Sí, claro, por más que uno esté haciendo lo que quiere hacer, cada tanto se cuela el vacío que vendría a ser como estar suspendido varios metros en el aire, viendo todo lo que pasa, pero sin poder volar.
La bitácora, donde figura el mes de febrero de 1981 da cuenta de ese estado: “Con que terrible insatisfacción me dormí anoche en el barco desde Niza a Bastia,¡Qué vacío! ¡Qué sensación de camino clausurado! ¡Qué malestar con todo lo que me rodea!
Bonifacio (Isla de Córcega). Me alojo en Hotel des Etrangers. Estoy caminando por el medio de una calle mojada, cruzo un puente, no se ven autos, no ladra ningún perro, veo que se apagan las luces de una casa. El silencio urbano es desolador. Es un silencio diferente al de la naturaleza. El de la Patagonia, Nepal, Alaska, Islandia es un silencio vital, poblado de misterios. El silencio de las ciudades remeda las palabras finales del cuento “Life of Ma. Parker” de Katherine Mansfield “Wasn’t there anywhere in the world where she could have her cry out at last?….There was nowhere”.
Vengo a la isla de Córcega a visitar Cervione donde nació Marie Anette Podestá en 1878, mi abuela materna, así como visité Goa, donde nació mi abuelo paterno y como visité Barcelona donde nació mi abuelo materno, cinco años mayor que ella. Tan cercanos geográficamente, pero se conocen y casan en Balcarce, Provincia de Buenos Aires y forman su hogar en Mar del Plata, donde crían a sus cuatro hijos. Este viaje me llevaría luego a Cerdeña, Sicilia, Siracusa, Battipaglia, Pompeya, Nápoles, Asís, Corfú, Atenas, Rodas, Creta, Venecia; Ginebra y regreso al campo en Saussine, mi casa durante dos años. Tres meses de viaje y salvo en Grecia, y en particular en Creta donde si estuve en la tierra y en mi cuerpo, todo el resto del viaje fue de una extraña sensación: me sentía todo el tiempo con exceso de una humedad fría y penetrante. Por primera vez entendí lo que muchos europeos del norte dicen con respecto a la necesidad de sol. Lo cierto es que el sol produjo el secado y retornó la energía. Es curioso esto de los estados del ánima: hay veces que uno está encantado de estar vivo, es como que el mundo baila al compás de la música que uno le impone, y de pronto suena un bandoneón, algo te recuerda que la vida es una herida absurda, perdés el tren que va a Éboli por tres minutos, te enfriás en la estación helada, llegás a Asís con fiebre, un catarro fuerte y la eterna pregunta What the hell are we doing here?, se agudiza, se torna totalmente psicológica, y paso a ser el sujeto en cuestión, y no el viajador filósofo. Ya no interrogo, me asombro, me deleito y anoto en la bitácora, sino que interrogo, me angustio, me inquieto, anoto en la bitácora.
Una visita al médico del pueblo, una comida en la Bucca de San Francisco que termina en una invitación a cenar hecha por dos parejas de la mesa vecina, amigos entre ellos que festejan su primer año de casados, me devuelve el ánima al cuerpo, desciendo del globo. Ya siento la tierra, el torrente de sangre es una catarata de vida y Fulvia Francesca Fioravanti entre franela y farfulla, facundia y frazada me devuelve la fe en mí que soy yo. Sube al globo el tanguero con su fuelle llorón y su herida absurda, se eleva, le corto la cuerda y el globo se pierde en el espacio.
Anoto en la bitácora un comentario de David Hume: “But the life of man is of no greater importance to the universe than that of an oyster”.
Los momentos críticos, dicen algunos son de peligro y de oportunidad. Tiendo a verlos como una puesta entre paréntesis donde percibo que es en uno donde anidan cielo e infierno. Ha primado en mí lo erótico por sobre lo tanático………………………………………………………………………………….. Pero:
¿Y si el viaje fuera huída?
¿Y si la soltería fuera miedo?
¿Y si la libertad fuera inmadurez?
¿Y si el rechazo a lo material fuera incapacidad?
¿Y si el desprecio a la pertenencia fuera arrogancia? No necesito de nada y de nadie, yo me basto.
¿Y si el tren no fuera el vehículo de la libertad y la representación de ese eterno movimiento y de esa metáfora de la vida y representase otra cosa?
¿Y si mi discurso libertario fuera tan sólo la máscara de otro jamás pronunciado que dijera “Si yo no gano, si yo no soy el número uno, el mejor, el aclamado, el centro, el ídolo, si yo no soy Dios: bueno entonces no juego?”
¿Y si la soledad fuera resentimiento?
¿Y si mi rechazo al poder fuera impotencia?
¿Y si la muerte del autor fuera la incapacidad de escribir la novela que, dice Onfray, Barthes nunca fue capaz de escribir?
¿Y si ser quien soy fuera el resultado de haber nacido, crecido, sido educado, formado con los valores de la Calesita y yo no fuera el individuo que se ufana en ser sino tan sólo uno de los caballitos de colores que gira ruidosamente pero sin avanzar un metro sobre la destartalada plataforma circular?
¿Y si todo fuera una ficción?
Como tantas otras veces recurro a Borges; nuestro Shakespeare, “Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal: es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre: es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente es real: yo desgraciadamente, soy Borges,”

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