Alguna vez lo escuché decir a Axel Sellars algo así como que “la biografía es la verdad de una mentira”; no recuerdo en qué circunstancias; ya ven los memoriosos tenemos olvidos. Pues me falta un capítulo para esta suerte de biografía de viajador. Me faltan varios más por cumplir en los próximos 10 años por viajar.
Ocurrió en Goa, tierra de mi abuelo paterno, la ex colonia portuguesa, donde me fascinaba encontrar comercios cuyas firmas eran, Ananda da Fonseca, Jalil Gonsalvez da Cunha, Mohamed Frango y otras lindezas por el estilo del sincretismo de ese mundo colonial; un peronista diría “contundente ejemplo del contubernio oligárquico imperialista”. Me había encontrado con Guy, un canadiense muy atlético de 25 años, campeón de basquet de la Universidad de Ottawa, rubio de pelo largo, que se había hecho hacer unas rastas, fanático de Bob Marley y Peter Tosh, muy buen músico y excelente bailarín, bisexual que un día, muy civilizadamente me propuso acostarnos, propuesta que con amabilidad rechacé, pero que como tantas cosas novedosas, quedó ahí picando en algún pliegue de mi memoria y esa cosa mezcla de curiosidad, vergüenza, temor y deseo.
La noche, como todas las de Goa, era intensa por el calor y por una variedad de sonidos de aves, monos, insectos, gente que deambula, fuegos en las playas. Habíamos acompañado a los hijos del dueño de la posada donde nos alojábamos, a una pesca, para mi novedosa, que se hace internándose en el mar en un bote con casco de vidrio al que se le acerca un reflector alimentado por una batería casera y se ve el fondo del mar y la vastedad de peces que deambulan por el Índico, en una suerte de peregrinación submarina multicolor que nos atraía y nos asustaba al mismo tiempo. La noche no tenía luna y era de una oscuridad sólo interrumpida por los rayos del reflector y alguna fogata que veíamos en la costa y nos dejaba ver el perfil de un monte de palmeras danzarinas.
En un instante algo muy extraño sucedió, que aún no termino de entender. Nuestro bote golpeó o fue embestido por un pez voluminoso cuya cola inmensa fugazmente iluminada por el reflector, desapareció una vez que el bote se inclinara y arrojara batería, reflector y a nosotros cuatro a las templadas aguas del Océano Índico.
Si hay algo a lo que le temo es al mar de noche. Esa masa negra que tantas líneas poéticas ha inspirado a lo largo del tiempo, es para mí incomprensible. La inmensidad sin límite y lo que esconden sus aguas me provoca una especie de vacío existencial, me inmoviliza, me turba, me incomoda, me hace sentir la nada, la muerte, el silencio, la insignificancia de todo. Estar chapoteando a ciegas, pero sabiendo que una bestia desconocida estaba agazapada en la oscuridad, tal vez herida por el golpe, quizás sedienta por vengarse de aquellos que habíamos vulnerado su habitat, me enfrentaba a una situación cercana a la muerte que me era desconocida hasta entonces. Gritos de los muchachos indios me guiaron a lo que al rato fueron los brazos que me ayudaron a trepar al bote. Fuí el último en subir y ahí estaba Guy, acostado boca arriba y temblando. Con el endeble haz de una linterna a punto de quedarse sin pilas, vi el bello rostro de Guy con un tono violáceo preocupante e intenté reavivarlo ya que no respondía a las palabras y palmadas que le dimos en el rostro, me monté sobre él, presioné su pecho de atleta y largó agua y espuma salada por la boca a la que me acerqué para darle aire, como me habían enseñado en la Cruz Roja.
Guy no respondía, se estaba muriendo ahí en un escenario que media hora antes era una aventura a ser narrada en la bitácora del viaje a la India. Hice un esfuerzo enorme, golpéndole el pecho y llorando, le gritaba a Guy para que me escuchara, pero también le gritaba al universo, “No te podés morir hijo de puta”, y le pegaba y presionaba contra su pecho desnudo y volvía a su boca salada una y otra vez intentando reanimarlo hasta que al fín un borbotón interminable de agua salió de su interior y supimos que Guy seguía vivo.
Al llegar a la playa, lo llevamos entre los tres y nos abrazamos, cuando el médico que lo asistió, nos dijo que estaba fuera de peligro y que podría seguir jugando al basquet hasta cuando quisiera. Unos días después los indios siguieron haciendo lo suyo, Guy y yo nos despedimos y seguimos en contacto epistolar durante años, hasta que un día me llegó la noticia que Guy había muerto en un accidente de auto en Alaska. Lloré tanto ese día, como había llorado en aquel bote de vidrio. Siempre me pregunté, si aquella noche tan extraña, mientras trataba de darle aire montado sobre su pecho, no lo estaba besando en la boca intensamente, si no sentí, o si no me permití sentir, algo más que estaba sucediendo en mí. Eran tiempos en que no se podía “ser” homosexual y yo no pude transgredir ese tabú. Muchas veces he retornado a esa escena, y en los tiempos que corren de plena libertad, admiro el amplio horizonte que hoy tiene la nueva generación. En charlas con Exequiel, un amigo que vive con intensidad una sexualidad universal, he sentido envidia (y la envidia nunca es sana). De tener hoy, la edad que tenía entonces en Goa, me sumergiría en todas las aguas. El tren hay que tomarlo cuando pasa, de eso sé bastante, a ese lo perdí. Sería infame de mi parte negarlo, sería aún peor pues respondería a la perfección a la segunda acepción del vocablo “jesuita” del Diccionario de la Real Academia Española,2. Jesuita: hipócrita, taimado , simulador.
Este capítulo que faltó, no es una falta en mis escritos, faltó en la bitácora de India, faltó en mi vida.

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