Ciudad excitante, a falta de mejor palabra. Camino y camino y es a veces Sebald y “Los Anillos de Saturno” que vienen a mi memoria, otras es George Steiner y su “La Idea de Europa”donde el sólo hecho de caminar la tierra es uno de sus cinco axiomas para definir a Europa. Pero como voy a hablar de New York, dejo los otros para que ustedes los descubran, aunque se los nombro: los cafés, las calles con nombres y no con números,el saberse descendientes tanto de Atenas como de Jerusalén, la sensación de que un día Europa, como Roma, en su momento, perecerá. Pero cuando la excitación por estar en New York, más me conmueve, es cuando me siento como el bárbaro Droctulft a las puertas de Ravena del relato “Historia del Guerrero y de la Cautiva” de Jorge L. Borges. Es decir cuando algo me deslumbra y asombra. Cosas muy sencillas: Camino por Lexington Ave., rumbo a las calles 92 y 93 donde está “Kitchen, Arts and Letters”, pero antes de llegar a la librería especializada en gastrosofía, entro en “Papiro”, un pequeño local, negocio antiguo, grandes marcos de madera oscura ciñen la vidriada puerta de entrada: es una papelería artística; es decir, hacen de los cuadernos, libretas y anotadores bellas y sencillas piezas de arte; la señora propietaria es italo norteamericana y de pronto uno está en Florencia. Compro una bella bitácora.
Vuelvo a mi tarea; paso frente a una vidriera que lleva el nombre de “Canyne Style” que obviamente está dedicada a los perros; esos mamíferos inspiradores de los líbérrimos filósofos griegos, de quien Diógenes es emblema ejemplar. En la vidriera hay perros de papel, de cartón, de paño, rellenos vaya un a saber de qué, y en ese mundo de ladridos mudos e inexistentes pulgas; el único ser con vida que duerme una siesta envdiable es un mullido, gris y bien nutrido gato a un cascabel ceñido.
Me llevo siempre a Buenos Aires, imágenes de esta ciudad de constantes celebraciones y homenajes a la libertad y a la filosofía liberal que la hizo grande. Por momentos me vienen las palabras de Borges, cuando dijo que al estar escribiendo “La Muerte y la Brújula”, Triste-le-Roy y la Rue de Toulon, sus amigos le dijeron que por fin había dado con la esencia de lo porteño que tanto había buscado en vano. Pero por momentos New York me lleva a Roberto Arlt y a su “La Calle Corrientes no cambiará su espíritu con el ensanche” y en otros rincones de la caminata lo veo a Leopold Bloom vagabundeando por Dublin.
Salgo temprano a la mañana de los suburbios de New York, tomo el tren en Morristown (algo así como Tigre Retiro) hasta Penn Station y como todos los que viajan en ese tren suburbano (el New Jersey Transit) voy a cumplir con mis obligaciones, que son las obligaciones del filósofo: caminar y pensar, es decir vagar sin objetivo alguno más que lo dicho, permitir que los pensamientos fluyan. Voy a la ciudad a caminarla, así como lo hice en Londres los dos años que viví en ella, así como lo hago en San Isidro y en Buenos Aires. Recorro sus barrios, leo en un café o tirado en el pasto de Central Park o en Washington Sq., cruzo el Brooklyn Bridge, regreso a comer en Fanelli Cafe en Mercer y Prince, hago compras de libros, tomo una cerveza en el Meat and Packing District, vuelvo a cruzar el río a Williamsbourgh, regreso a Manhattan.
Hago todo como si estuviera cumpliendo con las tareas cotidianas de un ciudadano, pero en verdad vago, paseo, me dejo ir, hay veces que me pierdo, entro en la Universidad de New York, voy al Moma, vuelvo a Morristown desde Penn Station, agotado, como todos los oficinistas, pero no tengo oficina; estoy como no estando, como no tomándome en serio las actividades. La vida como un teatro, como decía Kafka. What else? como dice George Clooney y se toma un café.

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