Del abuelo portugués (de Goa, India), Miguel Santos da Fonseca y de la posible comechingona, Ángela Corvalán, nació mi padre Luis.
Del abuelo catalán, Antonio Pallares, y de María Anette Podestá, de la isla de Córcega, nació mi madre Antonia.
De mi padre aprendí que si uno quiere viajar, no hay más que hacerlo, como lo hizo él que un día salió de su casa de Olivos, para ir al colegio, pero, en cambio, se fue a Retiro, se tomó el tren a Córdoba para ir a la chacra de su abuelo en La Para, cerca de la Laguna de Mar Chiquita donde le encantaba jugar en el monte y cazar jabalíes. Luis tenía entonces 10 años. ¿Cómo podía negarse a firmar el permiso para que yo Alejo Santos a los 15 me fuera a Machu Picchu? Aprendí de él, el inglés que el tan bien hablaba, aprendí el amor al Río de la Plata donde el solía ir a pescar en su bicicleta. Me enseñó a jugar al tennis. Heredé sus libros sobre el campo argentino, los caballos y sobre, los caciques de la Pampa y la Patagonia. Fue el primero que me habló de Gato y Mancha, los caballos criollos con los que el suizo Tshiffely unió Buenos Aires y New York, de él escuché el nombre de la balsa Kontiki. Me enseñó a asar las carnes con el mínimo fuego. Me llevó a ver el primer partido de polo en Marcos Paz; me enseñó a manejar, pero nunca me prestó el auto, con lo cual me obligó a “robárselo” cuando él no estaba en casa. Ahora me doy cuenta que era mucho menos cabrón que yo, (que soy un salvaje unitario). Nos peleábamos, a veces mucho y duro (secretamente sentíamos admiración uno por el otro).
De mi madre Antonia aprendí las primeras nociones de Filosofía, ella se había graduado en la UBA con una tesis sobre Santo Tomás (ya la perdoné) pero debo confesar que conservo los 23 tomos de la primera edición del Club de Lectores de la Summa Teológica que con su colaboración se publicó y que está, como corresponde a tanto catolicismo explícito: Virgen); aprendí de ella a subrayar los libros y a hacer anotaciones en ellos. Era la que mejor contaba los cuentos a la hora de dormir. Aprendí a hacer fideos caseros con un tuco especial y con peceto, pero a ella siempre le salieron mejor, nunca alcancé el sabor de la memoria. Aprendí cierta rebeldía; cuando obligada a guardar luto por la muerte de la señora Eva Perón, por ser docente en una escuela pública, mi madre entró en el aula a enseñar filosofía vestida de rojo punzó y una rosa amarilla en el ojal.
Por una cuestión de herencia, partió a Mar del Plata en un tren que salió de Constitución. Fue a cobrar una suma importante y me dejó por el vil dinero cuando yo aún no caminaba. A los cinco años mientras jugaba en la playa de Chapadmalal con mi hermana de tres; a Antonia que era una excelente nadadora se la llevó el mar y después de cuatro horas de quedarse tras la rompiente haciendo la plancha, fue rescatada.
A los dos les doy las gracias por haberme invitado al mundo; aunque yo no he querido imitarlos, invitando a otros.
Para los lectores amantes de la psicología y para que saquen las conclusiones que ya tienen de antemano codificadas, aqui dejo expuestas las claves: nunca me importó el dinero (ella se fue a buscarlo y me dejó), amo el tren (¿lo amo porque se la llevó o lo amo porque la trajo de vuelta a mí, o lo amo porque en él se escapó mi padre de su casa a una edad casi infantil que interpreté como: libertad?), no me gusta el mar (¿porque la devolvió a la playa y no la hizo sufrir como castigo a haberme abandonado?) o ¿no me gusta porque casi la ahoga en sus aguas verdes? ¿Me inclino por el río que era el gusto de mi padre? ¿Estudié filosofía que fue la tarea de mi madre?¿Los viajes son la competencia silenciosa con mi padre?). Complete el lector su grilla, saque con libertad su conclusión a mi planteo que por sobre el matrimonio, la fama y el dinero siempre elijo la libertad. Yo me dispongo a entrar en Google para organizar mi viaje en el tren Transiberiano: Buenos Aires, Roma, Nápoles, Isla de Malta, San Petersburgo, Moscú,Vladivostok, Tokio, Hong Kong, Roma, Buenos Aires.
Aún me sigo preguntando What the hell are we all doing here?

Deja un comentario