VERANO 2016

Es el verano europeo de 2016, emprendo un viaje Buenos Aires, Barcelona, Praga, Viena, Orlen, Barcelona, Buenos Aires que en verdad son dos viajes. El primero es afectivo, en Barcelona está parte de mi familia, en Orlen, amigos, es decir tiene que ver entonces con empatía, con “abrigar una esperanza”, con abrazos, besos, palabras y esa cosa de enfado y reconciliación, que es lo que yo creo que es el amor: algo que por tan universal, pertenece al ámbito de lo privado. Entre esos lazos afectivos, están Praga y Viena, que son la caminata, aquello que Nietzsche resume en “las ideas vienen con la marcha”. Es el momento en que no pertenezco a ninguna rutina, es cuando estoy estando. Es el tiempo en que estoy desterritorializado. Sucede en mí, lo que Pessoa describe como “si quiero decir que existo diré “soy”, si quiero decir que existo como alma separada, diré “soy yo”, pero si quiero decir que existo como entidad que a sí misma se dirige y forma, que ejerce junto a sí misma la función divina de crearse, debo convertir el verbo ser de intransitivo en transitivo, y entonces diré “me soy”. Habré dicho una filosofía en dos palabras”.

Bien “me soy” viajando.

Al término de mi colegio secundario, sentía que no tenía vocación para ninguna de las ofertas universitarias. Lo que quería, era sentarme bajo un ombú y recrear lo que habían hecho los ‘conversadores’ en la Grecia del siglo III AC, esperar en las columnas del Partenón (las estoas) e interrogar a veces estoicamente, otras de manera escéptica o apelando al hedonismo ¿qué estamos haciendo aquí?

Bien, una de las cosas que hago, es viajar y he llegado a Viena con el Diario Filosófico (1914-1916) de Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Salgo a caminar munido de mi bitácora: un paso una letra, un trecho una palabra, una caminata un párrafo, un recorrido un texto, un viaje un libro, el mundo: la biblioteca. La primera impresión es “aquí se asentó el poder”. Experimenté algo similar en Roma, en Tenotchitlan, en Londres, en Silicon Valley. La segunda impresión ‘whispering city’, Viena es una ciudad que susurra. Me detengo en un café moderno que nada tiene que ver con un café vienés, podría estar tanto en Chicago como en Mendoza. Me atrajo el olor a café y una libreta exhibida para la venta por 5 euros: el tamaño perfecto, hojas de buen papel, tapa dura ilustrada con un astrolabio y un globo aerostático y la frase de Julio Verne “Anything one man can imagine, other man can make real”. El café se llama ‘Coffee and Friends’ y está atendido por un guatemalteco.

Camino y ese tren de palabras que nos habita se pone en marcha: ciudad impactante, rica, solemne, pomposa, Francisco José, María Teresa, Maximiliano, Habsburgos, Imperio Austro-Húngaro. La lógica del poder exaltado impúdicamente por el arte.

Majestuosidad, grandiosidad, lujo: una torta de crema por momentos empalagosa. Residencia de Herman Broch, Freud, Tolstoi, Lenin, Hitler, Palacio Schon Brunn donde en 1918 abdica el último Habsburgo; 640 años dominando Europa, más de 1400 habitaciones, jardines de 200 hectáreas. Dos veces se hospedó Napoleón, 1805, 1809. Esplendor, salones, waltz, chocolate Strauss, Mozart, Sacher Tarte.

Hay algo por demás armonioso en todo: parques, sonido, vestimenta, orden, limpieza.

La hija de María Teresa se casa con el futuro Luis XVI, Napoleón con María Luisa. Habsburgos, 640 años en el poder; árabes ocho siglos en España, 2000 años de Iglesia de Roma, sólo 200 años de liberalismo. Tan sólo 200 años de mayoría de edad.

Strauss y Sacher Tarte: SS.

Tango y Carne (soledad y sangre): SS.

Pausa en Café Central, desde 1876, donde bebieron Tolstoi, Freud, Arthur Schnitzer, Mann, Hitler, Stalin. Vuelvo a caminar: un paso, una letra… Albertine Platz, Sacher Hotel, Café Mozart 1794. Camino hacia el centro, hasta la Bolsa, tomo el tranvía número 1, dirección Prates, bajo en Lewengasse, camino hasta Parkgasse 18, la casa de Ludwig Wittgenstein, construida entre 1926-28 por Engelman, discípulo de Loos. Todas las aberturas con mecanismos diseñados por Ludwig, cuyo primer estudio fue calderas; el hombre iba para ingeniero, pero comprendió, se dedicó a la filosofía y como nos ocurre a todos, un día se murió. “Los hombres no están tristes porque mueren -ha dicho Carlo-, sino que mueren porque están tristes”, dice Claudio Magris en “Otro Mar”.

Nombré a la muerte; aquí en Viena, murió un mundo. Se desplomó. Aquí comenzó la modernidad, el siglo XX. Una enorme Sacher Tarte cayó al suelo desde una mesa vestida de blanco, bañando en sangre, los pisos de roble, salpicando mármoles y espejos, tiñendo tapizados de rojo, y ahí quedó el imperio reventado en estados nacionales: Austria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Italia. Un impactante documental de Peter Jackson: “Nunca llegarán a Viejos”, exhibe los horrores de la Primera Guerra Mundial que conforma el ADN de toda la humanidad de todos los tiempos. En colgajos del imperio decadente nacieron: sionismo, nazismo, psicoanálisis, la música atonal de Schonberg, la arquitectura de Adolf Loos, la pintura de Klimt, de Egon Schiele, de Kokoshcka, Wittgenstein y sus siete hermanos; tres de los cuales se suicidaron, al igual que Otto Weininberg y Carlo Michelstraeder, y Enrico Mreule parte en 1909 a perderse y pensar y caminar la Patagonia hasta que regresa en 1922 a poner en remojo el mantel chorreante de sangre y no pudo no recordar cuando a caballo arreaba a miles de ovejas en el sur argentino y rememoró lo que a los 16 años había escrito en su bitácora: “La libertad está en la nada”.

En momentos de zozobra, porque la libertad también tiene sus tormentas, suelo repetirme ese motto de acuñación liberal: “Never explain, never complain”.

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