MONEDITAS

Es 1998, estoy en La Habana; es 1999, estoy en New York; es 1980, estoy en cualquier ciudad de la India. El común denominador de las tres caminatas, es el dinero, la omnipresente plata y como si fueran las dos carátulas, la pobreza y la riqueza; aquello por lo que se ha movido, se mueve y se moverá este maravilloso e incomprensible planeta que forma parte de la Vía Láctea, que es una galaxia espiralada que contiene al sistema solar, donde la Tierra ni siquiera ocupa el centro de la misma, sino un brazo menor llamado Orión.

Malecón de La Habana; Raquelita y Luisito (así se llaman entre ellos), son hermanos y están atareados en desenmarañar un nudo gordiano en el hilo de nylon marrón, enrrollado a una lata de Tropicola (versión revolucionaria de la norteamericana Cola), con la que intentan pescar. La línea tiene anzuelo, tiene plomada pero no tiene pescado. Ellos tampoco tienen comida suficiente. Nos abordan sonrientes, se los ve muy alegres y maduros. Hablan como si tuvieran una edad mayor a la que aparentan. Al rato, casi cuando nos estamos yendo, viene el pedido de un dolar.

Habana Vieja, me siento a la mesa de un bar en la galería, pido un mojito. “Regálame esos tenis “(por mis zapatillas), me dice un muchacho de alrededor de 20 años. “Amigo, los tenis”, insiste ante mi indeferencia. “Monedita”, me pide un mendigo. Se acerca un hombre empujando a otro en silla de ruedas. Me extiende una caricatiura (supuestamente de mí), está firmada “René”. El que empuja la silla insiste imperativo: “Monedita, para René”.

Es marzo, es 1980, es cualquier lugar en la India: los mendigos, lisiados, ciegos, amputados son legión. Las manos extendidas ante un occidental son lo primero que uno ve al salir del hotel, de un restaurante, al bajar de un taxi, de un tren o tan sólo al caminar. El primer día doy moneditas a casi todos -son de una denodada insistencia. A la noche, me doy cuenta que he dado en limosna, un importe equivalente a lo que cuesta un dia en donde me hospedo. Me digo: detesto la pobreza el asistencialismo, la menesterosidad y ahí se acabó; aunque seis meses en India hace 45 años no han borrado de mi memoria, ni de las calles de Madurai, Bangalore o Delhi el persistente “Rupee!, Rupee!, Rupee Baba!

New York City, Lexington Ave., nieva, es enero es 1999; acabo de salir de tienda elegante con bolsa cde compras. Un rubio, alto, blanco, joven Wasp, en ojotas, sin medias, agita un vaso de aluminio con las moneditas dentro bailando ruidosamente y acompaña con Change!, Change!, Change!

Leo en “La Hoguera de las Vanidades” de Tom Wolfe: “Soy tan sólo una pequeña niña de Carolina del Sur, pero mi marido tiene 100 millones de dólares y un departamento en la Quinta Avenida”

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“Dijo que lo llamaste y le vendiste 3 millones de bonos a 102. También dijo que le dijiste que los compremos rápidamente porque estaban subiendo. Esta mañana estaban a 100”.

Moneditas.

Desde el primer día que la leí, la leyenda me sonó a imperativa obediencia IN GOD WE TRUST, aunque me pareció una mejor ficción que el sonsonete “es más facil que pase un camello por el ojo de una aguja, que entre un rico en el reino de los cielos”. Nací en la cultura del camello; Tom Wolfe debe haber leído la ficción del dolar apenas guardó su primer billete en la alcancía de su niñez.

Camino hasta el subte; tren número 3 hacia Brooklyn. Bajo en Clark Station, camino por Pierpont hasta Brooklyn High Promenade. En frente Manhattan, me siento a contemplar la ciudad, desde la quietud de este barrio que contrasta con el hormigueo nervioso de allá abajo. Abro el libro de cuentos de James Salter; leo “American Express”: “Tal como había dicho, la ciudad estaba dividida entre los que iban hacia arriba y los que iban hacia abajo, entre los que abarrotaban los restaurantes y los que andan por la calle, entre los que esperaban y los que no necesitaban hacerlo, entre los que tenían tres candados en la puerta y los que subían en ascensor desde el vestíbulo con espejos de plata y revestimiento de nogal”

Pienso en Heráclito:”El camino hacia arriba y hacia abajo, es uno y el mismo”.

Por todas partes moneditas, rupees, dolar.

En todo sistema, en todas las épocas históricas el mismo espanto, por ese espanto aún hay dioses o tal vez porque la galaxia más próxima a nosotros es Andrómeda que en noche cerrada se puede ver sin necesidad de telescopio. Llegar al centro de Andrómeda nos llevaría 2.500 millones de años luz.

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