Estoy volviendo de mirar el río. Veo el borde de la cornisa de la galería de la Quinta Los Ombúes que perteneciera a Mariquita Sánchez bde Thompson y Mandeville. La cornisa se ve manchada; su habitual blancura parece haber sido intervenida por Jackson Pollock, como si estuviera ploteada con lunares, son, sin embargo, las hojas de las tipas del jardín que han quedado adheridas al edificio después de la tormenta de ayer. Pasa una embarazada. ‘Esa mujer abriga una esperanza (inútil)’, es lo que siempre me surge. El día frío de otoño, de cielo celeste, me transporta a otro, casi idéntico en 1978, el primer día que salía de mi casa en el 78 de Onslow Gardens, en el Royal Borough of Chelsea and South Kensington. Ese día al abrir la puerta para recorrer el barrio donde viviría dos años había pensado que las primeras palabras que escuchara marcarían mi estancia en mi nuevo ámbito. Algo similar a lo que pasa por la cabeza de Simon, el personaje del cuento “Kew Gardens” de Virginia Woolf, que recordaba, mientras paseaba por el parque con su esposa Eleanor y los hijos, que 15 años antes, cuando se le declaró a Lily y esperaba su respuesta, había pensado, mirando la hebilla plateada de su zapato donde parecía estar concentrada toda Lily, que si el aguacil que revoloteaba sobre ella se posaba sobre la hoja; esa hoja ancha con la flor roja en el medio, la respuesta de Lily a su amor, a su deseo sería sí; pero el aguacil nunca se posó en ninguna hoja y se perdió en la tarde soleada del parque.
“I could have been you”, le dijo el hombre a su mujer embarazada, mientras pasaban abrazados y yo trasponía hacia la calle los escalones de marmol de mi casa en Onslow Gardens. Aquella mañana era igual a esta de hoy en San Isidro.
Asociación de ideas, monólogo interior, tren de pensamiento, John Locke. Sigo caminando hacia la Catedral, paso por el Hito de la Argentinidad número 2 en la Plaza Mitre que hace referencia a las invasiones inglesas, a Liniers, a Pueyrredón, cuya casa está a pocas cuadras, en Rivera Indarte y Roque Saénz Peña. Aquí en Los Ombúes se conservan cartas de Mariquita a Manuela Rosas. San Martín conversó con Pueyrredón en su quinta Bosque Alegre. Aquí a la vuelta residió Luis Vernet, primer gobernador de Malvinas. ¡Qué pequeña es nuestra historia que cabe en pocas manzanas de un suburbio del puerto!
Paseo de los Tres Ombúes, Quinta Los Ombúes, hablemos del ombú. Leo el ensayo de Gilles Deleuze y Claire Parnet, bajo el título “Diálogos”. En él se compara la literatura francesa con la anglo norteamericana. Se le atribuye a esta última, superioridad sobre la primera. Lo francés sería un árbol, con sus raíces, arborescencia. Lo anglo, una hierba; más simple, más elemental. Es algo parecido a lo que sucedió en los tiempos que ambas sociedades eran monarquías: “…los reyes de Francia se oponen a los de Inglaterra; los primeros con su política de la tierra, de herencias, de matrimonios, de procesos, de astucias y de trampas; los segundos con su movimiento de desterritorialización, sus errancias y sus repudios, sus traiciones meteóricas. Los ingleses desencadenan con ellos el flujo del capitalismo, los franceses inventan el aparato de poder burgués capaz de bloquearlos, de contabilizarlos”. En suma lo francés es rígido, alambicado, burocrático. Lo inglés es estricto, flexible, pragmático. Leía estas páginas y mimetizado con la botánica dije “y nosotros somos ombú”.
El ombú (Phytolacca dioica) es una hierba gigantesca con apariencia de árbol robusto, que a simple vista podría confundirse con un roble, su tronco arrugado y sus ramas abiertas, como brazos de amigos son quebradizos, inútiles para hacer fuego o para construir con solidez. Su fruto es no comestible, y de noche sus hojas dejan caer unas gotas que pueden provocar irritaciones en la piel. El ombú, que en lengua guaraní (umbu) significa sombra, parece ser lo que no es.
Volvamos a las letras. William Henry Hudson, nace en 1841 en Los Veinticinco Ombúes. Escribe un cuento titulado “El Ombú”. Ezequiel Martínez Estrada, escribe un poema que lleva por título “El Ombú”, que dice:
La soledad te ha hecho
Luchador por el tronco
Por las ramas artista
Por la raíz filósofo
El árbol más potente
Es el que está más solo.
Don Roberto Cunningham Graham, recoge un refrán popular del campo argentino: “Nunca prosperará la casa sobre cuyo techo caiga la sombra del ombú”, lo dice en “La Pampa”, uno de sus espléndidos relatos criollos.

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