Es el camino entre Katmandú y Pokara, es junio 1980. Estamos recorriendo en un destartalado y ruidoso bus los 270 kilómetros que distan entre una y otra ciudad. Llueve copiosamente, se produce un alud de barro y piedras, quedamos parados varias horas. Ha llegado otro bus que nos espera del otro lado al que llegamos caminando sobre el barro rojizo y pegajoso. Arribamos de noche a destino. El hotel donde nos alojamos es tan humilde como digno. Vamos a comer a un comedero a orillas del lago. Suena Cat Stevens, después la cítara de Ravi Shankar; es un bar para occidentales, el menú: omeletes de hongos alucinógenos. El permanente croar de sapos se mezcla con la conversación y la música. Demasiada gente haciendo lo mismo. Me incomoda la aglomeración, percibo en la masa al mar: ese infinito volumen hamacándose sin cesar e invitándonos amablemente a meternos en él y cuando menos nos damos cuenta nos devora y adulamos al fuhrer de turno.
La lluvia no para, es el comienzo del monzón. Ya en el hotel, me duermo con el golpeteo de las gotas sobre el techo de chapas. Es la misma experiencia de aquella noche de lluvia copiosa en la hostería de Loncoche en el sur de Chile. Estoy con Pierre, un amigo francés con quien vamos a caminar una semana por los senderos de Nepal, hasta Ghorapani a unos 3000 metros de altura.
Salimos a las cuatro de la tarde desde Pokara, caminamos descalzos por un lodazal arcilloso; vamos pasando aldeaas pobres y vadeando el mismo río cinco veces. Paramos a tomar té y atravesamos arrozales en las terrazas de las montañas. Casi hasta los mismos rostros del Perú, con las mismas ropas, los mismos gestos, los mismos niños cargados a la espalda, el mismo tipo de azadas carpiendo los mismos surcos: el trabajo milenario del campesino. Hacemos un alto en Naudanda, observo que finos hilos de sangre me caen por las piernas: sanguijuelas que se han adherido y buscan su alimento: todo lo vivo tiene derecho a vivir y tal vez mi sangre sea una sabrosa colita de cuadril para estas pequeñas babosas. A las ocho de la tarde, con el sol aún iluminando el pico nevado del Annapurna (7219 mts.), paramos a comer y al lado de una chimenea, ya somnoliento, me voy quedando dormido pensando en que de chico me había fascinado con la lectura de una revista que detallaba el ascenso en 1953 del Monte Everest por Edmond Hillary y el sherpa Tenzig Norgay, jamás olvidé esos nombres y lo de las sanguijuelas también me vino de ese tiempo.
A las seis de la mañana nos despierta la música de una flauta que hace sonar un pastor de cabras. El sol pega de lleno en el Machapuchare de 6993 metros, me es imposible no pensar en Machu Picchu y en asociar a estos sherpas con aquellos incas. El silencio es algo que siempre me atrae, me conmueve, es para mí lo más cercano a una experiencia meta-física. El valle me recuerda a las caminatas en Chubut, Lago Verde, Menéndez, Rivadavia.
La bitácora de Nepal, es el cuaderno número 4, lo leo, ahora en casa, en San Isidro y mis dibujos en tinta negra marcan el ascenso por Khare, Lumle, Charankot, Birethanti a unos 1600 metros, (está fechado 9 de junio de 1980), luego una jornada de ocho horas hasta Ulleri a 2073 metros, que recuerdo ahora como extenuante pero de gran belleza y el camino al día siguiente hasta nuestro destino Ghorapani a 2900 metros. En el Poon Hill Lodge unos periodistas británicos nos recomendaron la lectura de “La Coronación del Everest” de Jan Morris que acompañó a la expedicióin que el 29 de mayo a las 11 y 30 llegó a la cima, “The Top of the World!”, dijeron con orgullo y agregaron que el 2 de junio de ese mismo año fue coronada Elizabeth II y que fue vivido en Londres como un hecho trascendentalmente simbólico. Cuando Jan Morris como cronista de The Times, da la noticia al mundo firma como James Humphrey Morris, mucho después, en 1972 se opera y corona su deseo de ser mujer, había estado casado 50 años y fue padre de cinco hijos.
Hoy (2019) aquí en San Isidro leo en el diario bajo el título “Congestión en el Everest”: “Trampa mortal, 200 cuerpos en fila india amarrados a una cuerda esperan llegar a la cima, 12 han muerto por congelamiento o por caídas”. ¿Qué esperamos todos?, porque algo esperamos ¿no?
Recurro a dos fotos de mis viajes, pero estas son de los Andes, no del Himalaya. Fueron tomadas en el mismo lugar, a oirillas del Lago Futalaufken, en el Parque Nacional Los Alerces, una es en blanco y negro fechada en enero 1967, la otra en color dice febrero de 2004. ¿Soy el mismo? El cartel del Parque Nacional dice Lahuan o Alerce, Fitzroya Cupressoides, edad 2600 años. Me encanta imaginarme a Heráclito orinando aquí en el bosque. y pensando uno de sus fragmentos. Me vuelvo a preguntar What the hell are we doing here?

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