Me gustan las historias, contarlas, que me las cuenten, que me las hayan contado. Paso gran parte del día leyendo. Siempre había algo de mágico cuando mi madre o mi padre, y a veces mi abuela, cuando ellos viajaban, nos leían cuentos antes de dormir. Lo mágico estaba en que al abrir el libro, les salía una voz, que era diferente a las voces que tenían para pedir, alegrar, ordenar, invitar, reprender, educar; les salía una voz que despedía personajes y aventuras y el cuarto, entonces se poblaba de castillos, caballos,a veces dragones, príncipes, pájaros de plumajes increíbles y al cruzar el río para salvar a la doncella, ya se nos caían los párpados y comenzaba el sueño y a la mañana, veía el libro cerrado sobre la silla, pero sabía que la espada y el caballo estaban escondidos bajo la cama. Que las incomprensibles letras de los libros se hicieran personajes que salían de sus gargantas, era misterioso y abrigaba más que las frazadas.
Estoy mirando un pequeño dibujo, (11.7 x 11.1) en tinta sepia sobre papel, con trazos en carbonilla, cuyo original está en la biblioteca del Castillo de Windsor, es del año 1498 y lleva firma de Leonardo da Vinci, se titula “Lluvia de utensilios caídos del cielo a la tierra”. En la parte superior dice “de este lado Adán, de este otro Eva”; por detrás de unos rasgos de lluvia, han quedado en el suelo infinidad de objetos: clavos, escuadras, platos, sifones, peines, tijeras, rastrillos, cucharas. Debajo se lee “¡Oh!, miseria humana, cómo se han esclavizado por tener tantas cosas”.
Viajo, camino, asocio, anoto este sinnúmero de sensaciones que me invade. Camino anotando hechos en las bitácoras, y un buen día caigo en la cuenta que “geografía” es la grafía de la tierra. Camino una geografía que me lanza historias. Pienso en aquello de “En la historia manda la geografía” de Napoleón, que luego repetirá Bismark: “De todos los datos de la historia, la geografía es la única que no cambia nunca”.
Sí cambian los mapas: la política los dibuja. Montañas, ríos, ciudades cambian de nombre.
Estas bitácoras son un mapa de mis circuitos que también tienen para mí algo de mágico. Camino o viajo en tren y es la mente la que se sale del férreo circuito y así una señora que pasa me recuerda a una tejedora de Londres, Catamarca, que se parecía a mi abuela que me leía de un libro historias maravillosas..

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