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GUSTOS

Me resulta difícil comprender a un adulto de 53 años, de muy buen pasar económico (casa en barrio elegante, departamento de verano en la costa, dos autos, moto, Colegio y Universidad privados para sus dos hijos, comercio floreciente, sano, educado, agradable, inteligente) que no haya salido del país más que para unas vacaciones en Punta del Este y Florianópolis. Yo que siempre he vivido con muy poco dinero y no tengo más que una bella pero austera residencia plena de libros y un auto, pero que mi capital consiste en la lectura diaria de esos libros a los que agobio de intervenciones (subrayados, ¿?¡!””( ), dibujos), algunos pocos queridos amigos y los 68 países bien curtidos: 10 viajes por América Latina, 9 viajes por América del Norte, es decir desde Alaska a Antártida incluyendo Falkinas y constantes viajes por nuestro país, 7 viajes por Europa, 2 años en Gran Bretaña, 2 en Francia, 6 meses viajando por India, recorridas por Turquía, China, Nepal, Sri Lanka, Marruecos, República Sudafricana, Emiratos Árabes, Islandia. Yo que he hecho uso y abuso de la sentencia griega “Viajar es indispensable vivir no lo es”, que me encanta reiterar que el mundo está ahí para que nos lo comamos hasta saciar la curiosidad, los atardeceres, las auroras boreales, los desiertos, los Andes, el Himalaya, el Matto Grosso, los hielos, las islas, el despertar en un hotel y no saber por unos instantes si despierto en Bruselas, La Paz o Madras.

Pregunto ¿ qué raro, por qué no viajas?

Respuesta; no sé, no me gusta, estoy bien aquí, no me interesa ir al exterior. Agrega, ¿qúe te queda del viaje? Memoria, recuerdos, sí claro te permite agrandar tu conocimiento, ser más culto, ser quien sos.

Me voy caminando a casa, y es verdad somos todos diferentes, hay gente que sabe leer pero no tiene libros en su casa y gente a la que no le interesa cruzar un río en elefante, haber besado en Colva Beach, remar el Amazonas con el remo corazón, ni perderse en el laberinto de Calcuta, ni cabalgar la tundra de Mongolia, ni dejarse mojar por la lluvia tropical en el Real Jardín Botánico de Peradeniya cercano a Kandy pensando en Macedonio Fernández que me guiña un ojo detrás de una catarata de orquídeas porque tirado en el pasto recuerdo que el decía que si pudiera acostarse boca arriba mirando el cielo estrellado, en silencio, comprendería los misterios del universo; comer en un restaurant de campo en Saint Maximin, soñar con que un fantasma entierra a la Muerte en el cementerio de Highgate y sí está todo bien y seguramente como a mi me parece raro lo que hace el que no viaja, a él le parecerá que el raro soy yo, y a Valentín que tiene 11 años le parece extraño que yo sea soltero y siempre me pregunta si soy virgen y a Benjamín que tiene 3 que me pregunta que pasó con mi pelo, que cómo y dónde lo perdí y a Felicitas que tiene 1 que me mira con extrañeza cada vez que me ve y a Fermín que también tiene 1 le parecen raros los pelos que yo tengo debajo de la nariz y cuando yo digo “bigote”, se ríe y después gruñe como un león, así como a mí me parece raro que Mishima se haya hecho el seppuku y Séneca se haya cortado las venas y que un hombre culto y muy leído sea Papa y que el pepino sea verde y tenga forma de pepino y que alguien se lo meta en el culo como deseo a que el albañil que ve trabajar en la obra vecina, le meta la pija que imagina enorme, y me parece raro que hoy se muera una ballena y que no haya un responsable de la existencia de todo lo que existe. Pero así es, mi amigo no viaja, yo seguiré viajando y leyendo, otro no leerá y un día nos morimos todos y otro día un Robot humanoide dirá entre burlón y perplejo que los nuestros fueron tiempos primitivos, donde los viejos humanos tenían sexo, tenían que escribir y leer en esos cuadrados que llamaban libros y los acoplaban en inmensas bibliotecas, tenían que viajar, pero sólo por la tierra, no como ahora que apretando el Central Navel podemos en instantes venir a Jupiter, correr por Marte o caminar por la Luna, y los tipos se ocupaban de los hijos, porque ellos los habían engendrado, esto de la autocreación y la autodesaparición es el invento que nos ha permitido ser lo que somos. Imaginate por un instante moverte sólo en esa piedra que es la tierra; una minúscula islita en el universo infinito; y no poder salir de ese circuito de 24 horas, 7 días, 12 meses, 30 siglos por tan sólo y con suerte durante 90 ó 100 años de vida primitiva. Obvio que tenían que inventarse Dioses.

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