En 2007 Alan Bennett (1934) publica una novela corta “The Uncommon Reader”; la cubierta del libro de Editorial Picador está ilustrada con el perfil de la reina Elizabeth II (1926 – 2022) luciendo la corona y leyendo y uno sospecha lo que al rato corroborará: nos va a narrar a su Majestad Británica en su aspecto de lectora. Es obvio que el título de la novela de Bennett, es un eslabón que la une a la cadena de ensayos publicados por Virginia Woolf (1882 – 1941) entre 1925 y 1932 aparecidos varios de ellos en el Times Literary Suplement y en el Dial y luego publicados en dos volúmenes que yo tengo el gusto de tenerlos en uno solo publicado por Harcourt, Brace & Co. de New York en 1948. Ese volumen comienza citando a Samuel Johnson (1709 – 1784) “Me regocijo de coincidir con el lector común no contaminado por prejuicios literarios…” y comenta Virginia Woolf que el lector común es aquel que difiere del crítico y del académico y es quien lee por placer y no para pontificar o alardear frente a otros. Deseo agregar que los buenos lectores, es decir los re lectores, como dice Nabokov, también leemos por placer además de por estudio; Borges, gran lector siempre se definió como lector hedonista, y que si después de dos o tres páginas se aburría, ahí mismo abandonaba la lectura.
Los ensayos de Virginia Woolf son agudos, bellamente escritos y abarcan desde Geoffrey Chaucer a Joseph Conrad pasando por Montaigne, Austen, Eliot, Brummell, Hazlitt entre otros. La nouvelle de Bennett se aboca a la Reina Elizabeth II como lectora, como una “no común” lectora, que por accidente descubre cerca de las cocinas del palacio; lugar poco frecuentado por ella; una camioneta estacionada que pertenece a la Biblioteca Móvil de la ciudad de Westminster, donde además del encargado de la misma encuentra a un joven empleado de las cocinas reales llamado Norman Seakins, con quien comienza una relación, ya que se entusiasma por sus conocimientos, lo nombra su consejero literario y lo traslada de las cocinas a sus lugares de residencia y lo asciende a la categoría de paje, con silla y escritorio en palacio, asunto que disgusta a Sir Kevin Scatchard, secretario privado de la Reina, ya que en los círculos de la realeza la lectura no está demasiado bien vista y mucho menos la recomendada por Norman, que por otra parte son los autores que todo británico culto y curioso lee asiduamente. El problema radica en que la Reina está, (tal vez sea correcto que esté) fuera de toda normalidad. La reina se reconoce una “opsimath”, es decir una persona que se pone a estudiar tarde en la vida.
Aprovechando una visita oficial de la Reina al Canadá, entre el Primer Ministro y el secretario Kevin, se desprenden elegantemente de Norman, que anclaba a la realidad literaria a la soberana. Leyendo la novela uno percibe que existen cárceles doradas, y que de una u otra manera todos estamos sujetos a limitaciones, protocolos, ceremonias, instituciones y que todos somos prisioneros de nuestro pequeño charco y cuando nos hablan del mar nos asustamos.
Estoy queriendo decir que cuando alguien me hizo ver que “Finnegans Wake” es “Fin”, “egans” es “again” y “Wake” es despertar y es velorio y que en la página 628 de la novela de James Joyce que concluye con estas palabras ” A way a lone a last a loved a long the” y termina sin terminar, entonces hay que regresar a la primera página del libro que comienza sin comenzar con estas palabras “riverrun, past Eve and Adam’s, from swerve of shore to ben a bay, brings us by a comodius vicus of recirculation ….. ” y alguien me explicó que “vicus” es Juan Bautista Vico (1668 – 1744) y su Ciencia Nueva y el Corso e Recorso, yo me llené de alegría, y ese descubrimiento es lo que me permitió descubrir en el cuento “Guayaquil” de Borges que cuando el profesor alemán le dice a su colega sudamericano “en usted vive”, y el narrador agrega que el hombre pronunciaba la ” V ” como si fuera una ” F ” como hacen los germanos y yo leí “Fife”, así en mayúscula y supe que Borges se refería al condado de Fife en Banff, Escocia de donde era James Duff, cuarto Conde de Fife y protector y colaborador de San Martín en su lucha por la independencia del Río de la Plata y esa alegría se hizo felicidad cuando supe leer entre líneas como me habían enseñado y lo pude trasmitir a otros que con seguridad descubrieron otras y ese pasaje de lector común a lector no común se trate de Majestades reales o meros plebeyos como yo, lo siento como un abrazo cultural de pertenencia, si se quiere como la tradición de viejos sabios que abrazan a los nuevos curiosos por más que los Primeros Ministros y Secretarios Privados se interpongan ante el imparable deseo de leer y de escribir.

Deja un comentario