NORDKAPP

En mis bitácoras hay constantes asociaciones y juegos con otros tiempos; es viable entonces mencionar a quien más ha trabajado el asunto, es decir John Locke (1632 – 1704), uno de los padres fundadores del liberalismo, factótum de que la experiencia es la fuente del conocimiento y responsable de que toda esa parafernalia de las ideas innatas con las que venimos al mundo, donde obviamente figura en primer término “Dios”, desaparecieran, al menos del mundo pensante en un intento de erradicar la superstición y reemplazarla por la racionalidad. Maestro en consecuencia de poner fin al problema, que ocupó toda la Edad Media, sobre los universales y experto en la asociación de ideas que abrió un mundo nuevo a la educación, el avance de la ciencia y el progreso, y liberó de prejuicios la mente de los creadores. No es ninguna sorpresa, que el gran innovador de la novela moderna, Lawrence Stern (1713 – 1768) lo invoque, y cite como uno de los puntales de su trabajo “Vida y Opiniones del Caballero Tristram Shandy”.

Felisberto Hernández (1902 – 1964), excelente cuentista y pianista ambulante uruguayo, juega constantemente con las asociaciones libres, por momentos surrealistas, como en “Las Hortensias”, y en el inquietante “Historia de un Cigarrillo”, donde hay un juego entre la obsesión por la perfección, y en última instancia sobre el dilema de quien elige y quien es elegido.

Pero volvamos al viaje por Escandinavia, es verano es 2013, es Noruega estoy llegando a Tromse, el puerto desde donde zarparé para acercarme a Nord Kapp. Tengo que esperar ocho horas para la salida del barco, me dejo entonces llevar por mis pasos: tose una vieja, llora un chico, otros estallan en carcajada, un hombre planta unas matas de lavanda, cruzo un puente. Todo me lleva al sur de Chile: Puerto Varas, Chiloé. Me digo, alguien en Ancud saca un bulbo de la tierra, un noruego debe estar llegando a Laguna Frías, y está a punto de embarcarse para cruzar a Chile. Anoto en la bitácora, “no sé por qué me digo estas cosas, tan sólo las digo. La vida responde a un movimiento que nos supera, que nos elude, que nos traspasa; independiente de nosotros como del extinguido mamut”.

Pienso en Wittgenstein, en otro fiordo, que no es el de Tromse, lo pienso retirado en su cabaña de Songe, encerrado. Gente que se retira a pensar. Gente que hace turismo: compran souvenires cada vez más estridentes, estrafalarios e inútiles, sacan fotos, selfies, toman cruceros, cerveza, hamburguesas, helados. Dan asco. Europa en verano abruma, al igual que las playas en cualquier parte del mundo. Esa masa no puede más que adorar a cualquier payaso que le pongan delante. Muerto el relato de Dios; y opino que bien muerto está, volvieron los ídolos de barro. La ventaja del relato divino, era que no se lo veía. El relato actual promueve, en cambio, payasos que engordan, envejecen y tampoco saben qué están haciendo en el mundo.

Zarpamos en el “Lofoten”, barco botado en 1964. Agradables salones. Excelente comida. Poca gente. Son las 12 de la noche, parecen las 6 de la tarde en Buenos Aires en enero.

Apoyado en la baranda de popa de este pequeño barco de 2621 Tn., 87,4 metros de eslora y 13,1 metros de manga, de 151 camas en 87 camarotes, me quedo mirando la estela blanca que corta el azul del agua. Una bella mujer, alta y delgada vestida de blanco y de largo foulard rojo, me recuerda a Tilda Swinton. El viento suave hace que su vestido y el rojo echarpe me metan de lleno en la película “Tenemos que hablar de Kevin” de la escocesa Lynne Ramsay de 2011, interpretada por Tilda, madre de Kevin (Ezra Miller). Unas finas cortinas de voile se mecen suavemente en un cuarto que da a un deck, que al menos yo, suponía que daba a un parque y luego al mar. En el final de la película, se repite la escena y vemos entonces detrás del voile que baila con la brisa, el parque, que es el jardín de una casa elegante de las afueras de New York, donde hay dos cadáveres, el de una niña de 6 años, el de un señor de 50; son la hermana y el padre (John C. Reilly) de Kevin, son la hija y el esposo de Eva (Tilda). Será ella la que nos lo muestre. Antes, y seguidamente al movimiento de las telas, vemos a Eva, en la fiesta popular española llamada “la tomatada”, donde se ven miles de cuerpos semidesnudos, que se mecen como las cortinas de voile, y como este vestido y este largo echarpe rojo, aquí en este barco; en un magma líquido de toneladas de salsa de tomate. Esa masa filmada por un dron, casi flotando en un simulado y colectivo vientre social sanguinolento es el ADN, el abono donde siempre se asienta el poder. Ese es el baño de sangre al que el poder siempre ha conducido, esa sangre es el alimento de esa babosa espúrea y eterna que tiene encandilado al mundo, y que hoy, en su grado más desarrollado de perversión ha conseguido que después de haber creado instituciones por las que elegimos de manera democrática a los funcionarios que nos gobiernan, esos mismos corroan y vacíen de legitimidad las instituciones y se reinstalen las más abyectas tiranías. Yo también me asombro como mi tren de pensamiento me lleva a lugares tan dispares.

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