Cada vez que en una película, aparece un personaje, generalmente solitario, que escribe, y cuyo comportamiento roza la locura o directamente es un loco de remate, siento una suerte de terror, es como si me viera haciendo equilibrio como Philipe Petite, por el cable tendido entre las Torres Gemelas. El personaje de Sean Penn, en “Entre la Razóin y la Locura”, la película de Sherman, en la que la obsesión por las palabras conduce a la autoflagelación. El personaje encarnado por Joaquim Phoenix cuya escritura es el reflejo de una vida de dolor, abuso, abandono en la película “Joker” de Todd Phillips, donde Happy, apunta a diario en un ajado cuaderno, su desordenada y atribulada existencia. Y aún, en la menos violenta “The Swan” de Asa Helga Hjorleisfsdottir, en la bucólica Islandia, donde Jon escribe su diario y éste resulta un delirio inconexo, o en la exquisita “Paterson” de Jim Jarmush, en la que el chofer de ómnibus, interpretado por Adam Driver, cuyo nombre es Paterson y que vive en Paterson, y que también escribe y el perro le come el cuaderno con sus notas, donde había copiado el poema de William Carlos Williams (1883 – 1963):
Era un día helado
Enterramos a la gata
Después agarramos la caja
Y le prendimos fuego
En el patio de atrás.
A esas pulgas que escaparon
De la tierra y el fuego
Las mató el frío.
Y cuya mujer (la de Paterson) sueña con tener gemelos y todo es una duplicación especular; y mucho peor aún, cuando veo personas de aspecto normal, escribiendo como posesos, como el individuo en el tren a Retiro, que sentado a mi lado, garabateaba obedeciendo a un impulso, guardaba la libreta en una bolsa de hacer compras, la volvía a sacar, se soplaba los dedos y reiteraba la acción cada dos o tres minutos. O la señora que ofrece sus poemas e historias en un cuadernillo de elaboración propia, acercándose y explicando que como es jubilada, trata de incrementar sus ingresos “de esta manera noble, que es la poesía”. Cuando delirio y frustración superan al esfuerzo, la corrección, la autocrítica. Cuando el deseo de ser escritor se ve superado por la necesidad de mostrarse sin filtro, es cuando me pregunto por mis bitácoras y, sí, tengo el pánico, la vergüenza, el pudor, el miedo, el terror de estar siendo un impostor buscando distinción y no haber sido un artesano, un trabajador de las palabras. No quiero conocer a los escritores a los que leo. Encuentro placer; me interesan sus escrituras, su río de palabras, no me interesa un autógrafo ni lo que hablan ante un auditorio sordo que quiere una selfie y una firma. No me interesa el show literario, ni las entrevistas, ni los talleres, ni los coloquios, ni las ferias de libros, donde se acumulan textos como si fueran verduras, cortes de carne, variedad de yogures o nuevos modelos de consoladores. Toda esa obligación contractual de tener que tomar un avión para ser exhibido como el productor responsable de lo expuesto en las góndolas que tanto malestar le provoca a Vila Matas. Me atraen los escritores que huyen, lo que ha hecho que Quignard, o Lowry, o Bolaño, o Cossery, o Rimbaud, o Walser, o Quiroga, o Sandor Marai, o Mishima , o Salinger, o Pynchon huyan a la montaña, la botella, la playa de estacionamiento, la habitación del hotel La Luisianne, el tráfico de armas, la locura, el suicidio, el ocultamiento.
Siento terrorr, el mismo que sentiría estando de noche en el mar después del naufragio.
En el capítulo 5 de “Rayuela”, en el que Cortázar describe una noche en que Oliveira y La Maga se aman (“la hizo beber el semen que corre por la boca como el desafío al logos”). Semen y logos, la materia de la que estamos hechos.
Hubo un tiempo en que decidí escribir desnudo para sentir con mayor intensidad que cuerpo y mente estaban unidos. Llegué inclusive a imaginar que cada vez que tecleaba punto, era el ombligo el que quedaba en la pantalla, una coma era el dedo más pequeño del pie, punto y coma era el apéndice. Los paréntesis eran las uñas. Las mayúsculas eran el pene, con lo cual después del ombligo siempre había una erección. Los guiones eran los ojos. En cuanto a las palabras: los verbos eran la lengua, los adverbios de modo el intestino grueso, las preposiciones y conjunciones los dientes, los adjetivos un dolor de estómago, los sustantivos eran a veces las orejas, otras los testículos, otras los pezones. Eso duró un tiempo hasta que me aburrió. Además me resfrié algunas veces. Cuerpo y letras se encontraron por fin, en un paso una letra, un trecho una palabra,una caminata un párrafo, un recorrido un texto, un viaje un libro.
Sin embargo hay momentos que el oficio de escribir se parece a una internación, uno se guarda e interrumpe la cotidianeidad y la vida social por ocuparse en teclear una idea que se dibuja en palabra en una pantalla, pero uno sabe que afuera, la gente sigue tomando trenes y aviones, que un virus acecha en cualquier ámbito, que funcionarios públicos siguen hablando sin decir, que Rusia invade Ucrania, que los narcos “encarcelados” manejan las policías, que las autoridades miran para otro lado por el temor que les causa el ejercicio del poder que buscaron con voracidad ejercer.El oficio de escribir (voy descubriendo), es también una puesta entre paréntesis, (una epojé), una cancelación de siete años de doce horas de trabajo diario y borrar y romper hojas y de dudas y de cierto grado de locura. La tarea de escribir se parece a la del agricultor que siembra sin saber si la sequía, los incendios, las inundaciones, las políticas impositivas, la invasión militar de un territorio, los avatares del mercado, le permitirán recoger y gozar el fruto de su trabajo.
La escritura (a medida que avanza) exige la exposición pública, quiere ser mostrada, transformarse en libro y es entonces donde uno (que se ha guardado) sabe que tendrá que entrar en territorioi desconocido donde lo esperan discusiones, acechanzas, controversias, rechazos, indiferencias, juegos de poder entre el EGO personal y el EGO editorial.
Sí, escribir es morir un poico (lo viene siendo para mí durante estos siete añios) en que afuera apareció el Covid, las criptomonedas, los incendios forestales, el derretimiento de glaciares, el resurgir de controles de estados conducidos por bárbaros, y (también) la aparición de estrellas para que las descubran dos que se besan por primera vez en el muelle de Pacheco.

Deja un comentario