Esa constante narración de los acontecimientos. Esa explicación de los hechos, esa necesidad de analizarlos y no sólo de registrarlos, (porque hay un misterio), algo que no puede ser dicho de la misma manera en que uno dice “está lloviendo” cuando llueve.
Ahora llueve y estuve antes de esta lluvia; en el amanecer de cielo encapotado; como muchas veces; mirando el río, el mismo, cuya identidad consiste siempre en ser distinto.
Estoy en un punto casi a mitad camino entre la ciudad y las islas. Entre la voracidad humana de Buenos Aires y el laberinto verde y también voraz del Delta del Paraná. Estoy sentado a la orilla del río (ahora que ha parado de llover) con una bitácora, dibujando el perfil de la urbe (que, debido a la negrura que viene desde el fondo de las islas y avanza hacia ella en lucha con el sol invisible que no consigue abrirse camino) y, la distingue (a la ciudad) hoy, más que otros días: amenazante. La negrura de las nubes exacerba el misterio que traspasa no sólo la ciudad, sino todo.
Hay ciertos atardeceres de noviembre, donde aún el cielo está azul, cuando se pueden ver reflejos de color naranja en las superficies vidriadas de las oficinas, allá en la ciudad. A veces me imagino dentro de alguna de ellas y me veo entrecerrando los ojos (el sol me pega de lleno) para poder mirar la pantalla con los datos financieros, pues imagino que uno está dentro de esas oficinas encargado de alguna tarea relacionada con negocios bursátiles; el precio de la soja en Chicago, el valor del kilo en el Merecado de Hacienda, de cómo impactarán el Nikkei y el Dow Jones sobre el Merval, a cuánto está el dolar, y todas esas cosas, que estando aquí, a distancia casi equidistante entre el verde de las islas y el gris de la ciudad, imagino que podría estar haciendo en una de esas oficinas. Cada tanto giraría la vista hacia el río y vería tal vez a este mismo velero que estoy viendo, virando hacia uno u otro lado hasta encontrar la brisa que requiere para internarse raudo y vigilante en el misterio, y a medida que el cielo se va oscureciendo y la ciudad va encendiendo sus luces, imagino que por algún motivo de crisis global tendría que quedarme más de la cuenta en la oficina y que en esas horas en que (imagino) suelo bajar a la cochera para subir al auto y dirigirme a esta zona donde ese yo imaginario que está allá tiene su casa, (que bien podría ser la mía) y a esa hora inusual de estar ocupando un lugar que normalmente presumo vacío, y que me infunde una sensación de misterio; como era la de pasar por el colegio en verano y verlo igual pero silencioso y ajeno. Irían entrando las personas de la limpieza y vería a la señora boliviana que mientras pasa la aspiradora y vacía los cestos de papeles en una bolsa de color negro; me cuenta que vive en Virreyes y que el domingo va a ir a una isla y entonces me imagino que la señora boliviana a la que percibo ancha de caderas por el recuerdo que tengo de las mujeres que he visto en innumerables viajes por Bolivia, deambulando por La Paz; o sentadas frente a un. puesto de venta de yuyos, fetos de llama y semillas de guairuru; e imagino que mientras pasa la aspiradora está pensando en su madre y sus dos hijos pequeños que ha dejado con ella y ese yo que está allá (que no soy yo) sino que soy una empleada jerárquica que también tiene hijos y que cuando esa señora de la limpieza le dice lo de sus hijos dejados en Bolivia; esa empleada jerárquica piensa cómo sería que ella (que soy yo imaginándome siendo ella) dejase a dos de sus tres hijos en San Isidro (donde estoy) y ella partiera a Hong Kong.
¿Hace cuánto que está aquí Selva ?
Cuatro años señora.
Y a la ejecutiva (que soy yo) le correría un frío helado por la columna vertebral. Pero dejo de imaginarme en la oficina, entre otras cosas porque la luz ha cambiado (aunque sigo estando en el avanzado atardecer de noviembre y no en el tormentoso y gélido amanecer de agosto como realmente estoy) y porque he visto como un avión que viene del norte (tal vez Iguazú o Salta) ha dejado una estela y se dirige con sus luces encendidas hacia su aterrizaje en Aeroparque. Me imagino ahora en su interior (yo que estoy aquí en este punto casi equidistante entre la selva y la ciudad) y miro por la ventanilla y veo por primera vez la ciudad de Buenos Aires llegando desde Puerto Iguazú, donde imagino que vivo después de haber nacido en Apóstoles, y que soy un muchacho de 20 años, hijo de un tendero turco que llega por primera vez a la Capital y está nervioso ya que viene a tratar con un mayorista, tarea que le ha confiado su padre; e imagino que ese muchacho se llama Jorge Salim, y que tiene tatuado en un brazo la lengua de los Rolling Stones y un arito con pluma de tucán en una oreja y de paso viene a un recital de rock y a ver a River, y ahora, que ya ve el estadio acaricia los dos tickets que ha comprado como para asegurarse que están en la campera de jean que ha dejado arrugada en el asiento vacío a su lado. Deslumbrado por la anchura del río, ve la ciudad iluminada, e imagino la emoción que siente por su próximo encuentro con los primos que sabe que lo esperan al bajar; en cuyo departamento va a estar alojado; son los hijos de la hermana de su madre: Oscarcito, pero sobre todo Paula, que tanto le había gustado la última vez que se vieron en las Cataratas; se imagina liando un porro con ella en el recital y después en un boliche y luego durmiendo con ella y no en un sofá como aquella vez.
El avión ya ha aterrizado, el olor a nafta le invade las narinas, las luces del lobby lo marean, en su mente compara al provinciano aeropuerto de Iguazú con éste; para él inmenso, mientras espera en la cinta ver circular su mochila, ata el cordón de sus All Star, en cuyo borde de goma aún quedan resabios de la tierra roja de Misiones.
Paula está con Oscarcito y los tíos del otro lado del cristal. Después de los abrazos y besos, (más cercano a piquito que a beso fraterno con su prima), le dan ganas de fumar, y como ha venido con el propósito de sacarse las ganas de todo, se enciende un pucho,(y yo aquí me prendo otro), largo el humo que acabo de aspirar y esa masa eterea y azulada me nubla la vista, cierro los ojos para paliar el ardor y al abrirlos caigo súbitamente en la cuenta que la razón por la que me gusta tanto estar mirando New York desde el Brooklyn High Promenade es porque me recuerda a este lugar en donde estoy y que aquel es también equidistante de Wall Street y del centro de Brooklyn y entonces asocio la llegada de Jorge Salim a Buenos Aires con la de Holden Caulfield a New York y me dan ganas (ahora que vuelve a llover) de subirme al auto e irme a casa a escribir, y como vivo con la convicción de hacer todo lo que tenga ganas de hacer, apago el pucho, me subo al auto, dejo a Jorge Salim, a Oscarcito, Paula, los tíos, la ejecutiva y la señora boliviana y vuelvo a ser yo que acabo de sentarme al escritorio y tecleo:
“¿Habrá el sistema planetario girado siempre en el mismo sentido? Y, me respondo (sin base científica alguna; sino guiado, por algo que a falta de mejor palabra, acepto llamar “intuicióin”) que por más que ello haya venido sucediendo por 300 millones de años, esa casi infinita cifra no es sinónimo de “siempre”. De ser ésta (mi pregunta) una loca fantasía, (a lo que doy una respuesta afirmativa), imagino, entonces, que por un motivo misterioso la tierra comienza a girar en sentido contrario y que después de leves cataclismos que devienen en tsunamis, terremotos, erupciones y tornados violentos; producto de la abrupta frenada del movimiento planetario la tierra comienza lentamente a girar en sentido contrario y de pronto estoy recién sentándome al escritorioi frente al ordenador, acabo de entrar en mi casa, estacioné el auto, me voy de la orilla del río, apagué el cigarrillo, encenddió el cigarrillo, le dio un pico a Paula, se ató el cordón de las All Star; en el Teatro The Globe un tal Shakespeare acaba de estrenar una obra que no fue bien recibida por el público bajo el título de “Hamlet”; la lava del Vesubio ascendió por la ladera y el muchacho virgen que intentaba dejar de serlo con su amada Cornelia dejó de sentir ese calor abrazador que le quemaba la planta de los pies y parecía darle a su cuerpo la consistencia de una piedra y siguió sin dificultad acabando con con su deseo; Alejandro, después de escuchar a Aristóteles, decide que si todo el mundo quiere venir a Grecia, él invadirá el Oriente y hará del mundo una Grecia Universal. El faraón Menkaura (Micerino), satisfecho, contempla al fin la terminación de la pirámide que lo albergará”.
Llegado a este punto vuelvo al río, ahora en un helado anochecer de agosto. Ha dejado de llover, pero toda la vegetación se está aún escurriendo, los sauces sacuden su melena y me mojan; los juncos se agitan al compás del ritmo que las cansadas olas les imponen después de un día inestable. Hay una brillante luna pintada en un cielo negro; pasa un avión que ha despegado de Aeroparque, se ven las luces encendidas en el interior donde imagino que alguien que se ha quitado los zapatos, abre el libro “Fortuna” de Hernán Díaz, lee “Llevo más de una década presenciando una lamentable decadencia no sólo de la vida financiera de nuestro país, sino también del espíritu de su gente. Donde antes habitaban la perseverancia y el ingenio, ahora deambulan la apatía y la desesperación. Donde antes reinaba la autosuficiencia, ahora usurpa su lugar un sometimiento mendicante. El trabajador ha quedado reducido a la condición de pordiosero. Un círculo vicioso se ha adueñado de nuestros hombres físicamente capaces: cada vez dependen más del gobierno para mitigar la miseria que crea ese mismo gobierno, sin darse cuenta que esa dependencia sólo perpetúa lo lamentable de su situación”
Pienso que hace 30 años en Manchester, Sarandí o Nimes la diferencia salarial entre un ejecutivo y un oficial o capataz de una misma empresa era de 14 sueldos, hoy esa diferencia es 60 ó 70 veces superior; aquel salario del operario era bajo, pero le permitía vivir con dignidad, y hasta hacer un mínimo ahorro; hoy ello es imposible y ese operario, está tentado a robar y dadas las circunstancias a vender droga para sostener a su familia al borde del precipicio, como me encuentro yo, sabiendo que nunca nadie leerá un libro escrito por mí.

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