ENTRE MICHEL Y WALT

Es septiembre, es 1979, es Bordeaux, he llegado a Saint Emilion, con el propósito de visitar el castillo de Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592).

Algo así debo haber escrito, en la bitácora de entonces. Estoy pensando en ese tiempo, aquí en Brooklyn High Promenade, frente a Manhattan, ahora que es julio 2013. Acabo de caminar la zona, pasé por The Eagle Warehouse en la intersección de Old Fulton y Elizabeth Place. Hay una placa que recuerda a Walt Whitman (1819-1892) e informa que Walt trabajó como periodista en el Brooklyn Eagle Newspaper, en el número 28, donde hoy hay una espléndida y lujosa casa de apartamentos. Ante el rugir de motores de autos y camiones en la autopista que corre por debajo, siento con mayor intensidad el silencio de la Torre de Piedra del señor de la Montaña.

Vuelvo a Saint Emilion. Alquilo un auto después de haber comido en el pequeño hotel aledaño a la Catedral, en cuya terraza comí una ensalada Nicoise, un estupendo Cassoulet y bebí una inolvidable botella de Chateau Ausone, según me dijo el sommeler “la joya de Costes”. Rodeado de piedras color ocre, salgo temprano hacia Castillon, me cuesta encontrar el camino a la torre. Lomados campos verdes, plenos de vides, pero como siempre ocurre, he llegado y entro en la torre, con aún mayor respeto que cuando hace unos días traspuse el puente del pequeño Chateau Olivier donde el Príncipe Negro, Eduardo, solía descansar, en alguna tregua de la Guerra de los Cien Años, junto a otros guerreros, cazando ciervos y jabalíes en la silenciosa oscuridad del 1300.

Es curioso que aquí, en el primer barrio protegido de New York, en esta suerte de pequeño South Kensington, tenga tan presente algo tan distante y dispar. Sé, sin embargo, que la conexión viene por parte de la Sociedad Anónima, dos de cuyos miembros son el señor de Montaigne y el plebeyo de los muelles de New York. Uno se investigó a sí mismo, el otro decidió cantarse; como si ambos estuvieran conformados por la sentencia de Terencio, que Montaigne hizo grabar en una de las vigas del techo: “Hombre soy, nada humano me es indiferente”.

Tres siglos los separan: uno es filósofo, pensador, político. Alcalde de Bordeaux en dos ocasiones, empedernido viajero, hacedor de la monarquía de Enrique IV, el de Navarra, el primer Borbón, después de la muerte de su primo en tercer grado, último de los Valois, un Medicis por parte de madre. Guerras de religión, 1572, noche de San Bartolomé. El otro de estas tierras, poeta, periodista, seductor de marineros y obreros portuarios. Únicos, irrepetibles, descubridores de sus respectivas individualidades encerraban un cosmos digno de ser escrito. Ambos amantes del silencio. Solitarios. Señores absolutos de sí mismos.

Allá en Castillon, la verde y viñatera región del campo francés; aquí la torre de vigía urbana en el torbellino de New York.

Los extremos se tocan: un noble francés, un hijo de granjeros. Un hombre del Renacimiento que mantuvo una amistad única y perfecta con Etienne de la Boetie (1530-1563). Un hombre de la era industrial, que invitó al bello irlandés Peter Doyle a compartir su lecho. Ambos amantes de la libertad: el francés de los viajes a caballo; el norteamericano de largas caminatas por los muelles. El francés desgarrado entre la Liga Católica del Duque de Guisa y los hugonotes. Walt comprometido con los colgajos humanos que deja la guerra de Secesión. Se toman a sí mismos como entes que resumen la condición humana, sin pretensión alguna de ser pastores de nadie, parecen decirnos ECCE HOMMO.

No hay alma y cuerpo: hay hombre, pero éste deja de ser genérico, ha quedado vetusta la pregunta ¿Qué es el hombre?, ha sido reemplazada por ¿Qué soy yo? En sus respectivas bitácoras ya no hay lugar para Platón y su coro de imitadores: no hay mensaje, ni redención: hay carnadura.

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