Karen era suiza, de Brig, un cantón italiano.
-Ahora entiendo, (como si entendiera algo), no parecés la típica suiza, sos más quilombera.
-¿Qué es quilombera?
-Así como sos vos, chillona, no sé más tana, casi como en casa, en Buenos Aires.
-¿Cuantos suizos conocés?, una… una señora que me daba estampillas.
-Contundente prueba científica, para juzgar a toda una cultura.
-Sí perdón, tenés razón.
Nos arrimamos, nos acariciamos y me besó y toscamente y con timidez me fui soltando. Karen era castaña, maciza, de enormes ojos oscuros, tenía 18 años y ya lo había hecho con su novio Gert. Nos abrazamos, me quitó la remera, le quité la suya. El calor de sus pechos fuertes, redondos, me contagiaron una energía y un deseo largamente imaginado.
Nos levantamos desnudos y yo grité, fue un grito a las piedras, a los Andes, fue un alarido fuerte como llegado de un tiempo lejano, casi un aullido animal.
-Quilombo hacés Alejo, y nos reímos y nos pusimos a gritar juntos y ahí anduvimos abrazados por las terrazas y lo queríamos hacer todo el tiempo, y cuando uno de los dos decía “quilombo”, nos desnudábamos y nos transformábamos en quilomberos seriales en Sacsayhuaman y en Kenco y en el albergue en Cuzco cerca de San Blas y nos despedimos con lágrimas y risas y prometimos amarnos toda la vida.
No nos vimos nunca más, pero siempre la recuerdo y me digo: algún día en un avión a Chicago, o caminando por el Perito Moreno o en un bistró en Oslo. Nunca sucedió y tal vez no suceda, tal vez sea mejor, pero el agradecimiento, la ternura que me inspira su recuerdo no han dejado de acompañarme.

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