RUTAS LÍQUIDAS
Hay otros ríos. Es el verano de 1971, es el Amazonas. Lo vemos por primera vez desde un avión carguero, que nos está llevando desde Bogotá a Leticia; la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil, en lo que se llama el trapecio amazónico. Desde el aire da la impresión de ser una aorta por la que corre sangre marrón irrigando un corazón verde. Nos dicen que aún habitan la región tribus de jíbaros. Amarrados a asientos de tuberculosa superficie: viajamos sobre bolsas de papas, batatas y mandioca. Estamos por aterrizar en pista de tierra.
Leticia nos da la impresión de ser un Far West tropical, donde el contrabando, el tráfico de cocaína, las armas son parte integrante de un escenario que tiene por telón a la selva y como fondo musical, el correr del río. Son pocas calles de tierra, a ambos lados de las mismas chozas de cañas y techos de hojas de palmeras, de las que salen y entran personajes propios de películas de narcos, con cicatrices, aros, machetes en la cintura, torsos desnudos y profusamente tatuados, con cargadores cruzados donde asoman balas con punta de plata. Prostitución callejera, burdeles regados de ron y cashasa de los que salen mulatas jóvenes, bellas con tatuajes en brazos y nalgas.
Por pocos cruceiros nos embarcamos en una canoa que impulsamos con un remo corazón; seguiremos luego en una barcaza de comerciantes. Nos vamos metiendo en un mundo, que varios meses después vemos en la película de Herzog, “Aguirre la Ira de Dios” de 1971, con Klaus Kinsky y volvemos a revivir en “Fitzcarraldo” de 1982, también de Herzog, también con Kinsky.
Luchar para no ser devorado. Está de moda hoy, defender la naturaleza y está muy bien, pero la selva es implacable; se tragó a Machu Picchu y Tikal. La tierra y el tiempo a Troya, el hielo se quedó con la Antártida, tal vez el fuego acabe con nosotros. Para que se entienda, si tengo que elegir entre Shakespeare y el mar, prefiero ahogarme en las letras y no en el agua salada que esconde tiburones martillo.
Es época de carnaval en la selva y hay música, baile y cashasa en los poblados donde atracamos a pasar las noches. Surgen columnas de humo de la espesura profunda, vemos saltar familias de monos, circulan hombres en taparrabos, llevan arcos y flechas, mujeres con el pecho desnudo cargando niños; hay tortugas, delfines, tucanes, arañas, mosquitos, serpientes, avispas, orugas, pirañas, hay cuatro aspirinas y cuatro pastillas de carbón: la medicina más que suficiente a los 20 años para internarse en la selva; eso es lo que permite la salud a los 70 (digo, la aventura , no las cuatro aspirinas). La selva, como la puna, como el desierto, como el hielo son pieles inmensas de varios colores, donde uno es una garrapata.
Dormimos en hamacas. Nadamos en aguas pobladas de peces extraños. A ratos llueve torrencialmente, después sale el sol, también torrencialmente, se oscurece el cielo, vuelve a llover. Atracamos.
Navegamos ahora en un vapor, el “Itamaraty”, con su cocinero al que apodamos Pelé, hacedor de la diaria, intensa y pringosa fejoada.
Confluencia con el río Negro, Santarem, al fin Manaos: el teatro Amazonas (1896), una suerte de teatro Colón, en plena selva, resabio de una avanzada colonial, que luego se trasladó a Ceylon: eran los tiempos del caucho. El teatro abandonado, nos recibe con la puerta entreabierta. El piso cruje. En las polvorientas butacas de terciopelo rojo, acomodamos nuestras bolsas de dormir y el eco de la voz de Enrico Caruso cantando “Pagliacci”, arrulla nuestro sueño de falsos piratas.
LOS GLACIARES
Provincia de Santa Cruz, Parque Nacional Los Glaciares 1983, 1993, 2001, 2007, 2011, 2013, son los años que visité el Parque: El Calafate, Lago Argentino, Chaltén, Helsingfords, Lago Viedma, Lago del Desierto, Río Arriba, Walichu, Estancia Cristina, Upsala.
Desde la primera vez, no bien aterrizado en Gallegos, tuve la sensación de fin y de comienzo. Varias horas por la ruta de ripio, para recorrer los 320 kilómetros hasta El Calafate, no hicieron más que agudizar la sensación.
El Glaciar Perito Moreno, es un río congelado que está en equilibrio, es decir no en retracción. Es la supervivencia de la glaciación, así estuvo la tierra hace 20000 años. En las visitas que siguieron a esa primera del 83; una tarde, viendo como se desplomabna un enorme bloque de hielo, que al caer, dejó esculpido una suerte de bonete con reflejos azulados, me transportó a Capadocia, en la Anatolia Central, en Turquía. Capadocia es históricamente, la antítesis del Perito Moreno. Es aquella, tierra que fue de asirios, hititas, persas; sufrió la expansióin del helenismo con el ejército de Alejandro, luego de Roma. Fue asiento de las primeras comunidades cristianas de San Pedro, que continuaron hasta el siglo III, pasaron los seleucidas del siglo XI, el Imperio Otomano, en fin Turquía.
La tierra estuvo así de blanca y helada hace 20000 años. Imagino a Capadocia, sus cuevas, el laberinto pétreo y esas capuchas esculpidas en la piedra, que tanto se parecen a algunas acuarelas de Xul Solar. El glaciar que tiene una superficie mayor a la de la Capital Federal, tiene sin embargo, un solo habitante: Andi.
Andi, es Andiperla Willinki, un insecto de 6 patas y 15 mm, que vive en el hielo gracias a la glicerina que contiene su cuerpo. Otra vez me invade la sensación de un tiempo inicial, de un tiempo final. De tiempos que chocan, subsisten, se acoplan como coches de un tren, que circula por estaciones y rieles que envejecen, se oxidan, desaparecen y se renuevan, para que volvamos a recorrer los mismos caminos. Allá en Capadocia, tiempo acumulado, aquí en el glaciar, tiempo congelado. Un pasado allá, un futuro expectante aquí. A Andi se lo conoce como el Dragón de la Patagonia.
Toda la Patagonia tiene la superficie de España y Francia y está poblada por la mitad de los habitantes que vivimos en los 220 kilómetros cuadrados de la ciudad de Buenos Aires.
A los argentinos nos gusta estar juntos, somos tiernos como infantes necesitados de afecto y contención. En rebaño, siempre en rebaño, que clama desesperado por un pastor, por un líder, por un Padre o una Madre.
GOLFO DE LAS PENAS
Es el verano de 1975, es Chile. Hemos perdido el barco Navarino, partió de Valparaíso sin nosotros, o tal vez no nos alcanzaba el dinero para el pasaje hasta Punta Arenas. Sí ,fue eso. Por tren y carretera nos demoramos en Loncoche, Pucón, Villa Rica. Embarcamos para Ancud, capital de la isla de Chiloé y llegamos en ómnibus a Castro y ahí estaba el Navarino esperándonos.
Vamos a cruzar el Golfo de las Penas, durante la noche. La cocina se ha provisto de langostas en Puerto Edén, que han comprado a 20 centavos de dolar por pieza a los pescadores locales.
Oscurece, está tormentoso, las aguas violentas chocan al viejo carguero cuya proa se hunde, el agua barre la cubierta y arriba y abajo y sacudones durante más de 10 horas. Si hay un lugar en el mundo donde las palabras y las cosas son como un espejo, es ahí, en el mar austral de Chile.
En el comedor tan sólo un norteamericano y yo, 20 langostas, aioli, tabasco, vino blanco, pan tostado. Nos miran por la ventana del comedor que da a cubierta, nos miran con envidia, con bronca, con ganas, sin entender cómo podemos comer con tanta tranquilidad como si estuviéramos en París. Estamos gozando, nos chupamos los dedos grasientos de carne blanca y de mar que estalla contra los ventanucos del comedor.
Indiferentes a estómagos ajenos, gozamos, nos reímos, nos acercamos al pasillo, saludamos, nos aplauden y ellos vomitan con el constante subir y bajar de la proa en la negrura infinita: una botella de grapa ayuda a nuestra digestión y dormimos; ha sido un día duro, digno de una narración de Melville o Conrad, que menos, que más.

Deja un comentario