El rotar de las paletas del Boeing CH 47 Chinook de British Airways, me hacen pensar en lejanos cañonazos que impactaron en estas costas desde las temibles embarcaciones de la Armada Invencible. Toda la costa de Cornwall y no sólo las Islas Scilly a donde nos dirigimos en este enero frío de 1979 fue amedrentada por las agresivas velas hinchadas con la gran cruz color rojo sangre, mensajeras del castigo, no sólo de Felipe II, fiel custodio de la fe católica, sino también del Gran Inquisidor español, Gaspar de Quiroga, embarcado en una de ellas con sus esbirros y sus fierros con que horadaban cráneos, torniquetes con púas, látigos de siete lenguas con virolas de plomo, muñequeras y tobilleras de cuero para descuartizamientos públicos y ejemplarizadores para que nunca nadie más osara rebelarse contra la única verdad revelada. Eran los tiempos oscuros de 1588, momento acordado con el papado para escarmentar a quien se había insubordinado, desafiante y racional frente a la autoridad de Roma.
La señora Hobbes, embarazada, angustiada por infidelidades de su marido y por la tensión amenazadora de la escuadra Invencible termina pariendo a su hijo Thomas el 5 de abril, varios días antes de lo previsto.
La estrategia de Isabel I, las embravecidas olas del mar británico, la suerte, o la lectura de que Dios bendecía su obrar, hicieron que la Armada Invencible fuera derrotada y que miles de marineros españoles llegaran a la costa.
Con los años Thomas Hobbes dedicará su “Leviatán” a Sir Sidney Godolphin de Godolphin, quien junto a su hermano Francis, pagando un canon anual a la corona, pasarán a tener el usufructo de las islas y la responsabilidad de defenderlas ante un segundo posible intento de invasión católica. Star Castle de 1593 es parte de la respuesta de Isabel I a ese posible futuro.
Camino por un terreno lomado con pastizales que me llegan hasta la rodilla. A un lado St. Mary, un pequeño poblado, chimeneas humeantes, un mercado de granjeros, productores de flores, activo y colorido; es tiempo de “picking” (los hombres) y “packing” (las mujeres). Hacia el otro lado el Océano Atlántico, casi infinito, brumoso, plagado de naufragios y vida animal submarina, que siento ajena, misteriosa, amenazante, letal.
Pienso en otras islas lejanas; pero un atisbo de sol, los pastos altos bailando impulsados por una brisa que vino de una escena de “Far from the Madding Crowd”, la novela de Thomas Hardy que Schlesinger hizo película (“Lejos del Mundanal Ruido”), me llevan nuevamente al mar. Me gustan los límites entre la tierra y el agua, por instantes creo ver el muelle de Pacheco frente al río, que parece un mar marrón y a ratos un lago de la Patagonia.
El viaje, por momentos es como un collage de Basquiat, de pinceladas que se superponen, casi con furia enloquecedora; otras veces es un patchwork de escenas, que unidas generan una colcha que cobija; por instantes se transforma en una trenza de imágenes, sensaciones, fantasías, donde los hechos históricos compiten con la ansiedad cotidiana, los encuentros casuales, o no; los sueños, en un entramado que sin comprenderlo lo intuimos como el mejor de los mundos posibles.
Nuevamente a bordo del Chinook, rumbo a Penzance. El motor que mueve las paletas, el ascenso y al rato el mar y unos pequeños cargueros, dejando una estela blanca. Ya no es Julie Christie, bella, codiciada por tres hombres y los espectadores la que simula que sufre, desea, padece, llora, hasta convencernos y sufrimos, deseamos, padecemos, lloramos. Ahora es Robert Duval, es el Coronel gritando “kill them all”, “kill all the fucking bastards”, la costa de Cornwall es Vietnam, no hay balas de cañón, es napalm; una mujer vietnamita embarazada parirá antes de tiempo, sangre, sangre. Marlon Brando repetirá las palabras escritas por Joseph Conrad y el Coronel Kurtz con cada golpe sobre la bestia dirá como una letanía Horror! Horror! Horror! y se escuchará a los Rolling cantando Satisfaction.
Sir…we have landed.

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