Autor: alejandrofrango.com

  • MUSIC & SEX

    No sé hablar sobre música; no porque no me guste; me encanta, pero no se nada de ella. Mi argumentación se reduce a decir ‘me gusta / no me gusta’. No puedo hablar como otros hablan de ópera o de tango o de jazz. No sé mucho de bandas, nunca he sabido.

    Estoy en Maidstone, Kent, en el Castillo de Leeds, uno de los más lindos del Reino Unido: paredes de piedra color ocre, foso pleno de agua y de cisnes, lo separan de un inmenso parque ondulado, rodeado de un espeso bosque. He venido a pasar el día y a gozar la Obertura 1812 de Tchaicovsky, lugar perfecto para escuchar y ver los cañones que festejan la detención del ejército de Napoleón en su avance sobre Moscú. Es verano, es 1978. Invité a Ana, una chica polaca, profesora de francés a punto de terminar la carrera de psicolingüistica. No me gusta físicamente, me atrae su inteligencia, me molesta lo mal que habla inglés, cada rato tengo que repetir lo que dije, su manera de reirse es casi la de una hiena, sus dientes están amarillos de nicotina, es rubia y está excedida de peso. ¿Qué hago aquí?, pero no mi clásico what am I doing here?, sino ¿qué hago en esta situación con alguien que no me gusta y no sé por qué invité?

    Estoy en Wembley, es 1978, es un concierto de “The Who”, primer concierto de rock al que asisto en Inglaterra. Gran cantidad de gente en los alrededores del estadio, mucha policía. En el interior banderas, impresiona la cantidad, son sábanas blancas con pinturas caseras: todos son penes, grandes pijas flameando. Nunca entendí por qué, tampoco hice mucho esfuerzo en averiguarlo. Mucho alcohol, mucha marihuana, varios desagradables masturbándose. Musicalmente, me encantó. Ya regresando en el tren, sin embargo más que la música me impactaron las banderas; vino a mí “Alta en el cielo un águila guerrera” y me acordé de una maestra de la primaria; la señorita Ofelia, una suerte de sargento de caballería con guardapolvo blanco; vigilaba que tomáramos distancia y estuviéramos firmes. También se cantaba “Marcha a la Bandera”, el estribillo dice “Es la bandera de la patria mía, del sol nacida que me ha dado Dios”. Mientras miraba por la ventanilla del tren cómo se iban encendiendo las luces de los distintos barrios de las afueras de Londres iba recordando:Bandera,Sol, Patria, Dios. Era el Mundial 78 en Argentina y me imaginaba que todo estaría pleno de banderas, nacionalismo y Dios.

    Manuel Belgrano, el 27 de febrero de 1812, frente al Paraná, en Rosario, tomó los colores, no del cielo como había dicho la señorita Ofelia, sino de la escarapela (¿nacional?) que fue el distintivo que Pueyrredón le había hecho colocar a los soldados y gauchos en Luján, donde había agrupado a su gente para marchar en defensa de Buenos Aires en 1806. La razón por haber elegido los colores, es porque en ellos se representa la imagen de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina, que no es otra que la Inmaculada Concepción de España. Los colores celeste y blanco son además los colores con que la realeza española engalana sus uniformes con una banda, en ceremonias oficiales. El color blanco es el color de los Borbones al que agragaron el celeste de la Real Orden de Carlos III. Cuando Belgrano se gradúa de abogado en Valladolid, jura defender el dogma de la Inmaculada Concepción, cuya vestimenta es túnica blanca y hábito celeste, colores que a su vez decoran el escudo del Consulado, creado por él en Buenos Aires.

    Por aquí mucho pene idolatrado y allá Concepción pura y limpia. El mismo Pueyrredón se dió cuenta que la bandera nacional se parecía demasiado a la imperial y le hizo agregar el sol, que es el Inti de los Incas y que diseñó el peruano Juan de Dios Vera Tupac Amaru. Pero hagamos un eclipse de sol y volvamos a la música y los penes.

    Estoy ahora en París, entrando en el cementerio de Pere Lachaise (1804), recorro parte de las 43 hectáreas y me detengo en los mausoleos de Chopin, Delacroix, Proust, Colette; me sorprendió que Madame Lynch, la mujer de Francisco Solano López estuviera allí y de que Juan Bautista Alberdi (1810-1884) hubiera comprado una parcela, pero luego fue repatriado.

    Llego a la tumba de Jim Morrison, el lider de The Doors. Morrison está en una tumba de bronce que reproduce su imagen acostada de cúbito dorsal. El material oscurecido por la exposición a la intemperie, tiene sin embargo el protuberante pene lustroso de tantas masturbaciones que se hacen sobre el mismo, de acuerdo a lo que se publica en los avisos clasificados de Le Canard Enchané que promueve ese homenaje participativo.

    Trincomalee, Sri Lanka, 1980, concierto de Ravi Shankar, la cítara y el ron nos embriagan, estoy con Maggie, una chica australiana y con otra pareja, Mónica de Roma y el francés Charlie, con quienes vengo viajando hace una semana. Arena, música, calor, los cuatro nadando desnudos y totalmente maculados, nos quedamos dormidos en la playa. Al amanecer nos despiertan dos policías con bastones largos (idénticos a aquellos con los que me sacaron de la Facultad de Derecho en 1966), era entonces el golpe de estado del inmaculado Onganía.

    Delito contra la moralidad, desnudos en la playa “Horror!, Horror!, Horror!”

    ¿Cárcel o rupee?, ustedes eligen.

    Rupee.

    Poca rupee, “we want more rupee”.

    “No more rupee”.

    “We accept dollar”.

    “Rupee and dollar, terrible crime and Never more, never more, never more”, nos fuimos cantando los versos de “The Raven” de Edgar Allan Poe.

    Hay más penes aún, es febrero, es 1981, voy a caminar los verdes senderos de Galicia, el camino de las estrellas, la ruta Jacobea, el Camino de Santiago.

    Dejo el Midi, pleno de rocas y garrigue, necesito música líquida, la misma que hoy golpea las ventanas de mi casa en San Isidro. Leo en mi bitácora de entonces “Voy a hacer el trabajo en el que me siento más responsable: viajar”. Leo, que tomé el tren en Avignon y fueron pasando Montpellier, Bezieres, Narbonne, Carcassone, Toulouse, Lourdes, Saint Jean de Luz, Hendaye, San Sebastián, Bilbao, entro en Cantabria, Santillana del Mar, Burgos. No ha parado de llover en el país vasco, veo campos y vacas lecheras por todas partes y en Burgos llueve torrencialmente. Salgo de la monumetal Catedral y busco refugio en un taller mecánico. Entre los carteles que anuncian Electricidad, Carburación, hay un pizarrón que dice: “Hoy bacalao al pil pil”. Mesa con mantel de hule, varios parroquianos, obreros de la construcción, tamberos, mecánicos, Bernadette. Comemos, charlamos, bebemos vino de la Rioja. Bernadette que es del Jura, en la frontera con Suiza, va en la misma dirección. Miramos el mapa y decidimos ir hasta León y de allí a Sarría y ahi haremos caminando algo más de 100 Kilóimetros hasta Santiago. Pensamos en 5 días de caminata; Sarría Portmarín 22 Km, de ésta a Palos del Rey 24 Km, de ahí a Arzúa 20 Km, a Rua 19 y de ésta a Santiago, los últimos 21 Km.

    Pienso que si hubiera vivido en los siglos IX a XII, no habría sido un penitente peregrino, sino más bien uno de los pícaros, aventureros, trovadores o goliardos que tan bien ha descripto el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz en el Libro del Buen Amor. Tal vez me habría dedicado entonces a leer el destino de los peregrinos haciendo trucos con las barajas españolas de uso abusivo en la época, ya que en el Estatuto de Juan I de 1387 se prohiben con severas penas.

    -Mira Alejo, me instruyó Bernadette, las copas, representan la sensualidad, el amor, la diosa Venus; las espadas, son la ley, la justicia, el derecho; los bastos simbolizan el poder y la voluntad y los oros, la fortuna, el dinero, la estrella de David y la energía.

    Bernadette me informa que cuando lleguemos a la plaza del Obradorio, tenemos que visitar la iglesia de San Fructuoso, donde hay cuatro estatuas que serían representación de las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, pero que mirando con atención -me dice- cada una representa a los respectivops palos de las barajas españolas. Le enseño a jugar al truco y pronto me empezó a engañar y a ganar. Así que convencidos que ‘con pan y vino se hace el camino’, nos ponemos en marcha. Compramos para nuestras mochilas dos conchas de Santiago, que es lo que sirve de divisa al caminante. Pero dije penes, no conchas y aquí vienen.

    Desde León nos fuimos a la Colegiata de San Isidoro, la cumbre del románico español. ¡Qué poder, el de la Iglesia! ¡Qué manera de hacer marketing, qué sistema! ¡Cómo marcó el compás! Después de las tropelías, asaltos, robos, violaciones y muertes que ocurrían en el Camino de Santiago, el Papa Calixto II en el siglo XII, establece la obligación de dar protección, pan, vino, albergue a los peregrinos en los conventos, iglesias y hospitales que abundan. Ese fue el Liber Sancti Jacobi o Codex Calistinus, considerado la primera guía turística de Europa y origen del pasaporte del caminante que aún hoy se entrega a los peregrinos.

    A unos 10 Km de Santiago, nos desviamos para pasar la noche en Labacolla, pequeña población que entonces no tendría más de 60 habitantes y que hoy Wikipedia me informa tiene 168, 95 son mujeres y 73 varones (año 2012) El código establecía que en ese poblado se erigiría el lavaméntula o lavapene, para llegar en estado de pureza corporal al santuario: “Habrán de lavarse todo el cuerpo, pero en especial los testículos y las partes pudendas”, y sí claro, dormimos, comimos lacón con grelos y nos dimos una ducha con especial atención a mi méntula y a su coquille.

    Seguí después para el sur y Bernadette para el norte y nunca más supimos el uno del otro. Modos de vida, maneras de responder a What the hell are we all doing here?

  • CAMBIA, TODO CAMBIA

    “Perón seguía adelante sin desfallecer. Siguió conspirando con Becker para derrocar a los gobiernos vecinos con el fin de establecer un bloque de naciones pro nazi liderado por Argentina que contrarrestrara la influencia de Washington sobre Brasil. ‘La lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía’ -había escrito Perón en un manifiesto secreto del GOU el 3 de mayo de 1943-. Las alianzas serán el primer paso. Tenemos al Paraguay, tenemos a Bolivia y a Chile. Con la Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile, fácil será presionar al Uruguay. Luego las cinco naciones unidas atraerán fácilmente al Brasil debido a su forma de gobierno y a sus grandes núcleos alemanes. Caído Brasil, el continente americano será nuestro” (“La Auténtica Odessa. Fuga nazi a la Argentina”, Uki Goñi, cap.2 Perón salta al Poder, pag. 55).

    Observo hoy, noviembre de 2025, que nuestro país, Paraguay y Bolivia, están dirigidos felizmente, por gobiernos, en las antípodas de aquellos de 1943; y es muy posible que el 14 de diciembre próximo Chile elija a un gobierno del mismo signo. Uruguay y Brasil están dirigidos por demócratas de izquierda.

    A Perón, Hitler le servía de faro. El Presidente Milei reivindica como guía al Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

    Recuerdo que en febrero de 2022 el ex Presidente Alberto Fernández; hoy procesado por causas de corrupción económica, relacionadas con seguros y en causas de corrupción moral por violencia de género (“para decirle algo lindo”, como a él le gusta) en su visita a Moscú, intentaba seducir al Presidente Vladimir Putin, expresando que le encantaría que la Argentina pudiera ser la puerta de entrada para Rusia a toda América Latina, ya que consideraba que la dependencia de los Estados Unidos y del FMI eran excesivas.

    Recuerdo también, que la Vice de Fernández, otra Fernández, hoy presa por encabezar una banda de estafadores del Estado Argentino, en tiempos de pandemia por Covid, solía decir que a ella y a su difunto marido Néstor Kirchner y sobre todo a sus niños Máximo y Florencia les encantaba disfrutar de Disneylandia, pero que en materia de vacunas se inclinaba, no por Pfizer sino por la Sputnik, a pesar de la prioritaria puesta a disposición de la vacuna Pfizer al gobierno argentino. El rechazo del ofrecimiento y la demora en la llegada de las Sputnik al país, causó la muerte de 130.000 ciudadanos; cuatro veces más que el “genocidio de 30.000 desaparecidos” durante el proceso militar.

    Recuerdo también que después del asesinato del fiscal Alberto Nisman, la Fernández, entonces Presidente de la Nación, desde una silla de ruedas en la Residencia de Olivos, afirmó con la soberbia que la caracteriza “No tengo pruebas, no tengo dudas, Nisman se suicidó”. Por suerte la actual presidiaria no siguió la carrera judicial, esas palabras en boca de un juez serían letales para la justicia; sabiamente escogió el ejercicio de la profesión liberal (perdón que lo diga así, tan crudamente) y fue una “exitosa” abogada, que la Historia juzgará, y ella, tampoco tuvo aquí duda alguna, la Historia la absolvería.

    Basta de política por ahora, voy a distraerme un rato, hoy me inclino por aquella joya de 1963 de Luchino Visconti “IL GATTOPARDO”.

  • ¿QUÉ?

    El 17 de octubre es una fecha fatídica, dolorosa, plena de tristeza para el bien pensar. Ese día Carlo Michelstaedter tomó la pistola, se la acercó a la sien, disparó. Gotas de su sangre mancharon la hoja donde había dejado escrito el “Prefacio” a su tesis de licenciatura, que hoy es su libro “LA PERSUASIÓN Y LA RETÓRICA” escrito entre 1908 y 1910. Carlo Michelstaedter había nacido en el Imperio Austro Húngaro en 1887, a los 23 años, el 17 de octubre de 1910 se apagó, dejándonos una luz, que bien leída indica un camino, pero que también si nos da de frente enceguese y dispara.

    “Se que quiero y no tengo lo que quiero” así comienza el Capítulo I.

    ¿QUÉ?

    Lo que ya dijeron Parménides, Heráclito, Eurípides,

    ¿QUÉ?

    Lo que a Aristóteles disgustó y los difamó por ingenuos,

    ¿QUÉ?

    Lo que dijo Sócrates y le arrojaron los sistemas y la cicuta,

    ¿QUÉ?

    Lo que volvió a decir el Eclesiastés, pero lo denigraron oponiéndole la esperanza bíblica,

    ¿QUÉ?

    Lo que dijo Cristo pero le construyeron la iglesia encima,

    ¿QUÉ?

    Lo que escribieron en distintas épocas y estilos diferentes Esquilo y Sófocles (más no Eurípides), Simónides, Petrarca, Leopardi, Ibsen, Beethoven, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein,

    ¿QUÉ?

    LA PERSUASIÓN, es decir el Carpe Diem, el momento presente, el instante que estás viviendo.

    Se le opusieron todos los hacedores de la prédica vacía, el discurso político, la hueca RETÓRICA.

    El 17 de octubre es un día de duelo, se pegó un tiro LA LIBERTAD.

  • ¿POST PANDEMIA?

    Es noviembre, es 2021, ya hace calor en San Isidro: es decir estamos en esa época donde según los que informan sobre el clima (meteorólogos, pronosticadores o locutores) anuncian que el día será una maravilla, por el mero hecho que no lloverá , no soplará el viento, el sol brillará, el cielo será celeste, la temperatura oscilará entre los 18 y los 28 grados centígrados. Reconocen sí, que la humedad será alta.

    Para mí los días merecen el nombre de “maravilla”, cuando el cielo está gris y llueve con intensidad durante 48 horas, con relámpagos, truenos y vientos fuertes y cuando la temperatura oscila entre 3 y 13 grados centígrados. Si nevase en Buenos Aires yo sería un hombre feliz. Pero a las locutoras y locutores se les ha ocurrido que “maravilla” es monopolio de sol, calor y cielo celeste. Y si las locutoras y locutores son militantes, esos son “días peronistas”. Lo que para mí es “maravilla”, para ellos es “día horrible en Buenos Aires”. Detesto a los locutores climáticos, que adjetivan, en vez de limitarse a los meros datos y dejar que nosotros adjetivemos de acuerdo a nuestra sensación.

    Me está pasando, que observo que la abrumadora, por momentos extenuante información sobre los infectados y muertos por Covid, ha prácticamente desaparecido. No me malentiendan, no es que extrañe esa ausencia, es más me habría encantado que nunca hubiera sucedido; pero me resulta poco confiable que la epidemia no merezca mayor información y un recordatorio diario en relación a los recaudos profilácticos.

    Regresando hoy del supermercado, vi que un vecino al que sólo conozco de vista, tal como él me conoce a mí, entraba su MG 1947 color rojo en su impecable aunque austera casa estilo colonial argentino ubicada en la “Libertador empedrada” y me produjo una inmensa alegría, ya que lo creía muerto precisamente por Covid. Me dieron ganas de abrazarlo, por el hecho de verlo con vida, pero me contuve, porque así son las cosas. Después me enteré que había sido su señora, las que había muerto por Covid; y casi corro a felicitarlo, ya que la señora, que solía pasear a un perro collie, tenía la horrible costumbre de no levantar las deposiciones de su “perrito”, que había elegido el frente de mi casa como aliviador de su intestino y habíamos tenido alguna discusión por mi queja al respecto y su indiferencia también al respecto. Varias veces me dije, voy a recoger esos excrementos con una pala y se los voy a tirar por la cabeza. Pero me contuve porque así también son estas cosas.

    Hay otro perro, un galgo viejo, que pasa acompañado de su dueño, un hombre joven y delgado, que lo lleva sujeto a una larga correa de color amarillo y negro. El galgo tiene sólo tres patas y me produce una tristeza tan enorme, verlo caminar con su elegancia perdida debido a su carencia, ya que los galgos son “gentledogs” al caminar. Lo abrazaría y me pondría a llorar, cosa que no haría si fuera su dueño el discapacitado por carecer de una pierna o un brazo, no porque tal hecho me resultara agradable, sino porque me parece que el galgo sufre una amputación humana, no propia de su especie. Tal vez un auto o moto lo atropelló y hubo que amputarle un miembro o tal vez tuvo un cáncer, enfermedad que atribuyo, probablemente equivocado, como privativa al ser humano y no a los otros animales. Tampoco me incliné a abrazarlo y me puse a llorar, porque también ese gesto forma parte de esas cosas.

    Lo que también me pasa es que cuando abro una caja de arroz para verter los granos en un frasco de vidrio para guardar en la alacena o cuando corto el ángulo de una bolsa de lentejas con idéntico propósito y caen sobre la mesada algunos granos de arroz o alguna lenteja, me preocupo por volverlos al redil, hago todo lo posible por “salvarlos” (esa es la palabra que uso). Han sido producidos para alimentar, no para pasar un trapo rejilla sobre la mesada y tirarlos a la basura. Tengo idéntico comportamiento cuando cocino fideos y queda uno “rebelde” en el fondo de la olla, también lo salvo y no descanso hasta integrarlo a la fuente para que cumpla con su función.

    Estos comportamientos, a los que he prestado mayor atención en tiempos de pandemia, debido a una menor actividad social y laboral me remontaron a un juego al que solía dedicarme entre los 5 y 7 años (estimo). Tomaba las bolillas con las que jugábamos a la lotería, las colocaba en el piso de roble que tenía un diseño de marqutería, y cada dos listones horizontales, que para mí eran coches del último tren, que estaba a punto de partir, de una estación ante una amenaza fatal a veces en el Far West, huyendo de un ataque de pieles rojas, otras de refugiados escapando de los nazis e iban llegando las bolillas, que por supuesto eran cowboys y damas antiguas en un caso y judíos y sus familias , en el otro, que huían hacia la estación y pasaba entonces con las bolillas lo mismo que sucede ahora con los granos de arroz, las lentejas o los fideos, había que salvar a todas las bolillas y sí las salvaba, siempre triunfaba el bien.

    Fui un chico de buenos sentimientos, no como ahora que untaría de deposiciones caninas a la señora del collie y procedería de manera idéntica con los funcionarios que ocupan la casa de gobierno: pero a estos se las haría comer.

  • AMBOISE (1979) FLORENCIA (1981) BUENOS AIRES (1982)

    Es 1979, recorro la ruta de los castillos del Loire, van pasando Blois, Brissac, Chambord, Chennonseaux. Llego a Amboise, camino el castillo, bajo por la famosa escalera de Francisco I. No sé si la palabra es ‘maravilloso’, creo que me inclino por ‘encantada’. Sí, la zona, los bosques, los castillos me producen encantamientoi, que creo que expresa mejor la sensación de cuentos de hadas, que los castillos me provocan. Sí, claro, las guerras de religión, las luchas por el poder, el campesinado, los soldados, los calabozos, lo de siempre: ¿quién la tiene más larga, ancha y rugosa?

    Entro en Clos Luce a rendir homenaje silencioso y solitario a Leonardo (1452-1519), invitado por Francisco I en 1516. Leonardo cruza los Alpes, supongo que a lomo de mula, con algún ayudante y cargado con sus pliegos, sus proyectos, pinturas, ideas, mecanismos donde hay desde tanques a dirigibles, helicópteros, aviones, y alguno ha imaginado hasta molinillos de pimienta.

    Es diciembre de 1981, regreso por tierra desde Turquía y antes de llegar a Génova, donde me embarcaré después de cuatro años de viajes rumbo al Río de la Plata; esa inmensa alfombra líquida que baña a Buenos Aires. Paramos en Florencia, un magnífico espacio urbano para despedirme de Europa. Estamos en la Plaza de la Señoría después de haber comido en Enoteca Pinchiorri inolvidables langostinos, el famoso estofado toscano que responde al musical nombre de Scottiglia que es un increíble plato campesino y unas tarteletas con mousse de banano de postre. Bebimos acorde al lugar y al acontecimiento.

    Es una noche fría, estrellada. Nos rodean los Medicis, Miguel Ángel, Galileo, Cellini, Donatello, Bandinelli, Maquiavelo, el espíritu del Renacimiento y el recordatorio próximo a la fuente de Neptuno de Bartolomeo Ammannati de que ahí el 23 de mayo de 1498 fue colgado y luego quemado por herejía Savonarola (1452-1498), para que nos sigamos dando cuenta. De pronto miro hacia el cielo y un enorme dirigible plateado, con logo de Air France, avanza con lentitud por sobre el Palazzo Vecchio, por sobre el David, por sobre los tiempos e imagino en su interior a Leonardo guiñándonos un ojo.

    Después sí, el Federico C, el mar eterno, infinito, el olor a Río de la Plata.Encuentros, asados, amigos, jardín, narraciones, aquí estaba nuevamente en la patria, con los escasos cuatro dólares con que llegué que espantaron tanto a mi padre, que murió de un infarto (no por mi exiguo capital, quiero creer) sino el día de la rendición en la guerra por Falkinas.

  • MÚSICA LÍQUIDA

    Es Glasgow, es Escocia, es invierno, es enero 2019, está frío, llovió y luego salió el sol a las tres de la tarde. Además es domingo.

    Es Loncoche, es Chile, es verano, es enero 1975, frío, es de noche, llueve con una intensidad tal que parece que estuvieran zapateando en el techo de la hostería en donde intentamos y logramos, al fin, dormir. La lluvia de Loncoche es la que me gusta, una lluvia en serio, un arrebato musical, es Beethoven tocando como un poseso, pero pueden ser también Mozart o Piazzola. Es el tipo de música que llamo ‘música líquida’, es una fiesta, es como el Mercado de Hacienda de Liniers en Mataderos y su ópera vacuna.

    La lluvia de Glasgow es Chopin a las seis de la tarde un domingo en edad escolar y luego se escucha un acordeón ejecutando un tango: eso se llama llanto. Si hay una sensación de angustia, de tristeza y de abandono, es cuando sale el sol a la hora que tiene que ocultarse. Es el sol de las seis de la tarde después de una lluvia en Buenos Aires o su equivalente en Glasgow a las tres.

    Tomo un café en una de las esquinas de Bath Street; una pizzería hecha no para agradar al comensal, sino tan sólo para ganar plata, atendida por un napolitano que hace diez años vive aquí, huyendo del caos de Nápoles. Estoy con dos escoceses que viven en Sitches, hartos de la ‘frialdad’ de los sajones.

    Miro por el ventanal de la pizzería, el pavimento está mojado, se ven cables de teléfonos, electricidad y TV cruzando las calles , como si quisieran tachar el cielo. No se ve árbol alguno y los muros blanco-amarillentos que nos rodean, exaltan la desnudez urbana. Cruza la calle una pareja joven con un bebé en un cochecito; entran en un edificio cuyas paredes están descascaradas y en la entrada hay varios contenedores para residuos. Al rato se enciende una luz, en lo que supongo será su “flat” alquilado y calefaccionado por una estufa a gas que hay que alimentar con monedas. Esas escenas provocan una tristeza devastadora en mí. Son como un tsunami que me despoja hasta de la vergüenza: saldría a la calle y me pondría a llorar sin consuelo. Es entonces cuando le pido a James Joyce, esa escena frente al Oriental Tea Co. Y súbitamente en Bath St., los cables de teléfono se transforman en lianas donde se hamacan monos, la pareja arroja ramilletes de orquídeas desde la ventana de su flat y ateridos de frío caminamos hacia la estación a tomar el tren para Edimburgo.

    Comemos en un restaurante, al abrigo de una chisporroteante chimenes: sopa de langostinos, gigot con papas y hongos, Chateau Neuf du Pape 2012 y ahora sí, llueve en serio. otra imagen de la felicidad.

    Antes de dormirme me pregunto ¿por qué me afecta tanto esa imagen de desolación de Glasgow, por qué el domingo , al igual que diciembre me precarizan al extremo? Creo saberlo.

  • ACEFALIA

    Anuncian tormentas, es agosto 17 de 2023.

    Salgo de casa con la imagen de Adolf Hitler entrando en un Mercedes Benz negro, llevando el bastón de Nietzsche.

    Voy a pagar la cuenta del agua y el ABL que son los únicos servicios que no sé por qué no tengo incorporados al home banking. Como sé que tendré que hacer una cola, me llevo el libro que estoy leyendo “Acéphale” que es la edición de los cinco números de la revista homónima que se publicó en París entre 1936 y 1939 donde escribían Georges Bataille, Pierre Klossowski, Roger Callois, André Masson, Jean Whal, Jules Monnerot, Jean Rollin. En el número 2 de “Acéphale”, bajo el título ‘Nietzsche y los fascitas’, artículo no firmado pero atribuido a George Bataille (1897-1962) es donde acabo de leer: “Antes de abandonar Weimar para irse a Essen – informa el periódico El Tiempo del 4 de noviembre de 1933-,el canciller Hitler visitó a la señora Elizabeth Föster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo. La anciana señora le obsequió un bastón que había pertenecido a su hermano. Le hizo también visitar los Archivos Nietzsche. El señor Hitler asistió a la lectura de un texto que el doctor Förster, agitador antisemita, había dirigido a Bismarck en 1879, texto en donde se quejaba de ‘la invasión del espíritu judío en Alemania’. Con el bastón de Nietzsche en la mano, Hitler atravesó la muchedumbre en medio de aclamaciones y subió a su automóvil para ir a Erfurt, y desde allí a Essen”.

    Es temprano, la oficina de pagos abrirá en 20 minutos. Me siento en un banco de cemento que hay afuera del local y retomo la lectura de “Acéphale”. Al rato llega un hombre, baja de su bicicleta y me pregunta lo que siempre pregunta el que llega, “¿Usted es el último?”, “Así parece, y en este caso también el primero”, le contesto, amablemente, pero dejando en claro, que quiero seguir leyendo a Bataille y no deseo ponerme a charlar con él, ni con nadie, sobre nada en absoluto. Mi manera de hacérselo notar consiste en volver mi vista al libro no bien dicho “primero”. Comprendió, se encendió un cigarrillo y se quedó mirando la calle.

    -¿Es usted el último?, le preguntó la mujer recién llegada al dueño de la bicicleta, que ya para entonces compartía el banco de cemento conmigo.

    (Peluquera de 46 años, divorciada, madre de dos hijos, abuela de dos nietos), “lo que aumentó el corte, pero igual vienen, no me puedo quejar, no voté por él, pero me gustaría acomodarle el pelo, faltan 15 para que abran y estos trabajan a reglamento. Abren pasadas las 9 y cierran antes de las 6. Con el loco eso se acaba, igual que los piquetes. Yo no lo voté, pero ahora que lo veo en la tele me encanta, por favor que acabe con toda la banda”

    • La bici es vieja ¿no?
    • Sí la uso para trabajar, le engancho el carro y salgo a cartonear, está difícil, yo tampoco entiendo lo de dolarizar, la hermana parece que tiene el poder.

    Por fin a las 9.04 abrieron, pagué, regresé a casa. El silencio de la lectura, sólo interrumpido por alguna exclamación entusiasta que me provoca un concepto de Pascal Quignard del monumental “Último Reino”, o una observación sobre alguno de los escritores y sus personajes que analiza Peter Orner en su delicado y apasionado “¿Hay Alguien por ahí?” o la búsqueda de ese algo misterioso que tan bien sintetiza Georges Bataille en el prólogo a “La Parte Maldita”: “Si se tiene la paciencia y también el coraje de leer mi libro, se encontrarán en él estudios realizados según las reglas de una razón que no renuncia y soluciones a los problemas políticos que proceden de una sabiduría tradicional. Pero también se encontrará esta afirmación: QUE EL ACTO SEXUAL ES EN EL TIEMPO LO QUE EL TIGRE ES EN EL ESPACIO”, que no sé bien qué significa, pero que me remite a William Blake, a Borges, a Whitman, a Kant, a Heráclito y al texto de John Waters que cierra el número 1 de la revista “Bibliotech” editada y dirigida por Patricio Binaghi, y que dice “We need to make books cool again. If you go home with somebody and they don’t have books, don’t fuck them”. En este silencio paso el día y cuando no puedo evitar escuchar el parloteo confesional de la gente haciendo cola y vociferando sin atender al otro, esa constante protesta que es el eco de las palabras vacías de los políticos que no hacen más que describir sin jamás resolver un escenario cada vez más dantesco, pero sin Paraíso, contemplo mi biblioteca, miro el fuego en la chimenea, escucho un trueno de la pronosticada tormenta y casi al instante una lluvia ansiada que golpetea contra el vidrio y a las 10 y 20 la mañana se disfraza de noche y llueve como en la época del colegio primario y como llovió en Loncoche y luego en Pokara y como me gustaría que siempre lloviese cuando llueve.

    Sí, no me cabe duda alguna; el Mercedes Benz al que subió Hitler en Weimar en 1933 era negro, como negro era el Cadillac en el que llegó Perón a González Catán a inaugurar el 6 de septiembre de 1951, la primera fábrica de Mercedes Benz fuera de Alemania, y que con el tiempo emplearía a Riccardo Klement es decir Adolf Eichmann como operario en la planta. Y entonces cuando el miembro de la Cia. de Jesús devenido Pontífice Romano afirma que el Libertario que estudia la Torah y sigue espiritualmente a un rabino es un “Adolfito”, me digo que al servicio de agua y al ABL debo incorporarlos con carácter URGENTE al home banking.

  • PINK MOON

    “Man we are in India”, y nos abrazamos.

    “We did it, man”, y nos volvimos a abrazar.

    Un carpintero del Mid West, un médico recién recibido de Fointainbleau, un filósofo de San Isidro, saltando de alegría en Rameshwaram, Tamil Nadu. Casi las Naciones Unidas, pero de verdad. Así nos sentíamos y el Mid West, era entonces, para mí, tan extraño como San Isidro, para ellos. Pierre corría con desventaja, tanto Gary como yo, conocíamos su espacio.

    Veníamos de Shri Lanka y habíamos compartido música y haschis y habíamos soñado con India, en mi caso en tardes de caminatas por la estación Juan Anchorena, como Gary la había imaginado en su taller de carpintero en Cleveland, Ohio a orillas del Lake Erie y Pierre mientras estudiaba anatomía, en los altos de la estación de trenes de Fointainbleau, donde su padre era el jefe de la misma.

    Viajamos algunos días juntos, nos separamos en varias ocasiones y nos volvimos a encontrar en Cachemira, a orillas del Lago Dahl, en Srinagar donde Hermann Hesse había escrito Siddharta. Compartimos una casa bote “Wild Rose” donde nos recomendaron una visita a Pink Moon.

    “You should try it Baba, you are in India, you have to try opium. Opium is an experience you’ll never forget”. Si, Oui, Yes.

    La noche era fría, era una noche de un cuadro de van Gogh, era el silencio que al menos a mí siempre me despiertan las obras del holandés. Pink Moon, estaba a las afueras de Srinagar, a la vuelta de un recodo, enclavada en la ladera. Era una bella casa de madera, con una terraza con sillones de rattan y una gran mesa de madera donde nos sirvieron infusiones. Después de media hora y varias tasas de té, un indio delgado, de piel oscura, barba, turbante negro y sarín blanco se acercó. Are you ready?, Gary was ready, Pierre was ready y los tres dejamos nuestro calzado en la entrada, pasamos a un pequeño vestuario donde nos despojamos de las ropas occidentales y nos vestimos con un túnica blanca de hilo: parecíamos tres monjes. Caminamos por una capa de alfombras que le daban a nuestro andar la sensación de estar caminando sobre arena, o sobre las nubes. En camastros de rattan, con almohadones de terciopelo para descansar la cabeza, nos acostamos.

    “La caída de la casa Usher” fue lo primero que me vino a la cabeza, las ilustraciones de Satty en esa espléndida edición de Warner Books y la comparación que el narrador de Poe, hace entre la otrora espléndida residencia de su amigo Roderick Usher y lo que desde el caballo veía, “que no puede compararse más que con el ensueño portentoso del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo”.

    La pipa encendida y la pasta roja de opio derritiéndose lentamente y aspiramos un humo denso, que penetró cada uno de los alvéolos de nuestros pulmones y Pierre sonriendo y cantando CHON CHON CHON (C17 H19 O3 N) la fórmula de la morfina de la que tanto nos había hablado, mientras tomábamos té en la antesala. Y volví a pensar en “Confessions of an English Opium-Eater” de Thomas De Quincey y sabía que cada uno de nosotros se iría a un mundo diferente con trenes y ojos y selvas y tigres y torres y cuchillos y encuentros con gente querida e imágenes de la niñez y muertos y animales y velocidad y pasó Gary volando y me pareció uno de los dibujos de Jean Cocteau de su libro “Opio”. Y “Los Paraísos Artificiales” de Baudelaire y sentí el placer y el vacío de la nada, como flotando, sin coyunturas y una voz interior que decía ‘dejate llevar como si fuera un río que te acaricia’ y la anotación de Cocteau “Y si el opio quiere”, entonces vi una pantera azul negra rugiendo y la mujer joven lloraba sin consuelo y quería abrazarla, pero el río me arrastraba y saltaron mis ojos, eran ellos los que veían entre otras coas el resto de mi cuerpo acostado y Hitler besaba impúdicamente en la boca a Pio XII; nadaban peces de colores en el aire: hubo tiros que destrozaban la corteza de eucaliptos, sucedió que fugazmente el sapo enorme se hizo escarpín; me bato a duelo, clavo el florete en una aceituna, me como el bigote de Dalí untado con aioli; me veo salir del caparazón de una tortuga, camino por Roma. Corre una liebre, salto del Empire State, viajo en una mariposa del tamaño del mar en noche cerrada, galopo un caballo blanco, leo en una balsa, monto un camello, acaricio una jirafa, mis ojos (no mi vista) miran desde debajo de la cama (así nos han de ver las cucarachas), una mano bate a nieve, el submarino está invadido por abejas.

    Pensamos que habían pasado horas, nunca tantas, fueron 28 y cuando camino a Wild Rose nos contamos la experiencia, supimos que la realidad nos exigía palabras que no la expresaban.

    Me sentí mientras narraba mi ‘viaje’, como los analfabetos copistas medievales, dibujando signos extraños que no podían comprender, si los mismos decían lo que entre ellos conversaban cuando en los descansos se juntaban a beber en las heladas galerías de los monasterios.

    Como Pierre, al igual que Gary, no pude más que mentir.

  • ISLAS FALKINAS

    Ros Road, Port Stanley, invierno 2017. Camino en el octavo día de mi estadía en las islas por la costanera, despidiéndome de este fin del mundo. La tormenta ha hecho que tengamos que despegar con 24 horas de retraso. Paso frente a la Falkland Island Co., vuelvo a la costanera y entro en el cementerio, leo nombres y años en las lápidas: 1849, 1852, 1866, 1887 y así hasta uno fallecido en enero de este año. Regreso por el mismo camino, miro hacia el Waterfront Hotel, donde me alojo, vecino al Penguin Shop, la Catedral Anglicana, que por supuesto es la más austral del mundo, entro luego en St. Mary que es Protocatedral Católica y cuyo nombre oficial en latín es “Apostolica Praefectura de Insulis Falkland seu Malvinis”, lo cual me parece una obra maestra de equilibrio diplomático, es decir es la Prefectura Apostólica de las islas Falkland o Malvinas; aunque desde el punto de vista filosófico es una traición a la tan cacareada teoría aristotélico-tomista de que es necesario que toda cosa ‘sea o no sea’ y una adscripción a la teoría de Leibniz que en “Elementos del Derecho Natural” distingue las formas de la modalidad como: a) lo posible, b) lo imposible, c) lo necesario y d) lo CONTINGENTE es decir ‘que puede ser o no ser’, casi Poncio Pilatos, y que decida el pueblo.

    En mi caminata paso la casa del Gobernador: entro en Pioneer Row, visito por tercera vez el museo. Almuerzo, leo; tomo el té, leo; como a la noche, leo; duermo, sueño que leo. El domingo parto.

    Aterricé en Malvinas, recorrí las Falklands, despegué de Falkinas.

    Llegué a las islas desde una cultura, partí de las mismas con una experiencia. Vi un aburrido, primitivo y no muy lindo village inglés del siglo XIX con muchos Land Rovers que van y vienen. Curiosamente, cada vez que cuento mis viajes, ellos suelen despertar entusiasmo, ganas de viajar, interés y hasta cierta admiración, lo que muchos llaman “sana envidia”, algo así como “amoroso odio visceral”; la verdad es que la creatividad nacional no tiene límites y de ser nacional y popular es imbatible: ya lo dije, nunca nadie me interrumpió con un grito de “vive de Gaulle, merde”. Lo cierto es que gente entre 20 y 80 años, estudiantes de gastronomía y de derecho, abogados conservadores, arquitectos del PC, anglo-argentinos, amas de casa católicas, cajeros de supermercados, empleados de estaciones de servicio, canillitas, jueces, ex fiscales, un rabino, ingenieros, libreros, kiosqueros, un ex combatiente, almacenero musulmán, parrillero, panadero, bar tender, estudiantes de la carrera de Relaciones Públicas de quienes yo era el profesor, escribano, mi dentista, portero de edificio, radicales, peronistas, un diplomático retirado, vecinos, parientes, amigos; todos expresaron: “¡Qué ganas!, vos sos raro, ni loco voy, con lo que nos costó, guita tirada al fuego, ¿te querías suicidar?, no sé cómo pudiste, qué raye tendrías, no voy ni con todos los gastos pagos, ¿pudiste caminar sin problemas? Yo no llevo pasaporte a un lugar que es la Argentina, no te molestaba, me irrita, me da bronca ¿Qué? ¿Por qué? Con excepción de tres personas que preguntaron de la misma manera que preguntan cuando uno en una comida dice “acabo de venir de Alaska”, con esa mezcla de curiosidad y ganas, todos los demás tenían una idea, un concepto, un slogan, cuando no la eterna ideología nacional, popular, apodíctica, intransigente, frentista, dogmática. Los hechos, la experiencia, la inquietud de alguien que estuvo en el lugar, que se dedica a viajar desde los 15 años, que tiene una profesión relacionada con el turismo, que no tiene ganas de convencer a nadie, ni interés económico alguno, que se aburrió, que no le gustaron y que está convencido que las Falkinas no son el problema, sino que lo que está en juego es la Antártida, todo eso les importó un soberano carajo. Ellos, los que no fueron ni irán saben, uno, que para intentar comprender, para empezar a saber, fue, es un pelotudo. De la misma manera apodíctica y universal San Martín es el Padre de la Patria y además Santo de la Espada, la línea Rosas, Perón, Kirchner encarna el sentir popular. Sarmiento, miembro de la masonería, promotor de la corriente liberal, atea, sionista, entreguista y apátrida. No se metan con Perón. Si hacés lo que hay que hacer te incendian el país. Estamos condenados al éxito. Somos un país riquísimo. La carne argentina es la mejor del mundo. Maradona, Messi, la Reina de Holanda y el Papa son argentinos, ¿se dieron cuenta chilotes, paraguas, bolitas, charrúas, se dieron cuenta quién es Gardel?

    Pasó que no ganamos.

    Pasó que perdimos.

    No nos gusta mirarnos en ese espejo.

    En la imposible hipotética situación de haber triunfado, la figura de Galtieri se hubiera instalado en la línea Rosas, Perón, Galtieri. Le habríamos disculpado haber sido un gobernante de facto, hubiéramos afirmado que él nunca persiguió, torturó, ni hizo desaparecer como los otros, lo habríamos elegido Presidente de la Nación, y atención que en cualquier momento recuperamos el Alto Perú, Paraguay y Uruguay, le habríamos enseñado a España cómo recuperar Gibraltar y si se ponen pesados, mandamos la flota a Hastings, desembarcamos como Guillermo el Conquistador en 1066 y en Buckingham Palace izamos la bandera argentina como para que el mundo se dé cuenta, se dé cuenta, se dé cuenta. Pero perdimos y si hay algo que no toleramos es perder y entonces como el avestruz, escondemos la cabeza dentro de la tierra y no entregamos el bastón y la banda presidencial a quien nos derrotó en elecciones libres. Borges lo dice con claridad “no hay peor insulto para un argentino que ser escarnecido en público”.

    Ser impuntual, improvisado, superficial, autoritario, machista, chanta, despilfarrar dineros públicos, ser corrupto; todo eso se olvida, pero que se rían de uno y lo sepan los vecinos, eso jamás. Hemos cambiado “la verdad os hará libres”, por “la verdad me da vergüenza”: nadie en las clases media y alta soporta la verdad de una biografía, por eso es que tenemos el mayor número de psicólogos por habitante. El resto, la Sociedad Anónima ante el brutal y vejatorio abandono no hace más, no puede hacer más que cantar la Marcha Peronista, que es el jingle narcotizante y catártico que mueve la calesita.

  • VERANO 2016

    Es el verano europeo de 2016, emprendo un viaje Buenos Aires, Barcelona, Praga, Viena, Orlen, Barcelona, Buenos Aires que en verdad son dos viajes. El primero es afectivo, en Barcelona está parte de mi familia, en Orlen, amigos, es decir tiene que ver entonces con empatía, con “abrigar una esperanza”, con abrazos, besos, palabras y esa cosa de enfado y reconciliación, que es lo que yo creo que es el amor: algo que por tan universal, pertenece al ámbito de lo privado. Entre esos lazos afectivos, están Praga y Viena, que son la caminata, aquello que Nietzsche resume en “las ideas vienen con la marcha”. Es el momento en que no pertenezco a ninguna rutina, es cuando estoy estando. Es el tiempo en que estoy desterritorializado. Sucede en mí, lo que Pessoa describe como “si quiero decir que existo diré “soy”, si quiero decir que existo como alma separada, diré “soy yo”, pero si quiero decir que existo como entidad que a sí misma se dirige y forma, que ejerce junto a sí misma la función divina de crearse, debo convertir el verbo ser de intransitivo en transitivo, y entonces diré “me soy”. Habré dicho una filosofía en dos palabras”.

    Bien “me soy” viajando.

    Al término de mi colegio secundario, sentía que no tenía vocación para ninguna de las ofertas universitarias. Lo que quería, era sentarme bajo un ombú y recrear lo que habían hecho los ‘conversadores’ en la Grecia del siglo III AC, esperar en las columnas del Partenón (las estoas) e interrogar a veces estoicamente, otras de manera escéptica o apelando al hedonismo ¿qué estamos haciendo aquí?

    Bien, una de las cosas que hago, es viajar y he llegado a Viena con el Diario Filosófico (1914-1916) de Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Salgo a caminar munido de mi bitácora: un paso una letra, un trecho una palabra, una caminata un párrafo, un recorrido un texto, un viaje un libro, el mundo: la biblioteca. La primera impresión es “aquí se asentó el poder”. Experimenté algo similar en Roma, en Tenotchitlan, en Londres, en Silicon Valley. La segunda impresión ‘whispering city’, Viena es una ciudad que susurra. Me detengo en un café moderno que nada tiene que ver con un café vienés, podría estar tanto en Chicago como en Mendoza. Me atrajo el olor a café y una libreta exhibida para la venta por 5 euros: el tamaño perfecto, hojas de buen papel, tapa dura ilustrada con un astrolabio y un globo aerostático y la frase de Julio Verne “Anything one man can imagine, other man can make real”. El café se llama ‘Coffee and Friends’ y está atendido por un guatemalteco.

    Camino y ese tren de palabras que nos habita se pone en marcha: ciudad impactante, rica, solemne, pomposa, Francisco José, María Teresa, Maximiliano, Habsburgos, Imperio Austro-Húngaro. La lógica del poder exaltado impúdicamente por el arte.

    Majestuosidad, grandiosidad, lujo: una torta de crema por momentos empalagosa. Residencia de Herman Broch, Freud, Tolstoi, Lenin, Hitler, Palacio Schon Brunn donde en 1918 abdica el último Habsburgo; 640 años dominando Europa, más de 1400 habitaciones, jardines de 200 hectáreas. Dos veces se hospedó Napoleón, 1805, 1809. Esplendor, salones, waltz, chocolate Strauss, Mozart, Sacher Tarte.

    Hay algo por demás armonioso en todo: parques, sonido, vestimenta, orden, limpieza.

    La hija de María Teresa se casa con el futuro Luis XVI, Napoleón con María Luisa. Habsburgos, 640 años en el poder; árabes ocho siglos en España, 2000 años de Iglesia de Roma, sólo 200 años de liberalismo. Tan sólo 200 años de mayoría de edad.

    Strauss y Sacher Tarte: SS.

    Tango y Carne (soledad y sangre): SS.

    Pausa en Café Central, desde 1876, donde bebieron Tolstoi, Freud, Arthur Schnitzer, Mann, Hitler, Stalin. Vuelvo a caminar: un paso, una letra… Albertine Platz, Sacher Hotel, Café Mozart 1794. Camino hacia el centro, hasta la Bolsa, tomo el tranvía número 1, dirección Prates, bajo en Lewengasse, camino hasta Parkgasse 18, la casa de Ludwig Wittgenstein, construida entre 1926-28 por Engelman, discípulo de Loos. Todas las aberturas con mecanismos diseñados por Ludwig, cuyo primer estudio fue calderas; el hombre iba para ingeniero, pero comprendió, se dedicó a la filosofía y como nos ocurre a todos, un día se murió. “Los hombres no están tristes porque mueren -ha dicho Carlo-, sino que mueren porque están tristes”, dice Claudio Magris en “Otro Mar”.

    Nombré a la muerte; aquí en Viena, murió un mundo. Se desplomó. Aquí comenzó la modernidad, el siglo XX. Una enorme Sacher Tarte cayó al suelo desde una mesa vestida de blanco, bañando en sangre, los pisos de roble, salpicando mármoles y espejos, tiñendo tapizados de rojo, y ahí quedó el imperio reventado en estados nacionales: Austria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Italia. Un impactante documental de Peter Jackson: “Nunca llegarán a Viejos”, exhibe los horrores de la Primera Guerra Mundial que conforma el ADN de toda la humanidad de todos los tiempos. En colgajos del imperio decadente nacieron: sionismo, nazismo, psicoanálisis, la música atonal de Schonberg, la arquitectura de Adolf Loos, la pintura de Klimt, de Egon Schiele, de Kokoshcka, Wittgenstein y sus siete hermanos; tres de los cuales se suicidaron, al igual que Otto Weininberg y Carlo Michelstraeder, y Enrico Mreule parte en 1909 a perderse y pensar y caminar la Patagonia hasta que regresa en 1922 a poner en remojo el mantel chorreante de sangre y no pudo no recordar cuando a caballo arreaba a miles de ovejas en el sur argentino y rememoró lo que a los 16 años había escrito en su bitácora: “La libertad está en la nada”.

    En momentos de zozobra, porque la libertad también tiene sus tormentas, suelo repetirme ese motto de acuñación liberal: “Never explain, never complain”.