Escribir sobre “EL OMBÚ”, es escribir sobre la niñez y la adolescencia y en alguna medida sobre la historia argentina. “EL OMBÚ”, era desde el punto de vista físico, un amplio terreno baldío, remanente de un loteo, poblado por añosos ombúes. Desde el punto de vista institucional, era la anomia total. Era el club de barrio pero sin socios adherentes, sin Presidente, ni comisión directiva, sin estatutos, ni propósito, ni misión alguna. Sin “club house”, sin vestuarios, sin cuota de ingreso, ni mensualidad. Sin instalaciones de ningún tipo.
Era el NO CLUB.
Ni nuestras hermanas, ni nuestras madres, ni después nuestras novias pisaron jamás EL OMBÚ, como si hubiera sido un ultraconservador club inglés. Tampoco los mayores, que sólo se atrevían a mirarnos desde el borde del terreno cuando jugábamos al futbol. EL OMBÚ cumplió la función que cumplen las plazas en los pueblos de provincia o en ciertos barrios de la Capital Federal, la espontánea reunión de los chicos vecinos.
En la niñez (digamos entre los 7 y 11 años), fue trepar a los ombúes, hacer chozas con ramas, hojas, tablas, lonas que podrían haber sido de los tehuelches, eran, sin embargo siempre de los cheyenes, los sioux o los pieles rojas que atacaban el fuerte donde con revólveres y rifles nos defendíamos; era hacer fogatas, ensuciarnos, rasparnos rodillas y codos, volver a casa traspirados, con picaduras de lo que llamábamos bichos colorados, llegar con el cuerpo ampollado por las ortigas, las gatas peludas (orugas verdes), traíamos adheridos a las ropas hormigas, bichos bolitas y tatadioses. Había zonas que eran la ‘tierra incógnita’:eran casas linderas a las que solíamos entrar o porque eran escondites inexpugnables para los indios o porque de pronto habíamos decidido dejar la guerra y jugar a las escondidas. Cuando llegaba diciembre y comenzaba el Gran Premio de Turismo de Carrtera, trazábamos unas inmensas autopistas con puentes y montículos que simulaban sierras, montañas, precipicios peligrosos donde hacíamos correr unos autos de plástico a los que preparábamos con plomo, masilla, ruedas delanteras más grandes que las traseras que sujetábamos con tapitas de frascos de penicilina que íbamos a pedirle al farmaceútico, padre de uno de los chicos habitués del no club EL OMBÚ.
Cada tanto armábamos una cancha de bolitas y hacíamos un hoyo y nos quedábamos horas revolcados en la tierra donde minutos antes corrían veloces nuestros autos.
A partir de nuestros doce años y durante todo el colegio secundario, EL OMBÚ fue futbol, sólo futbol y nada más que futbol. Ahí había algunas reglas. Por lo general, durante la mañana, era el turno de los más chicos, pero después del almuerzo y durante toda la tarde jugaban los de 18 ó 20 años, que eran hermanos mayores y algunos personajes cuyos apodos eran Lenteja, Tito y unos hermanos, Pedro y Matosas, que eran unos correntinos borrachos que aparecieron un día vaya uno a saber de dónde, y cómo, que se quedaron varios años durmiendo a la intemperie, acurrucados en los huecos de los enormes ombúes que a la mañana seguían siendo las chozas de los indios y cowboys que nos continuaron.
Alguna vez un circo con león jubilado y payaso de geriátrico se instaló en EL OMBÚ por corto tiempo, cosa que por un lado nos fascinaba, pero que también vivimos como una expropiación; hecho corregido rápidamente por algún inspector municipal, que puso las cosas en orden. EL OMBÚ, éramos nosotros.
Era tal la confianza que se le tenía, que si faltábamos de casa, sabían donde estábamos, era el ámbito que nos contenía, nuestro refugio, nuestra casa en común.
EL OMBÚ quedaba en La Lucila, la más pequeña localidad del partido de Vicente López, en ese elegante y plácido sector que va desde las vías del Ferrocarril Mitre a la Avenida del Libertador, luego venía el sitio vacío del palacio, la barranca, el río al que le falta una orilla; el Mar Dulce, según Juan Díaz de Solís, Almirante de la flota española quien lo navega por primera y última vez en 1516, ya que fue apaleado y comido crudo por los aborígenes (“en que ayunó Juan Díaz, y los indios comieron”), nos narró Borges.
La Lucila tiene nombre de estancia, de chacra o de quinta, y fue las tres cosas. ‘Suerte de Estancia’, otorgada en gracia por Juan de Garay, luego chacra en el paraje de Los Olivos, y por último quinta, donde se inaugura el Palacio encargado a Pablo Pater, oriundo de Dijon, llegado al país en 1907, quien trabaja en él entre 1911 y su inauguración oficial en 1916, hasta que desaparece bajo la picota en 1945. En 29 años, se hace escombros, polvo, nace un fantasma. Se sabe, nada tiene mayor presencia que lo que no se ve.
Sin saberlo, entonces, ese predio de EL OMBÚ, era lo que restaba aún sin edificar de un propiedad, que sintetizaba en gran medida la historia de nuestro país, ya que las tierras habían pertenecido a Lucila Marcelina Anchorena de Urquiza, quien las había recibido como regalo de su hermano Nicolás Paulino Anchorena, fallecido sin herederos; una fracción de 13 hectáreas y 49 centiáreas, lindera con la parcela de Juan Nepomuceno Anchorena y Josefa Aguirre, padres de Lucila Marcelina. Esta parcela había sido herencia de Nicolás Anchorena casado con Estanislada Arana, la abuela que crió a Fabián Gómez y Anchorena Conde de El Castaño, (pero esa es una historia muy larga, los remito a “Cinco Dandys Porteños” de Pilar de Luzarreta, que les va a encantar). Lucila Marcelina se casa con el Coronel Alfredo Froilán de Urquiza, algo así como si una Lancaster se casara con un York; pero claro no siendo nuestra sociedad una monarquía, no dio origen a ningún Tudor; lo que nos privó de un Henry VIII.
Lancaster, rosa roja; York, rosa blanca. Federales y Unitarios, para nosotros Rosas y Urquiza.
El Palacio Paz. El Palacio Anchorena. El Palacio Ortiz Basualdo. El Palacio Álzaga Unzué. El Palacio Pereda. El Palacio Errázuriz Alvear. El Palacio Bosch Alvear. El Palacio Alvear Ortiz Basualdo. El Palacio Armstrong Alvear. El Palacio Madero Unzué. El Palacio Peña Unzué. El Palacio Fernández Anchorena. El Palacio Duhau.
Mucho palacio no hace riqueza. Mucha agua no hace un mar. Mucho tronco rugoso no hace un árbol. Mucho territorio no hace grandeza. Mucha verborragia no hace literatura.
Vida y muerte ocurren en espacios ínfimos o son provocados por agentes de difícil visualización cuando no invisibles al ojo humano. Vayan como ilustración los siguientes ejemplos:
En arácnidos, la viuda negra mide 3,8 cm y tiene un diámetro de 0,64 cm. Al terminar el apareamiento, no besa agradecida al macho, sino que lo pica y lo mata. El Corona Virus, que es sólo visible con el microscopio electrónico tiene un tamaño de entre 0,06 a 0,14 micras. El estado soberano más pequeño del mundo es el Vaticano. Su superficie es de 0,44 Km 2, es decir 44 hectáreas. Una gota de agua en el interior de una nube, mide 20 micras, es decir 0,02 mm. Al caer en forma de lluvia ya aumenta su tamaño a 2000 micras, es decir 2 mm. Un espermatozoide mide 0,05 mm y sólo se ve a través del microscopio; en cambio, el óvulo mide 0,14 mm y es visible al ojo humano. La bodega Romanee-Conti, productora entre otros del Romanee Conti Gran Cru, Cotes de Nuit; sin duda el vino más caro del mundo (unos 14.000 dólares), aunque ciertas añadas han alcanzado los 90.000 dólares por botella, genera esa calidad insuperable en la mínima superficie 1 Ha, 80 a, 50 ca.

Deja un comentario