“Man we are in India”, y nos abrazamos.
“We did it, man”, y nos volvimos a abrazar.
Un carpintero del Mid West, un médico recién recibido de Fointainbleau, un filósofo de San Isidro, saltando de alegría en Rameshwaram, Tamil Nadu. Casi las Naciones Unidas, pero de verdad. Así nos sentíamos y el Mid West, era entonces, para mí, tan extraño como San Isidro, para ellos. Pierre corría con desventaja, tanto Gary como yo, conocíamos su espacio.
Veníamos de Shri Lanka y habíamos compartido música y haschis y habíamos soñado con India, en mi caso en tardes de caminatas por la estación Juan Anchorena, como Gary la había imaginado en su taller de carpintero en Cleveland, Ohio a orillas del Lake Erie y Pierre mientras estudiaba anatomía, en los altos de la estación de trenes de Fointainbleau, donde su padre era el jefe de la misma.
Viajamos algunos días juntos, nos separamos en varias ocasiones y nos volvimos a encontrar en Cachemira, a orillas del Lago Dahl, en Srinagar donde Hermann Hesse había escrito Siddharta. Compartimos una casa bote “Wild Rose” donde nos recomendaron una visita a Pink Moon.
“You should try it Baba, you are in India, you have to try opium. Opium is an experience you’ll never forget”. Si, Oui, Yes.
La noche era fría, era una noche de un cuadro de van Gogh, era el silencio que al menos a mí siempre me despiertan las obras del holandés. Pink Moon, estaba a las afueras de Srinagar, a la vuelta de un recodo, enclavada en la ladera. Era una bella casa de madera, con una terraza con sillones de rattan y una gran mesa de madera donde nos sirvieron infusiones. Después de media hora y varias tasas de té, un indio delgado, de piel oscura, barba, turbante negro y sarín blanco se acercó. Are you ready?, Gary was ready, Pierre was ready y los tres dejamos nuestro calzado en la entrada, pasamos a un pequeño vestuario donde nos despojamos de las ropas occidentales y nos vestimos con un túnica blanca de hilo: parecíamos tres monjes. Caminamos por una capa de alfombras que le daban a nuestro andar la sensación de estar caminando sobre arena, o sobre las nubes. En camastros de rattan, con almohadones de terciopelo para descansar la cabeza, nos acostamos.
“La caída de la casa Usher” fue lo primero que me vino a la cabeza, las ilustraciones de Satty en esa espléndida edición de Warner Books y la comparación que el narrador de Poe, hace entre la otrora espléndida residencia de su amigo Roderick Usher y lo que desde el caballo veía, “que no puede compararse más que con el ensueño portentoso del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo”.
La pipa encendida y la pasta roja de opio derritiéndose lentamente y aspiramos un humo denso, que penetró cada uno de los alvéolos de nuestros pulmones y Pierre sonriendo y cantando CHON CHON CHON (C17 H19 O3 N) la fórmula de la morfina de la que tanto nos había hablado, mientras tomábamos té en la antesala. Y volví a pensar en “Confessions of an English Opium-Eater” de Thomas De Quincey y sabía que cada uno de nosotros se iría a un mundo diferente con trenes y ojos y selvas y tigres y torres y cuchillos y encuentros con gente querida e imágenes de la niñez y muertos y animales y velocidad y pasó Gary volando y me pareció uno de los dibujos de Jean Cocteau de su libro “Opio”. Y “Los Paraísos Artificiales” de Baudelaire y sentí el placer y el vacío de la nada, como flotando, sin coyunturas y una voz interior que decía ‘dejate llevar como si fuera un río que te acaricia’ y la anotación de Cocteau “Y si el opio quiere”, entonces vi una pantera azul negra rugiendo y la mujer joven lloraba sin consuelo y quería abrazarla, pero el río me arrastraba y saltaron mis ojos, eran ellos los que veían entre otras coas el resto de mi cuerpo acostado y Hitler besaba impúdicamente en la boca a Pio XII; nadaban peces de colores en el aire: hubo tiros que destrozaban la corteza de eucaliptos, sucedió que fugazmente el sapo enorme se hizo escarpín; me bato a duelo, clavo el florete en una aceituna, me como el bigote de Dalí untado con aioli; me veo salir del caparazón de una tortuga, camino por Roma. Corre una liebre, salto del Empire State, viajo en una mariposa del tamaño del mar en noche cerrada, galopo un caballo blanco, leo en una balsa, monto un camello, acaricio una jirafa, mis ojos (no mi vista) miran desde debajo de la cama (así nos han de ver las cucarachas), una mano bate a nieve, el submarino está invadido por abejas.
Pensamos que habían pasado horas, nunca tantas, fueron 28 y cuando camino a Wild Rose nos contamos la experiencia, supimos que la realidad nos exigía palabras que no la expresaban.
Me sentí mientras narraba mi ‘viaje’, como los analfabetos copistas medievales, dibujando signos extraños que no podían comprender, si los mismos decían lo que entre ellos conversaban cuando en los descansos se juntaban a beber en las heladas galerías de los monasterios.
Como Pierre, al igual que Gary, no pude más que mentir.

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