Es Glasgow, es Escocia, es invierno, es enero 2019, está frío, llovió y luego salió el sol a las tres de la tarde. Además es domingo.
Es Loncoche, es Chile, es verano, es enero 1975, frío, es de noche, llueve con una intensidad tal que parece que estuvieran zapateando en el techo de la hostería en donde intentamos y logramos, al fin, dormir. La lluvia de Loncoche es la que me gusta, una lluvia en serio, un arrebato musical, es Beethoven tocando como un poseso, pero pueden ser también Mozart o Piazzola. Es el tipo de música que llamo ‘música líquida’, es una fiesta, es como el Mercado de Hacienda de Liniers en Mataderos y su ópera vacuna.
La lluvia de Glasgow es Chopin a las seis de la tarde un domingo en edad escolar y luego se escucha un acordeón ejecutando un tango: eso se llama llanto. Si hay una sensación de angustia, de tristeza y de abandono, es cuando sale el sol a la hora que tiene que ocultarse. Es el sol de las seis de la tarde después de una lluvia en Buenos Aires o su equivalente en Glasgow a las tres.
Tomo un café en una de las esquinas de Bath Street; una pizzería hecha no para agradar al comensal, sino tan sólo para ganar plata, atendida por un napolitano que hace diez años vive aquí, huyendo del caos de Nápoles. Estoy con dos escoceses que viven en Sitches, hartos de la ‘frialdad’ de los sajones.
Miro por el ventanal de la pizzería, el pavimento está mojado, se ven cables de teléfonos, electricidad y TV cruzando las calles , como si quisieran tachar el cielo. No se ve árbol alguno y los muros blanco-amarillentos que nos rodean, exaltan la desnudez urbana. Cruza la calle una pareja joven con un bebé en un cochecito; entran en un edificio cuyas paredes están descascaradas y en la entrada hay varios contenedores para residuos. Al rato se enciende una luz, en lo que supongo será su “flat” alquilado y calefaccionado por una estufa a gas que hay que alimentar con monedas. Esas escenas provocan una tristeza devastadora en mí. Son como un tsunami que me despoja hasta de la vergüenza: saldría a la calle y me pondría a llorar sin consuelo. Es entonces cuando le pido a James Joyce, esa escena frente al Oriental Tea Co. Y súbitamente en Bath St., los cables de teléfono se transforman en lianas donde se hamacan monos, la pareja arroja ramilletes de orquídeas desde la ventana de su flat y ateridos de frío caminamos hacia la estación a tomar el tren para Edimburgo.
Comemos en un restaurante, al abrigo de una chisporroteante chimenes: sopa de langostinos, gigot con papas y hongos, Chateau Neuf du Pape 2012 y ahora sí, llueve en serio. otra imagen de la felicidad.
Antes de dormirme me pregunto ¿por qué me afecta tanto esa imagen de desolación de Glasgow, por qué el domingo , al igual que diciembre me precarizan al extremo? Creo saberlo.

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