Categoría: Viajes

  • AVATARES DEL TREN

    Vengo de “El Ombú”, el río, un palacio fantasma. Vengo de “The Doll’s House” (of all places). Todo gira en una calesita, que a su vez gira en otra, en otra. Jugamos a dos juegos: tren o calesita.

    Son juegos, son ficciones.

    El tren también es prisionero del circuito que le permite moverse.¿Es posible avanzar en un planeta que gira sobre sí mismo, como lo hace una calesita? Giramos alrededor del sol en un universo infinito que está en expansión.

    Amo el tren. Viajar en tren.

    Hay innumerables personas, hechos, instituciones que reflejan el alma británica: Shakespeare, los pubs, el valor del individuo por sobre la especie como lo expresa Borges en “El Ruiseñor de Keats”, el fabuloso, desaforado ennoblecimiento del “loin of beef” por parte del descomunal Henry VIII, que al ser agasajado en un pueblo de su reino con una pieza cárnica de gran tamaño y exquisito y jugoso sabor, se puso en pie, desenvainó su espada y lo declaró “SIR LOIN”, que es como hasta el día de hoy se pide un bife de chorizo en Gran Bretaña como nos cuenta Ben Rogers en “Beef and Liberty”; paralelamente a este acto, Henry VIII, cumple con otro de estricta justicia, que es cortar la dependencia con el Papa (WTF with Rome?); John Locke; el “sense of humor”, expresado académicamente en “The Comic History of England” de Gilbert Abbot A’ Beckett y en el desopilante “From Beowulf to Virginia Woolf” de Robert Manson Myers; el inapelable pragmatismo cuando me presenté al Ministerio del Interior en Londres con el fin de aspirar a una suplencia de enseñanza de español, habiendo hecho expresa mención a la carencia de ciertos papeles requeridos al efecto, y la contundente respuesta del funcionario, previa consulta con su superior: “tiene usted razón señor, but we need you”; el mítico 5 o’clock tea and scons;en fin el Ferrocarril, es decir mis adorados trenes.

    El ferrocarril implica necesariamente un sistema, un orden: horarios, jerarquías, clases, movilidad del individuo, geografía, destino, partida, llegada, controles, hierro, carbón, revolución industrial, comercio, carga, transporte, desafíos, selvas, puentes, montañas, estaciones, túneles, ingeniería, libertad, que es lo más maravilloso de lo “British” (siempre y cuando, esa libertad se realice dentro del espacio enmarcado por los dos rieles, en su defecto hay descarrilamiento). Todo eso es Pax Británica y se celebra en el salón comedor donde conviven un Sir Loin from Argentina, un rack of lamb from New Zealand, un Tandoori and rice from India, un Cab Franc from Australia, un vin de Constance from South Africa, y a cup of tea Orange Pekoe from Ceylon, un wiskey from Ireland or Scotland o un VSOP Napoleón.

    El tren llegó a San Isidro, según lo registra la placa colocada sobre la pared de la estación el 10 de noviembre de 1863. Lo “tomé”, desde la estación “Golf” (hoy Lisandro de la Torre) a las pocas semanas de vida hasta Oivos; me llevaban a la casa de mis abuelos. El de hace 162 años, era a vapor y la locomotora tenía dificultades en la loma Olivos- San Isidro. El de hace 70 años, era eléctrico, de hierro y madera, color marrón, inglés, tenía coches de primera, con asientos de cuero negro, apoyabrazos de roble, abono de color azul y coches de segunda, con asientos de madera (muy parecidos a los del tren que tomé en Colombo hasta Galle en Sri Lanka en 1980, en ese también había de tercera), el abono de segunda clase era verde. Había medio boleto para los menores de 12 años (lo cortaba el boletero de la estación, con tijera, al bies). En los coches de ambas clases había dos donde se podía fumar. Los guardas parecían coroneles y los inspectores generales de división, por lo atildados y por la autoridad que ejercían. Viajaban jueces, ejecutivos, he visto ministros, diputados y al mismo Borges, solo, con sus manos, en su bastón apoyadas. Se escuchaba hablár inglés y alemán. En 1964, se renovaron, fueron de origen japonés, más livianos, con puertas que se abrían y cerraban por medios eléctricos, clase única de tapizados de cuerina verde. En 2014, (los actuales) son de origen chino: cómodos, limpios, con aire acondicionado, calefacción, cámaras de seguridad, información constante, asientos de fieltro. Ya no viajan ni ministros ni jueces. Ha aumentado la cantidasd de mendigos, lisiados, tullidos y vendedores ambulantes. La voz anuncia que “El acoso sexual a mujeres existe” y da un número para informar si alguno se produjera durante el viaje. Se anuncian apps, para consultar información de interés. Se oye hablar en guaraní, quechua, aymara, portugués de Brasil, chino, inglés, alemán, francés, italiano.

    Parejas homosexuales femeninas y masculinas se besan, haciendo por fin, inútil la afirmación de Beaudelaire, agradeciendo a Dios no haberlo hecho mujer, negro, judío, homosexual. Billy Joel, debería modificar los verso de “Piano Man”: “making love to his tonic and gin” y reemplazarlos por “making love to his I Phone and Samsung”. Se viaja mejor, más rápido, en horarios que se cumplen y con tarifas baratas.

    Escuché este Rap, interpretrado por una chica adolescente

    “No soy Niky Nikole

    No tengo Naik

    Por eso no podés tocarlas

    Podés tocarme las patas, podés tocarme los pies, podés tocarme la panza, podés dejarme un diez

    Así sigo cantando todo lo que no ves, porque lo que ves no es lo que es

    Lo que es, es oscuro, es sucio, es paco, es chuta, es mugre, es hambre, es golpe, es grito, es sangre, es barro

    No soy Niky Nikole

    No tengo Naik.

    Habíamos comenzado ese primer viaje en Retiro, con destino final La Paz. Fueron 108 horas de viaje. Con cambio de tren en Altos Hornos Zapla, en la provincia de Jujuy; llegada a la frontera, noche en La Quiaca y cruce a Villazón, Bolivia. Seguimos en un convoy, tirado en partes muy empinadas por dos locomotoras, de las negras, con carbonera. Pasamos requisas por un vasto contrabando hormiga, del que todos estaban al tanto y entre coimas a los aduaneros, ruegos, llantos,”permisito, por favor hágame campillo para mis cositas”. Requisas, también de los Rangers que buscaban guerrilleros, hasta que pocos años después, en 1967 dieron con el Che Guevara.

    Vendrían luego una larga serie de trenes maravillosos, el tren Constitución Bariloche, casi eterno, inolvidable. El Trochita de Ingeniero Jacobacci a Esquel, con las salamandras que los pasajeros alimentábamos con troncos de quebracho colorado. El Siligury- Darjeeling, en la India, atravesando campos de té en Happy Valley, tren de altura y curvas cerradas de 100kilómetros de recorrido y 10 horas de duración, eso fue en 1980. El Orient Express desde Zurich a Estambul, en 1981 con paradas en Belgrado, capital entonces de Yugoslavia, eternamente gobernada por el mariscal Tito. Hoy Belgrado es la capital de Serbia, una de las seis repúblicas en las que se ha partido aquel país después de crueles e interminables guerras. Atravesamos Rumania, parando en Bucarest, gran parte de Bulgaria, donde caminamos varias horas por Sofía, su capital, antes de alcanzar nuestro destino: Estambul, donde nos recibió una banda de entorchados músicos.

    Para la misma época se construyeron el Pacific Railway en Estados Unidos y el Central Argentino. Los dos países americanos, nuevos, consolidando sus instituciones y recibiendo entre ambos, la mayor corriente inmigratoria desde Europa, aceptaron conceder a las empresas británicas, a cambio de la construcción de la red ferroviaria, 5 leguas de tierras a ambos lados de los rieles. Excelente negocio para las partes, los ingleses venderían luego esa tierra a colonos, Los Estados Unidos y la Argentina tendrían vastas vías de comunicación. Había llegado el progreso, el comercio, la civilización. Esto fue festejado con entusiasmo en el norte, en cambio aquí, dio origen a interminables artículos y libros contra el avance del imperialismo ateo, masón y liberal, versión nacional y popular de dos concepciones sobre la necesidad. Es de cuño católico que la misma (la necesidad), tiene cara de hereje y es importante entonces el asistencialismo porque el rebaño puede enfilar para otros rumbos. En el mundo protestante, en cambio, la necesidad es y será siempre la madre de la creatividad y la invencióin.

    Es 1964, estamos en Huaitiquina, es medianoche en los Andes. Hemos parado. Los hermanos que se turnan en la conducción del camión frigorífico que nos trae desde Chile, han abierto la puerta de la caja donde viajábamos. Vemos el borde azul negro de las montañas iluminadas por la luna llena. Los dos hermanos, Caco, yo y un lugareño totalmente borracho bamboleándose y hablando sandeces frente a su rancho precario.

    Aquí se quedan.

    Aquí, es ningún lugar.

    La luna era un caleidoscopio desde donde se nos observaba; nosotros, en cambio, los quebradizos cristales de colores que nos movíamos a su antojo como títeres de un guión improvisadso en el que un montajista ignoto, muchas veces cruel nos hacía girar a su arbitrio.

    Comprendieron.

    Olacapato, nos aloja una familia ferroviaria. Tren carguero, furgón de cola. Nieva sobre el Tren de las Nubes, que serpenteando nos dejará en San Antonio de los Cobres. El guarda encendió la garrafa. Sin decir una palabra, llenó de agua una olla enlozada y fue tirando dentro de ella, sal gruesa, mandioca, zanahorias, zapallo, papas, batatas, cebolla, trozos de carne vacuna, chorizos, panceta. Ateridos de frío, comimos en las nubes: una imagen de la felicidad, otro miembro de la Sociedad Anónima.

    Es Misiones, es Cataratas del Iguazú, es 2002, cruzamos a Brasil; en ómnibus viajamos a Curitiba. Estamos en la estación de trenes, vamos a Paranaguá, vamos a recorrer los 108 kilómetros de un increíble ferrocarril construido entre 1880 y 1885. El viaje dura 4 horas, al recorrer la traza se comprende la rémora: se cruzan el río Ipiranga, dos represas, 13 túneles (uno de ellos de 400 metros), un puente de 110 metros de largo tendido sobre una cascada de más de 50 metros de altura, se atraviesa, en fin, una selva tupida de la Reserva Natural, que, nos dicen, es el 10% de la selva de Brasil. Vemos orquídeas, hortensias, alegrías del hogar, y una bella flor color rosa, cuyo nombre es Caraca da Serra. Hay cobras, yararás, pumas, monos, tucanes. La altura máxima del ferrocarril es 998 metros. Lo construyeron 9000 hombres, 3000 de los cuales murieron trabajando.

    Pienso en el ferrocarril más largo del mundo: el Transiberiano, 9288 kilómetros de vías y en los 15 años que demoró su construcción (1892 – 1907). Pienso en el orgullo que todo ferroviario tiene por el tren: me acordé de un episodio en el New Jersey Transit, cuando una “conductor”, así llaman al guarda, una mujer grande y enérgica amonestando por el micrófono a dos pasajeros que habían subido al tren, no por la plataforma, sino cruzando las vías: ” You don’t do that in MY train”, ese orgullo por “su” tren me parece admirable.

    Es Vancouver, es British Columbia, es Canadá, es 2011, abordo el Viarail, el ferrocarril que después de cuatro días me dejará en Toronto, 4400 kilómetros de felicidad. Lagos, bosques, llanuras inmensas que remedan las nuestras: los mismos cultivos, grandes rodeos vacunos, hombres a caballo, las montañas Rocallosas; cada tanto una catarata anunciada a los pasajeros:”miren a su izquierda, voy a disminuir la velocidad para que puedan ver la caída de agua”; al rato ,”osos a la derecha”.

    Salón comedor, bar con cúpula de vidrio.

    Atravesamos las provincias de British Columbia, Alberta, Saskatchewan, Manitoba y Ontario. Pasamos Jaspers, Edmonton, Saskatoon, Winnipeg, Sioux Lookout, donde supuse que un malón de sioux nos atacaría, no fue así. Subió un músico con un cello, para el que había reservado el asiento contiguo al suyo. Una noche, en el bar desde el que se veía una luna menguante, tocó su arreglo de Rapsodia en Blue de Gershwin.

    Después de dos días se produce una familiaridad, que a veces hace ver como invasores a los ocupantes de otros coches que atraviesan el “nuestro”. Leo en el libro “El Transiberiano” de Albert Thomas, “El tren no es sólo un medio moderno de cambio de mercancías, sino un factor poderoso para quebrantar las jerarquías sociales”.

    LAS CAVERNAS EN EL TREN

    ¿De dónde venía? No me refiero al lugar, eso lo sé; un habitante del conurbano profundo de Buenos Aires. Me refiero al tiempo.

    Mirada perdida, naríz golpeada, amarrándose al barral del tren para no caerse. Una especie de amplia bermuda color caqui, una especie de poncho o sotana le caía sin cubrirlo sobre un prominente abdomen, una especie de lenguaje, casi como un suspiro, interrogaba a cuanto pasajero subiera al tren: “¿tiene 20 pesos?”, como si estuviera cobrando una entrada para el espectáculo dantesco que presentaba su persona. El olor que despedía era nauseabundo; se combinaban en su humanidad, el zorrino, la transpiración, la mierda, unos pies sucios y olorosos que dejaban ver sus dedos por la capellada raída de unas zapatillas encontradas, varios números más pequeños que sus pies. Era un hombre de la Edad Media, de un tiempo sin trenes ni industria siderúrgica. No combinaba con todos los cableados y conectados que lo rodeábamos. Es el tiempo que vivimos. En enero, en Edimburgo, le dejé campera de duvet y sweater a un indiduo, en similares condiciones, pero, estaba a punto de nevar. Hay millones como ellos. Es noviembre 2019. ¿Es que alguien en su sano juicio, puede pensar que esto no acabe en guerra?

    Hay un tren sobre rieles, en un simulacro de estación, que no conduce a ningún destino. Está en. la Quinta “17 de Octubre”, que fue de los Perón, en San Vicente. Es un tren maravilloso, que no parece real, tiene coches dormitorio, hay un salón comedor, living, escritorio con estantes vacíos para colmarlos de libros. Es mi tren ideal. Mi fantasía. Convocaría a miembros de la Sociedad Anónima. El guarda anunciaría la partida y el convoy lentamente enfilaría hacia Haparanda, Anchorage o Victoria Station, sí cualquier itinerario ferroviario o de ficción. Sí también con crimen incluído, con intriga, con suspenso, mientras nos siguen los apaches y nos arrojan flechas incendiarias, o el malón de Painé nos alcanzará cerca de la laguna, o los cowboys nos esperan agazapados en el desfiladero donde tendremos que frenar ya que han hecho una barricada y se llevarán la caja de la Wells Fargo, y lloverá, siempre tiene que llover. La lluvia es música líquida, servirá para apagar las flechas en llamas. Aunque la historia bien podría ser otra, si llegamos al tunel antes que los salvajes nos alcancen. Sí, el túnel es nuestra salvación y allá al fondo se ve por fin la luz y luego bordeando el acantilado, habremos llegado a Land’s End, el Finisterre donde una contundente masa de granito desbarranca en el mar; son las estribaciones de Gran Bretaña, la península de Penwith. Desde la costa y con el intermitente haz de luz del faro Godvery iluminando sus manos, Virginia Woolf escribirá su novela con sangre. Penwith, es promontorio de sangre, en el idioma Cornish.

    Estamos en Cornwall que es tierra de cuentos y leyendas populares donde se entreveran naufragios y contrabandistas de la talla de John Carter (The King of Prussia) y de extraños sucesos donde mineros rudos cavan túneles y viven en el pueblo de Chysauter, el bimilenario laberinto de la edad de hierro, donde en fraguas aun calientes se templaron las espadas del Rey Arturo y sus caballeros que solían atar sus caballos al pie del Mount St. Michael, conectado a su homónimo en Normandía por u n túnel submarino desde el cual se manejaron durante siglos el ritmo de la plea y bajamar.

    Ciudades, civilizaciones; por todas partes: templos, el deseo de que haya algo más. La necesidad de toda cultura de sentirse elegida. Dioses que han huído. Un vacío a ser llenado. Reiteración del esquema: divinidad, monarca, secta de brujas, magos o sacerdotes, militares, clase alta, pueblo.

    Cada vez que pienso en cómo nos educaron, experimento algo que oscila entre la vergüenza y el engaño. ¿Qué sabíamos de los Incas? Lo que nos había narrado la muy católica España. A la edad que teníamos durante ese viaje iniciático en 1964, a los 15 años, ya notaba que había una imperiosa necesidad de elegir, una urgencia por subirse al tren de “labrarse un futuro y hacer plata”, medida del éxito o del fracaso.

    Mi tren circulaba por otros rieles.

    Me resistía a ser un eslabón en la cadena de producción: ser un experto en ojos, carburadores o filosofía. La aventura, recorrer el mundo, me parecía el más noble de los kioscos posibles. Comenzaba a entender que mi tiempo sería otro. De haber una lógica, mi vida debería tener la suficiente duración, como para encontrar las palabras. No podía aceptar;”En el principio está el verbo”, al inicio sólo hay sangre, llanto, grito, mierda. Infante, es quien carece de lengua. De poder balbucear algo, ello sucedería al final del recorrido.

    La yerma simpleza que se experimenta en el interior de Islandia, en Patagonia, en la estepa de Mongolia, en los desiertos de arena o hielo. La enmarañada selva, el bosque oscuro, el mar infinito; el terror a perderse y ser tragado por ellos. El miedo a ser atacado por el tigre de Bengala, el oso de Canadá, el tiburón martillo del Caribe, la pitón de Sri Lanka, el marginal desplazado, el policía sin protocolos, los salvadores de la patria y su mentirosa épica.

  • RUA GARRETT, LISBOA

    Es 13 de mayo de 2025, estoy leyendo los diarios de sábado y domingo pasados, plenos de noticias sobre el Vaticano, la elección del nuevo Papa: orden religiosa a la que pertenece Robert Prevost (agustino), trayectoria; el hecho de haber nacido en Estados Unidos y haberse nacionalizado peruano; la elección de su nombre: León XIV; similitudes y diferencias con su antecesor Francisco (jesuita); las miserias del cónclave (recordemos que los que votan son prelados, no ángeles); la curia habitada por conservadores y reformistas; las luchas (por demostrar quien está más cerca de Dios (versión clerical de quien la tiene más larga). Detalles sobre el Estado Vaticano en cuanto a su poder: una de las más eficientes diplomacias: 120 nuncios apostólicos (embajadores) distribuidos por el mundo, relación con 184 países, 5300 obispos, 400.000 sacerdotes, 1.400.000.000 millones de fieles, status de observador permanente en Naciones Unidas, aunque sin derecho a voto. Se preguntarán ustedes ¿qué tendrá que ver esta noticia con el título que le he puesto? Escucho por radio que hoy la iglesia conmemora el 108 aniversario de la aparición de la Virgen en Cova de Iria, pequeña localidad cercana a Fátima, en 1917, tiempo de la Primera Guerra Mundial, ante tres niños cuidando un rebaño de ovejas, conocidos desde entonces como “los pastorcitos de Fátima”(el diminutivo tan horrible en literatura es siempre conveniente en materia religiosa, ya que si se descubre un error (o un casi imposible engaño) será juzgado como pecadillo (ya que estamos, en toda su inmensa obra Borges emplea sólo 2 diminutivos (1 evitable) “cuchillito” y “corredorcito” (sepa el lector encontrarlos y haya paz en el mundo, amén)) eran ellos Lucía dos Santos de 10 años, y sus primos Francisco Marto de 9 años y Jacinta Marto de 7. Pues bien ya nos vamos acercando, nos queda pagar los 13 euros para tomar el tren de Fátima a Lisboa y en poco más de 1 hora y 30 minutos recorreremos los 120 kilómetros que las separan, tomaremos luego el subte y nos alojaremos en el hotel Borges en la Rua Garrett 108/110, lindante con el Café La Brasileira en el 120/122 de la Rua Garrett y vecino de la librería más antigua del mundo Bertrand de 1732 ubicada en el 73/75 de la Rua Garrett, y ahí tomando un café y comiendo un pastel al lado de la estatua de hierro de Fernando Pessoa, me acordé de Manuel Vicent (1936) por lo que les voy a contar y verán que todo cierra. Creo que nunca estuve en una geografía tan literaria como esta: revisemos Borges, Pessoa, Vicent, Rua Garrett ,poeta romántico (1790-1854), librería de casi tres siglos y la historia que hace muchos años nos contó Manuel Vicent en la librería aquí en San Isidro, que es donde estoy, ya que el recorrido lo hice pero en 2006 y el boleto no costaba 13 euros sino 9 según mi bitácora de entonces; y bueno mis bitácoras también son receptáculos literarios. La historia de Vicent, la pueden leer completa en “Los Mejores Relatos de Manuel Vicent” Editorial Santillana. Entonces Vicent nos contó que un día en el mismo café donde ubico este relato, al lado del ferroso Pessoa, pegada a Bertrand y al hotel Borges, todos sobre la Rua Garrett, se encontró con la Virgen de Fátima cuyo nombre no era el de Virgen María de Nazaret sino Mary Wilkin bellísima mujer inglesa de ojos azules y pelo rubio rojizo entonces ya de 87 años, “alta, distinguida, con abrigo de astracán, pañuelo de seda al cuello, botines de terciopelo y gorro de lana”, viuda no de José de Nazaret sino de Roberto Pinheiro, topógrafo de Oporto. Fue Mary Wilkin quien le contó a Vicent que en 1917 después de haber hecho el amor bajo una acacia, plena de vigor y de alegría caminaba por el bosque cercano a la Cova de Iria, mientras su joven marido medía con un teodolito la futura traza del camino que estaba construyendo y de pronto se desató una tormenta con rayos y truenos (pero sin centellas) que la hizo guarecerse bajo un árbol frondoso y entonces Mary Wilkin, bella de 19 años, sin nada de virgen, trepada a una enorme horqueta del árbol vestida de blanco largo, descalza con manto azul que le cubría la cabeza apareció ante la vista de los tres ovejeros, perdón “pastorcitos de Fátima” envuelta en una niebla que parecía una nube celestial y ante la pregunta de los niños ¿quién eres, de dónde vienes? la respuesta espontánea de Mary Wilkin expresada en una lengua entre inglesa y de precario portugués anunció que acababa de caer del cielo y ello fue el inicio de un juego que se repitió durante una semana. Nos contó Vicent que Mary le dijo que partió con su marido a Londres a visitar a la familia y que a su regreso a Portugal quedó entre preocupada y sorprendida por lo que fue el origen del milagro de Fátima, ya que miles llegaban en peregrinaje al recién inaugurado santuario, y su consiguiente marketing de velas, estampitas, pasteles, souvenirs, turismo y un larguísimo etcétera. (El relato lo encontrarán como “La Señora Inglesa de Fátima” y en Google pueden leer la nota de Vicent del 25 de julio de 2010 aparecida en “El País de España”.

    Una reflexión final, sólo los reyes, los papas, loa actores en sus diferentes personajes son los individuos que cambian de nombres según el papel que deban representar, bueno y últimamente nos hemos acostumbrado a inventarnos un alias para el home banking, hecho que hubiera espantado a Thomas De Quincey (1785 – 1859) que “En el Sistema de los Cielos” se pregunta “¿Por qué un mundo decente habría de usar un alias?”, sí, ¿por qué?

  • RAPA NUI

    Es mayo 2003, acabamos de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Mataveri, en Hanga Roa, capital de Rapa Nui. La Isla de Pascua tiene 163 kilómetros cuadrados y alrededor de 5000 habitantes. Este es un viaje de trabajo. Llevo gente de universidad norteamericana. Me levanto temprano. Mi habitación da a un parque que termina en pendiente rocosa y cae suavemente al Pacífico. Salgo a caminar; al llegar a la orilla del risco veo a tres Rotwailers deambulando por la orilla del mar. Fieles custodios de nuestra seguridad. Noto que me han olido, miran hacia donde estoy, se bhabrán preguntado ¿turista o intruso?, deben haber optado por la última, avanzan, retrocedo, aumentan la velocidad, llego agitado, cierro la puerta de la habitación. Pido el desayuno en el cuarto.

    Frutas, yogurt, huevos, tostadas, queso y café calman mi ansiedad. La mujer que me ha traído la bandeja juega con Haki, Tongui y Kongo: los tres ahora, parecen corderitos. El guía local nos inicia en el misterio de Rapa Nui a medida que recorremos los pedestales pétreos, los Ahus donde están montados los Moais, que, nos informa fueron emplazados entre los siglos XIII y XVI por los nativos llegados desde la Polinesia alrededor del año 1000. En la zona llamada Poike, se yergue, dándole la espalda al mart Ahu Tongariki, compuesto por los 15 Moais, el más grande de los cuales pesa 86 toneladas, nos dice y agrega el guía, nacido en la isla, que en la zona está el volán Poike, que habría surgido del fondo del mar hace 3.000.000 de años y cuya última erupción se estima que pudo haber sido hace 900.000 años, otros dicen 705.000 y otros 230.000. Miro el paisaje, muy verde, con ondulaciones y grandes vrocas y siento la insignificancia de la biografía ante tales números. ¿Qué significan 3.000.00 de años? Escucho que nos dice que Rapa Nui es Ombligo del Mundo, y yo que pensaba que era el Qosco, y tal vez algún emperador romano, habrá sostenido con la misma convicción que era Roma, y un chino con poder está seguro que es China, así como Margaret a punto de dar a luz, piensa que su panza es el ombligo del mundo. Conversamos. Comemos deliciosos pescados recién llegados a la costa en una barca amarilla y bebemos Pinot Gris. Compro unas postales en un negocio de souvenires y un mínimo libro, casi un folleto, que tiene tres cuentos de Katherine Mansfield “Marriage a la Mode”, “Life of Ma. Parker”, “The Doll’s House”; por la tipografía parece una edición pirata de The Collected Stories de Penguin.

    A la noche le “The Doll’s House”, así se llamaba el jardín de infantes donde inicié mi escolaridad y mi primer acercamiento al mundo inglés de la mano de Mrs. Kember, cuyos ancestros, según me contó muchos años después, venían de Cornwallk. Me ganó el cansancio y debo haber soñado con volcanes que expelían Rotwaillers, los maoríes de New Zeland me sonaron a Moaies e imaginé a Rapa Nui como la isla emergente de una cordillera submarina, uno de cuyos picos puede ser la tierra donde naciera Katherine Mansfield. El

  • SEGOVIA

    Es España, es febrero, es 1981. La función hace al órgano. Haber trabajado de albañil; hacer la mezcla, cortar ladrillos y tejas por más de un año, ver crecer desde la tierra un muro de piedra, me hacen ver el soberbio acueducto romano de una manera diferente: ahora sé lo que duele la piedra en el cuerpo, conozco la emoción al ver la obra terminada.

    Voy por la carretera de Segovia a Soria con Navacerrada cubierta por la nieve, voy pasando por los pueblos de Sotosablos, Matabuena, Matamala, Arcones, Arconcillos. Bajo del taxi y sigo por la carretera a pie; atravieso Rades altos, Rades bajos. Por momentos se confunden los manchones de nieve con los cuerpos lanudos de ovejas y cabras. Subo la loma y entro por un enorme portal de madera gruesa en la amurallada ciudad de Pedraza de la Sierra. Curioso, siento que estoy violando un espacio ajeno, me siento como un invasor. Intramuros, extenso playón. Pronto se disipa esa extraña sensación. Paro por un vino de pellejo, chorizo, queso, pan; es lo de Don Mariano.

    “Es pellejo de cabra, el único que vale”, me aclara Don Mariano. “El pueblo se remonta al siglo X, tiene su castillo, es de los Condestables de Castilla, que luego fue del pintor Zuloaga”. “Nací aquí en 1902”, me señala su casa. “Labré el campo”, lo repite varias veces con orgullo. “Toda mi vida la pasé en Pedraza, que siempre ha sido un pueblo de señoritos, gente de título, péro vaya hombre, había gente pobre también”. Me cuenta que viajó a Madrid, donde vive uno de sus cuatro hijos, también fue a Ávila, Segovia y Salamanca. Cuando le cuento mis viajes, entre curioso y extrañado, se sienta a mi mesa, se acomoda la bufanda y ahí comienza una larga y amena hora y media de charla sobre Latinoamérica, India, Nepal, Inglaterra.

    “Yo noto, que ahora el pobre vive mucho mejor que entonces; la gente no tenía dinero, bueno vaya, los señoritos, pero uno; yo trabajaba con unas especies de sandalias abiertas que llamábamos “abarca” y abrigábamos el pie con unos lienzos, bueno se llamaba “pedal” y luego para el domingo y fiestas calzábamos borceguíes, pero dinero nada, en esa época gentes con un millon de pelas, no había en Segovia más que diez. Yo conocí el automóvil, no sé, unos sesenta años atrás; llegaba uno al pueblo y salíamos todos a verlo, a tocarlo, ahora pues todo el mundo tiene coche. yo nunca monté en avión”.

    Hoy en San Isidro, diciembre de 2025, he copiado lo entrecomillado de una de mis bitácoras que registró el encuentro. Sin duda Don Mariano está muerto, como muertos están Madame Eglantine, Don Nerón, el lechero Smith, el campesino bajo, tosco, hosco de alpargatas raídas, “and in the long term” como decía Keynes, todos estaremos muertos. Mario Vargas Llosa, no recuerdo en que novela dice algo así como “la historia no es lo que pasó, sino lo que recuerdo que pasó”. Estos personajes son “históricos” en tanto los recuerdo. La narración de mis viajes, Europa, India, al igual que el instante que acaba de suceder, corren la misma suerte.

    Al segundo día ya me llaman por mi nombre. En el bar de la Plaza Mayor, me veo jugando a los dados con Don Victoriano, Doña Felisa, Don Feliciano. No me veo, pero la bitácora dice que pasé a tomar un café en la hostería y parador “Pintor Zuloaga” y terminé en una fiesta de bodas campesina en la que si me veo bailando con la novia muy robusta en carnes y muy bella, bebiendo vino, no de pellejo, sino de una estupenda bodega española, comiendo jabugo delicioso, y los novios se fueron en un Mercedes descapotable. Sin dudas los tiempos han cambiado y seguirán cambiando.

  • LA CHIQUITANÍA

    Cada vez que reecorro América Latina, me pregunto si no sería más correcto llamarla América Católica. El número de catedrales, iglesias, conventos, monasterios, es tal, que por momentos abruma. En lo que va del siglo XXI he vuelto al sur de Brasil en 2002: Curitiba, Ilha Belha, en 2003 estuve en Río, San Pablo, Belho Horizonte y Ouro Preto. También ese año anduve por Chile, un gran viaje desde Santiago a Punta Arenas, Puerto Natales, Puerto Montt, Puerto Varas, Valdivia, Temuco, Isla de Pascua. En 2007 viajé a Bolivia, estuve en Santa Cruz y desde ahí recorrí la Chiquitanía. En 2013, estuve en La Paz, Cusco, Lima, Quito, Guayaquil y las islas Galápagos. Volví a Chile en 2017 y 2018: Santiago, Valparaiso y también en 2018 viajé a Guayaquil, Loja y Vilcabamba.

    En la Chiquitanía ese poder omnipresente, abrumador, barroco sólo comparable con la invasión de los celulares en la vida privada de los últimos 25 años. La Chiquitanía es el Imperio Jesuítico. La Compañía de Jesús fundada por Iñaki de Loyola en 1534 fue aprobada en 1540 por el Papa Paulo III y confirmada en 1550 por Julio III (se adelantaron muchos años a otras compañías imperiales como la Compañía Británica de Indias Orientales de 1600). La fórmula institucional de la Compañía de Jesús reza: “Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su esposa, bajo el Romano Pontífice Vicario de Cristo en la tierra”. Opinó Napoleón de la militancia de los “compañeros jesuítas”: “Son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. El objetivo de esta organización es el Poder absoluto, universal. Poder para controlar el mundo. El jesuitismo es el más absoluto de los despotismos y a la vez el más grandioso y enorme de los abusos”.

    Cusco y Quito evidencian la puja entre jesuitas y otras órdenes religiosas. Impacta la Plaza Central del Cusco (Qosco, ombligo del mundo), donde se descuartizó a Tupac Amaru, la visible puja de dos inmensas iglesias tratando de ocupar la centralidad: por un lado la Catedral terminada en 1660 después de 100 años de trabajos, construida sobre el antiguo palacio del Inca (Huiracocha) y el palacio de armas del Inca (Sunturhuasi) y la iglesia de la Compañía de Jesús de 1668, edificada sobre Amarucancha. Siempre leí esto como dos casas bancarias compitiendo por la centralidad del mercado.

    Es la tercera vez que visito Cusco, en épocas muy diferentes. Aquel primer viaje iniciático a los 15 años y nuevamente a los 18, diría que fueron el mismo viaje, o yo, con seguridad era el mismo. En 2013, ha pasado medio siglo, ni el lugar y mucho menos yo somos los mismos, Starbucks, Mc Donald’s, Burger King no estaban en esta ciudad. Tampoco había entonces un Papa jesuita y además argentino. Que una sociedad como la nuestra haya engendrado semejante hecho en tan sólo 197 años de vida como nacióin es un tópico que bate todos los records. Que en menos de dos siglos hayamos creado las condiciones para que un individuo porteño conduzca la institución más antigua de Europoa y que además sea peronista, eso nos describe a la perfección como una sociedad estructurada verticalmente, con deficiencias democráticas e inclinaciones autoritarias. Es bueno recordar que el ser humano es el único animal simbólico y si uno presta la debida atención, los 32 rayos del Sol de Mayo, copian a los 32 rayos del emblema jesuita (16 de ellos rectos, 16 flamígeros).

    Es el mes de julio, es 2007, estoy en Santa Cruz de la Sierra. Anterior vez en esta ciudad, fue en 1973, llegamos entonces en los buses de Morales Moralitos, desde La Paz, con el objeto de tomar el tren hasta Corumbá, Brasil y de ahí a San Pablo. Otros tiempos, sin embargo, son las mismas voces de los vendedores ambulantes: “arrocito con pollo”, “chicha morada”. En ese entonces gritos de esquina a esquina, ahora amortiguados por el ineludible celular: idéntico timbre en Manchester, Capadocia y Santa Cuz de la Sierra. Siempre lo universal, ayer las campanas y la cruz, hoy I Phone y Samsung.

    Recorro la Chiquitanía: San Javier, Concepción, San Miguel, San Rafael, San Ignacio de Velazco, San José de Chiquitos. La belleza de los templos abandonados por más de 200 años, muestra hoy el resultado del trabajo de restauración arquitectónica y artesanal de suizos y bolivianos. Durante 25 años Hans Roth dedicó su tiempo a esta tarea hasta que murió en Suiza en 1999, aún soñando con sus iglesias. Me llamó la atención esta relación tan estrecha entre dos culturas, que al menos en la superficie, no parecen tener mucho en común; uno de los países con mayor renta per cápita (86.600 U$S), y el otro con un PBI muy alejado (3.143 U$S); sí comparten, en cambio la mediterraneidad, dos grandes lagos Titicaca y Lehmann, montañas muy bellas Andes y Alpes.

    También llamó mi atención, la adaptación de las estaciones del vía crucis a la actuaslidad; una de ellas muestra la muerte de Jesús y su enterramiento en una fosa, boca abajo y con las piernas sobresaliendo en forma de V; en otra se observa a los esbirros romanos, representados como soldados de uniforme camuflado color verde oliva portando pistolas y metralletas; en otra aparecen topadoras, tractores y camiones. La representación del poder no cambia: fe y armas, en el siglo I y hoy.

  • THE MERMAID INN (1420)

    Es mayo, es 1978, es East Sussex, es Rye, es The Mermaid Inn que exhibe orgullosa e impúdicamente su edad (rebuilt 1420), nos sentimos brutalmente agredidos por el dato (72 años antes de que Colón llegara a América y 400 años antes de la existencia de la Argentina como nación, ya había ingleses emborrachándose en esta taberna). Comemos cordero y acompañamos con hongos, zanahorias y espinacas, bebemos Guiness, ignorantes, fascinados.

    The Mermaid, guarida de contrabandistas, la banda de Hawkhurst que asolaba la región a mediados del siglo XVIII. Rye junto con Winchelsea, eran el respaldo de los cinco puertos: Hastings, New Romney, Hythe, Dover, Sandwich que protegían a Gran Bretaña de invasiones externas. Lugar de exilio de Henry James, que cuando pudo comprar Lamb House a metros de The Mermaid, se sintió por fin viviendo en su añorada Washington Sq. de su New York natal devorada por el progreso imparable, que tanto lo agredía y que tanto me fascina. He regresado a Rye incontables veces, en verano e invierno y nunca dejé de almorzar o comer en la taberna. Representa para mí el arquetipo platónico de lo que es un espacio público y recoleto, la esencia de un “public bar” británico que llega a la apoteosis si afuera llueve y la chimenea está encendida. Sitios como este son para el viajero el ámbito para la reflexión y si estoy comiendo con gente, son lugares de alegría fraterna. Si en cambio, estoy solo, veo llegar a Henry James (ese laberinto triste), se acerca luego William Henry Hudson (autor de uno de los pocos libros felices), ata su caballo criollo Don Roberto (uno de los tantos ingleses que supo percibir los matices criollos), asiste Joseph Conrad (quien corrigió el inglés a los británicos, como a nosotros el español, Paul Groussac) y se una a la mesa Jorge Luis Borges a quien pertenecen las observaciones entre paréntesis.

    Escribir, viajar, desterritorializarse: en el viaje estoy liberado de rutinas o si se quiere es la única rutina que no me fatiga. En el viaje estoy como en una película cuya escenografía está puesta por otros y el argumento se va consolidando a medida que el viaje transcurre. Me suele pasar que viajando en tren experimento la sensación de que es el exterior el que se mueve y va pasando como un caleidoscopio que va uniendo filigranas y figuras que a medida que lo giro aparece una cúpula de pizarra negra que vi en Brujas, que al estirarse se transforma en Huaino Picchju desde cuya cima diviso el glaciar Upsala en Santa Cruz, donde el vuelo de un cóndor, me remite a un halcón en Dubai que devora carne roja de mi mano enguantada y el repicar del ave deviene en el traqueteo de un tren de la New Jersey Transit en el momento que pasamos Orange y de pronto me siento en Holanda y pienso en Baruch Spinoza cuando la Mahamad decide castigarlo con la Herem y el rabino lo maldice y prohibe que se le hable y ni siquiera que se lo mire y me recuerda el rostro de la señora en Malvinas, que sabiendo que yo era argentino me dio vuelta la cara y en compensación se me aparece la sonrisa del lechero Smith y entro en Smithfield y súbitamente estoy en el Mercado de Hacienda de Liniers y entonces Niort, Francia donde el 25 de julio de 1753 nace quien va a ser con el tiempo Conde de Buenos Aires y ante quien se rendirá Beresford gobernador de Buenos Aires, derrotado por quien desembarcó en el Tigre y quien en 1810 después de la gloria será fusilado en Cabeza de Tigre, Córdoba y pienso en el tigre de Bengala y estoy en India y veo los dibujos que de niño hace Borges del tigre y estoy en el Tigre donde termina el delta del Paraná y me dejo arrastrar por las aguas abrazado a un tronco y paso flotando por el muelle de Pacheco en San Isidro cerca de donde está el Ombú, y es el cuento de Hudson y vuelvo a The Mermaid donde el improbable almuerzo de los escritores está llevándose a cabo porque la realidad no es sólo lo que vemos y decimos y sentimos, sino que es la invención más alucinante que el hombre ha creado como Mircea Cartarescu dice en “Solenoide” y llego entonces a una cama en cualquier hotel de cualquier ciudad de cualquier país, cansado y me duermo pensando que alguien se entretiene moviendo un caleidoscopio donde un personaje, un tal Alejo Santos cae desde la punta de un cristal color ciruela a un redondel amarillo y desaparece porque un conejo apura el tranco para que la tortuga de Aquiles no le gane la carrera que ganará porque el tiempo y el espacio y What the Hell are we all doing here?

  • MUSIC & SEX

    No sé hablar sobre música; no porque no me guste; me encanta, pero no se nada de ella. Mi argumentación se reduce a decir ‘me gusta / no me gusta’. No puedo hablar como otros hablan de ópera o de tango o de jazz. No sé mucho de bandas, nunca he sabido.

    Estoy en Maidstone, Kent, en el Castillo de Leeds, uno de los más lindos del Reino Unido: paredes de piedra color ocre, foso pleno de agua y de cisnes, lo separan de un inmenso parque ondulado, rodeado de un espeso bosque. He venido a pasar el día y a gozar la Obertura 1812 de Tchaicovsky, lugar perfecto para escuchar y ver los cañones que festejan la detención del ejército de Napoleón en su avance sobre Moscú. Es verano, es 1978. Invité a Ana, una chica polaca, profesora de francés a punto de terminar la carrera de psicolingüistica. No me gusta físicamente, me atrae su inteligencia, me molesta lo mal que habla inglés, cada rato tengo que repetir lo que dije, su manera de reirse es casi la de una hiena, sus dientes están amarillos de nicotina, es rubia y está excedida de peso. ¿Qué hago aquí?, pero no mi clásico what am I doing here?, sino ¿qué hago en esta situación con alguien que no me gusta y no sé por qué invité?

    Estoy en Wembley, es 1978, es un concierto de “The Who”, primer concierto de rock al que asisto en Inglaterra. Gran cantidad de gente en los alrededores del estadio, mucha policía. En el interior banderas, impresiona la cantidad, son sábanas blancas con pinturas caseras: todos son penes, grandes pijas flameando. Nunca entendí por qué, tampoco hice mucho esfuerzo en averiguarlo. Mucho alcohol, mucha marihuana, varios desagradables masturbándose. Musicalmente, me encantó. Ya regresando en el tren, sin embargo más que la música me impactaron las banderas; vino a mí “Alta en el cielo un águila guerrera” y me acordé de una maestra de la primaria; la señorita Ofelia, una suerte de sargento de caballería con guardapolvo blanco; vigilaba que tomáramos distancia y estuviéramos firmes. También se cantaba “Marcha a la Bandera”, el estribillo dice “Es la bandera de la patria mía, del sol nacida que me ha dado Dios”. Mientras miraba por la ventanilla del tren cómo se iban encendiendo las luces de los distintos barrios de las afueras de Londres iba recordando:Bandera,Sol, Patria, Dios. Era el Mundial 78 en Argentina y me imaginaba que todo estaría pleno de banderas, nacionalismo y Dios.

    Manuel Belgrano, el 27 de febrero de 1812, frente al Paraná, en Rosario, tomó los colores, no del cielo como había dicho la señorita Ofelia, sino de la escarapela (¿nacional?) que fue el distintivo que Pueyrredón le había hecho colocar a los soldados y gauchos en Luján, donde había agrupado a su gente para marchar en defensa de Buenos Aires en 1806. La razón por haber elegido los colores, es porque en ellos se representa la imagen de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina, que no es otra que la Inmaculada Concepción de España. Los colores celeste y blanco son además los colores con que la realeza española engalana sus uniformes con una banda, en ceremonias oficiales. El color blanco es el color de los Borbones al que agragaron el celeste de la Real Orden de Carlos III. Cuando Belgrano se gradúa de abogado en Valladolid, jura defender el dogma de la Inmaculada Concepción, cuya vestimenta es túnica blanca y hábito celeste, colores que a su vez decoran el escudo del Consulado, creado por él en Buenos Aires.

    Por aquí mucho pene idolatrado y allá Concepción pura y limpia. El mismo Pueyrredón se dió cuenta que la bandera nacional se parecía demasiado a la imperial y le hizo agregar el sol, que es el Inti de los Incas y que diseñó el peruano Juan de Dios Vera Tupac Amaru. Pero hagamos un eclipse de sol y volvamos a la música y los penes.

    Estoy ahora en París, entrando en el cementerio de Pere Lachaise (1804), recorro parte de las 43 hectáreas y me detengo en los mausoleos de Chopin, Delacroix, Proust, Colette; me sorprendió que Madame Lynch, la mujer de Francisco Solano López estuviera allí y de que Juan Bautista Alberdi (1810-1884) hubiera comprado una parcela, pero luego fue repatriado.

    Llego a la tumba de Jim Morrison, el lider de The Doors. Morrison está en una tumba de bronce que reproduce su imagen acostada de cúbito dorsal. El material oscurecido por la exposición a la intemperie, tiene sin embargo el protuberante pene lustroso de tantas masturbaciones que se hacen sobre el mismo, de acuerdo a lo que se publica en los avisos clasificados de Le Canard Enchané que promueve ese homenaje participativo.

    Trincomalee, Sri Lanka, 1980, concierto de Ravi Shankar, la cítara y el ron nos embriagan, estoy con Maggie, una chica australiana y con otra pareja, Mónica de Roma y el francés Charlie, con quienes vengo viajando hace una semana. Arena, música, calor, los cuatro nadando desnudos y totalmente maculados, nos quedamos dormidos en la playa. Al amanecer nos despiertan dos policías con bastones largos (idénticos a aquellos con los que me sacaron de la Facultad de Derecho en 1966), era entonces el golpe de estado del inmaculado Onganía.

    Delito contra la moralidad, desnudos en la playa “Horror!, Horror!, Horror!”

    ¿Cárcel o rupee?, ustedes eligen.

    Rupee.

    Poca rupee, “we want more rupee”.

    “No more rupee”.

    “We accept dollar”.

    “Rupee and dollar, terrible crime and Never more, never more, never more”, nos fuimos cantando los versos de “The Raven” de Edgar Allan Poe.

    Hay más penes aún, es febrero, es 1981, voy a caminar los verdes senderos de Galicia, el camino de las estrellas, la ruta Jacobea, el Camino de Santiago.

    Dejo el Midi, pleno de rocas y garrigue, necesito música líquida, la misma que hoy golpea las ventanas de mi casa en San Isidro. Leo en mi bitácora de entonces “Voy a hacer el trabajo en el que me siento más responsable: viajar”. Leo, que tomé el tren en Avignon y fueron pasando Montpellier, Bezieres, Narbonne, Carcassone, Toulouse, Lourdes, Saint Jean de Luz, Hendaye, San Sebastián, Bilbao, entro en Cantabria, Santillana del Mar, Burgos. No ha parado de llover en el país vasco, veo campos y vacas lecheras por todas partes y en Burgos llueve torrencialmente. Salgo de la monumetal Catedral y busco refugio en un taller mecánico. Entre los carteles que anuncian Electricidad, Carburación, hay un pizarrón que dice: “Hoy bacalao al pil pil”. Mesa con mantel de hule, varios parroquianos, obreros de la construcción, tamberos, mecánicos, Bernadette. Comemos, charlamos, bebemos vino de la Rioja. Bernadette que es del Jura, en la frontera con Suiza, va en la misma dirección. Miramos el mapa y decidimos ir hasta León y de allí a Sarría y ahi haremos caminando algo más de 100 Kilóimetros hasta Santiago. Pensamos en 5 días de caminata; Sarría Portmarín 22 Km, de ésta a Palos del Rey 24 Km, de ahí a Arzúa 20 Km, a Rua 19 y de ésta a Santiago, los últimos 21 Km.

    Pienso que si hubiera vivido en los siglos IX a XII, no habría sido un penitente peregrino, sino más bien uno de los pícaros, aventureros, trovadores o goliardos que tan bien ha descripto el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz en el Libro del Buen Amor. Tal vez me habría dedicado entonces a leer el destino de los peregrinos haciendo trucos con las barajas españolas de uso abusivo en la época, ya que en el Estatuto de Juan I de 1387 se prohiben con severas penas.

    -Mira Alejo, me instruyó Bernadette, las copas, representan la sensualidad, el amor, la diosa Venus; las espadas, son la ley, la justicia, el derecho; los bastos simbolizan el poder y la voluntad y los oros, la fortuna, el dinero, la estrella de David y la energía.

    Bernadette me informa que cuando lleguemos a la plaza del Obradorio, tenemos que visitar la iglesia de San Fructuoso, donde hay cuatro estatuas que serían representación de las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, pero que mirando con atención -me dice- cada una representa a los respectivops palos de las barajas españolas. Le enseño a jugar al truco y pronto me empezó a engañar y a ganar. Así que convencidos que ‘con pan y vino se hace el camino’, nos ponemos en marcha. Compramos para nuestras mochilas dos conchas de Santiago, que es lo que sirve de divisa al caminante. Pero dije penes, no conchas y aquí vienen.

    Desde León nos fuimos a la Colegiata de San Isidoro, la cumbre del románico español. ¡Qué poder, el de la Iglesia! ¡Qué manera de hacer marketing, qué sistema! ¡Cómo marcó el compás! Después de las tropelías, asaltos, robos, violaciones y muertes que ocurrían en el Camino de Santiago, el Papa Calixto II en el siglo XII, establece la obligación de dar protección, pan, vino, albergue a los peregrinos en los conventos, iglesias y hospitales que abundan. Ese fue el Liber Sancti Jacobi o Codex Calistinus, considerado la primera guía turística de Europa y origen del pasaporte del caminante que aún hoy se entrega a los peregrinos.

    A unos 10 Km de Santiago, nos desviamos para pasar la noche en Labacolla, pequeña población que entonces no tendría más de 60 habitantes y que hoy Wikipedia me informa tiene 168, 95 son mujeres y 73 varones (año 2012) El código establecía que en ese poblado se erigiría el lavaméntula o lavapene, para llegar en estado de pureza corporal al santuario: “Habrán de lavarse todo el cuerpo, pero en especial los testículos y las partes pudendas”, y sí claro, dormimos, comimos lacón con grelos y nos dimos una ducha con especial atención a mi méntula y a su coquille.

    Seguí después para el sur y Bernadette para el norte y nunca más supimos el uno del otro. Modos de vida, maneras de responder a What the hell are we all doing here?

  • AMBOISE (1979) FLORENCIA (1981) BUENOS AIRES (1982)

    Es 1979, recorro la ruta de los castillos del Loire, van pasando Blois, Brissac, Chambord, Chennonseaux. Llego a Amboise, camino el castillo, bajo por la famosa escalera de Francisco I. No sé si la palabra es ‘maravilloso’, creo que me inclino por ‘encantada’. Sí, la zona, los bosques, los castillos me producen encantamientoi, que creo que expresa mejor la sensación de cuentos de hadas, que los castillos me provocan. Sí, claro, las guerras de religión, las luchas por el poder, el campesinado, los soldados, los calabozos, lo de siempre: ¿quién la tiene más larga, ancha y rugosa?

    Entro en Clos Luce a rendir homenaje silencioso y solitario a Leonardo (1452-1519), invitado por Francisco I en 1516. Leonardo cruza los Alpes, supongo que a lomo de mula, con algún ayudante y cargado con sus pliegos, sus proyectos, pinturas, ideas, mecanismos donde hay desde tanques a dirigibles, helicópteros, aviones, y alguno ha imaginado hasta molinillos de pimienta.

    Es diciembre de 1981, regreso por tierra desde Turquía y antes de llegar a Génova, donde me embarcaré después de cuatro años de viajes rumbo al Río de la Plata; esa inmensa alfombra líquida que baña a Buenos Aires. Paramos en Florencia, un magnífico espacio urbano para despedirme de Europa. Estamos en la Plaza de la Señoría después de haber comido en Enoteca Pinchiorri inolvidables langostinos, el famoso estofado toscano que responde al musical nombre de Scottiglia que es un increíble plato campesino y unas tarteletas con mousse de banano de postre. Bebimos acorde al lugar y al acontecimiento.

    Es una noche fría, estrellada. Nos rodean los Medicis, Miguel Ángel, Galileo, Cellini, Donatello, Bandinelli, Maquiavelo, el espíritu del Renacimiento y el recordatorio próximo a la fuente de Neptuno de Bartolomeo Ammannati de que ahí el 23 de mayo de 1498 fue colgado y luego quemado por herejía Savonarola (1452-1498), para que nos sigamos dando cuenta. De pronto miro hacia el cielo y un enorme dirigible plateado, con logo de Air France, avanza con lentitud por sobre el Palazzo Vecchio, por sobre el David, por sobre los tiempos e imagino en su interior a Leonardo guiñándonos un ojo.

    Después sí, el Federico C, el mar eterno, infinito, el olor a Río de la Plata.Encuentros, asados, amigos, jardín, narraciones, aquí estaba nuevamente en la patria, con los escasos cuatro dólares con que llegué que espantaron tanto a mi padre, que murió de un infarto (no por mi exiguo capital, quiero creer) sino el día de la rendición en la guerra por Falkinas.

  • MÚSICA LÍQUIDA

    Es Glasgow, es Escocia, es invierno, es enero 2019, está frío, llovió y luego salió el sol a las tres de la tarde. Además es domingo.

    Es Loncoche, es Chile, es verano, es enero 1975, frío, es de noche, llueve con una intensidad tal que parece que estuvieran zapateando en el techo de la hostería en donde intentamos y logramos, al fin, dormir. La lluvia de Loncoche es la que me gusta, una lluvia en serio, un arrebato musical, es Beethoven tocando como un poseso, pero pueden ser también Mozart o Piazzola. Es el tipo de música que llamo ‘música líquida’, es una fiesta, es como el Mercado de Hacienda de Liniers en Mataderos y su ópera vacuna.

    La lluvia de Glasgow es Chopin a las seis de la tarde un domingo en edad escolar y luego se escucha un acordeón ejecutando un tango: eso se llama llanto. Si hay una sensación de angustia, de tristeza y de abandono, es cuando sale el sol a la hora que tiene que ocultarse. Es el sol de las seis de la tarde después de una lluvia en Buenos Aires o su equivalente en Glasgow a las tres.

    Tomo un café en una de las esquinas de Bath Street; una pizzería hecha no para agradar al comensal, sino tan sólo para ganar plata, atendida por un napolitano que hace diez años vive aquí, huyendo del caos de Nápoles. Estoy con dos escoceses que viven en Sitches, hartos de la ‘frialdad’ de los sajones.

    Miro por el ventanal de la pizzería, el pavimento está mojado, se ven cables de teléfonos, electricidad y TV cruzando las calles , como si quisieran tachar el cielo. No se ve árbol alguno y los muros blanco-amarillentos que nos rodean, exaltan la desnudez urbana. Cruza la calle una pareja joven con un bebé en un cochecito; entran en un edificio cuyas paredes están descascaradas y en la entrada hay varios contenedores para residuos. Al rato se enciende una luz, en lo que supongo será su “flat” alquilado y calefaccionado por una estufa a gas que hay que alimentar con monedas. Esas escenas provocan una tristeza devastadora en mí. Son como un tsunami que me despoja hasta de la vergüenza: saldría a la calle y me pondría a llorar sin consuelo. Es entonces cuando le pido a James Joyce, esa escena frente al Oriental Tea Co. Y súbitamente en Bath St., los cables de teléfono se transforman en lianas donde se hamacan monos, la pareja arroja ramilletes de orquídeas desde la ventana de su flat y ateridos de frío caminamos hacia la estación a tomar el tren para Edimburgo.

    Comemos en un restaurante, al abrigo de una chisporroteante chimenes: sopa de langostinos, gigot con papas y hongos, Chateau Neuf du Pape 2012 y ahora sí, llueve en serio. otra imagen de la felicidad.

    Antes de dormirme me pregunto ¿por qué me afecta tanto esa imagen de desolación de Glasgow, por qué el domingo , al igual que diciembre me precarizan al extremo? Creo saberlo.

  • PINK MOON

    “Man we are in India”, y nos abrazamos.

    “We did it, man”, y nos volvimos a abrazar.

    Un carpintero del Mid West, un médico recién recibido de Fointainbleau, un filósofo de San Isidro, saltando de alegría en Rameshwaram, Tamil Nadu. Casi las Naciones Unidas, pero de verdad. Así nos sentíamos y el Mid West, era entonces, para mí, tan extraño como San Isidro, para ellos. Pierre corría con desventaja, tanto Gary como yo, conocíamos su espacio.

    Veníamos de Shri Lanka y habíamos compartido música y haschis y habíamos soñado con India, en mi caso en tardes de caminatas por la estación Juan Anchorena, como Gary la había imaginado en su taller de carpintero en Cleveland, Ohio a orillas del Lake Erie y Pierre mientras estudiaba anatomía, en los altos de la estación de trenes de Fointainbleau, donde su padre era el jefe de la misma.

    Viajamos algunos días juntos, nos separamos en varias ocasiones y nos volvimos a encontrar en Cachemira, a orillas del Lago Dahl, en Srinagar donde Hermann Hesse había escrito Siddharta. Compartimos una casa bote “Wild Rose” donde nos recomendaron una visita a Pink Moon.

    “You should try it Baba, you are in India, you have to try opium. Opium is an experience you’ll never forget”. Si, Oui, Yes.

    La noche era fría, era una noche de un cuadro de van Gogh, era el silencio que al menos a mí siempre me despiertan las obras del holandés. Pink Moon, estaba a las afueras de Srinagar, a la vuelta de un recodo, enclavada en la ladera. Era una bella casa de madera, con una terraza con sillones de rattan y una gran mesa de madera donde nos sirvieron infusiones. Después de media hora y varias tasas de té, un indio delgado, de piel oscura, barba, turbante negro y sarín blanco se acercó. Are you ready?, Gary was ready, Pierre was ready y los tres dejamos nuestro calzado en la entrada, pasamos a un pequeño vestuario donde nos despojamos de las ropas occidentales y nos vestimos con un túnica blanca de hilo: parecíamos tres monjes. Caminamos por una capa de alfombras que le daban a nuestro andar la sensación de estar caminando sobre arena, o sobre las nubes. En camastros de rattan, con almohadones de terciopelo para descansar la cabeza, nos acostamos.

    “La caída de la casa Usher” fue lo primero que me vino a la cabeza, las ilustraciones de Satty en esa espléndida edición de Warner Books y la comparación que el narrador de Poe, hace entre la otrora espléndida residencia de su amigo Roderick Usher y lo que desde el caballo veía, “que no puede compararse más que con el ensueño portentoso del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo”.

    La pipa encendida y la pasta roja de opio derritiéndose lentamente y aspiramos un humo denso, que penetró cada uno de los alvéolos de nuestros pulmones y Pierre sonriendo y cantando CHON CHON CHON (C17 H19 O3 N) la fórmula de la morfina de la que tanto nos había hablado, mientras tomábamos té en la antesala. Y volví a pensar en “Confessions of an English Opium-Eater” de Thomas De Quincey y sabía que cada uno de nosotros se iría a un mundo diferente con trenes y ojos y selvas y tigres y torres y cuchillos y encuentros con gente querida e imágenes de la niñez y muertos y animales y velocidad y pasó Gary volando y me pareció uno de los dibujos de Jean Cocteau de su libro “Opio”. Y “Los Paraísos Artificiales” de Baudelaire y sentí el placer y el vacío de la nada, como flotando, sin coyunturas y una voz interior que decía ‘dejate llevar como si fuera un río que te acaricia’ y la anotación de Cocteau “Y si el opio quiere”, entonces vi una pantera azul negra rugiendo y la mujer joven lloraba sin consuelo y quería abrazarla, pero el río me arrastraba y saltaron mis ojos, eran ellos los que veían entre otras coas el resto de mi cuerpo acostado y Hitler besaba impúdicamente en la boca a Pio XII; nadaban peces de colores en el aire: hubo tiros que destrozaban la corteza de eucaliptos, sucedió que fugazmente el sapo enorme se hizo escarpín; me bato a duelo, clavo el florete en una aceituna, me como el bigote de Dalí untado con aioli; me veo salir del caparazón de una tortuga, camino por Roma. Corre una liebre, salto del Empire State, viajo en una mariposa del tamaño del mar en noche cerrada, galopo un caballo blanco, leo en una balsa, monto un camello, acaricio una jirafa, mis ojos (no mi vista) miran desde debajo de la cama (así nos han de ver las cucarachas), una mano bate a nieve, el submarino está invadido por abejas.

    Pensamos que habían pasado horas, nunca tantas, fueron 28 y cuando camino a Wild Rose nos contamos la experiencia, supimos que la realidad nos exigía palabras que no la expresaban.

    Me sentí mientras narraba mi ‘viaje’, como los analfabetos copistas medievales, dibujando signos extraños que no podían comprender, si los mismos decían lo que entre ellos conversaban cuando en los descansos se juntaban a beber en las heladas galerías de los monasterios.

    Como Pierre, al igual que Gary, no pude más que mentir.