LAS PALABRAS

Las palabras nos construyen, las palabras no son las cosas; ambas, sin embargo, son efímeras. Cuando confundimos la narración con los hechos, las palabras son un espejismo. Entonces nos engañamos. La construcción comienza con el primer llanto: brutal y contundente anticipo de lo que vendrá: mamá, papá, los ojitos azules del abuelo,DNI, nacionalidad, sexo, abuela, nonna, granny, bove comenzaron los cimientos orales sobre los que se asentarán las Babeles incomprensibles donde irremediablemente quedaremos encerrados y seremos a un tiempo el banquete de manjares deliciosos y la posterior mierda, que a toda ingesta sigue. Nos dirán y terminaremos aceptando: ASI ES LA VIDA. ¿y si no me gusta?

También formaba parte del staff del restaurante: Roger. Él era el mozo portugués, el mudo, el misterioso, tan inmerso en sus palabras no dichas, que lo único que permitía es que cualquiera construyera con las propias, lo que las suyas no decían y así cada uno le atribuía su argumento a esa suerte de página en blanco que permitía el ensayo, la novela de terror, la poesía épica, el texto surrealista, la letra de un tango, el cuento, el discurso político, la homilía.

Roger, en su ser nada, era todas las posibilidades.

Roger, era a la vez Bartleby, James Duffy, Gustav Aschenbach, Gregorio Samsa, Funes el memorioso, Isabel Martínez de Perón, yo, cualquiera. Roger era la nada; invisible, imperceptible, inaudible, casi como Dios, pero no tanto, ya que iba al baño a fumar y a masturbarse, no paraba de fumar ni de hacerse la paja. En su caústico silencio de momia humeante y eyaculante, las palabras jamás dichas; salvo con los comensales; seguramente lo esclavizaban a un pasado, que sólo él conocía y nos obligaba a fantasear. ¿Dónde vivía? ¿Con quién? ¿Era el amante del gerente, otro portugués? ¿Por qué vivía en un Londres que detestaba y no en la Lisboa que decía añorar según las pocas palabras que intercambiaba con los clientes? “How do you like your steak?”, “The Dover sole on or off the bone?”, “The house wine, is an Italian light wine, sort of Valpolicella, you know” y entonces, cada tanto les largaba con la melancolía del fado una frase sobre Lisboa. ¿Tenía mujer? ¿Hijos?

A mí, que estoy invadido por literatura, me gustaba pensarlo, a veces como un Pessoa profundo y laberíntico, silencioso y mordaz; otras como a Enrique Banchs, que después de un desamor aniquiló las palabras y enmudeció. Por momentos era Arlt, tan ajeno al mundo de las letras argentinas de su tiempo, otras lo veía como un espejo en el que me aterraba que pudiera algún día verme reflejado, de suceder que mis bitácoras quedasen en eso: garabatos personales sobre mis viajes.

Pasó, que un día fui a un boliche “under”. Cantaba Romina Liz: medias de red negras, tanga verde fluor, top dorado, estiletos violeta, peluca rubia y escuché la verdadera voz de Roger. Creo que no me vio, hice lo imposible para que no me viera, jamás le dije nada, ni lo comenté con nadie. Me puso feliz por “él “, comprendí que las palabras no alcanzan para decir. Me inquietó.

Es Venecia, Gustav von Aschenbach morirá por la peste. Es Dublin, James Duffy morirá como vivió, irremediablemente solo. Es el muelle de Pacheco, es cualquier noche de luna llena, donde todavía pasan las barcazas areneras y el traqueteo de las mismas enmudece por la vos de Romina Liz, que lo colma todo y a mí me invade una tristeza del tamaño del estuario.

¿Cómo habría llegado Roger a semejante arreglo con su vida? Imposible saberlo. ¿Por qué le daba yo tanta trascendencia? ¿Por qué lo que era objeto de burla en muchos, provocaba en mí inquietud? ¿Por qué daba tamaña importancia a las palabras y a los gestos? ¿Por qué mi memoria grababa con punzante intensidad, hechos que otros olvidaban al instante?

Es octubre 2022, es primavera, pero con temperaturas de invierno, sé que ha nevado en la Patagonia. Acabo de llegar de New York, es el retorno del viaje, después de tres años de sedentarismo nacional. Vi a la gran manzana espléndida. Recorrí los circuitos conocidos, desde Time Square a Brooklyn, crucé a Williamsburg, subí los 102 pisos del One World Observatory para sentir el vértigo horizontal que se expande al infinito, comí en Fanelli Cafe. Me encanta espiar desde la High Line los edificios aledaños y dejarme llevar por historias que me invento sobre los habitantes de esas ventanas iluminadas. Tomo el tren a Filadelfia. Tomo el avión. Regreso desde BA a BA y vengo caminando al muelle de Pacheco, es noche de luna llena, allá al final del estuario Buenos Aires iluminada, aquí el traqueteo de una barcaza arenera, vaya yo a saber por qué me recuerda la voz de Romina Liz. Pienso en James Duffy dejando que la grasitud del repollo de su frugal cena congele la imagen de Emily Sinico, pienso en Gustav von Aschenbach, una caricatura de sí mismo, con la tintura chorreándole por el rostro demacrado agudizando su soledad ante la pérdida definitiva de Tadzio, pienso en el espanto de Gregorio Samsa al despertar y darse cuenta, pienso en el bochorno de Ireneo Funes al caer del redomón que lo dejará tullido y solamente acompañado por su implacable memoria, pienso en el horror del Coronel Kurtz al comprender que los cortes que parten al buey son el anticipo de lo que pronto le ocurrirá; recuerdo haberme dirigido al 104 de la calle 26 East y haber imaginado el momento en que ahí Melville escribió aquello de “y si los niños, no son niños en su infancia entonces huirán y explorarán por ellos mismos”. En fin, este silencio en la negrura del estuario insondable sólo interrumpido por la voz de Roger transexuado en Romina Liz; sí, esto es real, es lo único real.

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