano Índico.

    Si hay algo a lo que le temo es al mar de noche. Esa masa negra que tantas líneas poéticas ha inspirado a lo largo del tiempo, es para mí incomprensible. La inmensidad sin límite y lo que esconden sus aguas me provoca una especie de vacío existencial, me inmoviliza, me turba, me incomoda, me hace sentir la nada, la muerte, el silencio, la insignificancia de todo. Estar chapoteando a ciegas, pero sabiendo que una bestia desconocida estaba agazapada en la oscuridad, tal vez herida por el golpe, quizás sedienta por vengarse de aquellos que habíamos vulnerado su habitat, me enfrentaba a una situación cercana a la muerte que me era desconocida hasta entonces. Gritos de los muchachos indios me guiaron a lo que al rato fueron los brazos que me ayudaron a trepar al bote. Fuí el último en subir y ahí estaba Guy, acostado boca arriba y temblando. Con el endeble haz de una linterna a punto de quedarse sin pilas, vi el bello rostro de Guy con un tono violáceo preocupante e intenté reavivarlo ya que no respondía a las palabras y palmadas que le dimos en el rostro, me monté sobre él, presioné su pecho de atleta y largó agua y espuma salada por la boca a la que me acerqué para darle aire, como me habían enseñado en la Cruz Roja.

    Guy no respondía, se estaba muriendo ahí en un escenario que media hora antes era una aventura a ser narrada en la bitácora del viaje a la India. Hice un esfuerzo enorme, golpéndole el pecho y llorando, le gritaba a Guy para que me escuchara, pero también le gritaba al universo, “No te podés morir hijo de puta”, y le pegaba y presionaba contra su pecho desnudo y volvía a su boca salada una y otra vez intentando reanimarlo hasta que al fín un borbotón interminable de agua salió de su interior y supimos que Guy seguía vivo.

    Al llegar a la playa, lo llevamos entre los tres y nos abrazamos, cuando el médico que lo asistió, nos dijo que estaba fuera de peligro y que podría seguir jugando al basquet hasta cuando quisiera. Unos días después los indios siguieron haciendo lo suyo, Guy y yo nos despedimos y seguimos en contacto epistolar durante años, hasta que un día me llegó la noticia que Guy había muerto en un accidente de auto en Alaska. Lloré tanto ese día, como había llorado en aquel bote de vidrio. Siempre me pregunté, si aquella noche tan extraña, mientras trataba de darle aire montado sobre su pecho, no lo estaba besando en la boca intensamente, si no sentí, o si no me permití sentir, algo más que estaba sucediendo en mí. Eran tiempos en que no se podía “ser” homosexual y yo no pude transgredir ese tabú. Muchas veces he retornado a esa escena, y en los tiempos que corren de plena libertad, admiro el amplio horizonte que hoy tiene la nueva generación. En charlas con Exequiel, un amigo que vive con intensidad una sexualidad universal, he sentido envidia (y la envidia nunca es sana). De tener hoy, la edad que tenía entonces en Goa, me sumergiría en todas las aguas. El tren hay que tomarlo cuando pasa, de eso sé bastante, a ese lo perdí. Sería infame de mi parte negarlo, sería aún peor pues respondería a la perfección a la segunda acepción del vocablo “jesuita” del Diccionario de la Real Academia Española,2. Jesuita: hipócrita, taimado , simulador.

    Este capítulo que faltó, no es una falta en mis escritos, faltó en la bitácora de India, faltó en mi vida.

  • CURIOSIDADES DE LOS MAPAS

    Leo un mapa como una radiografía del país que visito. Tengo desplegado frente a mí un bello planisferio adornado en sus lados horizontales, tanto el superior como el inferior con una doble fila de las banderas no sólo de los países, sino también de territorios autónomos y posesiones por ejemplo el Monte Athos, Las Islas Feroe, Las Aland, Norfolk y algunas más. Son en total 108 banderas que enmarcan por horizontes el mapa lo que da un total de 216 banderas, con lo cual si yo visité 68 países, se podría decir que conozco muy parcialmente el mundo que habito; lo cual puede no ser un problema para la mayoría de mis congéneres que por lo general habitan su propio territorio como las gacelas que no conocen la Antártida, ni los pingüinos que no les interesa el desierto de Abu Dabi; conclusión la mayor parte de mis congéneres vive como animales, debe ser por eso que elegimos a los peores entre nosotros para que dirijan nuestros estados. Para mí es una falencia conocer 68 de los 216. También observo que los mapas no son estáticos, al menos los políticos. Cuando atravesé Yugoslavia, la capital era Belgrado, pero al terminar la guerra de los Balcanes ese territorio se separó en siete países: Eslovenia, Croacia, Bosnia – Herzegovina, Macedonia del Norte, Serbia que se quedó con Belgrado como capital, Montenegro y Kosovo países nuevos aparecidos entre 1991 y 2008 y la denominación de República Socialista Federativa de Yugoslavia pasó a la historia. Es probable que Escocia sea país independiente del Reino Unido en algún momento no tan lejano, que Ucrania deje de ser lo que hasta ahora conocimos de ella y a partir de la política expansionista de Donald Trump (al menos de palabra) Groenlandia, tal vez deje de estar asociado a Dinamarca y se “asocie” a Estados Unidos, en fin todo raro. Veamos, ya que lo nombré el estatus jurídico del Monte Athos, está ubicado en la península Calcídica, es región autónoma de Grecia se autogobierna con leyes especiales, es una República Monástica donde hay 20 monasterios habitados por 2416 monjes, donde no se permite el ingreso de mujeres al territorio ni siquiera de animales hembras. Tiene una superficie de 335,6 km2, y su capital es Karyes. Grecia tiene un gobernador y un jefe de policía y todo está bajo la autoridad del patriarca de Constantinopla. Para entrar al territorio hay que ser varón adulto e ingresar con un permiso especial, el Diamonitrion. En términos de superficie el país que le sigue es Granada de 344 km2 y le precede en pequeñez Malta con 316 km2. Es algo así como el Vaticano pero ortodoxo y enorme comparado con los 0,44km2 del Vaticano que es el Estado más pequeño del mundo aunque con cierta influencia sobre 1400 millones de católicos. Me llama poderosamente la atención la misoginia de los monjes, no lo digo por ellos, cada uno tiene derecho hacer con su vida lo que más le plazca, pero si un gato, un perro o un conejo necesitan acoplarse, suena muy autoritario que no puedan hacerlo en su habitat natural y deban trasladarse a Grecia. Les iré contando en próximos artículos curiosidades como ésta, les dejo dos como para que vayan pensando o buscando información o preparando su próximo viaje y ya que estamos con cuestiones religiosas, dos curiosidades que ocurren el mismo año hace mucho tiempo. Me voy al año 301, dos acontecimientos importantes, Armenia en ese año es el primer país en adoptar el cristianismo, se le adelantói varios años a Roma que en el 313 por el Edicto de Milán Constantino I legaliza al cristianismo y deja de perseguir, torturar y matar cristianos y luego en 380 Teodosio I, por el Edicto de Tesalónica, establece al cristianismo como religión oficial del estado romano. El segundo hecho es que el 3 de septiembre del 301 se funda la República de San Marino, que es la república más antigua que existe.

  • ¿Y LA FIESTA DÓNDE ESTÁ?

    Stephen Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942) no podía creer lo que estaba sucediendo en Europa; en su territorio. Había leído en el diario que sería obligatorio viajar con pasaporte. El estado, los estados requerirían que él acreditase su identidad mediante la exhibición de un documento oficial, que daría fe de que él era él. Por sobre su palabra: Soy Stephen Zweig, ahora había que demostrarlo mediante la exhibición de un documento que comunicaba a un oficial de aduana que la República de Austria garantizaba que el ciudadano Zweig era quien creía y decía ser. Esto le provocó ira, fastidio, se sintió incomprendido y detestaba el avance del estado sobre su libertad. Después comprendió que el estado, ciertos estados, muchos estados no veían con buenos ojos que existieran judíos, y esto ya le indicó que no sólo su libertad de movimiento estaba amenazada, sino su vida misma, entonces decidió dejar su amada Europa y se radicó en Brasil.

    En Brasil pensó que el nazismo se extendería por todo el mundo, recordó las palabras del Coronel Kurtz, el personaje de la película “Apocalypse Now” basada en la novela “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad: “¡Horror!, ¡Horror!, ¡Horror!”; habló con su esposa, tomaron un veneno y los encontraron abrazados en la cama. Fue el fin de sus vidas, no del Horror, ni tampoco de la vida. La vida sigue y la vida, creo es una fiesta, que lleva implícito el horror, la enfermedad, la venganza, la traición, el olvido, la injusticia, el robo, la violación, la tortura, la violencia, la pobreza, el hambre, los naufragios, las guerras, los estados y un casi infinito etcétera de maldad, oprobio y vergüenza.

    ¿Y la fiesta dónde está?

    En todos los niños, en los libros que leo, en los viajes que hago, en muchas conversaciones, en los amigos, en el sexo, en las comidas, en el cine, en el trabajo elegido, en el silencio, en los animales, en los planes que tengo, en los logros, en las personas que recuerdo y que viven en mí, en subir a un avión y ver durante horas los colores en el espacio, en la terraza de una casa de madera en Kashmir, rodeada de eucaliptus y narcisos en el jardín colgante que termina en un arroyo ruidoso, en la lluvia, en las tormentas, en la nieve, en la vista de Buenos Aires desde el muelle de Pacheco en San Isidro, en mi casa, en el imaginado almuerzo en The Mermaid, en Rye con Henry James, Joseph Conrad, Robert Bontine Cunningham Graham, William Henry Hudson y Jorge Luis Borges, donde nadie necesitó hablar, en que mi amigo que murió de sida en California y el conocido que a los 18 años tuvo que pegarse un tiro y el que fue obligado a hacerse cura, hoy les poidrían decir a sus padres “te presento a mi novio”, nos pensamos casar en junio y hay congratulaciones y brindis y eso es otra vez Libertad, Libertad, Libertad; y en un extenso etecétera, que hasta ahora supera ampliamente al ” Horror” del que soy consciente y que por un azar del destino, me ha tenido entre los pasajeros del tren, que por aventura y no por necesidad, a veces ha viajado en el techo, y por el mismo azar no me ha tenido en la carbonera del tren de Jalgaon, con más de 50 grados de temperatura, que debe ser algo así como el “Horror” más el “Infierno”, y a pesar de eso, la sonrisa del hindú que agradeció el cigarrillo y pudo dejar de palear carbón unos minutos, aún hoy a más de 45 años del hecho, ilumina los días de inquietud.

  • ONE WAY TICKET TO THE SEA

    Este tiempo que va desde la Pandemia (marzo 2020), hasta hoy (mayo 2024), que es el tiempo en que reduzco mis viajes a uno de 8 días a New York y 3 de una semana cada uno a las sierras de Córdoba; en que Rusia invade a Ucrania; el terrorismo de Hamas despedazó con crueldad a la población israelí vecina a la franja de Gaza, que a su vez es atacada, también salvajemente por Israel; en este largo tiempo, leo, estudio, camino, pienso, intento apuntalar mi situación económica, escribo en mis bitácoras, dibujo, miro series, ando en bicicleta y tengo la sensación de estar viviendo un tiempo muerto, en que hoy 1 de mayo me entero a las 5.45 am que ha muerto en Brooklyn, Paul Auster (1947) a los 77 años. Muchas veces me pregunto cómo será mi muerte. Ciertamente, no como resultado de un ataque de un oso en Canadá, como pudo haber sido y obviamente no fue. Tampoco por el zarpaso de un mágico tigre de Bengala ante el que quedé paralizado, como pudo suceder, pero que el vuelo de un ave desconocida impidió. No en el fondo del Pacífico por el ataque sigiloso y artero de un tiburón martillo, ni siquiera por el misterioso, casi fantasmal pez gigante de la India que nos dio vuelta el bote en las costas de Goa, que ya les contaré próximamente. No veo mi muerte provocada por la picadura de una serpiente, una araña, un mosquito, un accidente aéreo, marítimo o terrestre, ni por una bala perdida, un asalto, incendio, epidemia, guerra, tortura o enfermedad. Me veo morir de viejo, de muy viejo, solo y en paz, haciendo “FUCK YOU” a quien corresponda.

    ¿De qué morimos? Creo que de tristeza o de cansancio: hartos de imitar a Sísifo. Tristeza que adquiere formas colectivas muy dispares: epidemias, guerras, desastres “naturales”. Siempre he creído que un avión se cae por la sumatoria de pesares del pasaje, pienso lo mismo del hundimiento del Titanic, más allá de lo que documentan las cajas negras o los obstáculos de icebergs enormes. Fusilamientos, silla eléctrica, guillotina, la horca, prisión perpetua son manifestaciones individuales de quienes no se han atrevido al suicidio, libertad suprema de todo individuo. Las guerras han sido una manifestación universal del exterminio masivo. Aquí va una lista de una mínima cantidad de ellas:

    1. El Reino Unido de la Gran Bretaña, muy a mi pesar, encabeza el ranking, con la conquista de la India. Google informa que entre 110 y 150 millones de nativos fueron aniquilados directa o indirectamente por sucesivos ejércitos de sus respectivas majestades “Dieu et Mon Droit”.
    2. La China de Mao se fagocitó 70.000.000.
    3. La Segunda Guerra Mundial consumió 63.000.000 millones de seres humanos.
    4. La Conquista Española de América, la de sus Católicas Majestades alrededor de 55.000.000 de naturales de estas tierras.
    5. Las guerras entre Japón y China 20.000.000 de orientales.
    6. La Primera Guerra Mundial 10.000.000.
    7. El germano Holocausto 8.000.000.
    8. El Imperio Romano 7.000.000.
    9. Las guerras napoleónicas 6.000.000.
    10. El Imperio Otomano 3.000.000.
    11. Vietnam 3.000.000.
    12. Stalin y Siberia 1.000.000.
    13. El Imperio Austro Húngaro 1.000.000
    14. Las bombas atómicas dejaron en Hiroshima 160.000 muertos y tan sólo 80.000 en Nagasaki.
    15. La cuarentena nacional y popular de Alberto Ángel Fernández y su vice 130.000.
    16. La Santa Inquisición oficializa la tortura en 1252, idea concretada por Inocencio IV quien sentencia al fuego a 60.000 hijos e hijas de Dios; tan sólo en España a 34.000 entre 1481 y 1788.
    17. Las guerras entre Atenas y Esparta, la exigua, casi insignificante desaparición de 40.000 helenos.
    18. En “La Guerra de los Judíos”, Flavio Josefo (37 – 100), nos habla de un impúdico acto de antisemitismo, en la Judea a cargo del Procurador romano Cumano. Resultó que el pueblo se había reunido en Jerusalén para la fiesta de los Ácimos, cuando uno de los soldados romanos se levantó la túnica en el pórtico del Templo, se agachó con indecencia enseñando el culo a los judíos y produjo un ruido anal. Esto desató la ira del pueblo que comenzó a tirar piedras, los soldados reaccionaron con violencia y en el tumulto murieron entre 20 y 30.000 personas (Libro II 223, 227)
    19. La Invasión Rusia a Ucrania, 30.000 muertos, aunquie esta última nación afirma haber matado a 300.000 soldados rusos.
    20. En Beziers, en 1209, en lo que se llamó la Cruzada Albigense, 20.000 cátaros fueron asesinados por oponerse al Papa de Roma.
    21. La Naturaleza acabó, acaba y acabará, con todos nosotros.

    Viajar es una de las tantas maneras que hemos inventado para gambetear la muerte. El viaje es también la narración del mismo; contamos y nos cuentan los viajes. Mientras uno viaja va construyendo el relato que presupone el regreso. A veces he pensado que he viajado tanto sólo para contarles a los otros, algo así como cuando mis padres o mi abuela nos contaban cuentos antes de dormir; es mi ridícula (si se quiere) manera de empatizar (¿amar?) al prójimo. También me parece que además de ingenuo, soy un pelotudo.

    Busco el libro de Rebecca Solnit “Wanderlust”, algo así como lujuria del caminante o mejor aún, del que vaga. Leo varios capítulos que me llevan a “Walking” de Thoreau, que me conduce a “Los Anillos de Saturno” de Sebald que me guía hasta “Afoot in England” de Hudson porque quería comprobar qué cambios habían ocurrido en el condado de Suffolk que Hudson caminó en 1909 y Sebald en 1922, cosa que no pude hacer porque Sebald se va por las ramas y Hudson se queda colgado, no de las de un ombú, sino de las de uno de los árboles de Troston Park, a los que el escritor Capel Loft dio los nombres de Homero, Sófocles, Virgilio, Milton, tratándose de álamos, olmos, fresnos o castaños respectivamente. Recorro libros de viajes, miro libros con mapas antiguos, cuando la tierra tenía otra figura, busco países que ya no existen, miro mis propios mapas, todos marcados con gruesos trazos de marcadores que señalan los caminos recorridos. Releo bitácoras donde he dejado descripciones, apuntes de comidas, dibujos, miedos, intimidades. Trato de imaginarme cual será el rostro de la tierra, cuando este ciclo termine y comience el próximo y todo se renueve después del hartazgo presente. Dejo un rato los libros y me distraigo mirando “Succession”, una serie donde todos parecen tener la mente retorcida, el corazón helado y los genitales calintes al punto que no paran de coger con quien se les cruce en el camino, ni de inhalar cualquier polvo, ni de masturbarse, ni de mear donde les pinte. New York City, vista desde las vidriadas oficinas, y más aún desde la terraza del edificio de la turbulenta firma Waystar Royco dirigida con brutal mano de hierro por el fundador y patriarca de la familia, Logan Roy; es para mí una de las imágenes más excitantes de la serie, la ciudad es en si misma EL PODER, es Grecia, es Roma, es Londres, es el Vaticano, es intriga, corrupción,drogas, sexo, miles de millones de dólares, lucha despiadada, voracidad, crimen, traición, obsecuencia, desparpajo, moda, lujo, derroche, capricho, mentira, miseria, hipocresía, la ficción más creíble que hoy se puede experimentar (no me refiero a la serie, sino a la ciudad). Cuando camino New York, camino siguiendo a Sócrates en Atenas el día que en 399 AC va a beber el veneno que lo inmortalizará como arquetipo de la ética. Voy detrás de César en Roma antes que su hijo lo bese, sigo al Papa Borgia en el Vaticano, tirando la tiara y arrojándose en brazos de su bello mancebo y lamiendo los pechos de su amante etíope, subo a la carroza de la Reina Victoria con la que cruzamos el puente de Brooklyn y le hacemos “Fuck You” a la muerte de Paul Auster y recupero la imagen de mi primera visita a New York en 1998 cuando alquilé un departamento en el 240 South Central Park, en la esquina de Columbus Circle, donde habían vivido sus abuelos desde 1941 y en el que el niño Paul Auster tuvo sus primeras impresiones de New York. Edificio impregnado de letras en el que Saint Exupery (1900 -1944), escribió “El Principito” y en el que vivieron Maurice Maeterlink (1862 – 1949), y la Condesa Consuelo Pauline O’Brien O’Connor Crespi (1928 – 2010) modelo y editora de “Vogue” quien recibía regularmente a Max Ernst (1891 – 1976), Andre Breton (1896 – 1976), Marcel Duchamp (1887 – 1968), Joan Miró (1893 – 1983), Ives Tanguy (1900 – 1955), Salvador Dalí (1904 – 1989), el surrealismo de pura sangre.

  • NORDKAPP

    En mis bitácoras hay constantes asociaciones y juegos con otros tiempos; es viable entonces mencionar a quien más ha trabajado el asunto, es decir John Locke (1632 – 1704), uno de los padres fundadores del liberalismo, factótum de que la experiencia es la fuente del conocimiento y responsable de que toda esa parafernalia de las ideas innatas con las que venimos al mundo, donde obviamente figura en primer término “Dios”, desaparecieran, al menos del mundo pensante en un intento de erradicar la superstición y reemplazarla por la racionalidad. Maestro en consecuencia de poner fin al problema, que ocupó toda la Edad Media, sobre los universales y experto en la asociación de ideas que abrió un mundo nuevo a la educación, el avance de la ciencia y el progreso, y liberó de prejuicios la mente de los creadores. No es ninguna sorpresa, que el gran innovador de la novela moderna, Lawrence Stern (1713 – 1768) lo invoque, y cite como uno de los puntales de su trabajo “Vida y Opiniones del Caballero Tristram Shandy”.

    Felisberto Hernández (1902 – 1964), excelente cuentista y pianista ambulante uruguayo, juega constantemente con las asociaciones libres, por momentos surrealistas, como en “Las Hortensias”, y en el inquietante “Historia de un Cigarrillo”, donde hay un juego entre la obsesión por la perfección, y en última instancia sobre el dilema de quien elige y quien es elegido.

    Pero volvamos al viaje por Escandinavia, es verano es 2013, es Noruega estoy llegando a Tromse, el puerto desde donde zarparé para acercarme a Nord Kapp. Tengo que esperar ocho horas para la salida del barco, me dejo entonces llevar por mis pasos: tose una vieja, llora un chico, otros estallan en carcajada, un hombre planta unas matas de lavanda, cruzo un puente. Todo me lleva al sur de Chile: Puerto Varas, Chiloé. Me digo, alguien en Ancud saca un bulbo de la tierra, un noruego debe estar llegando a Laguna Frías, y está a punto de embarcarse para cruzar a Chile. Anoto en la bitácora, “no sé por qué me digo estas cosas, tan sólo las digo. La vida responde a un movimiento que nos supera, que nos elude, que nos traspasa; independiente de nosotros como del extinguido mamut”.

    Pienso en Wittgenstein, en otro fiordo, que no es el de Tromse, lo pienso retirado en su cabaña de Songe, encerrado. Gente que se retira a pensar. Gente que hace turismo: compran souvenires cada vez más estridentes, estrafalarios e inútiles, sacan fotos, selfies, toman cruceros, cerveza, hamburguesas, helados. Dan asco. Europa en verano abruma, al igual que las playas en cualquier parte del mundo. Esa masa no puede más que adorar a cualquier payaso que le pongan delante. Muerto el relato de Dios; y opino que bien muerto está, volvieron los ídolos de barro. La ventaja del relato divino, era que no se lo veía. El relato actual promueve, en cambio, payasos que engordan, envejecen y tampoco saben qué están haciendo en el mundo.

    Zarpamos en el “Lofoten”, barco botado en 1964. Agradables salones. Excelente comida. Poca gente. Son las 12 de la noche, parecen las 6 de la tarde en Buenos Aires en enero.

    Apoyado en la baranda de popa de este pequeño barco de 2621 Tn., 87,4 metros de eslora y 13,1 metros de manga, de 151 camas en 87 camarotes, me quedo mirando la estela blanca que corta el azul del agua. Una bella mujer, alta y delgada vestida de blanco y de largo foulard rojo, me recuerda a Tilda Swinton. El viento suave hace que su vestido y el rojo echarpe me metan de lleno en la película “Tenemos que hablar de Kevin” de la escocesa Lynne Ramsay de 2011, interpretada por Tilda, madre de Kevin (Ezra Miller). Unas finas cortinas de voile se mecen suavemente en un cuarto que da a un deck, que al menos yo, suponía que daba a un parque y luego al mar. En el final de la película, se repite la escena y vemos entonces detrás del voile que baila con la brisa, el parque, que es el jardín de una casa elegante de las afueras de New York, donde hay dos cadáveres, el de una niña de 6 años, el de un señor de 50; son la hermana y el padre (John C. Reilly) de Kevin, son la hija y el esposo de Eva (Tilda). Será ella la que nos lo muestre. Antes, y seguidamente al movimiento de las telas, vemos a Eva, en la fiesta popular española llamada “la tomatada”, donde se ven miles de cuerpos semidesnudos, que se mecen como las cortinas de voile, y como este vestido y este largo echarpe rojo, aquí en este barco; en un magma líquido de toneladas de salsa de tomate. Esa masa filmada por un dron, casi flotando en un simulado y colectivo vientre social sanguinolento es el ADN, el abono donde siempre se asienta el poder. Ese es el baño de sangre al que el poder siempre ha conducido, esa sangre es el alimento de esa babosa espúrea y eterna que tiene encandilado al mundo, y que hoy, en su grado más desarrollado de perversión ha conseguido que después de haber creado instituciones por las que elegimos de manera democrática a los funcionarios que nos gobiernan, esos mismos corroan y vacíen de legitimidad las instituciones y se reinstalen las más abyectas tiranías. Yo también me asombro como mi tren de pensamiento me lleva a lugares tan dispares.

  • HAPARANDA

    Es el verano europeo, es 2013. Después de caminar por Estocolmo durante 4 días, decido cambiar de ambiente. Entro en la terminal ferroviaria. ¿cuál es la estación más al norte a la que van?

    Umea, y luego conexión con bus a Haparanda. Haparanda, Amaranta, Aracataca, Bucaramanga, ¿será Haparanda, Macondo? Con mi ticket a Haparanda para el tren en cuyo vagn 3, platz 48 que saldrá de Spar 7 a las 6.22 am, metido como señalador en el “Tratado sobre la Servidumbre” de Etienne de La Boetie, salgo de comer un sorprendente plato de pasta, pollo, jamón y rúcula, en una cremosa y equilibrada salsa pomodoro y camino rumbo al Lord Nelson Hotel.

    Estocolmo me recuerda a Estambul, en el agua; a Toledo, en las calles angostas; a Lyon, por las calles techadas; al poder de Roma, en los palacios; algo de Lisboa, en algunos empedrados; algo de pueblo de provincia francés, en algunos cafés. Un gran espacio público y un clima de bienestar sin lujo. Algo de burguesía, orgullosa de sus logros, pero sin ostentación. Eficiencia protestante, rigor protestante, cierta distancia: más razón que cuerpo: civilización.

    A las 6.21, los cuatro relojes de la Spar 7, dejan caer la aguja del 1 al 2 y arranca el tren. Me tocó un equipo de football de adolescentes en el coche; parecían jóvenes estudiantes de la Academia de Platón. ¿Por qué gritaremos tanto en Argentina, para no decir más que sandeces, y no cambiar nada?

    He llegado a Umea, estoy esperando el bus 100; algo así como estar en Campo Quijano, esperando el bus para ir a Tarija. Serán 400 kilómetros hasta Haparanda, entrando y parando en todos los pueblos. Me pasa que en una de las paradas, descubro a una mujer mirando por la ventana; veo a unos chicos jugando a la pelota; pasan dos adolescentes que imagino que acaban de hacerlo por primera vez; hay una jubilada en traje de baño en el borde de una triste, impoluta y social demócrata pileta municipal que tal vez esté pensando ¿cómo será Bolivia?, porque acaba de leer un artículo sobre los sapos gigantes del Lago Titicaca, y me sucede que me pongo en el lugar en que todas esas personas están y veo pasar el bus en el que estoy y desde la ventana, el grito de gol, los dos cuerpos recién bañados y una jubilación social demócrata, me dan unas ganas de poner un tren en la calle de ese pueblo por el que pasa mi bus, invitarlos a subir al tren, pitar y no parar hasta el muelle de Pacheco en San Isidro.

    A las 22.30 aún es de día y he llegado a orillas del río Tormio. El Hotel Haparanda es de 1897. Es como estar en el río Luján, frente a la isla del Naútico San Isidro, aquí, en la otra orilla está Finlandia. Parece que en 1621, uno de los tantos reyes suecos, llamado Gustavo Adolfo, funda la ciudad, considerada la urbe más al norte del planeta, es decir es el espejo boreal de Ushuaia. También parece que fue la ciudad más próspera del reino y que después hubo una guerra contra Rusia, y que se perdió, esto fue en 1809. Durante la Primera Guerra Mundial, Haparanda – Tormio fue casi el único pasaje entre los dos bloques. El primer operador turístico del mundo, Thomas Cook, expresó que un individuo puede llamarse un trotamundos, cuando ha pernoctado en Timbuctú, en la actual república de Mali, capital espiritual del Islam en África, o en Samarcanda, ciudad poblada desde hace 2700 años, hoy en Uzbekistán o en Haparanda. Es el comienzo de Laponia y parece que he aprobado el primer curso. El río es oscuro, parece un lago de tan inmóvil. En frente, en Finlandia, se ve un espeso bosque, del que asoma el techo de la torre de un castillo. A un costado un puente de hierro, por el que está pasando un tren carguero, lleva rodillos de acero laminado; dos por vagón. Son los 24 rollos que vi pasar en el tren carguero por la Boca, hacia el puerto de Buenos Aires, el día anterior a comenzar este viaje. Me gusta pensar que me han venido siguiendo. Hay un camping de casas rodantes, la mayoría con patentes alemanas. Se ven chicos jugando a la pelota, hay otro jugando con un dron. Apartado hay otro que por momentois escribe y por momentos lee.

    La Sociedad Anónima es la formada por todos nosotros, por todos estos que me encuentro en los viajes y a los que nunca más veré; por todos los que me ven pasar y a quien nunca más verán. También por pocos artistas. Estoy en una parada del bus. Es un alto en cualquier parte entre Haparanda (el corazón de Laponia), desde donde partí temprano en la mañana y que nos lleva a Kirina donde pernoctaré; vamos pasando Ruskola, Kopilombolo, Svanstein, Pello, Pajals. En algún lugar de este trayecto de 380 kilómetros, el bus para 20 minutos, para refrescarnos, para descansar, porque así ha sido acordado por el sindicato de choferes de una sociedad donde el socialismo y la monarquía parecen entenderse y esto es visible, se respira armonía Escandinava.

    Bajo, tomo un café. Camino mirando hacia una hondonada poblada de pinos y se escucha una sierra en el bosque. Charlo con una mujer, una señora mayor de una belleza rústica, elegante sencillez, pantalón de pana color beige, chaqueta leñadora de colores ocre y rosa pastel, botas de cuero, foulard colorido.

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Son las tres de la tarde del jueves 25 de julio de 2013, hemos pasado el círculo polar ártico, el sol brilla, la temperatura es de 25 grados centígrados, y así sin que mediara nada de mi parte,

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Ha venido pensando durante el viaje, en su edad, como yo también lo hago, como lo hacemos todos. Supongo que el chofer del bus que aparenta tener entre 55 y 60 años, ha pensado que tal vez, en unos años se jubile y que entonces, hará ese viaje siempre postergado a Río de Janeiro o Patagonia; tal vez esté pensando que hay que manejar con cuidado, porque hay curvas peligrosas y él tiene muy presente lo que le pasó a Sorensen, que en su último viaje antes del retiro, el bus desbarrancó y hoy la señora Sorensen, cobra la pensión de viuda.Tener la edad que cada uno tiene es siempre un acontecimiento: un niño pregunta ¿cuántos tengo? y orgulloso muestra la mano extendida con los dedos bien abiertos y esta bella señora extendió 16 veces su mamo plena de motas y venas azules y me dijo 80. En esos primeros cinco hay un inconmensyrable misterio que implica “mostrame fotos de cuando eras chico”, “¿cuándo se murió tú mamá? “y ¿vos cuándo te vas a morir?” “Y cuando yo sea grande y tenga hijos”. Pero a los 80 el misterio es otro que tal vez se reduzca a What the hell I’m still doing here? Supongo que a los 80, hay algo así como un balance, un recordatorio, algo de sabiduría y espero que paz y también debe haber algo que me cuesta definir entre inquietud, aceptación y en mi caso particular indignación: el mismo final que una rata, el mismo final que Hitler ¿eso merecemos? ¿a eso se llama justicia divina? porque lo próximo a acabarse no es el colegio secundario, la universidad, la exitosa carrera, el matrimonio de más de 50 años con Sorensen; sino que lo que se acaba para siempre, para siempre, para siempre es la vida de uno, que es lo único que uno ha tenido – o tal vez habría que decir: la vida lo ha tenido a uno como huésped temporario, como inquilino por un contrato a punto de expirar. Al rato la bella señora vuelve a sus cavilaciones, el chofer a su volante, yo a mi asiento y van pasando Mukkakkangas, Junossuando, Vittagi y ya estoy alojado en un agradable hotel con vista a las montañas, y como es mi costumbre salgo a explorar, a ver gente, a comer algo.

    Entro en “The Bishop’s Arms”, un acogedor pub, con librería, mucha madera, chimenea encendida, sillones de cuero y espantosa comida. En el salón tres lugareños de vientres abultados y risas chillonas, toman cerveza y juegan con sus celulares: se envían mensajes y se ríen. ¿Harán esto todos los días” ¿Cómo será vivir en Kiruna? ¿Será como vivir en Cachi, Chos Malal, Santa Coloma?

    Salgo a caminar: un señor pasea a su perro, dos señoras, una con bastón, entran en un negocio. Pasa un Cadillac 1957 color fucsia sin capota. James Dean al volante con Marilyn a su lado y los tres tipos del bar atrás.

    Mañana 7.05 am sale bus a Narvik, en Noruega, luego Tromse, voy rumbo a Nordkapp. Cansado, con un eterno atardecer, me duermo pensando que tal vez un día en Chaltén, me cruzo con una turista sueca o con la Ulrica de Borges y así porque sí, le diga “tengo 100, pero no los siento”. He dejado el “heart of Lapland”, de acuerdo a lo que dice el capuchón de la lapicera del Hotel Haparanda. Me es imposible no asociar esa mínima leyenda con, verano tórrido, La Lucila, hora de la siesta,”Laponia helados”, gritaba el hombre de blanco en su triciclo y ahí bajábamos a comprar un palito de vainilla bañado en chocolate o uno de frutilla.