MOUNT NELSON HOTEL, CAPE TOWN

Es Cape Town, es la República Sudafricana, es 2011, es el Mount Nelson Hotel, es el hotel de la Reina Victoria, es el British Empire, es el five o’clock tea.

Me siento un cazador, una suerte de Hemingway, que trajo colmillos, guardó las armas, se duchó y perfumó y ahora entra en el salón. Es la parte de los viajes en donde me permito ser un actor. No podría matar ni una perdiz, pero me gusta jugar como cuando jugaba a los cowboys.

So here am I; tea of course. Las variedades de té superan ampliamente la veintena. Sobre la mesa un despliegue de exquisiteces que son una incitación a la gula: scones templados y Berkshire cream, y sandwiches de pavo y de pastrami y de pollo y de huevo y de jamón y masas y frutas y fiambres y quesos y tortas y tartas y budines y jaleas y dulces y mermelada y nueces y almendras y avellanas y frutas abrillantadas y chocolates y confites y vainillas y panes y tostadas. Conversan dos sudafricanos jubilados con un inglés también jubilado y de vacaciones. Los sudafricanos expresan la alegría y la seguridad que les da el pertenecer al Commonwealth: “We are proud of belonging”. Me quedo pensando, ya había escuchado algo semejante en Anchorage, donde una neozelandesa me había preguntado cual era mi nacionalidad. Al contestarle, sonrió con sincera alegría: País maravilloso, y me preguntó si también formábamos parte del Commonwealth. Ante mi negativa: “But I’ve seen a magnificent Harrod’s store, in Florida Street, that’s why I thought”.

Ya vuelvo a ser quien soy, me pongo a hablar con una mujer de sorprendente parecido a Virginia Woolf, cuando aun era Virginia Stephen. Es colombiana, mujer de un diplomático; no debe tener más de 35 años, es muy bella, pero sabe y no quiere que esa belleza siga siendo parte del éxito del señor Embajador, su marido. Charlamos. ¡Pero que pobreza!, me dice.

Igual que en nuestros paises, le digo.

Se la nota incómoda en el ambiente diplomático, despotrica contra la hipocresía, se declara marxista, habla de solidaridad, de la lucha de los pueblos, de la educación; está deseando regresar a Bogotá y separarse de su marido y volver a las cátedras en la Universidad. Reímos. Tengo una comida, me despido, me cambio.

Estoy en el cuarto del hotel; la comida fue espléndida.

Pienso en la charla con Cecilia, la colombiana. ¿Se puede resolver la pobreza? Pienso que no, en fin no lo ha resuelto nadie, nunca.

En 1548, cuando Francia era una de las más ricas y civilizadas sociedades, con 16 millones de habitantes, Etienne de La Boetie (1530-1563), el gran amigo de Montaigne, dice de su país: “Hambre, suciedad, analfabetismo, mortalidad infantil, prostitución, peste, secuestros, asesinatos, estado de guerra civil, policía secreta y torturadora”

Un siglo después, Jonathan Swift (1667-1745) escribe ese cuento satírico titulado “Una Modesta Proposición”, donde recomienda la cocción de los niños de alrededor de un año de edad, en razón de la ternura de sus carnes, tanto en estofados, asados, al horno, hervidos, fricasse y variedad de guisados con el propósito de eliminar parte de la pobreza que aqueja a su país donde cantidad de mujeres mendigan por el reino llevando a la rastra la caterva de párvulos que han traído al mundo.

Me han pedido limosna, o change, o ropee, o moneditas en Cuba, Albania, Rusia, Estados Unidos, en todos los países latinoamericanos, en India. No en Dubai ni en China; pero que no me hayan hecho el pedido no indica necesariamente que no haya pobreza.

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