Categoría: Viajes

  • SENDEROS EN NEPAL

    Es el camino entre Katmandú y Pokara, es junio 1980. Estamos recorriendo en un destartalado y ruidoso bus los 270 kilómetros que distan entre una y otra ciudad. Llueve copiosamente, se produce un alud de barro y piedras, quedamos parados varias horas. Ha llegado otro bus que nos espera del otro lado al que llegamos caminando sobre el barro rojizo y pegajoso. Arribamos de noche a destino. El hotel donde nos alojamos es tan humilde como digno. Vamos a comer a un comedero a orillas del lago. Suena Cat Stevens, después la cítara de Ravi Shankar; es un bar para occidentales, el menú: omeletes de hongos alucinógenos. El permanente croar de sapos se mezcla con la conversación y la música. Demasiada gente haciendo lo mismo. Me incomoda la aglomeración, percibo en la masa al mar: ese infinito volumen hamacándose sin cesar e invitándonos amablemente a meternos en él y cuando menos nos damos cuenta nos devora y adulamos al fuhrer de turno.

    La lluvia no para, es el comienzo del monzón. Ya en el hotel, me duermo con el golpeteo de las gotas sobre el techo de chapas. Es la misma experiencia de aquella noche de lluvia copiosa en la hostería de Loncoche en el sur de Chile. Estoy con Pierre, un amigo francés con quien vamos a caminar una semana por los senderos de Nepal, hasta Ghorapani a unos 3000 metros de altura.

    Salimos a las cuatro de la tarde desde Pokara, caminamos descalzos por un lodazal arcilloso; vamos pasando aldeaas pobres y vadeando el mismo río cinco veces. Paramos a tomar té y atravesamos arrozales en las terrazas de las montañas. Casi hasta los mismos rostros del Perú, con las mismas ropas, los mismos gestos, los mismos niños cargados a la espalda, el mismo tipo de azadas carpiendo los mismos surcos: el trabajo milenario del campesino. Hacemos un alto en Naudanda, observo que finos hilos de sangre me caen por las piernas: sanguijuelas que se han adherido y buscan su alimento: todo lo vivo tiene derecho a vivir y tal vez mi sangre sea una sabrosa colita de cuadril para estas pequeñas babosas. A las ocho de la tarde, con el sol aún iluminando el pico nevado del Annapurna (7219 mts.), paramos a comer y al lado de una chimenea, ya somnoliento, me voy quedando dormido pensando en que de chico me había fascinado con la lectura de una revista que detallaba el ascenso en 1953 del Monte Everest por Edmond Hillary y el sherpa Tenzig Norgay, jamás olvidé esos nombres y lo de las sanguijuelas también me vino de ese tiempo.

    A las seis de la mañana nos despierta la música de una flauta que hace sonar un pastor de cabras. El sol pega de lleno en el Machapuchare de 6993 metros, me es imposible no pensar en Machu Picchu y en asociar a estos sherpas con aquellos incas. El silencio es algo que siempre me atrae, me conmueve, es para mí lo más cercano a una experiencia meta-física. El valle me recuerda a las caminatas en Chubut, Lago Verde, Menéndez, Rivadavia.

    La bitácora de Nepal, es el cuaderno número 4, lo leo, ahora en casa, en San Isidro y mis dibujos en tinta negra marcan el ascenso por Khare, Lumle, Charankot, Birethanti a unos 1600 metros, (está fechado 9 de junio de 1980), luego una jornada de ocho horas hasta Ulleri a 2073 metros, que recuerdo ahora como extenuante pero de gran belleza y el camino al día siguiente hasta nuestro destino Ghorapani a 2900 metros. En el Poon Hill Lodge unos periodistas británicos nos recomendaron la lectura de “La Coronación del Everest” de Jan Morris que acompañó a la expedicióin que el 29 de mayo a las 11 y 30 llegó a la cima, “The Top of the World!”, dijeron con orgullo y agregaron que el 2 de junio de ese mismo año fue coronada Elizabeth II y que fue vivido en Londres como un hecho trascendentalmente simbólico. Cuando Jan Morris como cronista de The Times, da la noticia al mundo firma como James Humphrey Morris, mucho después, en 1972 se opera y corona su deseo de ser mujer, había estado casado 50 años y fue padre de cinco hijos.

    Hoy (2019) aquí en San Isidro leo en el diario bajo el título “Congestión en el Everest”: “Trampa mortal, 200 cuerpos en fila india amarrados a una cuerda esperan llegar a la cima, 12 han muerto por congelamiento o por caídas”. ¿Qué esperamos todos?, porque algo esperamos ¿no?

    Recurro a dos fotos de mis viajes, pero estas son de los Andes, no del Himalaya. Fueron tomadas en el mismo lugar, a oirillas del Lago Futalaufken, en el Parque Nacional Los Alerces, una es en blanco y negro fechada en enero 1967, la otra en color dice febrero de 2004. ¿Soy el mismo? El cartel del Parque Nacional dice Lahuan o Alerce, Fitzroya Cupressoides, edad 2600 años. Me encanta imaginarme a Heráclito orinando aquí en el bosque. y pensando uno de sus fragmentos. Me vuelvo a preguntar What the hell are we doing here?

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE, VIVIR NO LO ES

    A) SALTA. Es mayo 2019, estoy en Salta. Camino por el centro, visito iglesias, voy a San Lorenzo, regreso a la ciudad, visito más iglesias, me indican un convento, entro en librerías, hago compras. Me siento en uno de los cafés que abundan alrededor de la plaza 9 de Julio, entre el Cabildo y la Catedral. Cae la tarde, se está celebrando la misa. Intento leer “Moravagine” de Blaise Cendrars, pero no me puedo concentrar porque la misa se difunde por altoparlantes. Nos imponen “milagro de fe, milagro de fe, milagro de fe”, como para que yo también me de cuenta. Pasa un hombre y grita “Viva Perón carajo”, así, de la nada, al aire. Curioso Perón murió hace 45 años, bueno Cristo hace 2000. Cosas así ocurren aquí, en Salta , la linda.

    B) CORNWALL. Sigo en Cornwall, rodeado de “piskies”, conjunto de duendes, elfos, hadas, brujas, demonios: son la pertenencia a una tierra. Ante tantos defectos, debilidades y maldades cotidianas, se ha hecho necesario elevar a instancia irreprochable ciertos arquetipos a seguir, el Rey Arturo pertenece a esa categoría de gobernante ejemplar. Se le profesa admiración, está presente en el folklore popular, aunque debo decir que jamás nadie interrumpió mi lectura con un “Long Live King Arthur Shit!”

    Nos instalamos en Polperro, puerto de pescadores, cercano a Land’s End, tierra de piratas, bucaneros, contrabandistas que ocultaban en el mar cascos de licores traídos desde Francia; fuegos costeros avisando de la proximidad de guardacostas y aduaneros. Plea y bajamar que dejaban en las costas historias reales e inventadas. Finisterre, frente a la tierra mágica de Lyonesse, tal vez inicio de la desaparecida Atlántida y las islas Sirlingas, hoy Scilly Islands coronando este espacio.

    The Ship Inn es donde nos alojamos. Vamos recorriendo Looe, Godolphin Cross, Helston e innumerables pueblos de entre 300 y 700 habitantes y perdidos en ese laberinto de ficción y realidad como son, como deben ser los viajes, aparecimos en Cunwallon y entre lápidas mohosas, quebradas, ladeadas como si alguien hubiese querido moverse en su interior, nos enfrentamos a un ingenioso palíndrome que resulta un inquietante poema proteico que, como para que nos demos cuenta, nos recuerda

    SHALL WE ALL DIE ?

    WE SHALL DIE ALL

    ALL SHALL DIE WE

    DIE ALL WE SHALL

    Comemos deliciosas “Cornish Pasties”, es decir empanadas y me permití decir que lamentaba que no fueran originales. Sigo sosteniendo que son de origen árabe, que las llevaron a España y de ahí pasaron a América. Me atreví a decir con más intuición que prueba que los miles de marinos sobrevivientes de la derrotada Armada Invencible fueron sus interlocutores y que luego los mineros hicieron de ellas, su más práctica vianda.

    -No way man! That’s bullshit

    -Neither Spanish, nor Arabics, they were, they are and they will be Cornish.

    Mi idea no agradó, irrité el sentimiento nacional y popular (algo en lo que me he hecho especialista después de 70 años de convivir con peronistas).

    Varias pintas de cerveza fueron transformando lo que auguraba ser una escena de “Los Perros de Paja” de Sam Peckinpah; que fue filmada en Wakely, aquí en Cornwall; en algo menos violento y decidí contar una historia que inventé sobre la marcha: When King Arthur looked for refuge in the island of Avalon -y de pronto la turbamulta hizo un silencio más propio de una iglesia que de un pub- the island apparently vanished; well let me tell you guys, that’s not true- y se entusiasmaron con gritos de alegría- the island went floating adrift all along the Atlantic Ocean to the very south of the world to a remote spot till it anchored by a group of magical islands, that you British call Falklands and we Argentines name Malvinas, but today, here, I will call Falkinas, y hubo un alboroto y vivas y más pintas de cerveza y abrazos.

    No me hubiera atrevido a inventar tal historia a partir de 1982.

    C) AGOSTO 2019. En una vieja valija, arrumbada en la buhardilla, encuentro una agenda de 1980, en ella el rudimentario croquis de una excursión en Sri Lanka. La agenda es francesa. Me entero que 1980 fue año bisiesto, ya que en cada folio está impreso, el día que transcurre, luego un guión, y los días que faltan hasta el fin del año; así el 1 de enero dice (1-366), el 31 de diciembre, (366-0). El día en donde encuentro el croquis de mi viaje dice ser Mercredi 12 de Mars, que es el día 72 y que faltan suceder 294. Se informa que se conmemora Saint Justine. Mi rústico mapa señala con una ‘X’, la partida en tren desde Ohiya, la llegada a Nuwara Eliya desde donde comienza una caminata por el Parque Nacional Horton Plains.

    Marchamos, un grupo de seis o siete que se formó espontáneamente, para recorrer las 4 millas y media hasta la cima: World’s End. Con excepción de una pareja formada por un peruano y una inglesa, el resto somos viajadores solitarios, pero, se sabe, lo desconocido atrae y aterra. La selva a ambos lados del sendero, era tupida: árboles inmensos sobresalían por sobre una densa y oscura vegetación de arbustos con espinas, plantas carnívoras, enredaderas y lianas en las que se balanceaban aullando y brincando de una a otra muchos monos, que como si estuvieran protegiendo un secreto, y como dando aviso de nuestra presencia a un ejército invisible, expresaban su ira defecando sobre sus manos y arrojándonos, luego sus deposiciones.

    Pienso ,ahora, en David Livingstone (1813-1873), el médico y misionero escocés que encontró en África, además de su lugar en el mundo, ese mágico sitio conocido como “el humo que suena”, y le dio nombre de Cataratas de Victoria, para honrar a su reina. Esa fascinación por nombrar, tan propia de los ingleses de la era victoriana, de los españoles y portugueses del XVI. Nombrar es dar a luz. Me nombraron Alejo. Esto es América. Dejas de ser Angelo Roncalli y elegís ser Juan XXIII: enmascarás la máscara.

    Sentirse otro, ser otro, eso es viajar, eso es la aventura, salirse de uno mismo, de la cotidianeidad, para intentar saber quien uno en verdad es. Ser descubridor de uno mismo. ¿Se sentirá violado, el descubierto? ¿Cuándo el habitante de la selva que convive con monos, fieras, reptiles, aves: se ve obligado a decir Victoria Falls en vez de “humo sonador”, se transforma en sometido o ha llegado a lo que de alguna manera laberíntica estuvo buscando desde siempre? ¿No hay algo perversamente erótico en tener un amo, en ser esclavo de un “dios” o de otro humano?

    Andaba por eso vericuetos de mis pensamientos, cuando de pronto, el grupo que formábamos se detuvo en un claro de la selva. Se hizo un silencio, como cuando se descorre el telón y uno deja de ser quien es y se mete en la obra. Ahí, en la base de un árbol desconocido y panzón, vimos como lentamente, una enorme pitón con movimientos de succión iba haciendo desaparecer a un venado. Las patas traseras del animal fueron lo último que vimos antes de la desapaición final.

    – Muerde al animal, luego lo envuelve y va estrangulando el cuerpo de la presa hasta asfixiarlo-, nos ilustró una bióloga danesa; agregó, que luego comienza la succión, la digestión, aclaró, puede durar días o hasta semanas, de acuerdo al tamaño de la pieza.

    Al cabo de dos horas llegamos a la cima, World’s End. La hostería era la casa europea con materiales de colonia: amplia galería de madera con mesas, sillones y abanicos mecánicos de ratán. En el interior cascos de corcho de explorador, fotos de caballeros ingleses y damas de rodetes y amplias polleras, tomando el té. También bebemos té y comemos scones con manteca y mermelada, en jeans, descalzos y gorras de beisbol.

    Leo en el Daily News de Colombo, de varios días atrás, un recuadro que da cuenta del hallazgo de una pitón con restos de dos niños y un cérvido en su interior. Debajo, en otro recuadro “Del Exterior”, Buenos Aires, Argentina, General Videla habló de desaparecidos ante corresponsales extranjeros, en casa de gobierno: “Ni muertos, ni vivos, desaparecidos”.

    En este frío agosto de 2019, entro en Google: Parque Nacional Horton Plains, la foto que ilustra la nota, en la cima del parque, mirando hacia el valle, con nubes bajas, es idéntica a la que guardo en mi memoria al borde del risco.

    Sigo explorando Google; Santa Justina, patrona de Padua, martirizada en 304 por Diocleciano. Videla, Jorge Rafael, militar, dictador y criminal argentino, fue Presidente de Argentina.

    Distinciones: Orden de Isabel la Católica.

  • A CABALLO POR MONGOLIA

    Es Mongolia, es mayo 2008. Si hay un lugar en el mundo donde hay que galopar es este porque entre otras cosas hay 40.000.000 millones de caballos y 3.000.000 de humanos. Es decir hay tantos caballos aquí como humanos hay en Argentina. En 1206 Gengis Khan (1162-1227) se autoproclama Emperador de Mongolia y lo hace a caballo. Su nieto Kublai Khan (1215-1294) conquista China a caballo y lo recibe a Marco Polo (1254-1324) alrededor de 1270, que también llega a caballo, y éste se queda varios años en la corte en Xanadú. En 1368 los mongoles son expulsados de China a caballo y en 1732 Mongolia es conquistada por China, también a caballo, hasta que en 1911 los mongoles se sacan a China de encima, estimo que a caballo, que vuelve sin embargo a someterlos en 1921 mitad a caballo y otro poco en camiones y es entonces que Bogd Khan (1869-1924), pide ayuda a los rusos para volver a sacarse a los chinos y estos se fueron, tal vez a caballo y otro poco en camiones y se quedaron los rusos, que declaran a Mongolia el segundo país comunista del mundo y deciden quedarse hasta 1990, ya que tenían que limpiar de teocracia a su vecino y tiraron abajo monasterios budistas y templos y después de muchas revueltas populares, los mongoles se sacan de encima a los comunistas, es decir expulsan a los rusos que se vuelven a Rusia, ya no a caballo sino en jeeps, camioines y aviones.

    Espero en el aeropuerto de Ulan Bator mi vuelo a Beijin que está un tanto demorado y de pronto levanto la vista del libro donde leo la cronología recién expuesta, porque en la pantalla de televisión veo un taxi amarillo y negro y dentro del mismo a Claudio García Satur al volante y a Soledad Silveyra en el asiento trasero. Están pasando ¡¡en 2008!! Rolando Rivas Taxista. Sin duda el mundo me sigue sorprendiendo. No pensaba ver al Obelisco entre tanto caballo y tanta estepa.

    Después de 35 horas de vuelo, Buenos Aires, París, Beijin, Ulam Bator y la inauguración de una fundación creada por unos amigos que me invitaron a la misma, a la que obviamente llegamos a caballo, después de haber partido de Ulam Bator en avioneta hasta Murun y luego en jeep y después a caballo bordeando en parte y en otra cabalgando por la superficie del lago congelado Khousgol, viendo con desconfianza a los peces nadando por debajo de las patas de los caballos y llegando después de haber visto lobos que nos miraban desde el risco de la cadena montañosa, con la misma tentación con que deseo un asado en San Isidro, y de haber dejado atrás huellas de osos,demasiado frescas y demasiado grandes y de haber montado en renos como Papá Noel, pero sin trineo y de haber dormido en ghers, que son maravillosos y confortables y después de haber dormido en la taiga helada en carpas que hubieran hecho las delicias de cuando chicos jugábamos en El Ombú a los cowboys y a los indios, pero en la helada estepa de Tsaatan Camp, no consiguieron hacerlo porque a pesar de la estufa de hierro alimentada toda la noche con troncos gruesos el frío no daba tregua. La vida en la taiga es dura. Se los ve felices, los chicos juegan, gritan, corren y ayudan. Antes de llegar al campamento, desde la altura se ven en el valle alrededor de 20 carpas de lona blanco grisáceo, con los palos saliendo por la parte superior, al acercarnos. La lona levantada que hace de puerta y un interior con la estufa siempre encendida y la invitación a leche de reno caliente y pan. Hay mantas a los costados que se desplegarán a la noche para dormir, como en el año 1100 y antes también: como siempre.

    Tienen la piel curtida, los cachetes colorados, los dientes muy blancos, son bajos, fornidos, sonrientes, son nuestros ancestros, son a lo que jugábamos de chicos, pero ellos no están jugando ¿o sí? Otro mundo, otro tiempo. El avión despega rumbo a Beijin, me duermo con la imagen de Rolando Rivas y Mónica Helguera Paz tan discordante con este mundo como ha de ser llegar montando un reno al Hotel Alvear.

  • PRAGA

    Es Praga, es julio, es 2016: desde el centro de la plaza, al lado de Juan Hus (1369-1415), a mi espalda la iglesia de Tyn, miro hacia el Castillo, pienso en Kafka saliendo del palacio Kinsky. Se me ocurre que tal vez un día de 1911 estaba lloviendo, como está lloviendo ahora, torrencialmente. Me imagino a Kafka, viendo lo que entonces eran las bases del monumento a Juan Hus que se termina de construir en 1915, con la mirada desafiante a la imponente iglesia de Tyn; al igual que Giordano Bruno, mirando de la misma manera hacia el Vaticano desde Campo di Fiore.

    Pienso en Kafka mirando hacia el Castillo y lo pienso Gregorio Samsa ante la majestuosidad de su ciudad, lo pienso sintiéndose una frágil figura caminando hacia el barrio judío en dirección al río. La lluvia cesa súbitamente así como había comenzado. Lluvia de verano.

    Estoy en un café con “La Carta al Padre”, en una edición española de tipografía color sepia e ilustrado con fotos familiares; así aparece un Kafka niño, uno en el colegio secundario, la universidad, aparece su madre, obviamente el poderoso y amenazante destinatario de la carta, sus novias eternas, sus tres hermanas: Elli, Vali y su adorada Ottla, las tres asesinadas por los nazis. Cierro el libro y camino hacia la sinagoga Staronová, del siglo XIII, la más antigua de Europa, después camino hasta el cementerio, voy pensando en el Golem de Borges y en el Golem de Meyrink y visito la tumba de Judá León, que era rabino en Praga y mi “locutor interior”, como suele decir Marcelo Cohen, cita a Baudelaire “Gracias Dios mío por no haberme hecho mujer, homosexual, judío, negro”. En silencio camino lentamente: es mi homenaje a Franz.

  • DEL OTRO LADO

    Es la Banda Oriental, es Montevideo, es 2010, cada tanto me gusta vernos desde la otra orilla. Es como el lado de acá y el lado de allá, pero no tan lejos. Es como Esteban Echeverría y Florencio Varela pero sin Rosas, es como Onetti pero al revés. Es como Alicia pero por agua. Es como mudarte frente a tu casa donde viviste 25 años. Es otra vez como Wakefield.

    Esta calesita viene rotando sobre si misma y girando alrededor del sol. ¿Estamos hablando del mismo cielo, el Faraón que le pide a sus sabios que le dibujen las estrellas y yo recostado en el tejado, escuchando pasar las barcas areneras por este río? ¿Verían la misma luna Shakespeare y Cervantes?

    Estoy en Atlántida, llueve torrencialmente. Me refugio en un café cuyo dueño es un alemán, que dice estar harto de Alemania y que detesta a Angela Merkel. “Aquí hay paz”, dice.

    Estoy viajando a Colonia, mirando pasar el campo. Tomo un ómnibus hasta la entrada a Conchillas, una ex factoría inglesa (así la presenta el folleto de la oficina de turismo). En un minibús entro en Conchillas donde la compañía británica C.H. Walker explotó del lado de acá la cantera para obtener los materiales necesarios para construir del lado de allá el puerto que se llamará Madero.

    En 1910, Conchillas era un poblado inglés donde muchos empleados de la compañía se hicieron hombres de campo. Es cuando se produce el naufragio del Sophia del que se salva David Evans (1861-1938), el cocinero, emprendedor exitoso al punto que hace acuñar su propia moneda en la casa A. N. Bares.

    Llego a la orilla cercana del río, converso con Jean René, un francés de alrededor de 70 años, navegante solitario, que hace dos meses amarró su barco, para desde acá contemplar el lado de allá, que par él es Normandía. “Je cherche la paix”, me dice. Los que descansan en paz en el cementerio, al que me acerco, son Kent, Salisbury, Mc Cullock, Pyrke, Meyer, Hellsruch, según anuncian las lápídas. Me siento en la orilla del río y veo con total nitidez los edificios que están frente a mi casa del lado de allá, en San Isidro. La costa del lado de acá se eleva a 35 y hasta 40 metros; la del lado de allá, tan sólo a 8 metros.

    Duermo en Carmelo, en el hotel Los Muelles, en la habitación 301, en el bello ático con vista panorámica, sobre el Arroyo Las Vacas, el campo.

    Cruzo en lancha al lado de allá, a casa.

    Viajar es permitirse ser “otro”, ponerse entre paréntesis, es despojarse del EGO, ser nadie, tal vez encontrarse. Leo en “El Hacedor”: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”

    Aún sigo poblando mis bitácoras.

  • ENERO 1979, SCILLY ISLANDS

    El rotar de las paletas del Boeing CH 47 Chinook de British Airways, me hacen pensar en lejanos cañonazos que impactaron en estas costas desde las temibles embarcaciones de la Armada Invencible. Toda la costa de Cornwall y no sólo las Islas Scilly a donde nos dirigimos en este enero frío de 1979 fue amedrentada por las agresivas velas hinchadas con la gran cruz color rojo sangre, mensajeras del castigo, no sólo de Felipe II, fiel custodio de la fe católica, sino también del Gran Inquisidor español, Gaspar de Quiroga, embarcado en una de ellas con sus esbirros y sus fierros con que horadaban cráneos, torniquetes con púas, látigos de siete lenguas con virolas de plomo, muñequeras y tobilleras de cuero para descuartizamientos públicos y ejemplarizadores para que nunca nadie más osara rebelarse contra la única verdad revelada. Eran los tiempos oscuros de 1588, momento acordado con el papado para escarmentar a quien se había insubordinado, desafiante y racional frente a la autoridad de Roma.

    La señora Hobbes, embarazada, angustiada por infidelidades de su marido y por la tensión amenazadora de la escuadra Invencible termina pariendo a su hijo Thomas el 5 de abril, varios días antes de lo previsto.

    La estrategia de Isabel I, las embravecidas olas del mar británico, la suerte, o la lectura de que Dios bendecía su obrar, hicieron que la Armada Invencible fuera derrotada y que miles de marineros españoles llegaran a la costa.

    Con los años Thomas Hobbes dedicará su “Leviatán” a Sir Sidney Godolphin de Godolphin, quien junto a su hermano Francis, pagando un canon anual a la corona, pasarán a tener el usufructo de las islas y la responsabilidad de defenderlas ante un segundo posible intento de invasión católica. Star Castle de 1593 es parte de la respuesta de Isabel I a ese posible futuro.

    Camino por un terreno lomado con pastizales que me llegan hasta la rodilla. A un lado St. Mary, un pequeño poblado, chimeneas humeantes, un mercado de granjeros, productores de flores, activo y colorido; es tiempo de “picking” (los hombres) y “packing” (las mujeres). Hacia el otro lado el Océano Atlántico, casi infinito, brumoso, plagado de naufragios y vida animal submarina, que siento ajena, misteriosa, amenazante, letal.

    Pienso en otras islas lejanas; pero un atisbo de sol, los pastos altos bailando impulsados por una brisa que vino de una escena de “Far from the Madding Crowd”, la novela de Thomas Hardy que Schlesinger hizo película (“Lejos del Mundanal Ruido”), me llevan nuevamente al mar. Me gustan los límites entre la tierra y el agua, por instantes creo ver el muelle de Pacheco frente al río, que parece un mar marrón y a ratos un lago de la Patagonia.

    El viaje, por momentos es como un collage de Basquiat, de pinceladas que se superponen, casi con furia enloquecedora; otras veces es un patchwork de escenas, que unidas generan una colcha que cobija; por instantes se transforma en una trenza de imágenes, sensaciones, fantasías, donde los hechos históricos compiten con la ansiedad cotidiana, los encuentros casuales, o no; los sueños, en un entramado que sin comprenderlo lo intuimos como el mejor de los mundos posibles.

    Nuevamente a bordo del Chinook, rumbo a Penzance. El motor que mueve las paletas, el ascenso y al rato el mar y unos pequeños cargueros, dejando una estela blanca. Ya no es Julie Christie, bella, codiciada por tres hombres y los espectadores la que simula que sufre, desea, padece, llora, hasta convencernos y sufrimos, deseamos, padecemos, lloramos. Ahora es Robert Duval, es el Coronel gritando “kill them all”, “kill all the fucking bastards”, la costa de Cornwall es Vietnam, no hay balas de cañón, es napalm; una mujer vietnamita embarazada parirá antes de tiempo, sangre, sangre. Marlon Brando repetirá las palabras escritas por Joseph Conrad y el Coronel Kurtz con cada golpe sobre la bestia dirá como una letanía Horror! Horror! Horror! y se escuchará a los Rolling cantando Satisfaction.

    Sir…we have landed.

  • LOS ÁNGELES

    Es julio 2005, es el 250 S Grand Av., es Los Ángeles, es el MOCA (Museum of Contemporary Art), es la exposición homenaje a Jean Michel Basquiat (1960-1988), después de haber nacido en Brooklyn, después de haber sido atropellado por un coche siendo un niño, después de haber encontrado en “Same Old Shit”, el nombre SAMO con el cual se enmascararía grafitando las paredes de Manhattan, después de huir de la casa paterna a los 18 años, después de haber formado la banda musical “Baby Crowd”, después de haber escuchado a cuanto rapero poblaba las calles del Bronx, después de haber llevado ese RAP a color y telas y muebles y tapas de heladera y casco de football americano, después de pintar el cuerpo recordando las viñetas del libro de anatomía de Gray que su madre le había llevado al hospital donde convalecía después del accidente de auto, después de prostituirse, después del Mudd Club, después de Andy Wharhol, después de expresar que su obra está compuesta por un 80% de ira, después de morirse de sobredosis en el estudio 57 Great Jones a los 27 años, después de atreverse a hacerlo donde otros “prefer not to”, después de haberle dado una cachetada al mundo del arte, de ofenderlo agresivamente.

    A Basquiat le hubiera gustado el rostro de Kafka. A Kafka le hubiera encantado que Basquiat pintara su retrato como una cucaracha o lo que fuere en lo que se desperó Samsa esa mañana. A SAMO le hubiera gustado SAMSA, o acaso una cucaracha del tamaño de un humano no es lo mismo que SAME OLD SHIT, entonces mientras de traje y corbata, sombrero y dolido SAMSA camina por el petreo puente Carlos del siglo XIV sobre el Moldava; SAMO drogado y borracho y orgiástico camina por el metálico puente colgante de Brooklyn, sobre el East River inaugurado un mes antes del nacimiento de Kafka.

    El paso del hebreo es firme, el del negro trastabillante. Uno es un Juden Rat, se lo hicieron saber de pequeño, sí, la historia, pero sobre todo su padre; el otro un Fucking Nigger. Les han dicho JUDÍO DE MIERDA y NEGRO DE MIERDA, así no se los hayan dicho, porque lo decimos y repetimos. Se los han dicho los padres así no se los hayan dicho se los han dicho, porque se los han dicho Praga y New York.

    En esos dos puentes tan distintos, tan iguales, se cruzan a diario la impotencia ante el poder: SAMSA y SAMO se miran, detienen la vista por un instante eterno que viene repitiéndose, se repite y se repetirá y un coro de arlequines chillones, y un coro de mojas ciegas hacen tronar el espacio y JUDEN RAT rebota en el Castillo y FUCKING NIGGER en el Empire State.

    “Te voy a hacer picadillo”, dirá Hermann Kafka a su hijo, “te voy a aplastar insecto inútil”. “Negro Marica, no te quiero ver más”, le grita su padre Gerard a su hijo Jean Michel.

    Franz Kafka se sienta en Brooklyn High Promenade y mirando a una incomprensible arquitectura escribe: “Tanto te costaba abrazarme Padre”. Jean Michel Basquiat coloca una madera apoyada contra la pared plena de estatuas desconocidas del puente Carlos y comienza a pintar “Portrait of the Artist as a Young Derelict”.

    Y entonces comenzó a llover y el agua lavó lo escrito por Kafka.

    En Praga no llovió.

  • DE VIKINGOS Y ESQUIMALES

    Formaba parte de la cultura vikinga, que cuando un jefe moría, sus guerreros, lo sentaban en su barca con todos sus trofeos y luego la nave era empujada al mar. Desde la costa lo miraban alejarse morosamente, y ante una indicación del nuevo jefe, le arrojaban flechas en llamas hasta que el barco hecho una hoguera, crepitaba, se quebraba e iba a apagarse en el fondo del mar.

    Los esquimales tienen otro ritual: cuando el hombre mayor, siente que es una carga, le comunica a su familia que está listo para el viaje. Su gente prepara el trineo y lo acompaña. El viejo va montado detrás. En silencio se deja caer, como caen los copos de nieve, hasta que su cuerpo se hace uno con el hielo. El grupo regresa, mirando siempre hacia adelante.

    Converse con esquimales en Alaska donde hay una población de 25000; con otros en Canadá donde viven unos 15000; me entero que alrededor de 1500 recorren la fatigosa e interminable Siberia; sé que 37000 pueblan Groenlandia. Una etnia dividida en tres pueblos, cuyo rastro se remonta a 4000 años, según estudios hechos en la isla de Thule.

    Siempre me fascinó como algunas culturas pudieron preservarse de bandera, himno, burócratas, ceremonias nacionales, el ímpetu arrollador de Roma. Los misioneros. El hielo fue mejor protector que las selvas de Machu Picchu o Tikal.

    Los que vi en Alaska y Canadá vivían alejados de su ámbito natural. Realizaban tareas en el más bajo escalafón de Occidente. Vestían jeans, tomaban demasiado alcohol, barrían calles, dormían en albergues municipales. Aquí el hielo se había derretido.

    Me recordaron a los mongoles de la estepa; similares a los Menets de la tundra siberiana cuyas imágenes vi en el Museo de Ulaam Bathor; son un límite que no me atreví a cruzar, al igual que el de los Hunzas que viven en las altas montañas en territorios cercanos a Sikkim y Bhutan (donde miden el índice de felicidad nacional y no el PBI); fue una mezcla de respeto y cierto grado de sospecha de que tal vez habiten otro nivel de conciencia, como los parias y santones que quedan ciegos por exponerse a la constante visión del sol en Benarés, donde en una tórrida tarde me zambullí en el Ganges y pude comprobar que los cadáveres de las mujeres, al flotar, lo hacen con la cara al cielo como había dicho Joseph. Di unas brazadas y mi mano tocó el rostro entre chamuscado y despellejado de una anciana. Aún veo los dijes de oro colgados del pañuelo rojo que le ceñia la frente.

  • HISTORIA DE LAS HISTORIAS

    Me gustan las historias, contarlas, que me las cuenten, que me las hayan contado. Paso gran parte del día leyendo. Siempre había algo de mágico cuando mi madre o mi padre, y a veces mi abuela, cuando ellos viajaban, nos leían cuentos antes de dormir. Lo mágico estaba en que al abrir el libro, les salía una voz, que era diferente a las voces que tenían para pedir, alegrar, ordenar, invitar, reprender, educar; les salía una voz que despedía personajes y aventuras y el cuarto, entonces se poblaba de castillos, caballos,a veces dragones, príncipes, pájaros de plumajes increíbles y al cruzar el río para salvar a la doncella, ya se nos caían los párpados y comenzaba el sueño y a la mañana, veía el libro cerrado sobre la silla, pero sabía que la espada y el caballo estaban escondidos bajo la cama. Que las incomprensibles letras de los libros se hicieran personajes que salían de sus gargantas, era misterioso y abrigaba más que las frazadas.

    Estoy mirando un pequeño dibujo, (11.7 x 11.1) en tinta sepia sobre papel, con trazos en carbonilla, cuyo original está en la biblioteca del Castillo de Windsor, es del año 1498 y lleva firma de Leonardo da Vinci, se titula “Lluvia de utensilios caídos del cielo a la tierra”. En la parte superior dice “de este lado Adán, de este otro Eva”; por detrás de unos rasgos de lluvia, han quedado en el suelo infinidad de objetos: clavos, escuadras, platos, sifones, peines, tijeras, rastrillos, cucharas. Debajo se lee “¡Oh!, miseria humana, cómo se han esclavizado por tener tantas cosas”.

    Viajo, camino, asocio, anoto este sinnúmero de sensaciones que me invade. Camino anotando hechos en las bitácoras, y un buen día caigo en la cuenta que “geografía” es la grafía de la tierra. Camino una geografía que me lanza historias. Pienso en aquello de “En la historia manda la geografía” de Napoleón, que luego repetirá Bismark: “De todos los datos de la historia, la geografía es la única que no cambia nunca”.

    Sí cambian los mapas: la política los dibuja. Montañas, ríos, ciudades cambian de nombre.

    Estas bitácoras son un mapa de mis circuitos que también tienen para mí algo de mágico. Camino o viajo en tren y es la mente la que se sale del férreo circuito y así una señora que pasa me recuerda a una tejedora de Londres, Catamarca, que se parecía a mi abuela que me leía de un libro historias maravillosas..

  • 100 AÑOS

    Es el mes de abril, es 2018, es el sagrado valle de Vilcabamba, es Ecuador.

    El lugar es de una tranquilidad y una belleza de otros tiempos que me reconcilia con ciertos enojos que muchas veces me provoca la condición humana, es decir mi condición, es decir mi EGO al que le cuesta dar el salto al YO.

    Es una maravilla ver correr las aguas “sagradas”, que según los lugareños, además de nutrir la selva, hacen que los humanos superemos ampliamente la edad de 100 años con tan sólo beber sus aguas, caminar al menos 25 km por día, formar una pareja, no fumar, no consumir drogas, no beber alcohol, no comer grasas, ni carne vacuna, ni mariscos, no habitar urbes modernas, no usar telefonía celular, no ir al cine, no exaltarse con partidos de football, no tomar aviones, no saltar de Reykjiavic a Haparanda y de ahí a New York, en fin no viajar, ya que es indispensable vivir. Toda una filosofía muy digna de respeto.He llegado a los 77 años infringiendo todas esas recomendaciones y espero encontrarme en Chaltén con la señora sueca con quien converse en Estocolmo sobre el tiempo cuando yo tenga 100 años, decirle que no los siento y que espero verla en los próximos veranos con mucho gusto.

    Los senderos de este valle andino recuerdan mucho a los de valles atravesados por el río Beas, allá en la India. No es sólo la geografía, sino el color del cielo, los caminantes, el sonido, el manto verde que se derrama por las laderas. Una sensación como de espejo parece cubrirlo todo, donde se reiteran escenas aunque invertidas. Me distrae una música de quenas y flautas que acompañan a un cortejo fúnebre; larga vida no es inmortalidad, como para que lo tenga presente.