Categoría: Viajes

  • AÑO 2020

    2020 ha sido señalado como el año que nos permitió apreciar el caos y la falsedad con los que vivimos. Hay mucho de cierto en ello; pero cuando pase, porque esto también va a pasar, saldremos a festejar tan “mocosamente” como siempre. A seguir comiendo, copulando y cagando; ese CCC es nuestro ADN.

    Me inquietó, cuando en 1964, a orillas del lago Titicaca, los “indios” quemaban un gran muñeco y bailaban borrachos a su alrededor, burlándose de la soberbia del hombre blanco.

    Me sentí vulnerable, cuando en un cuatrimotor carguero, sobrevolando el Matto Grosso, el mecánico del avión que trataba de parar, sin conseguirlo, el continuo derrame de aceite de la nave, me comentó muerto de risa, que si no nos matábamos con la caída del avión, nos liquidarían los jíbaros de allá abajo, y me señaló unas columnas de humo que salían de la espesura.

    Experimenté cierto grado de locura, cuando entramos furtivamente en el Teatro Amazonas en Manaos: un teatro lírico construído en plena selva: eso sí que es desorden. Este panorama de caos se completó al recorrer los restos del Imperio Jesuítico en la Chiquitanía, imperio basado en la gloria de Dios.

    Hay otros hechos que si bien no puedo tildar de caóticos, me parecen sin embargo raros. Me impresiona que de los más de 300 millones de espermatozoides que viajan al encuentro de un óvulo, haya sido uno el causante de que yo sea. Raro, cómo para creérmela, raro para construir tanto ego, por una acción ajena y totalmente casual.

    ¿Cómo se las arreglan para ser jueces, emperadores, papas con semejante orígen? ¿Cómo me las arreglo con semejante conciencia?, y discuto y me enfado e insulto y me peleo defendiendo una verdad. ¿Verdad? Quien que no sea un cretino puede hablar de verdad. Soy de un país, donde muy suelto de cuerpo y de lengua, un militar expuso, y le creyeron, no una, sino 20 verdades. Murieron y mataron por ellas. Siempre me resultó raro que sin comprender cabalmente afirmemos tal cosa y no tal otra. Vivimos como si estuviéramos en un universo congelado, y lo único que se ve es movimiento y cambio.

    Joseph el de Benarés, cree en la reencarnación, yo no, pero me ha gustado jugar, en silencio a ello.

    Hay momentos yermos, de esos que cada tanto aparecen. Uno de ellos ocurrió una tarde de otoño, fresco pero no frío, en el caserío de Saussine, en el Gard. Había llovido desde la madrugada hasta el mediodía y luego salió un sol firme. Al terminar de almorzar, salí a hacer una caminata, hacia lo que llamábamos “la petite foret”, un bosquecillo joven pero tupido, sobre una loma, distante unos mil metros. Era un maravilloso lugar para jugar a las escondidas, cosa que hacían los hijos del alfarero cuando los visitaban otros chicos de pueblos vecinos, ya que permitía ver lo que sucedía en el pequeño poblado que constaba de nuestra casa, un granja de 1826 dedicada a la cría de gusanos de seda, la del alfarero Jeff, su esposa Cris y sus tres hijos que era una moderna residencia de piedra y ladrillos de no más de diez años; la de Madame Eglantine, más pequeña, pero tan antigua como la nuestra. La del suizo Leo y su novia inglesa. Leo, era una mezcla de Carlos Marx y José Hernández, corpulento, de pelo y barba tupidos, ella una lánguida y estrafalaria inglesa bastante parecida a una de las hermanas Sitwell. La casa había sido un galpón de la de Eglantine, que habían reacondicionado. Era un salón cocina comedor con chimenea, un dormitorio y un baño. Completaba el poblado una cabaña de piedra y madera de un señor jubilado y su hija fotógrafa que vivía en Suiza, pero solía pasar largas temporadas con su padre.

    Me encontraba en el bosquecillo, fumando Gitanes sin filtro mirando al pequeño camposanto custodiado por dos delgados pero añosos cipreses, que de haberlos visto van Gogh en sus recorridas por el Midi, hoy serían una venta de Sotheby’s de por lo menos 30 millones de dólares. Ellos señalaban las tres tumbas de los primeros dueños de nuestra casa. Una era de una niña de cuatro años muerta en 1835.

    Sí sabía por qué yo estaba ahí, en el campo francés, era consciente de mi elección y de sus consecuencias. Me sentía bien y por momentos feliz. Me dejé llevar por el pensamiento mágico de la reencarnación, tan real para Joseph, como para mí eran esos dos cipreses balanceándose levemente como dos alas de un inmenso pájaro verde.

    Los cátaros, considerados herejes por el Papa Inocencio III, proliferaban en la ciudad de Beziers, situada a menos de 100 kilómetros de Montpellier y fueron los asesinados de la Iglesia Católica, comandados por Arnaldo Amalric y Simón de Monfort en lo que se conoce como la Cruzada albigense (julio de 1209) que resultó un sangriento genocidio de 20000 seres humanos, por el hecho de pensar diferente; preguntado Amalric ¿cómo harían para diferenciar a los papistas de los herejes? Amalric contestó “Matádlos a todos”.

    ¿Y si yo fuera la reencarnación de un talabartero o herrero, lanceado o degollado por la militancia católica y hubiese vuelto para recordar aquel salvajismo, y para comprender mi rechazo a todo dogma, grey, rebaño o iglesia? ¿O tal vez haya podido ser Amalric: soberbio, déspota, cruel, católico rabioso, intolerante, vengativo, despreciable?

    Algo, tal vez la cola de un zorro, que vi fugazmente entre las matas, o el grito de un cuervo que pasó en dirección al Mont Bouquet, me distrajo de mi ensoñación y me volvió a la realidad de estar en 1979, en el mundo fabuloso y pleno de misterios.

    En este año de caos, de peste planetaria, a veces en sueños, otras caminando por la orilla del río de la Plata, en San Isidro, suelo refugiarme en escenas como esa.

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE VIVIR NO LO ES (PARTE II) EN EL CAMPO FRANCÉS (1979-1981)

    A) SAUSSINE; Viví dos años al pie del Mont Bouquet, en Saussine, en el departamento del Gard. Nueve éramos los vecinos, de lo que los franceses llaman un “hameau”, es decir una aldea, más bien un caserío. La pobladora más antigua, era Madame Eglantine, nacida en 1903.

    Supe que sólo una vez había recorrido los 60 kilómetros hasta Avignon, para asistir a una boda. Un día le acerqué una carta a su nombre que el cartero había dejado en nuestro buzón. Me abrió con pudor, como abren la puerta los campesinos.

    Pude ver apoyada en la pared, al lado de la chimenea, una horquilla para el heno, y a un anciano en silla de ruedas, con la vista perdida, babeando.

    Siempre habíamos sido diez.

    B) Bagnols sur Ceze; Mirando al río, una típica casa campesina del Midi, albergaba un comedero. No tenía cartel, pero todos sabían que la señora que la habitaba, preparaba el mejor guiso de conejo de la zona. La casa, pobre, estaba edificada sobre una gran roca y algunos llamaban al comedor “La Roque”, otros lo conocían como “Le Lapin”.

    Rodeada por docenas de gatos, la mujer de anteojos, tejía. Nos sentamos: pan, vino y guiso de conejo. Los gatos, dicen algunos, son como los peronistas: dan la impresión de estar matándose, pero en realidad se están reproduciendo, o ¿eran los conejos?

    En “Le Lapin” era dificil diferenciar.

    C) SAINT LAURENT DE CARNOLS; En los lindes de Saint Laurent de Carnols vivía un tal Monsieur Albert; bajo de estatura, pobre de bienes; habitaba una casilla de ladrillos sin revocar, con hierros de conurbano bonaerense, esperando eternamente el segundo piso.

    Monsieur Albert, tenía un caballo viejo, que ataba a un carro e iba al monte, por detrás de la Cartuja de Valbonne a cortar leña, después la vendía.

    Al tiempo dejó de pasar, su carro perdió una rueda y cayó al río. Monsieur Albert no sabía nadar, tampoco leer.

    D) En una suerte de bahía pedregosa de la costa del río Ceze, un día de verano, casi porteño, dos hombres desnudos se besaron, se tocaron, copularon. Era la primera vez que veía a dos hombres sin prejuicio alguno penetrarse en un espacio público. Si bien perturbado, seguí leyendo y me quedé dormitando.

    El agua había crecido y se llevaba la ropa de los amantes, cuyos gritos me despertaron. Me señalaron que les atajara las vestimentas que pasaban cerca de mí. Sólo pude asir la sotana.

    E) PRADES; Me duele el cuerpo. Todo el cuerpo. Durante siete horas coseché duraznos. Es verano. Me trepé a los árboles en inestable equilibrio, me raspé manos, brazos, rodillas. Sudé. Estoy sucio. Es una quinta en Prades, sur de Francia. Duermo en un galpón. Hay españoles trabajando, son golondrinas, vienen para la cosecha, hablan mucho, demasiado. De noche rezan. Hablan y rezan.

    Escribo en libretas, siempre escribo, también dibujo. ¿Seré escritor alguna vez? Ser escritor no es lo mismo que llenar libretas, así como rezar no es “hablar con dios” como me dijo la gallega: “Puez ez como conversar con dios” (estimo que ella lo habría escrito con mayúscula).

    Tú siempre ezcribez.

    Y vos siempre rezás. ¡Quedate quieta, no te muevas!

    Era un alacrán. Intento besarla. Me rechaza.

    A la noche siguiente. ¡Qué! ¿Otro alacrán?

    Esta vez picó.

    Era virgen.

    ¿Te parece extraño?

    Curioso, tienes 26 años. No sé si extraño es la palabra. “Vale” como dicen ustedes. Creo que Gogol no lo hizo nunca y Nietzsche una sola vez y Pessoa, creo que pocas, si es que alguna.

    Y esos ¿quiénes son?

    Los tres chiflados.

    F) COILLURE; Sé que aquí en Coillure murió Antonio Machado, escapando de la dictadura de Franco, que también rezaba; y en Port Bou se suicidó Walter Benjamin, huyendo del genocida Hitler.

    Franco murió en España, de viejísimo y generalísimo. Dicen que Hitler escapó a Argentina y que murió en Bariloche de viejísimo y criminalísimo.

    Los dos escritores no llegaron ni a viejos.

    Nunca pretendieron ser escritorísimos.

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE, VIVIR NO LO ES

    GALÁPAGOS (2016)

    Heráclito, rodeado de mar, escogió, sin embargo, al río como metáfora de la fugacidad de la vida, yo, en cambio, que siempre me identifico con el río, estoy en un gomón, en el pasaje que separa las dos rocas que sobresalen del Océano Pacífico, como aletas de un gigantesco fósil de una incomprensible bestia, en Kicker Rock, Galápagos, gozando esa fugacidad.

    No hay sol aquí, el canal estrecho, sombrío; por momentos lúgubre, me invita a ponerme la máscara y zambullirme. Todo mi cuerpo se reduce a visor y respirador. Soy sólo ojos y boca; lo demás es color, silencio, misterio.

    Ahí debajo, el fondo quieto del mar de repente se mueve. Un tiburón martillo: es una masa enorme de carne al acecho, tal vez desde siempre que nada con soberbia impunidad hacia mi.

    JUST A BRICK ON THE WALL

    Todas las mañanas, durante dos años (1978-1979), una mujer, vestida con el uniforme gris de London Transport, abría y cerraba la puerta del ascensor de la estación Covent Garden de la Piccadilly Line.

    Su cara era tan triste como el uniforme.

    Me fui al sur de Francia, al campo, por dos años. Volví a escucharla decir “doors closing”.

    Caminé por India seis meses. Regresé a Inglaterra, y ahí estaba, como si fuera la Reina, en representación de la nación, cumpliendo con su deber de anunciar que cerraba las puertas.

    Es 2020, cada tanto pienso en ella.

    No creo que haya dicho más que “thank you so much”, cuando le entregaron la medalla de aleación por sus 30 años de servicio.

    JALGAON (1980)

    Aun con las imágenes de las piedras enormes, y tal vez eternas, esculpidas en las cuevas de Ellora y Ajanta, y también en algún pliegue de mi cerebro, espero el tren en Jalgaon.

    Doce horas de retraso en Occidente, ameritan una cancelación; en India, te miran caminar irritado y parecen decirte, esbozando una sonrisa y meneando la cabeza: esto también es ilusión.

    Con 56 grados centígrados, los que para cualquier amante del frío, son, no el umbral, sino el mero infierno, abordamos el tren que al iniciar la marcha, mitiga en parte, tan agobiante temperatura.

    Es medianoche, vamos a Agra.

    El relámpago ilumina el desierto caliente de Mahya Pradesh, después llega el trueno y el ansiado aguacero, pero ese instante entre la luz y el estruendo, quedó grabado, hasta hoy, en esta mañana de otoño en San Isidro. Vi entonces, el fugaz campamento, las palmeras, los camellos, túnicas blancas corriendo, los destellos de una ráfaga de metralla y el rostro del niño, sentado frente a mí, aterrado.

    EL LECHERO (1978-1979)

    Con puntualidad británica, llegaba a diario al restaurant, donde yo trabajaba. Era el lechero, se llamaba Smith. Nacido en Devon, vivía en Kentish Town.

    Entre los panes de manteca, las botellas de leche y las pequeñas de crema, me comentó que ese día estaba cumpliendo 49 años.

    Canté para él;

    In a cavern, in a canyon

    Excavating for a mine,

    Dwelt a miner forty-niner

    And his daughter, Clementine.

    Se me apareció así súbitamente, la sonrisa cómplice, agradecida, en el Falkland Island Cemetery, aquí en Malvinas, en el invierno de 2017.

    THE PROSPECT OF WHITBY (2019)

    Estamos en Wapping, al este de Londres.

    Entramos en The Prospect of Whitby. Llovizna, hace frío. Converso con un amigo de toda la vida. Cuando lo conocí, él tenía ocho años, ahora vamos al casamiento de su hija en Edimburgo.

    A este pub, que es de 1520 -le digo-, venían Karl Marx y Friederich Engels. Sí, también Dickens y Peppys, y es probable que hasta Juan Manuel de Rosas.

    Te lo imaginás a Rosas, jugando al truco en pareja con Marx contra Terrero y Engels.

    Rosas, acostumbrado a tener el poder, recibe el ancho de bastos y le guiña el ojo a Marx.

    Se sabe; creo que lo publicó su nieto, que Marx prefería la Guinness, en cambio, Engels, un tanto más burgués, el Chateau Margaux 1848; estimo que Rosas, un clarete. Pedimos pastel de pollo, bebemos malbec de Mendoza.

    CAMINOS DE ISLANDIA

    Es Julio, es 2013, es una impecable y estrecha capa asfáltica que une Reykjiavik y Hofstos. Se descompone el jeep Vitara que alquilé. El celular no tiene señal. Tengo frío. Bajo del auto, hay nadie. Hay menos luz. Me maldigo. Insulto al mundo, a todo el universo, como si sólo estuviera poblado por humanos. La inmensidad vacía, me quita todo sentido como individuo:solitario es quien se aparta del todo, no quien padece la nada.

    Tal vez, pienso, la misma sensación límite de haber estado en el World Trade Center, aquel 11 de septiembre.

    Hay todavía menos luz. Veo en la loma, dos focos acercándose, otros dos detrás, otros dos seguidos por otros más grandes.

    Tengo un miedo diferente, es el miedo del lobo frente a los cazadores.

    RETIRO

    Muchos rostros sin nombre pueblan mi vida; la mayoría de niños que mendigan, la mayoría en cualquier estación ferroviaria de la India, en alguna, en muchas, demasiadas esquinas de cualquier país sudamericano. En las cercanías de Retiro.

    Lector de Borges, me digo: este rostro ya lo vi, es la doctrina de los ciclos; mañana es cualquier ayer.

    Ellos también, a pesar de su corta edad, vieron pasar a muchos, que como yo, les dejamos el vuelto del capuchino y dos de grasa con que acabamos de desayunar.

  • BENARÉS 1980- MACHU PICCHU 1964

    When after drowning, women float, they always do it with their breasts facing the sky, as if they were challenging the sun; on the contrary, we, men -Joseph was telling me-,with our chests looking to the muddy, black bed of the river.

    De pronto, dejé de estar en la poblada orilla del Ganges. Amanecía en Machu Picchu. Desde el ventanal de piedra, veía el cerro hermano, el Huaino Picchu, aun arropado por la sábana de vapor que sólo dejaba ver la cima, al igual que, poco después, la bolsa de dormir, que inutilmente, trataba de cubrir los turgentes pechos de Karen.

    Alejo are you here?

    Yes Joseph.

    Pero aun estaba en aquel amanecer de enero de 1964 pensando en que hacía miles de años que esa escena se repetía. Imaginé la emoción que habría sentido Hiram Bingham 53 años antes, cuando destapó la ciudad ocultada por una manta húmeda de verde voraz.

    A los 15 años, un chico cree que medio siglo es poco menos que la eternidad. El Urubamba, entonces, como en 1980, el Ganges, como siempre el río de la Plata me daban esa sensación de libertad, que trataba de imitar y, que entonces, ahí en la altura, mirando correr ruidosamente el agua clara, me había juramentado, no negociar jamás.

    En Benarés, fascinado y satisfecho por la fidelidad a mí mismo y por tanto misterio a descubrir que se había iniciado en el Imperio Inca donde convivían sacrificios humanos, canales de riego, piedras enormes en extraño equilibrio con mi sexo virgen, el deseo incontenible en lucha desigual con el pudor, el futuro, la elección de una carrera, ese constante e inútil ¿por qué? El cóndor planeaba, el río corría y yo viajaba, sin embargo los incas ya eran peruanos, indios, cholos, católicos, apostólicos y romanos, al igual que el Presidente John F. Kennedy, al que habían asesinado en Dallas, cuando con Caco planeamos, ese primer viaje, a orillas del río de la Plata. Sentía que no sabía nada, todo lo que el flamante pasaporte informaba: nombre, sexo, edad, nacionalidad ¿me definían? Y esa pomposa nota:”En nombre de la República Argentina, la autoridad que expide el presente pasaporte, ruega y solicita a todos aquellos a quienes pueda concernir, dejen pasar libremente a su titular y prestarle la asistencia y protección necesaria”. Pero también decía escrito a mano, en la página 8: “Visa no apta para entrar en zona guerrillera”, firmada por el Cónsul General de Bolivia en Buenos Aires.

    Llevaba, también un papel doblado en cuatro, donde un escribano daba fé de que mi padre Luis Santos, autorizaba a que su hijo Alejo, etcétera.

    En Oruro, y después poco antes de llegar a La Paz, el tren se detuvo, y por varias horas, los pasajeros y Karen, fuimos invitados, no demasiado cordialmente a bajar de los coches y a colocar las manos en alto apoyadas contra la pared del tren y a separar bien las piernas en tanto militares ¿indios?, ¿cholos?, ¿bolivianos?, ¿incas?, ¿rangers?, nos palpaban, y a Karen, a mi lado también la palpaban y pensé que me hubiera gustado palpar a Karen, pero de otra manera.

    Karen que hacía que esa mañana de tanto misterio nacional, burocrático, militar, religioso, arqueológico, me hicieran amanecer consternado y erecto.

    And why is that so, Joseph?

    What?

    The different ways of floating.

    That, I don’t know, but is what happens.