ENTRE PARÉNTESIS

Es julio, es 2017, es el Waterfront Hotel, Falkinas. El propósito de haber venido a las islas no es otro que el de una puesta entre paréntesis de mi persona. No tengo ningún interés en soberanía nacional, estoy convencido que los estados nacionales dejarán de existir próximamente. Elegí este lugar para resolver ciertos conflictos: nada mejor que venir a un territorio conflictivo; menos por menos da más, con lo cual queda garantizado lo erótico por sobre lo tanático; (hasta en el suicidio debe primar lo erótico por sobre lo tanático, es más, es ahí, al menos para un liberal, donde más se debe expresar, pero esto lo expoindré más adelante). Volvamos a las islas. Están en el medio de la nada, in the middle of nowhere: a miles de kilómetros de Gran Bretaña, en el Atlántico sur, muy próximas a la Antártida, que tal vez, de acuerdo a mi idea, de que la historia no se repite, pero sí lo hace la naturaleza, podría muy bien, después del cataclismo, (que estimo vendrá por fuego esta vez), ser el nuevo territorio donde todo volverá a comenzar, donde nuevamente volveremos a inventar la realidad. Este es un territorio que reúne entonces las condiciones para la desterritorialización.

Una puesta entre paréntesis. Según el “Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española” (1.8.5.i) “El paréntesis se usa cuando, se interrumpe el sentido…”. Este viaje a estas islas es una EPOJÉ, que es un viejo concepto de la filosofía griega. Uno de sus puntales, un tal Pirrón (360-270 AC) habitante de Ellis afirma que “no conocemos nada”, en consecuencia nuestras acciones, nuestra misma vida no puede ser catalogada definitivamente como correcta. Su escepticismo es radical y tan sólo se atenuó un poco en los escritos de su discípulo Sexto Empírico (160-270) quien afirmó que sí, hay cosas, pero sólo podemos decir de ellas cómo nos afectan, no lo que son en sí mismas.

Mucho después Edmund Husserl (1859-1938) con contundencia dirá, que no sólo las opiniones sobre la realidad son puestas entre paréntesis, sino la realidad misma.

“La única verdad es la realidad”, y siendo ésta, la más increíble invención humana, le permitió a Perón afirmar sin tapujos: “Ahora yo soy vuestro líder, yo doy las órdenes, vosotros las cumplías, le autorizó y dejamos pasar de manera brutalmente incivil, el autoritario “Vamos por todo”, y al tiempo se escuchó de la misma abogada, “No tengo pruebas, no tengo dudas, el fiscal Nisman se suicidó” y volvimos a mirar para otro lado, cuando durante la cuarentena por el corona virus, un nutrido grupo de burócratas nacionales y populares hacían alarde de sus privilegios para vacunarse para mejor poder servir a la patria; e incrédulamente aceptamos el voluntarista “Sí se puede”, casi como un mantra o como un empecinamiento verbal.

Vuelvo a los griegos: “La verdad es lo que aparece”, no lo que yo digo que aparece. He venido a las islas a darle un giro a mi vida. He venido a buscar el silencio, para intentar decir y dejar de hablar. He venido al lugar de las batallas a buscar el coraje necesario y retar a duelo a Funes el Memorioso y con la espada Excalibur que sabré manejar con destreza, regreso al río, a mi lugar, lejos del mar.

Ahora sí, deseo hablar del suicidio, dejando en claro que al igual que Simon Critchley, no tengo el ánimo, ni la predisposición para el mismo. No aspiro a emular a Eduard Levé, que no bien enviado “Suicidio” a su editor y antes de verlo publicado, lo hace, se mata.

Creo que el suicidio es la actitud lógica de un liberal, cuando ya no hay OFERTA (lugar a donde viajar, libros que digan algo nuevo), cuando las piernas ya no respondan, los ojos se apaguen, cerebro, corazón, pene, esfínteres entren en una anarquía que confunden la DEMANDA, que deja de haber MERCADO. ¡Game over!; entonces, como un guerrero vikingo, como un viejo esquimal, habrá llegado la hora de esperar en la barca, las flechas en llamas; será el momento de dejarse caer en el infinito desierto de hielo.

David Hume, ese escocés bon vivant, que gozaba de la literatura, el vino, el oporto, las reuniones filosóficas en su espléndida casa donde era el mejor jugador de billar e imbatible en el whist, que escribió el “Tratado sobre el Entendimiento Humano”, cuya “Historia de Inglaterra” fue el libro más leídoi por años en Europa, que gozó de su soltería, que despertó a Kant de su sueño dogmático y que de haber vivido en 2019, seguramente para abrigarse, habría comprado un sweater azul en un shopping en Edimburgo, escribió 29 consideraciones sobre el suicidio entre las que destaco cuatro (quiera el lector leer la totalidad de las mismas):

1.El superior valor de la filosofía por sobre la superstición religiosa.

2. Para el universo, la vida del hombre vale tanto como una ostra, (los argentinos podríamos decir, tanto como un bife de chorizo).

3.En oposición a la idea, que el suicidio es un crimen, afirmo que de no ser criminal desviar el curso del Nilo o del Danubio. ¿Por qué debería serlo desviar unos pocos mililitros de sangre, del curso de las venas?

4. El hombre que se retira de la vida, no le ha hecho daño a la sociedad. Sólo deja de hacer el bien, que tal vez, pueda ser una afrenta, pero de manera insignificante.

Creo que es la afirmación (¿triunfo?) del YO sobre el EGO. No somos al final más que polvo y olvido, que suena más musical en inglés “we are just dust and oblivion”, con coro de Never More, Never More, Never More.

Georg Lichtenberg (1742.-1799) apunta en sus aforismos que hoy casi no se puede hablar de filósofos, ya que la mayoría son maestros de escuela, doctores y profesores de filosofía. Agrega que los antiguos, eran superiores a nosotros porque,

  1. No imitaban sin cesar.
  2. No tenían idea de sistema.
  3. Aprendían más cosas que palabras.
  4. Eran más libres.
  5. No escribían tanto como nosotros, para ganarse la vida.
  6. Veían más naturaleza.

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