Imaginemos las suaves ondulaciones de las sierras de Éfesos que se zambullen sin estrépito en el Egeo, imaginemos que es invierno y que en la humilde choza, que desde la orilla se parece a un lugar destinado más a los dioses que al hombre que la habita en soledad,está el fuego encendido donde en un caldero que cuelga de un gancho, bulle una sopa de cordero y aromáticas hierbas salvajes que están por alimentar a Heráclito que no sabe que en 2500 años, lo que deje escrito ese día, será citado en otros escritos que se llamarán tesis doctorales en ámbitos de estudios serios en ciudades que llevan inimaginables nombres como Oxford, Buenos Aires, Lovaina.
Imaginemos que Heráclito se ha servido en un cuenco de arcilla la sopa; que humeante; comparte la mesa de trabajo con unas delgadas tablillas de buena madera y con varios estilos (punzones)con los que dejará escrito de la manera mas sencilla posible ese concepto que el llamará “dialegestai” y que implica algo así como que en la parte está el todo que a su vez es nada y que en ese ir y venir de opuestos se encuentra la clave de lo que es el fundamento de lo que nos acontece, pero quiere hacerlo de una manera clara para que la puedan entender los pastores de cabras, así como le entendieron el concepto de “relatividad” cuando les demostró que el sol tiene el tamaño del dedo gordo de un pie humano cuando uno cierra un ojo y eleva el pie hacia el sol y entonces graba en la tablilla, después de meditar un buen rato:
“El arco (byos), tiene nombre de vida pero efecto de muerte”, concepto que le permitirá con el tiempo a Prótagoras, complejizarlo un tanto, al sostener: “El hombre es la medida de todas las cosas”.
Imaginemos ahora que han pasado varios siglos y vemos llegar a Atenas, con gesto de cansancio, no sólo por el viaje, a un hombre que porta un nombre de tinte aristocrático, como corresponde a quien será preceptor del emperador Alejandro de Macedonia. Estoy diciendo Aristóteles, quien en un momento de zozobra espiritual desenrrolla un pergamino y escribe con un filo estilete embebido en la nueva tinta recién llegada de Egipto, que contiene una resina que fija mejor las letras que el típico hollin de las tintas locales. Con cierta molestia, no exenta de dolor escribe: “Pero queridos amigos, ¿es que en verdad hay amigos?”
Pues sigamos caminando en el tiempo, digamos que hemos llegado a Ravena en el momento en que el poeta Dante (1265 – 1321) inmóvil, se deja retratar por Giotto; inmovilidad aparente ya que su mente inquieta no puede parar de pensar en la oración con que quiere iniciar el Infierno de su Comedia y en la enmarañada selva oscura lo acechan león, leopardo y loba y no puede, no sabe, lo intenta, retrocede, se enfada y entonces estornuda y es Virgilio quien lo guía y Dante hace a un lado al Giotto y escribe en un delicado papiro oriental provisto por un comerciante florentino, mojando su pluma en una burda tinta oscura de extraño nombre ‘atramentum’ algo así como “frente a la puerta con la terrible inscripción “¡Perded toda esperanza los que entrais!”, vuelve a estornudar, se sienta y le dice al Giotto ” Avanti maestro.
Prosigamos, acabamos de dejar los blancos acantilados de Dover después de una tranquila travesía desde Calais, y luego en un chirriante carruaje hemos llegado a Londres, es 1595 y vemos que un tal William Shakespeare apura sus pasos por la Strand porque no quiere que se le escapen los versos que acaba de soñar y que serán con el tiempo uno de sus sonetos que recitarán millones de individuos en todas las lenguas y con desesperación embebe la pluma de ganso en una pringosa tinta que le manchará su ropa y el texto y apunta, veloz:
“Cuando cuarenta inviernos pongan sitio a tu frente
y excaven hondos surcos en tu bella pradera
tu estampa vanidosa, admirada al presente
será una vestimenta andrajosa y grosera…
y de pronto una nube traidora que acecha constantemente al poeta, como la muerte a todos, le impide seguir escribiendo porque a ensayar lo llaman, pues la reina Isabel se aburre y la Corte le exige al cortesano Shakespeare, como al caballerizo, o al valet estar no donde quieren sino donde deben.
Pues dejemos a Shakespeare entretener a su Majestad y volvamos al continente, a andar los polvorientos caminos hispanos y entremos en una sórdida, oscura, ruinosa celda donde paga con la prisión,el no haber pagado en tiempo y forma sus deudas un huesudo y fino hidalgo a quien vemos hundir en el tintero que ha pedido su improvisada pluma de gallina batarasa para que la humanidad lo escuche y anota para la eternidad estas palabras “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” que darán origen a las andanzas en busca de algo que le de sentido a su aburrida vida carcelaria que poblará de aventuras en compañia de su fiel servidor, porque hidalgo sin siervo y caballero sin caballo son lo mismo que esperanza sin tiempo por delante o cóndor sin los Andes donde anidar.
Y pasó entonces el tiempo infatigable y de pronto lo manual se hizo mecánico con la invención de la imprenta que llenó de letras el mundo y la gente se puso a leer y quien lee no puede no escribir y lo hizo en máquinas, obviamente de escribir que evolucionaron a la máquina electrónica que un buen día se hizo computadora y permitió que hoy mientras viajaba en el tren dejara grabado en el celular, lo que ahora estoy volcando en la pantalla y entonces parodiando a Beaudelaire agradezco a Dios por no haberme hecho vivir en Éfesos en el 600 AC, ni en Atenas en el 300 AC, ni en los Estados Pointificios del siglo XII, ni en la Inglaterra ni la España del siglo XVI y me pone muy contento gozar de este hecho de tan sólo tener que acariciar el teclado suavemente y con limpieza y velozmente mis ideas quedan dibujadas en una pantalla que reproduce lo que intento decir y que cuando me equivoco con tan sólo volver a teclear transformo esta intrometida mayúscula acentuada (É) en la deseada (é) que erróneamente había eludido; o este error de escribir hepigrafía en vez del correcto epigrafía, o corregir el equivocado (¨) por el necesitado (´).
Lo que si envidio a los que me precedieron es la sencillez con que podían explicar que las ideas aparecían plasmadas en una superficie por el hecho de haber tan solo dibujado las letras correctas; yo, en cambio, y muy a mi pesar no sé explicar el proceso por el cual la presión sobre una tecla da la “A” y pone la “Z”, ni por qué ante mi ansiedad alguien me dice seriamente “pará un poco que la máquina está pensando” y “si seguis siendo ignorante y queres saciar tu curiosidad no dudes y preguntale al Chat GPT por qué ocurren las cosas”. Y es aquí cuando me pregunto si cuando un griego le consultaba al oráculo de Delfos cuál sería el resultado de la batalla, o un florentino del siglo XII arrodillado frente a un altar hacía promesas si tal gracia le fuera concedida, o un inglés del XVI sintetizaba el balance entre dicha y pesares en “The question is to be or not to be”, o un español enloquecido arremetía convencido que la rueda del molino que giraba sin parar era fiero enemigo a derrotar.
La pregunta que me hago es bien sencilla ¿avanzamos o tan sólo modificamos algunos elementos técnicos con los cuales queremos dejar por escrito para que a la idea no se la lleve el viento, la sempiterna y nunca respondida pregunta: What the hell are we all doing here?

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