Soy un hombre urbano, y de urbes grandes. He vivido toda mi vida en la bella Buenos Aires y dos años en la bella Londres, pero dos años en el campo en una población donde yo fui el noveno habitante. Ni en Buenos Aires ni en Londres viví en el centro de las respectivas capitales, en la nuestra en La Lucila y en San Isidro a 25 kilómetros del centro, en Londres, en South Kensington, digamos Belgrano con respecto al centro porteño.
La compañía animal fue precisamente en el sur de Francia, en Provence, departamento del Gard, municipio de Lussan, aldea Saussine, al pie del Mont Bouquet a 15 kilómetros de Uzes; primer ducado de Francia; a 30 kilómetros de Nimes; a 60 de Avignon, en una casa de 1826 donde en un tiempo se cultivaron gusanos de seda para proveer a las hilanderías de Lyon. En esa escasez humana hubo muchos compañeros animales “Moustache” un gato macho blanco y negro, muy bien plantado, su señora “La Negra” a los que incorporé un pequeñito que rescatamos al que llamamos “Enano Blanco” por su tamaño y color. Había también un perro lanudo del vecino, un pastor belga, buen custodio y ladrador y otro perro inexistente que dejo para el final. La casa era de piedra, con grandes galpones, enorme chimenea, terraza y una gran parte que estábamos reconstruyendo, la propiedad tenía un terreno de 1 ha, un pequeño camposanto con tres tumbas y dos enormes cipreses como marcando el límite entre los vivos y los muertos. Teníamos gallinas ponedoras de grandes y sustanciosos huevos, que un día fueron atacadas por un zorro ladino que cometió un genocidio, dejando un gallo herido y una gallina renga, de un lote de 40.
Mi habitación daba a un recodo del camino de tierra que llevaba al Puech, un pueblo abandonado a menos de un kilómetro, sobre una loma. Por ese camino todos los días a las 6 de la mañana, pasaba el pastor con sus ovejas, una de las cuales, la oveja madrina hacía sonar su campana, que obviamente me despertaba.
Golondrinas y Jabalíes eran visitantes ocasionales, las golondrinas anidaban en los gruesos listones que soportaban uno de los galpones y anunciaban la llegada de la primavera. Los jabalíes venían desde Alemania, cruzaban toda Francia y los que eludían a los ávidos cazadores, terminaban cazados en España. Una vez encontré a una cría caminando a sus anchas por la pequeña terraza donde comíamos en verano.
Una familia encantadora, huyendo de París con sus dos hijos pequeños, se instaló fuera de nuestra aldea en la base del Mont Bouquet, donde compraron un antiguo establo que remodelaron con gusto exquisito y un día nos invitaron a almorzar y fue donde me encontré en un estante de su cocina con la primera jarra de pingüino, fuera de la Argentina, blanca, panzona, bella y gratamente sorprendido exclamé “Un Penguin Argentin!” y fui rápidamente corregido por el burgués campesino, que dijo conocer nuestra afición nacional de llenarlo de vino común para servirlo en cantinas, bodegones y parrillas, pero que debía informarme que eran de orígen francés y su uso se remontaba a 1860, por una cuestión de salubridad e higiene, que no voy a detallar en esta nota ya que le hemos dedicado un libro bellamente ilustrado con fotografías de Joaquín Martínez Herrera y texto de quien esto escribe, y al libro los remito. Sí en cambio voy a contar la historia del perro inexistente.
No bien llegado a Saussine, me invitaron a comer los Chiesa, padre e hijo argentinos y me quedé con ellos dos años. Resultó que un día Don Nerón (el padre) y Norberto (el hijo) partieron a Londres por 15 días y quedé yo sólo en la inmensidad del campo, en el sonoro silencio de una inmensa casa de 1826 que albergaba fantasmas, chisporroteos del enorme hogar donde asabamos, pollos, cerdos, jabalíes y asados argentinos y que además era la calefacción en los crudos inviernos. Yo había llevado a arreglar la furgoneta Renault 4 al mecánico en Alés distante unos 25 kilómetros de casa y habíamos quedado que me la traería alrededor de las 7 de la tarde que en pleno invierno es noche cerrada, y que luego yo lo llevaría nuevamente a Alés. Llegó a las 9 de la noche mientras yo estaba comiendo, lo invité con vino, que aceptó con gusto y charlamos, yo, entonces con mi paupérrimo francés de tan sólo un mes de estar allí. Charla de “bueyes perdidos”, hasta que me hace la pregunta por cómo estaba el padre “Et le per de Chiesa, il va bien ?” Tan malo era mi francés entonces que yo traduje “per” por “perro”, que obviamente se dice “chien” y mi respuesta fue contundente y de terror. Le conté lo que había sucedido con el perro inexistente. Le dije “No, no va nada bien, atacaba a las gallinas y entonces para curarlo lo metimos en una bolsa de arpillera con un a gallina adentro, lo revoleamos varias veces por el aire que es la manera de curar a los “per” y quedó el pobre tan traumado que huyó y no lo vimos nunca más”.
La cara de terror del mecánico y el silencio sepulcral que siguió a mi confusión, hizo que yo apurara la partida ya que no entendía el drástico cambio de conducta. Para colmo empezó a llover con una fuerza como no había visto antes en el Midi francés. A mitad camino, de pronto me dí cuenta y le pedí mil disculpas, le expliqué mi situacioón con el idioma y le dije que el “per” estaba en Londres paseando y que volvería pronto. Se puso muy contento, me dio un abrazo al despedirnos y me dijo, que por un momento pensó que los argentinos éramos un pueblo de salvajes que no nos bastaba hacer desaparecer gente en nuestro país sino que también lo hacíamos en Francia. El golpeteo de la lluvia sobre la chapa de la furgoneta me pareció un aplauso de la naturaleza a esta curiosa historia. Una recomendación final; no es conveniente invitarme a comer, suelo quedarme dos años.

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