Es la Banda Oriental, es Montevideo, es 2010, cada tanto me gusta vernos desde la otra orilla. Es como el lado de acá y el lado de allá, pero no tan lejos. Es como Esteban Echeverría y Florencio Varela pero sin Rosas, es como Onetti pero al revés. Es como Alicia pero por agua. Es como mudarte frente a tu casa donde viviste 25 años. Es otra vez como Wakefield.
Esta calesita viene rotando sobre si misma y girando alrededor del sol. ¿Estamos hablando del mismo cielo, el Faraón que le pide a sus sabios que le dibujen las estrellas y yo recostado en el tejado, escuchando pasar las barcas areneras por este río? ¿Verían la misma luna Shakespeare y Cervantes?
Estoy en Atlántida, llueve torrencialmente. Me refugio en un café cuyo dueño es un alemán, que dice estar harto de Alemania y que detesta a Angela Merkel. “Aquí hay paz”, dice.
Estoy viajando a Colonia, mirando pasar el campo. Tomo un ómnibus hasta la entrada a Conchillas, una ex factoría inglesa (así la presenta el folleto de la oficina de turismo). En un minibús entro en Conchillas donde la compañía británica C.H. Walker explotó del lado de acá la cantera para obtener los materiales necesarios para construir del lado de allá el puerto que se llamará Madero.
En 1910, Conchillas era un poblado inglés donde muchos empleados de la compañía se hicieron hombres de campo. Es cuando se produce el naufragio del Sophia del que se salva David Evans (1861-1938), el cocinero, emprendedor exitoso al punto que hace acuñar su propia moneda en la casa A. N. Bares.
Llego a la orilla cercana del río, converso con Jean René, un francés de alrededor de 70 años, navegante solitario, que hace dos meses amarró su barco, para desde acá contemplar el lado de allá, que par él es Normandía. “Je cherche la paix”, me dice. Los que descansan en paz en el cementerio, al que me acerco, son Kent, Salisbury, Mc Cullock, Pyrke, Meyer, Hellsruch, según anuncian las lápídas. Me siento en la orilla del río y veo con total nitidez los edificios que están frente a mi casa del lado de allá, en San Isidro. La costa del lado de acá se eleva a 35 y hasta 40 metros; la del lado de allá, tan sólo a 8 metros.
Duermo en Carmelo, en el hotel Los Muelles, en la habitación 301, en el bello ático con vista panorámica, sobre el Arroyo Las Vacas, el campo.
Cruzo en lancha al lado de allá, a casa.
Viajar es permitirse ser “otro”, ponerse entre paréntesis, es despojarse del EGO, ser nadie, tal vez encontrarse. Leo en “El Hacedor”: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”
Aún sigo poblando mis bitácoras.

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