LA PINTURA QUE MÁS AMO

Caspar David Friedrich (1774 – 1840) la pintó en 1818, le puso Der Wanderer über der Nebelmeer, algo así como The Wanderer above the Mists, algo así como El Caminante sobre un mar de Nubes que durante mucho tiempo, en tamaño de postal tuve pegada en “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche. Mi predilección por esta pintura es porque interpreta mi más profundo sentir; si bien es cierto que soy sociable, me gusta conversar, compartir comidas, festejar, viajar, estoy convencido que cada uno de nosotros hace un camino solitario por senderos de piedras duras y precipicios peligrosos y al llegar, a lo que uno piensa que ya está, se da cuenta que frente a uno hay una inmensidad que jamás conocerá. Hay veces que pienso que uno está sobre el escenario de un teatro y habla con entusiasmo sobre algo, y ahí en la oscuridad de la platea uno supone que lo escuchan y luego de una hora y media de expresión, se encienden las luces, el teatro siempre estuvo vacío y el encargado del salón nos grita desde el fondo “En cinco cerramos”. Más allá de que esté hablando de mí, y que esto sea parte de mi carácter, o de un momento muy particular de mi vida, creo que refleja a toda la humanidad, y acepto que digan que no es así, sin embargo es una convicción que tengo y ni siquiera deseo discutirlo.

Cuando durante 15 días, en compañía de un amigo caminamos en Nepal por senderos del Himalaya, hasta 3000 metros, en ciertos recodos, frente a un abismo, al atardecer, en la noche de luna plena que iluminaba el Everest, siempre estaba pensando en ese solitario caminante, cuyo rostro no vemos (porque no se puede pintar el rostro de toda la humanidad) erguido, apoyado en su bastón mirando el imposible infinito. Volví a pensar en él cuando con otro amigo atravesamos la Pampa de Achala y la niebla se quedó con todo y no permitía que nos viéramos. Creo ser un gozador de la vida, soy erótico en un 90% y creo tener sólo un 10% de tanático, pero siempre tengo presente al caminante de Friedrich. Soy uno de los que huye de las aglomeraciones, canchas de futbol, Plazas de Mayo, festejos masivos, playas aglomeradas, festivales musicales; esa anónima masa, ese magma humano vociferante me provoca rechazo, Navidades, Carnavales, toda esa suerte de “obligación” no obligada me resulta insoportable: me da siempre la sensación de estar huyendo de la tela de Friedrich, hacia adelante, hacia el vacío, hacia ese profundo abismo petreo.

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