FOOTNOTES

Tal vez sea cierto que todo lo que escribimos no es más que una nota a pie de página a lo ya escrito, y todo lo que caminamos no es otra cosa que recorrer senderos descubiertos y transitados por otros; es el tiempo que nos tocó y está ahí para gozarlo de acuerdo a las apetencias de cada uno. En mi caso, ese goce está compuesto por los libros leídos, por los kilómetros recorridos y algunos buenos amigos, que es lo que me permite sostenerme por sobre la conciencia que tengo en relación al caos que es mi biografía y a la tragedia que es la historia.

Unos 800 años antes de la cristiandad, Hesíodo escribía que lo mejor que le podría pasar al ser humano después de haber nacido es descansar varios metros bajo tierra; 2600 años después, Isidoro Ducasse, Conde de Lautremont (1846-1870) dejó asentado que “mi poesía consistirá sólo en atacar por todos los medios al hombre: esa bestia salvaje y al creador que no hubiera debido engendrar semejante basura” y como sabemos, nuestro Shakespeare aseveró que “el mundo lamentablemente es real, yo lamentablemente soy Borges”; y nos recuerda que los espejos y la paternidad son abominables porque multiplican este mundo espantoso. Nos comenta, además, que nadie ha sentido como Carlyle, que este mundo es irreal, como las pesadillas, “Irreal y atroz”, remarca.

Footnotes, bella palabra que sintetiza lo que más placer me ha dado en la vida: recorrer y leer. Creo que fue Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) uno de los primeros en escribir notas al pie, detallando las fuentes de sus obras; algo que era común en trabajos académicos, pero no en poesía. Muchos sostienen que Borges fue el primer autor de la literatura en español en hacer un uso artístico de las footnotes, habiendo él mismo admitido que la idea le vino de la novela filosófica Sartor Resartus de Thomas Carlyle (1795-1885). A pesar de que quien más abundó en ellas fue su admirado Thomas De Quincey (1785-1859) de quien “La Monja Alferez” (The Spanish Military Nun) tiene 82 notas al pie, “Los Oráculos Paganos” sólo 33, pero algunas de ellas ocupan 6 páginas, “Las Sociedades Secretas”, 51 notas, “Los Ültimos Días de Immanuel Kant”, escazas 29, pero la entrometida participación del autor como uno de los personajes del escrito. “Las Confesiones de un Comedor Inglés de Opio”, al menos la edición de 1856, que es la que leo cuenta con 261 notas.

Jorge Luis Borges, entre nosotros, ha gustado también de las mismas, y sus prólogos y sus epílogos son per se, piezas de literatura y no sólo indicadores, señales o guiños al lector, al punto que Torres Agüero publico en 1975 “Prólogos” con un prólogo de prólogos, que cree (Borges) “innecesario aclarar que no es una locución hebrea superlativa, a la manera de Cantar de los Cantares, Noche de las Noches o Rey de Reyes”. Creo que quien ha seguido la tradición de quien me parece fue el mayor cultor del género -Thomas De Quincey- es David Foster Wallace (1962-2008) cuyas novelas y relatos abundan en footnotes e intervenciones, aclaraciones y digresiones. En “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” que tiene 154 páginas hay 137 notas al pie; los relatos de “Hablemos de Langostas” están atiborrados de intervenciones, baste ver los recuadros y diagramas de “Presentador”, y en sus “Entrevistas Breves con Hombres Repulsivos” hay cantidad de comentarios, giros y footnotes.

Hay algo que me ha llamado mucho la atención, en mi admirado Borges; no he encontrado en sus “Obras Completas”, tanto en prosa como en verso, ni en el mencionado “Prólogos”, ni en los tomos de “Textos Recobrados”, ni en “Borges en Sur” ambos de Ediotorial Emecé, ni en sus columnas de la Revista “El Hogar” entre los años 1936-1939, que a pesar de ser una revista fundada por Alberto M. Haynes, en 1904 con mayoría de artículos sobre autores y literatura anglo norteamericana, no hay una sola mención, ensayo, biografía, reseña, notas de la vida literaria sobre Thomas De Quincey, por más que “durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos Assens, fue De Quincey”, como dejó escrito en “La Flor de Coleridge”, por más que nos ha dicho “De Quincey fue de hecho un gran escritor, que sus pesadillas deben su fama a la espléndida prosa en que las evocó o inventó, y que la obra literaria, crítica, histórica, autobigráfica, humorística, estética y económica de ese “aniquilado”, abarca unos catorce volúmenes y no ha sido leída del todo en vano por Baudelaire, por Chesterton y por Joyce”, por más que su ensayo “Evaristo Carriego” lleve el contundente epígrafe “…a mode of truth, not of truth coherent and central, but angular and splintered”, que define a la vez, por un lado, el lugar desde donde Borges ve el mundo: el porteño barrio de Palermo y por el otro ubica a la literatura argentina en las orillas de la literatura universal (una nota a pie de página de la misma), desde esa ubicación angular y fragmentada Borges pintó el mundo. Esa cita se repite en L’Herne, ese cuaderno francés de 1964 dedicado exclusivamente a la escritura de Borges: “A nadie debo tantas horas de felicidad personal”, y en su lecho de muerte le pide a Jean Pierre Bernés, su editor en la Pléyade que le lea “Los Ültimos Días de Immanuel Kant”, en la traducción francesa de Marcel Schwob de 1899, año de su nacimiento en Buenos Aires. A pesar de que “a De Quincey con quien tan vasta es mi deuda”. A pesar de lo que tantos tratadistas han dicho de ser De Quincey el prototipo del hombre de letras para Borges y por más que en “Introducción a la Literatura Inglesa” escrito con María Esther Vázquez anota esta miserable idea “… fuera de Klosterheim y una traducción o paráfrasis de Lacoonte de Lessing, su obra entera que abarca 14 volúmenes, está hecha de artículos… el opio le permitirá entender, o creer que entendía, las páginas más abstrusas de Kant… pequeño, frágil y singularmente cortés, su imagen perdura en la memoria de los hombres como la de un personaje de ficción, no de la realidad. A pesar de la opinión de De Quincey sobre las obras de Shakespeare, que de alguna manera Borges repetirá en su “Sobre los Clásicos”: “Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”. Y que hace exclamar a Emir Rodriguez Monegal (1921-1985) en “Borges, una biografía literaria” “La omisión (deliberada desde luego) ya que es inútil buscar entre sus artículos alguno dedicado explícitamente al ensayista inglés”.

La pregunta que se impone es ¿por qué? Más allá de las respuesta que pueda dar la psicología, más allá de las posibles claves que puedan encontrarse en el estupendo libro de John T .Irwin “The Mystery to a Solution” (Poe, Borges and the Analytic Detective Story) que invito a leer; donde Irwin comenta una conversación con Borges momentos antes de abandonar la casa de Edgar Alan Poe en Baltimore, después de haberle preguntado por la influencia del autor de “El Cuervo” en su obra. “Borges permaneció un rato en silencio y luego en voz muy baja dijo”, dice Irwin: “Siempre he tenido el temor que algún día alguien descubra que todo en mi obra es prestado por otro, por Poe, o por Kafka, por Chesterton, Stevenson o Wells” (tengo para mí, que quiso olvidarse de Carlyle, pero ocultó a De Quincey) esto fue en abril de 1983. Mucho antes (1974), en el Epílogo a sus “incompletas” Obras Completas escribió en tercera persona: “El renombre de que Borges gozó durante su vida, documentado por un cúmulo de monografías y de polémicas, no deja de asombrarnos ahora. Nos consta que el primer asombrado fue él y que siempre temió que lo declararan un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos” . La respuesta a semejante misterio debería surgir del mismo Borges, no de un sujeto ajeno, no de un observador, sino del interior de su obra. Si todo es irreal según el idealismo, es más si todo es una farsa según Carlyle donde la historia es una suerte de Escritura Sagrada que desciframos y escribimos continuamente y en la que también nos escriben, si quien lee una línea de Shakespeare, es William Shakespeare, más aún, “si nuestras nadas poco difieren, es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú”(Thomas De Quincey el redactor de tus ejercicioa y yo Jorge Luis Borges su lector). También es cierto, que Borges deja siempre claves para que resolvamos el misterio, así como Kafka crea a sus precursores, Borges ha hecho lo mismo con De Quincey, Carlyle, Chesterton y con ello modifica nuestra percepción del pasado, como ha de modificar el futuro, y entonces esta vez Juan Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, sale a la llanura, se enfrenta a Padre, a Madre, a todos sus ilustres ancestros, a Lugones, a Victoria Ocampo, a Thomas De Quincey y emulando a Benjamín Otálora prefiere deberse el éxito a sí mismo y no a otro.

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