Es España, es febrero, es 1981. La función hace al órgano. Haber trabajado de albañil; hacer la mezcla, cortar ladrillos y tejas por más de un año, ver crecer desde la tierra un muro de piedra, me hacen ver el soberbio acueducto romano de una manera diferente: ahora sé lo que duele la piedra en el cuerpo, conozco la emoción al ver la obra terminada.
Voy por la carretera de Segovia a Soria con Navacerrada cubierta por la nieve, voy pasando por los pueblos de Sotosablos, Matabuena, Matamala, Arcones, Arconcillos. Bajo del taxi y sigo por la carretera a pie; atravieso Rades altos, Rades bajos. Por momentos se confunden los manchones de nieve con los cuerpos lanudos de ovejas y cabras. Subo la loma y entro por un enorme portal de madera gruesa en la amurallada ciudad de Pedraza de la Sierra. Curioso, siento que estoy violando un espacio ajeno, me siento como un invasor. Intramuros, extenso playón. Pronto se disipa esa extraña sensación. Paro por un vino de pellejo, chorizo, queso, pan; es lo de Don Mariano.
“Es pellejo de cabra, el único que vale”, me aclara Don Mariano. “El pueblo se remonta al siglo X, tiene su castillo, es de los Condestables de Castilla, que luego fue del pintor Zuloaga”. “Nací aquí en 1902”, me señala su casa. “Labré el campo”, lo repite varias veces con orgullo. “Toda mi vida la pasé en Pedraza, que siempre ha sido un pueblo de señoritos, gente de título, péro vaya hombre, había gente pobre también”. Me cuenta que viajó a Madrid, donde vive uno de sus cuatro hijos, también fue a Ávila, Segovia y Salamanca. Cuando le cuento mis viajes, entre curioso y extrañado, se sienta a mi mesa, se acomoda la bufanda y ahí comienza una larga y amena hora y media de charla sobre Latinoamérica, India, Nepal, Inglaterra.
“Yo noto, que ahora el pobre vive mucho mejor que entonces; la gente no tenía dinero, bueno vaya, los señoritos, pero uno; yo trabajaba con unas especies de sandalias abiertas que llamábamos “abarca” y abrigábamos el pie con unos lienzos, bueno se llamaba “pedal” y luego para el domingo y fiestas calzábamos borceguíes, pero dinero nada, en esa época gentes con un millon de pelas, no había en Segovia más que diez. Yo conocí el automóvil, no sé, unos sesenta años atrás; llegaba uno al pueblo y salíamos todos a verlo, a tocarlo, ahora pues todo el mundo tiene coche. yo nunca monté en avión”.
Hoy en San Isidro, diciembre de 2025, he copiado lo entrecomillado de una de mis bitácoras que registró el encuentro. Sin duda Don Mariano está muerto, como muertos están Madame Eglantine, Don Nerón, el lechero Smith, el campesino bajo, tosco, hosco de alpargatas raídas, “and in the long term” como decía Keynes, todos estaremos muertos. Mario Vargas Llosa, no recuerdo en que novela dice algo así como “la historia no es lo que pasó, sino lo que recuerdo que pasó”. Estos personajes son “históricos” en tanto los recuerdo. La narración de mis viajes, Europa, India, al igual que el instante que acaba de suceder, corren la misma suerte.
Al segundo día ya me llaman por mi nombre. En el bar de la Plaza Mayor, me veo jugando a los dados con Don Victoriano, Doña Felisa, Don Feliciano. No me veo, pero la bitácora dice que pasé a tomar un café en la hostería y parador “Pintor Zuloaga” y terminé en una fiesta de bodas campesina en la que si me veo bailando con la novia muy robusta en carnes y muy bella, bebiendo vino, no de pellejo, sino de una estupenda bodega española, comiendo jabugo delicioso, y los novios se fueron en un Mercedes descapotable. Sin dudas los tiempos han cambiado y seguirán cambiando.

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