Stephen Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942) no podía creer lo que estaba sucediendo en Europa; en su territorio. Había leído en el diario que sería obligatorio viajar con pasaporte. El estado, los estados requerirían que él acreditase su identidad mediante la exhibición de un documento oficial, que daría fe de que él era él. Por sobre su palabra: Soy Stephen Zweig, ahora había que demostrarlo mediante la exhibición de un documento que comunicaba a un oficial de aduana que la República de Austria garantizaba que el ciudadano Zweig era quien creía y decía ser. Esto le provocó ira, fastidio, se sintió incomprendido y detestaba el avance del estado sobre su libertad. Después comprendió que el estado, ciertos estados, muchos estados no veían con buenos ojos que existieran judíos, y esto ya le indicó que no sólo su libertad de movimiento estaba amenazada, sino su vida misma, entonces decidió dejar su amada Europa y se radicó en Brasil.
En Brasil pensó que el nazismo se extendería por todo el mundo, recordó las palabras del Coronel Kurtz, el personaje de la película “Apocalypse Now” basada en la novela “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad: “¡Horror!, ¡Horror!, ¡Horror!”; habló con su esposa, tomaron un veneno y los encontraron abrazados en la cama. Fue el fin de sus vidas, no del Horror, ni tampoco de la vida. La vida sigue y la vida, creo es una fiesta, que lleva implícito el horror, la enfermedad, la venganza, la traición, el olvido, la injusticia, el robo, la violación, la tortura, la violencia, la pobreza, el hambre, los naufragios, las guerras, los estados y un casi infinito etcétera de maldad, oprobio y vergüenza.
¿Y la fiesta dónde está?
En todos los niños, en los libros que leo, en los viajes que hago, en muchas conversaciones, en los amigos, en el sexo, en las comidas, en el cine, en el trabajo elegido, en el silencio, en los animales, en los planes que tengo, en los logros, en las personas que recuerdo y que viven en mí, en subir a un avión y ver durante horas los colores en el espacio, en la terraza de una casa de madera en Kashmir, rodeada de eucaliptus y narcisos en el jardín colgante que termina en un arroyo ruidoso, en la lluvia, en las tormentas, en la nieve, en la vista de Buenos Aires desde el muelle de Pacheco en San Isidro, en mi casa, en el imaginado almuerzo en The Mermaid, en Rye con Henry James, Joseph Conrad, Robert Bontine Cunningham Graham, William Henry Hudson y Jorge Luis Borges, donde nadie necesitó hablar, en que mi amigo que murió de sida en California y el conocido que a los 18 años tuvo que pegarse un tiro y el que fue obligado a hacerse cura, hoy les poidrían decir a sus padres “te presento a mi novio”, nos pensamos casar en junio y hay congratulaciones y brindis y eso es otra vez Libertad, Libertad, Libertad; y en un extenso etecétera, que hasta ahora supera ampliamente al ” Horror” del que soy consciente y que por un azar del destino, me ha tenido entre los pasajeros del tren, que por aventura y no por necesidad, a veces ha viajado en el techo, y por el mismo azar no me ha tenido en la carbonera del tren de Jalgaon, con más de 50 grados de temperatura, que debe ser algo así como el “Horror” más el “Infierno”, y a pesar de eso, la sonrisa del hindú que agradeció el cigarrillo y pudo dejar de palear carbón unos minutos, aún hoy a más de 45 años del hecho, ilumina los días de inquietud.

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