Vayamos ahora tan sólo un poco más atrás. Al Siglo XIII y hablemos de dos caminantes; uno de ellos es un místico alemán, Meister Eckhardt de Hochem nacido en 1260, por supuesto en el Sacro Imperio Romano Germánico. Monje dominico, teólogo, filósofo, filólogo, autor de “Tratados y Sermones”, “Opus Tripartium”, “Cuestiones Parisienses”, “El Fruto de la Nada”.
Las que siguen son algunas ideas que aprendí al leerlo:
“La naturaleza nunca destruye nada, a menos que dé algo mejor”
“Un hombre rico es el que nada quiere, nada sabe y nada tiene”
“Quien quiera ver a Dios, que sea ciego”.
En la introducción a sus “Tratados y Sermones”, Vol.1 de la Editorial Watkins, Londres 1979, con firma de M.O.C. Welshe se nos informa: “Debe haber pasado también una enorme cantidad de tiempo, en los caminos. Viajando a pie como era la costumbre en su orden, de un lugar a otro; a Colonia, a París, a Estrasburgo, de Suiza a través de Alemania del norte, Holanda, Bohemia y finalmente cuando se aproximaba a los 70 años de edad hacia Avignon enfrentando todos los peligros e incomodidades de semejantes viajes a través de montañas y bosques llenos de ladrones del camino. La vida no era fácil ni confortable, ni segura en semejantes jornadas que el acometía cada tanto”.
El otro caminante, también del Siglo XIII no es ni rey, ni monje, ni poeta, ni filósofo; es alguien de la Sociedad Anónima, digamos que su nombre es Pierre. Supongamos que son las 4 de la mañana a comienzos del otoño en algún poblado de Francia, digamos a unos 200 kilómetros de París. Pierre y tres de sus diez hijos, los mayores de 12, 11 y 10 años se levantan, beben del caldero ennegrecido que cuelga de la cchimenea, un resto de lo que ha quedado de la noche anterior: un guiso de legumbres, hojas de acedera y huesos de cordero. Pierre corta una hogaza de pan, otras tres para sus hijos. Ese pan, untado con el caldo será su almuerzo, su sopa del día. Regresarán después de una jornada de trabajo de 14 horas a comer de la misma olla el mismo caldo y dejar nuevamente embarazada a su mujer.
Un tiempo después, Pierre ha cargado su carro con leña, ha tomado la decisión de viajar a París, sabe que le llevará dos semanas llegar a la capital. Sabe que los caminos están infestados de asaltantes. A los pocos días de marcha ha contraído la gripe. Siente la fatiga. Sabe que a los 38 años ya no es joven. Sus pies deformados por los toscos botines que calza, aumentan sus dolores. Le quedan tres dientes, su columna vertebral está encorvada. Un ojo le llora constantemente, producto de una esquirla en la fragua del herrero. Su cuerpo huele,tiene mal aliento, pequeños restos de materia fecal seca bordean su ano; sus axilas atraen moscas.
Sabe que a su regreso es probable que alguno de sus hijos haya muerto de hambre.
Por el olor fétido que le llega del valle, sabe que está cerca de París. Al caer la tarde ya está frente a Notre Dame, todavía en andamios. Lo asustan las imágenes de demonios, de gárgolas que parecen haber sido construídas ex profeso para él, se sabe pecador, se sabe condenado al fuego eterno. El Tribunal del Santo Oficio es implacable, hay soplones por todo el reino.
Alrededor de la Catedral una numerosa caterva de mendigos, lisiados, ciegos, rameras y borrachos plenos de pulgas y garrapatas, con úlceras sangrantes se apretujan para darse calor. Varios perros ladran anunciando su llegada no esperada por nadie.
Pasa el carruaje de algún cardenal y sus queridas, lo escoltan varios caballos entorchados, montados por jinetes de uniforme. Después de un rato de dar vueltas, lo vence el cansancio y se duerme sobre los leños cuya aspereza amortigua con mantas tejidas y pieles de oso. Tal vez sueñe con hogueras donde arde un sentenciado o con un ahorcado por quien clama inútilmente su familia o con el recuerdo de los lobos devorando un cadáver.
Un Dios omnipresente y vigilante acecha en cada esquina.
Al amanecer escucha un murmullo que va en aumento, se oyen carruajes, gritos, mujidos, ladridos. Le cuesta darse cuenta dónde está. La piedra rojiza de la iglesia y unas nubes negras que se mueven con una rapidez inusual, le recuerdan que está en Paris, donde se toman decisiones, se tejen intrigas, se acumula oro y se asesina por una pieza de charcutería. Se levanta dolorido a orinar detrás de un árbol, ve que unos chiquillos corren con dos leños que le han robado, los persigue, los han dejado caer, la fatiga en el pecho le provoca dolor. Se siente gordo y viejo, 38 es una edad crítica. De alguna misteriosa manera, sabe que éste será su último viaje.
Después de varias horas de andar ha conseguido, al fin, vender la leña. Ha entrado en una taberna. Bebe vino rústico y dulzón, come pan y carne hervida. En el mercado se surte de algunos productos: un gallo, unas piezas de didanderie, una maza; ya tendrá tiempo de comprar quesos por el camino de regreso.
Sin embargo, la muerte lo encontrará a los pocos días. La fiebre es alta, ha vomitado sangre. Agonizante verá como se llevan su caballo, luego de haberle vaciado el carro. Un curita joven se apiada de él, le da agua y los santos óleos y hará que lo entierren en una zanja en un descampado.
A los pocos meses mujer e hijos se habrán olvidado de él.
Con el tiempo se olvidarán de tí, lector. También de mi, después de lo que contaré de mi encuentro con Funes, en el muelle de Pacheco.

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