ACEFALIA

Anuncian tormentas, es agosto 17 de 2023.

Salgo de casa con la imagen de Adolf Hitler entrando en un Mercedes Benz negro, llevando el bastón de Nietzsche.

Voy a pagar la cuenta del agua y el ABL que son los únicos servicios que no sé por qué no tengo incorporados al home banking. Como sé que tendré que hacer una cola, me llevo el libro que estoy leyendo “Acéphale” que es la edición de los cinco números de la revista homónima que se publicó en París entre 1936 y 1939 donde escribían Georges Bataille, Pierre Klossowski, Roger Callois, André Masson, Jean Whal, Jules Monnerot, Jean Rollin. En el número 2 de “Acéphale”, bajo el título ‘Nietzsche y los fascitas’, artículo no firmado pero atribuido a George Bataille (1897-1962) es donde acabo de leer: “Antes de abandonar Weimar para irse a Essen – informa el periódico El Tiempo del 4 de noviembre de 1933-,el canciller Hitler visitó a la señora Elizabeth Föster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo. La anciana señora le obsequió un bastón que había pertenecido a su hermano. Le hizo también visitar los Archivos Nietzsche. El señor Hitler asistió a la lectura de un texto que el doctor Förster, agitador antisemita, había dirigido a Bismarck en 1879, texto en donde se quejaba de ‘la invasión del espíritu judío en Alemania’. Con el bastón de Nietzsche en la mano, Hitler atravesó la muchedumbre en medio de aclamaciones y subió a su automóvil para ir a Erfurt, y desde allí a Essen”.

Es temprano, la oficina de pagos abrirá en 20 minutos. Me siento en un banco de cemento que hay afuera del local y retomo la lectura de “Acéphale”. Al rato llega un hombre, baja de su bicicleta y me pregunta lo que siempre pregunta el que llega, “¿Usted es el último?”, “Así parece, y en este caso también el primero”, le contesto, amablemente, pero dejando en claro, que quiero seguir leyendo a Bataille y no deseo ponerme a charlar con él, ni con nadie, sobre nada en absoluto. Mi manera de hacérselo notar consiste en volver mi vista al libro no bien dicho “primero”. Comprendió, se encendió un cigarrillo y se quedó mirando la calle.

-¿Es usted el último?, le preguntó la mujer recién llegada al dueño de la bicicleta, que ya para entonces compartía el banco de cemento conmigo.

(Peluquera de 46 años, divorciada, madre de dos hijos, abuela de dos nietos), “lo que aumentó el corte, pero igual vienen, no me puedo quejar, no voté por él, pero me gustaría acomodarle el pelo, faltan 15 para que abran y estos trabajan a reglamento. Abren pasadas las 9 y cierran antes de las 6. Con el loco eso se acaba, igual que los piquetes. Yo no lo voté, pero ahora que lo veo en la tele me encanta, por favor que acabe con toda la banda”

  • La bici es vieja ¿no?
  • Sí la uso para trabajar, le engancho el carro y salgo a cartonear, está difícil, yo tampoco entiendo lo de dolarizar, la hermana parece que tiene el poder.

Por fin a las 9.04 abrieron, pagué, regresé a casa. El silencio de la lectura, sólo interrumpido por alguna exclamación entusiasta que me provoca un concepto de Pascal Quignard del monumental “Último Reino”, o una observación sobre alguno de los escritores y sus personajes que analiza Peter Orner en su delicado y apasionado “¿Hay Alguien por ahí?” o la búsqueda de ese algo misterioso que tan bien sintetiza Georges Bataille en el prólogo a “La Parte Maldita”: “Si se tiene la paciencia y también el coraje de leer mi libro, se encontrarán en él estudios realizados según las reglas de una razón que no renuncia y soluciones a los problemas políticos que proceden de una sabiduría tradicional. Pero también se encontrará esta afirmación: QUE EL ACTO SEXUAL ES EN EL TIEMPO LO QUE EL TIGRE ES EN EL ESPACIO”, que no sé bien qué significa, pero que me remite a William Blake, a Borges, a Whitman, a Kant, a Heráclito y al texto de John Waters que cierra el número 1 de la revista “Bibliotech” editada y dirigida por Patricio Binaghi, y que dice “We need to make books cool again. If you go home with somebody and they don’t have books, don’t fuck them”. En este silencio paso el día y cuando no puedo evitar escuchar el parloteo confesional de la gente haciendo cola y vociferando sin atender al otro, esa constante protesta que es el eco de las palabras vacías de los políticos que no hacen más que describir sin jamás resolver un escenario cada vez más dantesco, pero sin Paraíso, contemplo mi biblioteca, miro el fuego en la chimenea, escucho un trueno de la pronosticada tormenta y casi al instante una lluvia ansiada que golpetea contra el vidrio y a las 10 y 20 la mañana se disfraza de noche y llueve como en la época del colegio primario y como llovió en Loncoche y luego en Pokara y como me gustaría que siempre lloviese cuando llueve.

Sí, no me cabe duda alguna; el Mercedes Benz al que subió Hitler en Weimar en 1933 era negro, como negro era el Cadillac en el que llegó Perón a González Catán a inaugurar el 6 de septiembre de 1951, la primera fábrica de Mercedes Benz fuera de Alemania, y que con el tiempo emplearía a Riccardo Klement es decir Adolf Eichmann como operario en la planta. Y entonces cuando el miembro de la Cia. de Jesús devenido Pontífice Romano afirma que el Libertario que estudia la Torah y sigue espiritualmente a un rabino es un “Adolfito”, me digo que al servicio de agua y al ABL debo incorporarlos con carácter URGENTE al home banking.

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