Es el año 79, 24 de agosto, 12 horas 16 minutos, explota en erupción el Vesubio: nube de gas, lluvia de cenizas y el derrame de lava por las laderas de las montañas, hicieron que el debut sexual de Claudio quedase eternizado con la prostituta Sibila, quien había sido libidinosamente recomendada por varios de sus amigos. A 1900 años de aquel mediodía, en una mañana fresca y soleada, recorro las ruinas de Pompeya. Salgo de la lujosa casa de los Vietti y por callejuelas de piedra voy siguiendo los penes esculpidos en los frentes de las esquinas que marcan el camino al Lupanar, que seguramente ansioso, caminó Claudio para iniciar su etapa de madurez, que en su caso se redujo a durez(a), ya que hasta hoy su verga se mantiene erecta a punto de penetrar a Sinbila montada sobre él.
-Esto ha sido muchas cosas, menos eyaculación precoz, le comento a tres chicos españoles de entre 18 y 20 años que entre risas y cierta perplejidad están descubriendo la cotidianeidad de la civilización romana.
La viuda Smith en San Isidro y el Apolo en Tigre, eran los lupanares de mis 15 años y el volcán más cercano estaba a 1200 kilómetros.
La vida se detuvo de improviso, explica el libro folleto. De pronto todo se piedrapomizó. La naturaleza tomó cincel y martillo y esculpió el instante, que quedó como el ojo de una enorme cerradura, para que espiemos.
La vida de Plinio el Viejo (20-79) se petrificó. Es el autor de “Naturalis Historia”,libro al que Funes, el de la gran memoria accedió, para incorporar a la misma el latín. La eyaculación volcánica solidificó las ciudades provincianas de Pompeya, Herculano, Oplonties y Stabies. Si bien romanas, todas de origen griego y dedicadas casi con obsesión al culto de Dionisios. El volcán que es una boca, un tajo en la montaña, más vagina que falo con su derrame de fluido hirviente, congela el tiempo. Nos permite ver la exaltación del sexo exhibida en la plaza pública, nos permite participar al menos pétreamente de lo que hoy llamaríamos una orgía de sexo y rock and roll. Estos fastos de fecundidad y fertilidad habían sido prohibidos en Roma, ya que solían terminar en excesos de todo tipo, pero en provincias todo es más laxo hasta que en el 313 el Emperador Constantino oficializa al cristianismo como la religión del imperio, llenando de lava y cenizas un universo de sensualidad y jolgorio transformado desde entonces en culpa, pecado, pontífices castradores.
La hermandad y fidelidad frailera siempre me recuerda a la omertá mafiosa.

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