THINGS HAPPEN

(COMENTARIOS SOBRE UN LIBRO LARGO DE 912 PÁGINAS DEL QUE SÓLO LEÍ UNA CARILLA Y MEDIA EN 20 AÑOS Y QUE SEGURAMENTE NO LEERÉ JAMÁS).

Hoy es un día perfecto de abril de 2022, sol radiante de otoño, que no es el de la mentada insolencia del verano; no sopla el viento y el termómetro marca 22 grados centígrados. Habiendo hecho la bicicleteada diaria de 10 kilómetros, gozando del río y de los colores propios del otoño, me siento frente al escritorio, con una taza de café y el libro en cuestión, que fue escrito en 1935, en los Estados Unidos, en el estado de Carolina del Norte, por un hombre que escribió cuatro novelas, largas como esta, de la que sólo leí una carilla y media, también escribió cuentos, poesía y obras de teatro. El escritor nació en Ashville, en la calle Woodfin número 92, su padre fue un tallador de piedra y tenía un negocio de lápidas. Después de haber hecho una maestría en Artes y Ciencias se graduó en Harvard en 1922, enseñó inglés en la Universidad de New York y en 1926 viajó a Europa y decidió que Londres era la ciudad perfecta para escribir, ahí se instaló y en unos viejos libros de contrabilidad se puso a anotar cuanta minucia recordaba de su tierra natal. En su “Historia de una novela” escribió: “No puedo decir cómo llegué a ello, por qué lo hacía, ni por qué de esa manera. Nunca lo he sabido, pero supongo que había en mí una fuerza desconocida que ya desde largo tiempo me empujaba a escribir y que trataba de abrir su camino”.

Lo que escribía en esos cuadernos eran pormenorizados detalles sobre el barrio de su niñez y adolescencia. Apuntaba lo que recordaba de sus vecinos; los gestos, la manera de caminar y conversar, los vestidos de las mujeres, las cintas de terciopelo con las que sujetaban sus cabelleras, el sonido del viento que se amplificaba al golpear los toldos de los negocios, el andar de los caballos y carros sobre el empedrado, el ruido de las hojas secas cuando él al caminar las aplastaba, las caras de la gente en los cafés, el sabor de las comidas, la descripción de los descendientes de los pueblos originarios de las tribus catawba y cheroquíes, las conversaciones escuchadas al pasar, los niños con la “la ñata contra el vidrio”.

La carilla y media que leí menciona algo que no sólo comprendo, sino que me fascina como si yo hubiera estado allí.

Es Carolina del Norte, es 1920 y cuatro personas se juntan en la plataforma de la pequña estación del ferrocarril de un pueblo en las sierras Catawba, población distante alrededor de una milla de una ciudad más grande llamada Altamont. Ese pequeño grupo se agolpa en el andén con otros pobladores y viajeros al sólo objeto de compartir la experiencia que siempre ha sido de gran interés en la vida de los habitantes de cualquier pueblo pequeño , no sólo en los Estados Unidos: ese hecho es la llegada del tren.

Esa es laúnica oración que subrayé.

Después vendrían las 911 páginas que no leeré. Me he preguntado durante años ¿por qué uno lee algunos libros y deja otros? ´Por qué no dedicarle a un autor que fue mencionado en 1930 por Sinclair Lewis en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, como uno de los futuros grandes escriotores norteamericanos y fue considerado por William Faulkner, como el mejor de los escritores de su país? Y mi respuesta fue y sigue siendo la misma: me aburrí siempre, después de esa carilla y media. Detalles tan minuciosos sobre los gestos de la madre y sus dos hijos, una mujer y un varón y el marido de su hija ahí esperando en el andén de una pequeña estación de provincia en 1920 y el sólo hecho de tener que dedicarle un mes a una literatura que se mueve al ritmo de 1920 en este vertiginoso 2022 me resulta no placentero, más allá del respeto por ese hombre de 1,98 m de altura, sensible, bueno, culto, académico que murió en Baltimore unas pocas semanas antes de cumplir los 38 años de tuberculosis cerebral y cuyo nombre era Thomas Clayton Wolfe , y al que no se debe confundir con Tom Wolfe (1930-2018), autor de “La Hoguera de las Vanidades”.

Things Happen, y una de las cosas que happens es Time, y otra de las cosas que transcurre es el Río y entonces mi homenaje a su novela es, como parece insinuármelo, el título del capítulo octavo de la misma: “Fausto y Helena”, donde Fausto opta por la belleza de Helena y deja todo lo demás por ella. Mi “On Time and The River” (tal el título del libro) es tomar la bicicleta, ir hasta el muelle de Pacheco, subir al tren en la estación Juan Anchorena y cuando éste llega a Catawba me bajo y veo a ese grupo de cuatro personas que comentan que acaba de llegar un extraño, vestido de manera inusual, que montó un a bicicletra de curioso diseño y enfiló en dirección a las sierras.

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