SOMBRAS CHINESCAS

Sigiloso, contundente, se derramó como una copiosa nevada sobre un glaciar milenario. Imperceptible, artero, poderoso, invasivo, letal. Irrumpió como el Dios implacable de los hebreos. Coronado, como nuestra sien de laureles, me privó del tren Transiberiano, planeado para mayo 2020. Mis libros, mi casa, el río y el muelle de Pacheco, son ahora, el nuevo mapa de mis aventuras. Las singladuras, que van llenando mis bitácoras, dan cuenta de esos avatares que hoy hacen mis días. La bicicleta reemplaza trenes y aviones.

En primavera y verano salgo a las 6, en otoño e invierno una hora después. Escucho las noticias por radio y nombres de la política nacional y mundial, cifras del Covid, femicidios (uno cada 30 horas), resultados deportivos y temperaturas se cuelgan del manubrio de la bicicleta. Por suerte una huidiza comadreja, la aristocrática elegancia de una garza, el ataque mortal de un gavilán mixto al cogote de una cotorra me distraen de esa fauna de burócratas, influencers, goles, ectopascales.

Opté por un circuito, siempre el mismo, como para emular al río en el que nunca nos bañamos en las mismas aguas. Hay días que el río parece un mar. Sopla el viento del sur, olas espumosas revientan contra el cemento del muelle alejando por igual, de la orilla, a pájaros y pescadores. Desde el muelle, miro hacia las casas en las barrancas. Techos y balcones semi ocultos por árboles centenarios. Araucarias, robles, tilos, palmeras, jacarandaes, ombúes, palos borrachos, las omnipresentes tipas.

Han tirado abajo la casa de Orlando Williams, escucho las topadoras limpiar el terreno, anuncian 10 lotes de “Vivienda Unifamiliar Agrupadas”. Demolieron “Los Pájaros” en la bajada de Colón, ladrillos blancos y torreón de pizarra negra, fueron reemplazados por cristal y cemento. Tirar abajo, construir. ¿Cuántas veces ha cambiado mi piel? ¿Cuántas veces ha cambiado el signo monetario nacional en sólo 50 años? Lo que no cambia es el río, impertérrito, se dirige al océano.

Hoy en cambio, el río es un lago, se percibe que llega el otoño. El río parece decir, “estoy así porque se me canta”. Hay dos garzas ¿Son las mismas de estos días? Parecen signos de interrogación ¿…..? Los abre la blanca, los cierra la garza mora. ¿Qué las inquieta? porque las garzan ven que han caído árboles, no pueden no escuchar las topadoras, perciben cuando el río es mar y cuando es lago, ven a los juncos trabados en su balanceo por bolsas de plástico. Cuando me acerco se alejan. Dos mujeres, charlan en un banco de cemento, frente al río. Me recuerdan a las garzas que veré en pocos minutos ¿estarán mirando la salida del sol? Mientras, el Robot Perseverancia ha llegado a Marte.

Ya las veo caminar con elegancia. Lo hacen con el cuello erguido, que al rato se interroga como ayer.

¿Quién diseña el mundo que habitamos? ¿Silicon Valley? ¿Wuhan? Hay veces cuando voy en la bici, que me veo como si yo fuera un espectador que ve pasar a un hombre en una bicicleta que pedalea aun a oscuras por la calle Rivera Indarte frente a la Quinta de Pueyrredón, pero no soy yo el que va montado, sino la imagen que tengo de un noticiero en canal 7, blanco y negro donde mostraban al Rey de Suecia pedaleando por una calle de Estocolmo; se podía leer Lord Nelson Hotel y el nombre de la calle Gamla Stan, donde muchos años después me hospedaría por el recuerdo de aquella imagen. Las películas en blanco y negro siempre me remiten a pre o post guerra.

Hay veces, en el diario pedaleo al muelle de Pacheco que me concentro en los árboles. Manchas amarillas de los ginko bilobas, rojos robles canadienses, ombúes verdes; semáforo natural que advierte, prohibe y faculta a continuar. Hoy son las veletas, lo que atrae mi atención. Veo la figura de un gallo, que mudo cacarea a la salida del sol, veo también un pescado, un venado y un ferroso cazador, una cigüeña, luego undragón en una casa estilo Tudor:”weather vane”. En el borde una mansarda giraba un bergantín “giroutte”.

Otro día el río es una pintura de Joseph Mailord William Turner quien nació en Covent Garden el 23 de abril de 1775 y murió en Cheyne Walk en Chelsea el 19 de diciembre de 1851, estudió con Joshua Reynolds, en Margate, en el estuario del Támesis y que hoy, apoyado en mi bicicleta, que reemplaza al Transiberiano, evoco en un día “blurred” que insinúa a Buenos Aires, allá en el otro extremo del estuario. Covent Garden, Cheyne Walk, mis espacios por dos años, que hoy son parte de mí, que están en mi memoria como “blurred”.

Hoy es 14 de julio, día de la Revolución libre, igualitaria, fraterna. El río, las aves y la ciudad al fondo son un gigantesco collage con trazos de Grosz, Otto Dix, Max Beckmann, Christian Schad, Carl Grossberg. El río es hoy puro Neue Sachlichkeit, tiene la tensa y expectante calma de la efímera República de Weimar, la que antecede a la pesadilla de la noche hitleriana.

Hoy es un día calmo, no hay brisa, no hay olas, el río es un espejo, es la carátula del vinilo de Pink Floyd “I Wish you were here”. Hoy hay paz, es como si la sombra chinesca de esta peste fuera un mal sueño.

Esta ubicación geográfica, a mitad camino entre la gran ciudad y el delta ¿es acaso un indicio de mi ubicación en el mundo?, ser un espectador ¿soy ajeno a la avidez por el dinero, la fama, la pareja? ¿Pretendo como Heráclito, Whitman, Nietzsche tan sólo caminar interrogando? ¿Soy sólo un diletante exponente de la clase media, y por tanto sordomudo que no sabe darse a entender por escrito? Cuando esto concluya y todos salgan a emborracharse, a drogarse, a vivir la orgía postergada ¿seré uno de los que se retira escéptico, como Bertrand Russell de Trafalgar Square en 1945? Estas preguntas me hago aquí en el muelle, del que me retiro apenas el golpeteo de las olas contra los pilotes, es tapado por voces que todo lo invaden.

Mismo día, son las 13 horas, asado en barrio de Nordelta, jardín que termina en laguna. He llegado en auto con torta de chocolate. Somos varios, hay niños, adolescentes y nosotros. Hay una señora de comunión dominical, empresarios, abogados (siempre hay abogados), uno es el Gordo, de risa contagiosa, parlanchín, con casa en Miami, dinero (mucho) en Merryl Lynch, es peronista, abanderado de lo nacional y popular; su porfolio de relaciones abarca todo el arco político, no hay ministro, embajador, senador, gobernador que no nombre en éste y otros ágapes en que me lo suelo encontrar. A todos llama sus amigos sin percatarse que los políticos sólo tienen intereses.

“Han arruinado el país, hace más de 70 años que quedamos entrampados entre el peronismo a secas, el de Menem y el delos K”, dice, sacada, la comulgante y deja la mesa para tomar sol junto a sus nietas. “No te enojes Amalia, que Bergoglio ahora va a imponer la señal de la cruz como “en el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu de Perón”.

Nos reímos y se produce una discusión entre el Gordo y un empresario que se eleva hasta: “Y no jodas Juan Manuel;le espeta el Gordo; que el golpe de estado a Perón se terminó de gestar en el altillo de la casa de Victoria Ocampo, donde Rojas y otros gorilas como vos, interrumpieron un proceso de desarrollo nacional y la mayor distribucíon de ingresos a los trabajadores de la historia argentina “. Intervino Gastón, un ex embajador: “Es posible que haya sucedido lo que acabás de decir, pero si chicaneamos, hagámoslo con seriedad, valga el oxímoron. Lo que pudo haber sucedido en lo de Victoria Ocampo, fue un retruco a lo acontecido en septiembre de 1930 en Florida al 500, en la casa de Matías Sánchez Sorondo, cuando el día anterior al golpe contra Yrigoyen, se reúnen el General Uriburu y su edecán, el entonces Capitán Perón, para terminar de ajustar detalles. Sánchez Sorondo fue el primer Ministro del Interior de Uriburu. Sánchez Sorondo era fascista, antisemita, padre de Marcelo, apólogo de Franco y de Mussolini y “by the way” (a Gastón le encanta mechar algún giro británico entre tanto populismo expreso), y abuelo de Monseñor Sánchez Sorondo, mano derecha del Papa Francisco”.

La llegada de la torta de chocolate impuso una tregua. Nos retiramos cuando el sol dejaba un brillo final en el agua, empezaba a refrescar y una suerte de bruma se quedó con la laguna.

El Covid me ha privado del cine, hace más de un año que no traspongo los límites de la zona entre Tigre y Vicente López, ya no doy clases. El turismo ha desaparecido.

Tal vez el encierro me incite a dejare de ser ágrafo.

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