¿POST PANDEMIA?

Es noviembre, es 2021, ya hace calor en San Isidro: es decir estamos en esa época donde según los que informan sobre el clima (meteorólogos, pronosticadores o locutores) anuncian que el día será una maravilla, por el mero hecho que no lloverá , no soplará el viento, el sol brillará, el cielo será celeste, la temperatura oscilará entre los 18 y los 28 grados centígrados. Reconocen sí, que la humedad será alta.

Para mí los días merecen el nombre de “maravilla”, cuando el cielo está gris y llueve con intensidad durante 48 horas, con relámpagos, truenos y vientos fuertes y cuando la temperatura oscila entre 3 y 13 grados centígrados. Si nevase en Buenos Aires yo sería un hombre feliz. Pero a las locutoras y locutores se les ha ocurrido que “maravilla” es monopolio de sol, calor y cielo celeste. Y si las locutoras y locutores son militantes, esos son “días peronistas”. Lo que para mí es “maravilla”, para ellos es “día horrible en Buenos Aires”. Detesto a los locutores climáticos, que adjetivan, en vez de limitarse a los meros datos y dejar que nosotros adjetivemos de acuerdo a nuestra sensación.

Me está pasando, que observo que la abrumadora, por momentos extenuante información sobre los infectados y muertos por Covid, ha prácticamente desaparecido. No me malentiendan, no es que extrañe esa ausencia, es más me habría encantado que nunca hubiera sucedido; pero me resulta poco confiable que la epidemia no merezca mayor información y un recordatorio diario en relación a los recaudos profilácticos.

Regresando hoy del supermercado, vi que un vecino al que sólo conozco de vista, tal como él me conoce a mí, entraba su MG 1947 color rojo en su impecable aunque austera casa estilo colonial argentino ubicada en la “Libertador empedrada” y me produjo una inmensa alegría, ya que lo creía muerto precisamente por Covid. Me dieron ganas de abrazarlo, por el hecho de verlo con vida, pero me contuve, porque así son las cosas. Después me enteré que había sido su señora, las que había muerto por Covid; y casi corro a felicitarlo, ya que la señora, que solía pasear a un perro collie, tenía la horrible costumbre de no levantar las deposiciones de su “perrito”, que había elegido el frente de mi casa como aliviador de su intestino y habíamos tenido alguna discusión por mi queja al respecto y su indiferencia también al respecto. Varias veces me dije, voy a recoger esos excrementos con una pala y se los voy a tirar por la cabeza. Pero me contuve porque así también son estas cosas.

Hay otro perro, un galgo viejo, que pasa acompañado de su dueño, un hombre joven y delgado, que lo lleva sujeto a una larga correa de color amarillo y negro. El galgo tiene sólo tres patas y me produce una tristeza tan enorme, verlo caminar con su elegancia perdida debido a su carencia, ya que los galgos son “gentledogs” al caminar. Lo abrazaría y me pondría a llorar, cosa que no haría si fuera su dueño el discapacitado por carecer de una pierna o un brazo, no porque tal hecho me resultara agradable, sino porque me parece que el galgo sufre una amputación humana, no propia de su especie. Tal vez un auto o moto lo atropelló y hubo que amputarle un miembro o tal vez tuvo un cáncer, enfermedad que atribuyo, probablemente equivocado, como privativa al ser humano y no a los otros animales. Tampoco me incliné a abrazarlo y me puse a llorar, porque también ese gesto forma parte de esas cosas.

Lo que también me pasa es que cuando abro una caja de arroz para verter los granos en un frasco de vidrio para guardar en la alacena o cuando corto el ángulo de una bolsa de lentejas con idéntico propósito y caen sobre la mesada algunos granos de arroz o alguna lenteja, me preocupo por volverlos al redil, hago todo lo posible por “salvarlos” (esa es la palabra que uso). Han sido producidos para alimentar, no para pasar un trapo rejilla sobre la mesada y tirarlos a la basura. Tengo idéntico comportamiento cuando cocino fideos y queda uno “rebelde” en el fondo de la olla, también lo salvo y no descanso hasta integrarlo a la fuente para que cumpla con su función.

Estos comportamientos, a los que he prestado mayor atención en tiempos de pandemia, debido a una menor actividad social y laboral me remontaron a un juego al que solía dedicarme entre los 5 y 7 años (estimo). Tomaba las bolillas con las que jugábamos a la lotería, las colocaba en el piso de roble que tenía un diseño de marqutería, y cada dos listones horizontales, que para mí eran coches del último tren, que estaba a punto de partir, de una estación ante una amenaza fatal a veces en el Far West, huyendo de un ataque de pieles rojas, otras de refugiados escapando de los nazis e iban llegando las bolillas, que por supuesto eran cowboys y damas antiguas en un caso y judíos y sus familias , en el otro, que huían hacia la estación y pasaba entonces con las bolillas lo mismo que sucede ahora con los granos de arroz, las lentejas o los fideos, había que salvar a todas las bolillas y sí las salvaba, siempre triunfaba el bien.

Fui un chico de buenos sentimientos, no como ahora que untaría de deposiciones caninas a la señora del collie y procedería de manera idéntica con los funcionarios que ocupan la casa de gobierno: pero a estos se las haría comer.

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