A las 5.30 am en verano, salir en bicicleta es algo maravilloso, por el silencio, por la casi ausencia de personas, porque se puede cruzar Libertador con los ojos cerrados (cosa que de cualquier manera no hago, ni recomiendo hacer), pero efectivamente en un día hábil a esa hora sólo me topo con el personal de seguridad que deja su garita y le transmite las novedades al que viene a reemplazarlo. Luego ya en la bici senda del vial costero pasa fugazmente algún corredor, una señora que camina, dos o tres que pasean a sus perros. Ya en el río veo a los pescadores. Muchos de ellos han pasado la noche probando suerte. A pesar que ya hace más de cinco años que cumplo con esta rutina, hoy por primera vez me detuve un rato ante el cerco de la Quinta de Juan Martín de Pueyrredón; me llamó la atención el tamaño de las ventanas que dan al frente sobre la calle Rivera Indarte: son pequeñas. no guardan proporción con la sólida pared en las que están instaladas; son como para espiar por los visillos, sin que a uno lo vean; parecen no haber sido hechas para mirar, sino más bien como para echar un vistazo protector; son producto de una concepción de vida que ya no existe. Las ventanas que dan a la barranca y al río, si bien pequeñas en comparación con las actuales, son más amplias que las que dan a la calle; miran al jardín donde habrán jugado niños, al cuidado de la gobernanta; donde alguna pareja se habrá besado por primera vez, sabiendo que detrás de la ventana había alguien controlando deseos; servían para que algún criado estuviera atento a las necesidades del señor: un paraguas o abrigo si fuera necesario, más agua caliente para cebar otra rueda de mate, acercarle alguna novedad al Director Supremo o decirle al invitado que el carruaje ya estaba listo para retornarlo a Buenos Aires ya que le espera un viaje largo y es más seguro viajar con luz. Son ventanas que dicen: la privacidad es un valor, la casa es sagrada y guarda secretos, y en este caso particular ellos pueden ser secretos de Estado. Éstas, las ventanas de atrás permiten también vigilar el movimiento de un comercio fluvial clandestino y nocturno.
Desde la costa del río miro hacia las nuevas edificaciones: cemento y vidrio; enormes ventanales como haciendo del paisaje exterior un cuadro que cuelga del cielo, cuyo paspartús es el perfil del ventanal y su marco la cornisa que lo sostiene; el exterior es el lienzo que cambia continuamente con los avatares de la luz: por momentos violento van Gogh, por otros neblinoso Turner, a ratos envolvente Bacon, súbitamente amenazador Caravaggio, nocturno y silente Malevich y de vez en cuando juguetón Seguí. Estos ventanales son reflejo de la exhibición que buscamos y que nos ha dejado expuestos, son la pantalla con la que nos presentamos, son la selfie ineludible, son el zoom que nos convoca, son cierto grado de perversa ostentación. Son una tentación al asedio, una invitación a ser violados.

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